GUARDIA DE SÁBADO

Las guardias en zonas rurales rurales tienen su encanto. Las guardias en Villafranco son para cortarse las venas. Un pueblo de siete mil habitantes en el casco urbano, más cientos de casas, cortijillos, aldeítas y mansiones dispersas a lo largo de cientos de hectáreas y conectadas por una laberíntica red de caminos de tierra, convierten cada aviso en una tragedia homérica. Si a ello le sumamos una demora de siete días en el médico de atención primaria (pues yo no puedo esperar, me voy a urgencias) y un solitario equipo de urgencias terminamos obteniendo veinticuatro horas de extenuante trabajo sin descanso.
Es sábado, el equipo de guardia(los de azul) no han parado, pero siempre sacan un hueco para las risas y las bromas.
Antonio, el técnico de transporte sanitario. Larga nariz y poco pelo, treinta y seis musculosos años de pasión por los automóviles y los teléfonos de última tecnología. Laura, la enfermera sustituta, una chica que roza los treinta, de tez morena y ojos negro azabache, tiene cara de niña asustada; siempre pendiente de los puntos, las bolsas de trabajo y los contratos de fin de semana. Arturo, el celador, apodado el cocodrilo por la parsimonia con que toma nota y por la ferocidad de sus comentarios (señora, le he dicho que se siente, que el médico está fuera. Si no le conviene, ahí tiene la puerta). Y Víctor Bárcenas.
18.00 horas. Llueve sobre mojado. Fuera hace frío. Han comprado unos pasteles y Arturo ha preparado un café cuyo olor se mezcla con las risas inundando el pasillo. Por fin una tarde tranquila.
18.15 horas. Se rompe la magia, el politono Nokia Tune suena estridente. Víctor descuelga de forma mecánica a la vez que coge un bolígrafo y apunta sobre el mantel de papel.
-Equipo de Villafranco.
-Hola, tenéis una Prioridad 1. No tenemos el nombre, una mujer de unos cuarenta años inconsciente. Camino de la Tunilla. Son ingleses.
-Joder -responde el médico- ¿ Y eso por dónde queda?
-Me dicen que pasada la gasolinera Repsol, a la altura del mesón El Atranque, hay un camino rural, seguís todo recto y el cuarto carril tomais a la izquierda, luego llegais a unos corrales, ahí cogeis a la derecha y luego unos dos kilómetros, queda cerca del Cortijo Becerriles
Mientras van entrando en la ambulancia, sigue la conversación telefónica...
-¿Respira la paciente?- pregunta de rigor.
-Al parecer ni respira ni tiene pulso, el coordinador le ha dicho que vayan iniciando una RCP básica.
-Vaya marronazo nos vamos a comer -dice Víctor- porfa, pásame con la familia, estamos en camino.
Llueve a cántaros y la ambulancia vuela sobre una carretera mojada camino del infierno. Al otro lado del teléfono una voz con acento inglés grita jadeante, suplicante, desesperada.
-¡Corrran por favor!
18.23 horas. La ambulancia aparca junto a una casita de campo.
-Yo cojo el maletín de vía aérea y la bombona, tú coges el otro maletín y tú el monitor ¿No quedan guantes medianos?
-Toma, están aquí -reponde la enfermera.
-venga, vámonos.
Tres personas de azul pisan el barro con prisas. Víctor intenta recordar los protocolos mil veces repetidos en interminables cursos. Ahora es el momento. Ahora.
A la carrera entran en la casa, atraviesan el gran salón donde arden unos troncos en la chimenea.
Come here por favor, here! -oyen al final del pasillo.
Sobre una cama de matrimonio, un hombre de mediana edad intenta hacer inutilmente un masaje cardiaco unicamente consiguiendo hundir el cuerpo de una mujer semidesnuda en el colchón cada vez que empuja su pecho.
Víctor se acerca.
Es una mujer rubia, de piel blanca, muy blanca. Muy guapa...
-Es Carol, se ha llevado la mano al pecho, ha dicho que le duele y se ha caído -dice el hombre.
-¿Ha tomado alguna droga? ¿Tiene alguna enfermedad? -pregunta la enfermera nerviosa.
-No, nada, sólo toma unas pastillas para la tensión.
-¡Venga, el monitor! -dice el médico.
18.26 horas. Las heladas palas tocan el pecho de la mujer rubia. La pantalla del monitor dibuja una línea verde, un pitido metálico inunda todo.
-Asistolia, no tiene pulso ni respira.
Antonio y Laura lo miran. Entonces Víctor lo nota. Es apenas una milésima de segundo, pero lo percibe perfectamente. Es éste el momento para el que se ha estado preparando durante años. No hay más nadie que decida por él, no hay teléfonos que descolgar, no vendrá nadie a ayudarle, pues él es el responsable. No puede, no debe fallar, pues no habrá vuelta atrás. Es el momento de decidir, de actuar, de mandar, de luchar sin que pueda haber dudas ni equivocaciones.
-Bueno, hay que darlo todo, tiene cuarenta y un años, vamos a tirarla al suelo, el familiar, a la calle. Laura, cógele una vía. Antonio tu empiezas con el masaje, dame el maletín de la vía aérea.

