EL ARCO IRIS

Alicia da un nuevo sorbo al café amargo. Normalmente le gusta con un poco de leche y mucho azúcar, pero hoy es diferente. Hace dos años que no lo tomaba solo. Le apetece notar el sabor rasposo y duro del café arañando su garganta. Hoy es distinto a otros días. Si no estuviera trabajando incluso se tomaría un whisky. Hace meses que no bebe, y cuando lo hace suele tomarse un poquito de ron con mucha Coca cola, pero hoy…hoy ha vuelto a cambiar su vida, y se odia por ello.
Alicia había tomado una decisión hacía varios meses. Estaba convencida y lo había meditado durante semanas. Hoy vuelve a replantearse todo. No hay cosa que le dé más rabia que tener un pensamiento intruso. Son esos pensamientos que no se puede quitar de la cabeza por más que lo intente. Esos que la despiertan a las tres de la madrugada y hacen que pase horas mirando el techo, dando vueltas en la cama o mirando de reojo la lucecita de un eterno despertador que nunca llega a las siete. Ese pensamiento que se empeña en decirle que no, que no puede ser feliz porque él está ahí para que le dé mil y una vueltas al tema, para que analice cada detalle y lo multiplique hasta provocarle la punzada que tan bien conoce, para joderla como sólo saben hacerlo los pensamientos tóxicos. Por eso necesita algo que la dañe físicamente, algo que vuelva a ponerle los pies sobre la tierra. Notar el alcohol quemándole la garganta, seguido de esa sensación de irrealidad de la embriaguez irremediable. Por eso quiere castigarse, porque se siente imbécil.
Se habían conocido un sábado de madrugada. Alicia había salido con unas amigas y acababan de cortar la música en el último pub abierto. Es ese momento en el que se encienden las luces y un tipo con malas pulgas te invita a salir del local; ese instante en el que la luz descubre las caras de cansancio, los ojos enrojecidos y los maquillajes dejan de serlo para convertirse en curiosas máscaras en la madrugada. La hora en la que intentas salir con cierta compostura de un local donde minutos antes bailabas como si con Rafaella Carrá se acabara el mundo (para hacer bien el amor hay que venir al sur…).
-Disculpa –le dijo alguien- ¿sabes como puedo llegar al NH Zentrum?
-Pues, creo que te pilla un poco lejos –Alicia cruzó su mirada con unos ojos que brillaban en la noche. Los ojos más expresivos que jamás había visto.
Tres horas más tarde compartían desayuno en un bar con vistas a la bahía. Contemplaron cómo las brumas de la playa daban paso a una mañana de lluvia inclemente, compartieron risas y se mojaron por la calle de aquella ciudad junto al mar. Compartieron la habitación 709 del hotel NH Zentrum durante horas. Allí se comieron a besos, allí gozaron de sus cuerpos, allí durmieron a ratos. Allí compartieron secretos. Allí Alicia comprendió que se acababa de enamorar.
Se separaron dos días más tarde. Él debía volver a Madrid y ella debería seguir su vida. Se intercambiaron los números de teléfono, los mails y la promesa de seguir en contacto.
Alicia se había enamorado como sólo se debe enamorar a los diecisiete, con una única diferencia: había cumplido los treinta y dos.
Cinco mensajes al móvil, tres llamadas sin respuesta, tres correos electrónicos. Nada. Lo buscó en facebook, en tuenti, en twitter. Llegó a teclear su nombre en Google. Nada.
Entonces empezó el sufrimiento. Dolor por la duda, por no saber si debía buscarlo, si debía esperarlo, o simplemente olvidarlo.
Hubiera dado todo por un simple desplante, por un abandono. Por una negación de todo, por un olvido. Tardó casi dos años en darse cuenta, dos años plagados de dudas, de noches sin fin, de pensamientos tóxicos, de incertidumbre.
Hasta que una mañana decidió que ya no quedaba tiempo para la espera, empezaba el tiempo de olvido, y así empezó a limpiar su mente de aquel día de lluvia.
El proceso fue rápido. Una vez asumida la pérdida todo se limitó a seguir viviendo. Encontrar nuevas ilusiones, descubrir nuevas sensaciones, navegar nuevos cuerpos, vivir…
Hasta esta mañana. Alicia conducía como cada día hacia el bufete de abogados. Llovía de forma torrencial sobre la ciudad, en el CD del coche sonaba un adagio de Mozart y la joven abogada sonreía mientras seguía las notas. Tenía nuevas ilusiones, nuevos proyectos. Si todo iba bien la mandarían a Londres en unas semanas a cerrar un importante acuerdo. Luego vacaciones en Tokio, luego…Un taxi paró junto a su Audi A3, Alicia dirigió una mirada curiosa al ocupante del asiento trasero. Allí estaba él. Dos años y siete meses más tarde. Hablaba por teléfono mientras escribía algo en un bloc de notas. Fueron apenas diez segundos, el tiempo de cambiar a verde el color del semáforo, pero estaba completamente segura de que era él; los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo pelo. Él no la vio, pero en aquel preciso instante la vida de Alicia volvió a cambiar. La abogada de éxito segura e impetuosa, la considerada mejor negociadora del país, la mujer de los nervios de acero temblaba como una niña asustada a la vez que apretaba los puños con rabia al darse cuenta de que sabía que habían sido exactamente 875 días esperando.
Tres horas y varios cafés más tarde Alicia huye del gran edificio donde trabaja. Llueve como nunca sobre su ciudad junto a la playa. Alicia camina bajo la lluvia hasta llegar a la orilla y deja que las olas acaricien sus pies. Piensa que quizás debería haberle llamado, haberle gritado, haber salido del coche para pedirle explicaciones. O no… Está completamente segura de que nuevamente los pensamientos tóxicos se alojarán en su alma durante unos meses.
Sigue lloviendo, pero a lo lejos se abre un claro entre las nubes. Y entonces lo ve. Un arco iris espectacular, de esos con los siete los colores que nace en el horizonte imposible donde acaba el mar, para atravesar todo el paisaje y anclarse al otro lado del océano. Entonces lo comprende todo, se da cuenta de que no ha sufrido por su pérdida, sino porque durante dos años lo había estado esperando sin darse cuenta. Alicia se sienta frente al inmenso arco de colores, enciende un cigarrillo y sonríe.

