PUTAS

Frío...
Pero no el frío del viento que abofetea cada mañana la cara, ni el que traicioneramente abraza el cuerpo desnudo al salir de la ducha. Tampoco es el frío de aquellas noches de sensualidad robada al amanecer.
Es la sensación que sintió aquella noche. No podía definirlo de otra mejor manera, porque mentiría. A sí mismo y al mundo.
La había valorado apenas dos horas antes.
Irina Ylipova era puta. Es cierto que podría describirla de otra manera. Quizás prostituta quedase más fino. Pero para los vecinos de San Jeromo, Irina no era más que puta y rumana. Para unos era la rumana puta; para otros la puta rumana. Si hubiese trabajado en un colegio la llamarían maestra, pero trabajaba en El Eclipse, y a las chicas del puticlub no se les ponía otro nombre en San Jeromo.
Cuarenta euros el servicio completo en el coche del cliente y sesenta en la habitación del Eclipse. Irina nunca besaba a los clientes.
Nunca quedaba con clientes fuera del trabajo. Nunca se enamoraba.
Había cumplido los veintiocho apenas tres días antes. Lo celebró con Yulemay, una guapísima mulata de ojos azabache, una agradable dominicana. Su única amiga. La puta dominicana...
Lo celebraron en el centro comercial, con unas hamburguesas y una película de esas en las que Yulemay lloraba. Irina jamás gastaba más de lo estrictamente necesario.
Y lo celebraron lejos de San Jeromo, porque en aquel barrio de viejas de rosario y padrenuestro ellas eran las putas. Ellas ni siquiera iban a misa, pues don Jacinto, el tendero con cara de sacristán pervertido les dijo un día que las "mujeres de vida alegre" no eran queridas del Señor de los españoles, que María Magdalena se debía arrepentir de todos sus pecados para acercarse a Jesús.
Irina había decidido que volvería a misa cuando todo aquello acabara.
Al día siguiente del cumpleaños empezó a sentirse mal. La fiebre alta dio paso al dolor de abdomen y en pocas horas apenas recordaba su nombre presa de un delirio.
Alguien la acercó al gran hospital de las afueras donde le hicieron muchas pruebas. Después de más de seis horas un doctor de ojos azules se acercó a la camilla donde descansaba la joven rumana.
-¿Estás mejor Irina?
-Parece que ahora no me duele tanto doctor -respondió- ¿Sabes qué me ha pasado?
-Eso ya lo hablaremos más adelante -él desvió su mirada limpia- pero esta tarde debes ingresar.
Irina notó como todo el mundo volvía a moverse a su alrededor, sintió que una luz lo llenaba todo. Entonces empezó a convulsionar.
Habían pasado quizás varias horas, quizás varios minutos. Quizás días...Irina volvió a despertar para encontrarse frente al doctor de ojos azules.
-Hola Irina -sonrió- ya estás mejor .
-Dígame lo que pasa doctor.
-Está bien -esta vez él la miró a los ojos- ¿Has oído hablar del sida?
-Claro qué sí. Soy rumana pero no tonta doctor.
-Pues tienes una infección en el abdomen, además tus defensas están muy bajas, parece que puedes tener el virus del sida. Pero hoy en día es una enfermedad que tiene trat...
-Doctor -interrumpió ella- ¿Eso me ha pasado por ser puta?
-No exactamente Irina...pero debes entrar en quirófano. Tu barriga no está bien.
-Doctor, estoy sola. Mi amiga Yulemay no vuelve hasta dentro de seis días.
Los ojos de dos personas se vuelven a cruzar en una noche fría. Ella agarra la mano del médico y le pide algo.
-Doctor, tengo una hija en Rumanía. Sólo le pido que le haga llegar esto -entonces entrega dos papeles al joven de ojos azules.
Uno era un cheque por valor de seiscientos euros. El otro una frase: Nunca te olvidaré Rania.
-¿Se llama Rania tu nena?
-Sí, es preciosa. Tiene once años y cree que trabajo de recepcionista de hotel. Algún día, cuando deje esto, me la traeré a España. Ese día la llevaré a misa, porque ya podré entrar.
-No puedo coger nada de los pacientes, son las normas, lo siento de verdad.
-Doctor, no lo haga por mí, hágalo por la niña.
Unas horas más tarde Irina entraba en el quirófano y Víctor Bárcenas abandonaba el hospital. Jamás había sentido tanto frío, nunca se sintió tan vacío, tan débil, tan cansado, tan solo...
Quizás debería hacer alguna llamada.
Dos meses más tarde:
Rania Ylipova y la abuela Marita depositan unas flores en el cementerio de Bellu. Allí descansan los restos de Irina.
La abuela guarda el cheque de dos mil euros que asegura el futuro inmediato de la familia.
La niña viste de negro. En su mano derecha un arrugado papel con cuatro palabras: nunca te olvidaré Rania.
En la mano izquierda una carta del director del hotel Ritz Madrid expresando su pésame a la familia de la recepcionista recientemente fallecida Irina Ylipova, una de las mejores profesionales que habían pasado por el hotel.
A miles de kilómetros Víctor Bárcenas siente un frío atroz. Pero no queda otra que seguir.

11 comentarios:

tetisheri_ dijo...

Y frío es lo que le recorre a una la espalda cuando empieza a leer esta entrada y no puede dejarla hasta el último punto. Descanse en Paz Irina. :)

Anónimo dijo...

Me dejaste llorando como una Magdalena...pero es cierto que la vida muchas veces es así de fría.

J. dijo...

Muy bueno.
Un saludo

lolibel dijo...

Que buena persona el Victor Bárcenas. Por desgracia hay muchas Irinas y pocos Victors.Me gusta este blog.Un abrazo.

pilar dijo...

Salvador cada día te superas! bravooooooooo!!!!!!!!!

pilar dijo...

Salvador cada día te superas! bravo!!!!!!!!!!!!!!!!

Miriam dijo...

Bonito... Un saludo :)

Juana dijo...

Es bonito y desgarrador ....

Blog salud mental dijo...

Qué desgarrador el texto y qué bien escrito.
Un abrazo.

Aprovechamos para darte a conocer nuestro blog pro-salud mental y en lucha contra el estigma.
http://blogsaludmentaltenerife.blogspot.com/

VBV dijo...

Excelente,enhorabuena

Anónimo dijo...

IMPRESIONANTE gracias por compartir tus relatos