No hay dudas ni vacilaciones, mientras el técnico empieza con el masaje y el médico inicia la ventilación, la enfermera monitoriza y coge una vía venosa.

Silencio sólo roto por el fshhhh de la bombona de oxígeno, el falso latido del monitor provocado por las compresiones torácicas (pip,pip,pip,pip...) y la voz de Antonio...

-¡Veintiocho, veintinueve, y treinta! -canta el técnico

-Ya tengo la vía Víctor

-Ponle una adrenalina y tres de atropina. Vamos a probar intubar en la próxima, a ver qué pasa.

En medio del frenesí Víctor se pregunta si se está dejando algo olvidado, si algo falla. La mano izquierda está entumecida, apenas le queda fuerza.

-¡...veintiocho, veintinueve, y treinta!

El laringoscopio se arma con un sonoro click; el médico se tumba en el suelo y lo introduce en la boca de Carol(tienes veinte segundos, hay tiempo, muy suave, sobre la lengua...eso es y luego tiras hacia arriba, como si fuera la pata de un jamón, ¿ves? ahí tienes las cuerdas...Víctor recuerda una a una las frases de su Maestro)

-¡El tubo, dame el tubo, hostias!

Veintidós segundos, pero el tubo ha entrado suavemente en la tráquea de Carol. Víctor comprueba que el aire llega a los pulmones.

-Otra adrenalina Laura.

18.58 horas: el monitor sigue mostrando la línea plana cada vez que cesa el masaje cardiaco. El tórax de Carol se levanta falsamente cada vez que Víctor propulsa el oxígeno mediante la bolsa del ambú. Los tres saben que ya no hay nada que hacer. Los protocolos dicen tras ese tiempo ya no hay opción, que no quedan esperanzas. Pero Carol tiene cuarenta y un años.

-Es inútil seguir.¿lo dejamos? -dice el médico.

-Tu verás tío.

-Joder.Paramos. Laura anota la hora. Saca una tira de ritmo.

19.27 horas. Nadie habla. Sentados en el asiento delantero, los tres de azul miran la noche. Ya no llueve.

-Bueno, esto es lo que hay. Se ha hecho todo bien, lo hemos dado todo así es que enhorabuena a los dos -dice Víctor aún con la falsa sensación de haber fallado en algo.

-Bueno para esto nos pagan. Vamos, aún podemos recalentar el cafelillo y tomarnos los últimos pasteles -responde Antonio.

-Joder tío, esto no está pagao con ná, era muy joven la mujer y... -el acento malagueño de Laura suena dulce.

-Déjalo Laura -cierra Víctor la conversación.

La ambulancia vuelve a baja velocidad. El viento helado silba acariciando los olivos. Víctor levanta la mirada y descubre la luna llena que se asoma entre las nubes. Respira y sigue...

PS: No siempre se gana. Dedicado a Toñi y Jose. Gracias compis.