8 comentarios:

pilar dijo...

Seguramente si yo soy Alicia ,le llamo,le pregunto.por qué???????

Anónimo dijo...

Preciosa historia,como de costumbre.Yo tambièn tengo mi pensamiento intruso,que me ha costado de dominar,bueno de vez en cùando sigo sin dominarlo....Me he sentido muy identificada y me encanta¡¡¡¡
FLORENCE

compi1 dijo...

Me recuerda un viejo proverbio: no intentes sacar de tu mente lo que tienes guardado en el corazón. Los pensamientos intrusos, cuando se repiten, suele ser porque son sentimientos intrusos, y ahí viene lo difícil.

Anónimo dijo...

Simplemente un párrafo impresionante. Toda una vida descrita en unas frases. "Y entonces lo ve. Un arco iris espectacular, de esos con los siete los colores que nace en el horizonte imposible donde acaba el mar, para atravesar todo el paisaje y anclarse al otro lado del océano. Entonces lo comprende todo, se da cuenta de que no ha sufrido por su pérdida, sino porque durante dos años lo había estado esperando sin darse cuenta.

Anónimo dijo...

Hola, muy interesante el articulo, muchos saludos desde Argentina!

tetisheri_ dijo...

Tienes la virtud de permitir que me refleje en cada una de tus piedras pequeñas.:) A veces pienso que por defecto estamos anclados en el "qué hubiera pasado si"... habrá que columpiarse en arcoiris para calmar el ánimo. Salud, y mucha Paz.

Anónimo dijo...

genial!!!!!!!!!!
hace una hora descubrí tu blog y no puedo parar de leerte! saludos

Anónimo dijo...

Felicidades por tu blog y por esta hermosa historia.
Enganchas desde la primera frase.
Te seguiré leyendo.
Gracias por compartir.