A vueltas con la vida

Víctor Bárcenas piensa que su vida no puede seguir así. Las cosas deben cambiar urgentemente. Por una parte la posibilidad de dormir sin compañía durante seis meses consecutivos no entraba ni en sus peores planes de contingencia. Por otra parte el hecho de que su dieta los últimos ocho días haya sido a base de macarrones-tomate-atún y patatas asadas de Don Paponazo (jamón de York-maíz-mayonesa-ketchup-aceitunas) no puede ni debe ser considerado demasiado grave; sin embargo el haber considerado seriamente la posibilidad de sacarse el bono-comida en el buffet El Reventaero roza la tragedia. El joven médico está convencido que cualquier día expulsará un trozo de colesterol por la oreja, y eso empieza a preocuparle.
Nuevamente su vida está alcanzando un nivel crítico por segunda vez en quince meses. Por ese motivo ha decidido cambiar el rumbo de las cosas. Sentado bajo la atenta mirada de Rupercio, Víctor escribe en un folio una serie de planes de futuro:
-Cambiar el tipo de discusiones: No intentar razonar acerca de problemas metafísicos con alguien cuyo coeficiente intelectual sea menor que el de un apio. Conversaciones acerca de política internacional, religión o intentos patéticos de arreglar la sanidad pública exigirán al menos dos conexiones neuronales y media además de un nivel mínino de alcohol en sangre del ocho por ciento.
-Mejorar su cultura musical: Abandonar la extraña costumbre de cantar canciones en inglés mientras conduce sin tener ni idea de lo que dice la letra.
-Mejorar la higiene de casa: Acordarse de bajar cada vez la tapa del wc, o al menos mejorar sus porcentajes; de una vez de cada diez pasar al menos a tres veces de cada dieciséis.
-Optimizar su práctica profesional: Decir a los delegados farmacéuticos que No tiene tiempo de recibirlos, independientemente de su sexo, edad y/o sonrisa por muy angelical/felina que pueda parecerle.
-Depurar su técnica amatoria: Atreverse a decirle a su amiga Julia que eso del cine iraní, checo o turco le parece infumable, pues está plenamente convencido de que es metafísicamente imposible que alguien disfrute semejante tortura. Confesarle que el día que la acompañó a una multisesión de cine argentino se pasó tres horas y cuarto planeando la forma de meterle mano. Las otras dos horas las invirtió en idear formas diversas de cortarse las venas. Al día siguiente, como forma de resarcirse, vio dos pelis de Tarantino a solas y Blade Runner de postre.
-Cuidar el medio ambiente: Admitir que el hecho de repetir dos días seguidos el mismo par de calcetines es una guarrada; eliminar definitivamente esa lamentable costumbre de olerlos un poco por la mañana, y si la cosa no está muy pestosilla, zasca! volver a colocárselos. Mal camino.
-Cumplir con las leyes: Admitir que no es ético ni lícito beberse el agua del minibar del hotel y rellenar la botella con agua grifoidea tras haber guardado en su maleta dos peines, cinco botellitas de champú (las dos de su habitación más otras tres robadas al carrito de la camarera en el pasillo), un gorro de baño, un calzador y dos jaboncitos. Es más lógico rellenar la botellita de ginebra y robar el albornoz.
Y cuando está a punto de escribir la octava y definitiva intención que cambiará para siempre su vida, se le acaba el papel.
Sentado junto a la cuneta de una carretera comarcal, levanta la vista y se encuentra con los ojos curiosos de Rupercio, el burro de don Anastasio.
Víctor Bárcenas, médico de familia, actual médico sustituto de Villafranco, se ha quedado sin combustible en mitad del campo de vuelta de su trabajo, a diecinueve kilómetros de la civilización. Su teléfono móvil tiene la batería agotada, su única compañía es un burro gris que lo mira con curiosidad, una lluvia fina le moja la cabeza y su día a día ha vuelto a convertirse en un remolino vital; fantástico y arrebatador.
Víctor inspira profundamente, bebe un poco de Coca-Cola light, huele la tierra mojada y sonríe.
Ha vuelto a la Atención Primaria. Y le gusta…
(Las historias de Villariba y los villaribenses serán motivo de otro post).
"Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor. Y, como una fábula, está llena de maravillas y de felicidad." Mágico Benigni. Ains.

NIÑOS...

Creo que estoy un poco despistado, o que no me entero. La legislación española prohíbe expresamente que se saquen imágenes de menores de edad en medios de comunicación. Si un programa comete la imprudencia de sacar la cara de la hija de un famosillo, le caerá una querella criminal del copón y una indemnización del quince. Los menores tienen Derecho a su intimidad, o al menos a que sus progenitores decidan acerca de su exposición pública. Por curiosidad he buscado la Ley en cuestión, la he leído y releído, pero por ninguna parte dice que se aplique sólo a los niños blancos, o de países ricos. NO he leído “Los menores tienen derecho a la intimidad y a que su imagen sea protegida y no expuesta públicamente, con la excepción de que sea pobre, negro, esté enfermo, herido o muerto”
Lo que ha sucedido en Haití no lo voy a descubrir hoy. Un país que estaba sufriendo una tragedia humanitaria (que por cierto al resto del mundo importaba un pimiento) y para colmo es asolado por un terremoto que mata a miles de personas. Gran tragedia sin duda (diga lo que diga el obispo de San Sebastián).
El mundo se volcará con ellos, y es lo justo y necesario.
Pero me hago unas preguntas tontas.
¿Es lícito y humano, es legal, sacar en todos los informativos en prime time las imágenes de un niño que acaba de perder un brazo mientras llora? ¿Es ético que la cámara se cebe durante varios segundos en un niño muerto en mitad de la calle?
¿Es posible que un ser humano sea capaz de seguir grabando mientras un niño agoniza?
Algunos dirán que ésto se hace para despertar conciencias y conseguir ayudas. Más preguntas tontas:
¿Tan podridas están nuestras conciencias que necesitan ver a un niño muriéndose para ayudar?
¿Seguro que no se hace para vender más periódicos?
¿Alguien ha preguntado a esos niños si quieren ser portada de los informativos de todo el mundo? ¿Tienen derecho a sufrir sin ser un espectáculo?
¿Se beneficiarán esos niños de las ganancias multimillonarias de periódicos y televisiones?
¿Nos hubiera gustado que, en el caso de los atentados del 11-M, otra gran tragedia nacional, informativos de todo el mundo hubieran sacado las imágenes de nuestros niños muertos en mitad del asfalto? A nosotros los medios sí nos respetaron. Será que somos blancos y ricos.
Hoy en mundo se volcará con Haití, igual que hace un año con El Salvador, Nicaragua, Costa de Marfil, etc… dentro de unos días los cámaras abandonarán el país, nuestras conciencias estarán limpias porque ingresamos veinte euros en el número de cuenta que nos dijo Antena 3, y cada tres segundos un niño seguirá muriendo en el mundo, pero esos en silencio. Lástima.

Y como no creo que quejarse sea la única vía, he procedido a poner una denuncia ante el Defensor del Menor en mi comunidad autónoma. Ésta es la carta, puedes descargarla y poner la denuncia en tu Comunidad Autónoma: DESCARGAR

LA LLAMADA

Mario se despierta con el regusto amargo del último sueño aún flotando en sus neuronas. Las últimas 24 horas han sido una locura, otra más. Mario está acostumbrado. No es la primera, ni será la última vez que le sucede.
Hace apenas un día estaba discutiendo con su jefe, por enésima vez, su cuadrante de guardias para el próximo mes. Pero eso fue ayer, hace una eternidad, era otro sitio, en otro mundo, en otro tiempo.
-Mario, a ver cuando te centras en lo tuyo, que estás medio chiflado –le dicen continuamente los amigos.
Al contrario de sus compañeros de trabajo, Mario no tiene un gran vehículo cuatro por cuatro. Se conforma con su viejo Opel Astra rojo. Tampoco ha conseguido comprarse un chalet en la zona opulenta de la ciudad. Le gusta su casita en el campo.
A veces siente la punzada de una responsabilidad, rayana en culpabilidad. No se considera un buen médico, tampoco un buen marido, ni siquiera un buen padre.
Ya ha superado la treintena de años y no puede, no quiere dejar de coger ese teléfono. Cada vez que suena piensa que será la última vez, que ya no más, que aquello le va a costar su carrera, su familia, su vida. Pero siempre vuelve...
Cinco de la tarde y treinta y dos minutos. Mario apenas ha dormido dos horas. A su lado está Marga, ella sí duerme. Atrás han quedado Nuria y Amaia, su hija y su mujer. Amaia lo respeta, lo adora, aunque no está seguro de que lo entienda. La pequeña Nuria lo añora.
-Que conste que es la última vez que te lo permito, así nunca vas a llegar a ser fijo –le había gritado su jefe al oír que Mario no iría a trabajar esa mañana- ¡Esto no funciona así Mario, que lo sepas!
-Es lo que hay Juan –respondió Mario tranquilo- ya sabes, si no te conviene, no me renueves el próximo contrato.
-Pero que hijoputa eres tío –le dice Juan con fingido enojo- recuerda lo de hace dos años. Esto te va a costar tu carrera.
Hace dos años Mario había dejado de presentarse a unas oposiciones a causa de una de estas llamadas.
Marga se ha despertado. Mira a su derecha y sonríe.
-¿Falta mucho? –pregunta con una sonrisa cansada.
-Ya casi llegamos, ¿le has dicho a tu amigo que nos ayude? –Mario señala la cruz de madera que cuelga del cuello de Marga.
-Tú siempre con las bromas, pues que sepas que.. –y así empiezan una nueva conversación entre bromas.
Una hora más tarde la escalera metálica se acerca a la gran panza del Boeing. Con un ruido metálico se abre la puerta trasera.
En el gran descampado el aire cálido huele a quemado. El sol apenas llega al suelo, atenuado por el humo negro que todo lo impregna. Marga y Mario bajan los veintitrés escalones; pisan el asfalto rajado. Apenas a unos metros del avión se amontonan cientos de heridos sobre mantas ensangrentadas; unos metros más allá se acumulan decenas cadáveres. Entonces Mario vuelve a reconocer el olor de la tragedia.
Se miran. Marga acaricia su cruz de madera.
-¿Vamos?
-Vamos….
Y los dos cooperantes de Médicos sin Fronteras empiezan a trabajar.

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EL SECRETO DE NUESTRO FRACASO

Decía un amigo, por cierto bastante más inteligente que yo, que en los últimos años hay dos profesiones que han perdido su entidad en España: Los maestros y los médicos (Manu dixit). Yo añadiré los curas y los alcaldes. El cura, el médico, el maestro y el alcalde (uhmm, me suena la estampa).
Los médicos en algunos países están entre los profesionales más cualificados, respetados y mejor pagados dados sus años de formación, dedicación y nivel de responsabilidad. Eso no pasa en nuestro país. Somos unos profesionales mediocremente pagados, con unas condiciones laborales ciertamente precarias y continuamente sometidos a la presión judicial, cuando no al escarnio público en caso de error (la semana pasada decía un periodista que había dejado un trabajo porque lo trataban literalmente “como si fuera un médico, disponible a todas horas y a precio de saldo”)
Aquí intentaré demostrar cual es el secreto de nuestro fracaso.
Fue Julio César quien dijo "divide y vencerás". Yo digo: "déjate dividir y perderás".
Estudiemos el caso de los Médicos de Familia en nuestro querido, amado y nunca bien ponderado Reino: Se ha conseguido crear: médicos generales que trabajan como médicos de familia, médicos de familia vía MIR, Médicos de Familia vía no MIR (ECOE), médicos extranjeros sin titulo homologado que trabajan como médicos de familia, médicos extranjeros con título homologado, pero sin MIR, médicos generales Pre-95 que pueden hacer de médico de familia, o médicos generales post-95 que no pueden, pero en realidad trabajan como médicos de familia. Cada uno de ellos con sus derechos y exigencias.
Posteriormente es absolutamente recomendable ubicarlos de forma variopinta, y cada uno con un tipo de contrato diferente: como Médicos de urgencias extrahospitalarias, médicos de urgencias hospitalarias, contratados como pediatras, como médicos de Atención Primaria o en emergencias. A cada uno de estos tipos, le podemos introducir variantes pues eso tiene su morbillo: desempleados, contratados, interinos, funcionarios o contratos indefinidos. Y para más lío podemos estar trabajando en Servicios públicos de salud, en empresas públicas, o en fundaciones o sociedades de gestión privada con dinero público. Por supuesto, también podemos ser Residentes o Adjuntos. Si estamos en Atención Primaria, podemos tener cupo o no tenerlo, hacer guardias sueltas o sustituciones, cubrir un puesto de trabajo o pasar dos cupos del tirón.
En definitiva, que si aplicamos aquello de la estadística, si no me fallan mis conocimientos de estadística, son seis mil cuatrocientos tipos de Médicos de Familia, cada uno con sus intereses. ¿Es posible así ponernos de acuerdo en unos intereses comunes? Difícil.
Por último, ¿cómo defendemos nuestros intereses y derechos como profesionales?. Los Colegios Médicos (centrados en la gestión de campeonatos de golf, premios y misas varias), los sindicatos (centrados en la gestión de cursos y amordazados por las subvenciones), los partidos políticos (a la lucha del voto y de lanzarse mierda unos a los otros) o las Sociedades científicas (centradas en la gestión de congresos y jornadas). Voy a llamar a algún laboratorio farmacéutico a ver si...
O sea: divididos, sin fuerza y sin representación (justo lo contrario de los pilotos de Iberia, vaya casualidad). Lo peor es que la administración no es tonta y lo sabe, así es que, como diría Aramis Fuster: nos ha salido la sota de bastos, por lo cual podemos darnos por jodidos con absoluta seguridad.
Para cerrar, un ejemplo. Hace unos días hablaba con un albañil. Me decía que es injusto que un médico cobre más que un albañil, pues son dos profesionales cualificados. En cambio asumía que un albañil debe ganar más que un peón.
Spain is different…

OJOS VERDES, OJOS NEGROS

A las tres de la madrugada casi todo es silencio. Casi todo.
Por el pasillo gris y azul suenan unas pisadas huecas y apresuradas. Ana sale a la calle y enciende el enésimo cigarrillo. Hace un frío polar en la puerta de aquel hospital. La luz que escapa por la puerta acristalada pinta de amarillo la noche.
Ana mira la luna y exhala el humo tóxico. Ha nevado a las puertas del hospital. Una vez más se olvidó de ponerse la bata, y nota el abrazo del frío.
Junto a ella, dos médicos comentan algo sin darse cuenta de su presencia. Hablan de un paciente moribundo. Uno de esos seres humanos remitidos al hospital para rendirse definitivamente ante la Parca entre sueros y bombonas de oxígeno.
Ella es Ana, pero casi nadie conoce su nombre. A veces se ha llegado a sentir invisible. Mira a los lados y sonríe.
En uno de esos incómodos sillones metálicos a su espalda dormitaba una mujer.
Se cruzan miradas de curiosidad cómplice. Ojos verdes, ojos negros.
Se sonríen.
Se saludan.
Se despiden…
Ana vuelve a su trabajo. Con la parsimonia de cada noche coge su carrito de limpieza y sigue con monotonía el ritmo: consulta 1, consulta 6, sala de yesos, sala de críticos, consulta 2…y vuelta a empezar.
A las cinco de la madrugada hay una novedad en su monótono recorrido nocturno. Hay que limpiar y desinfectar la cama siete.
Con tranquilidad retira los últimos restos, las últimas manchas de sangre, las últimas manchas de vómito, las últimas señales de lucha del último paciente. Como siempre casi nadie nota su entrada; su saludo cae al suelo frío y azul. El paciente de la cama siete ya no existe, y los profesionales se centran en otras vidas.
Ana mira de reojo los papeles. Treinta años trabajando en el mismo sitio ha hecho que llegue a familiarizarse con determinadas palabras, edema agudo de pulmón, disnea severa, oliguria, bradicardia, pausas de apnea, parada cardiorespiratoria, éxitus. Absurda y extraña palabra. Éxitus dicen los médicos para definir la muerte. Quizás creen que con el latín lograrán esquivar la realidad dura y cruda que supone su derrota definitiva: la muerte. Porque al final los médicos casi siempre pierden la última batalla. El truco es saber aceptarlo.
Ana termina de recoger una papelera, pulveriza la cama. Sale de la zona de observación y vuelve a la rutina.
En el pasillo se cruza con la mujer de ojos verdes que llora al salir de la consulta nueve.
-¿Puedo ayudarla? -le pregunta con timidez.
-Sí, mi padre ha fallecido y necesito hablar por teléfono- la mujer no para de sollozar inquieta.
-Al final del pasillo hay uno –señala Ana.
-Imagino que no sabrás nada, pero veo que sales de la zona de observación, ¿me podrías decir algo?- la mujer de ojos verdes ahora la tutea, con la osadez de saberse ambas rozando la cincuentena
-Imagino que sí –Ana piensa que han compartido luna, noche y cigarrillos, y eso las une de alguna forma.
-Olvidé preguntar al médico si mi padre sufrió en los últimos minutos. El médico ya se fue y me da reparo avisarlo sólo para eso. Estaba en la cama siete. ¿tú sabes algo?
La pregunta de siempre, las dudas de siempre…
-La verdad, yo sólo soy la limpiadora, y apenas me doy cuenta de nada, lo siento –entonces Ana toma una decisión- de todas formas el señor de la cama siete cuando falleció estaba dormido. Creo que ni siquiera se dio cuenta de nada –miente Ana.
-Gracias. Por cierto me llamo Sonia.
-Yo Ana, encantada.
La mujer de ojos verdes se aleja por el pasillo.
Ana sigue con su rutina: consulta 1, consulta 6, sala de yesos, sala de críticos, consulta 2…y vuelta a empezar.
En ese momento empieza a amanecer. Mañana será otro día.

EL REGALO

Había una vez una niña de ocho años en un país de curas con sotana, sopas de ajo y guardias civiles de hierro. Un país de puertas cerradas, maestros de letra-con-sangre-entra y niños llenos de piojos. Un país de hambre sin tierra.
La llamaron María, como era costumbre por aquellas tierras de sol y pan con aceite y uvas.
En aquellos tiempos no había espacio más que para sobrevivir. Tiempo para matar una cabra en Nochebuena, comer roscos , brindar con vino de pasas, probar algo de aguardiente y oír los cuentos del viejo abuelo Paco junto a la lumbre.
María tenía miedo porque aquél no había sido un buen año. Una vez más el granizo de Mayo había destrozado la cosecha y apenas se cosecharon uvas en Septiembre. Sabía que la cosa estaba realmente mal el día que no pudieron comprarle las medicinas contra la tos. Aunque era una niña María oía las conversaciones de sus padres y sabía que apenas había dinero para comer.
-María, este año no habrán regalos de Reyes –le dijo su madre una mañana- las cosas no están para regalos.
-No importa –replica la niña- yo ya me lo esperaba. De todas formas a lo mejor…
-No esperes nada cielo, pues este año no vendrán. A lo mejor el año que viene…
La noche del cinco de enero fue una más para todo el mundo. Bueno en realidad fue una noche más para casi todo el mundo. Para María iba a ser una noche especial. Cenaron migas con naranja; el postre fue a base de pan de centeno migado en leche con canela. Hacía frío y se acostaron pronto. Tumbada en su cama esperó a oír las doce campanadas de la iglesia que indicaban la medianoche.
Todos dormían cuando María saltó de su cama. En la gran habitación, junto a ella se oía la respiración pausada de su hermano de cinco años. Unos centímetros más allá dormían sus padres.
Con sigilo, y caminando de puntillas salió del dormitorio y se acercó a la gran chimenea donde aún chispeaban las últimas llamas.
Con mucho cuidado María puso junto a las ascuas una galleta dura y un vaso de agua. Le hubiera gustado dejar leche y una gran magdalena, pero ellos lo entenderían. Al oír cómo la lluvia repiqueteaba en la calle, acercó un poco el agua a las brasas para que estuviese calentita…
Sin hacer ruido la niña cogió un trozo de papel de estraza con olor a arenque y envolvió su vieja muñeca de trapo. Con otro trozo de papel envolvió un caballo de plástico y un soldado al que faltaba la pierna izquierda. El soldado se llamaba señor Jorge y el caballo Plasticón. Eran los dos únicos juguetes de su hermano. María los había hecho desaparecer unas semanas antes, y los Reyes se encargarían de recuperarlos.
María se separa de la chimenea, mira la disposición de los regalos, reza un poco y sonríe. Luego con mucho cuidado vuelve a su cama. La niña se duerme. Diez minutos más tarde los tres Reyes Magos entraron en la casa.
Ese año no hubo regalos en aquella casita blanca junto al río, pero los Reyes de Oriente al menos habían encontrado los juguetes perdidos a dos niños del sur.
Cincuenta y ocho años más tarde una mujer sonríe mientras sus nietos rompen con ansiedad el papel de mil colores que envuelve los regalos que los reyes dejaron en casa de los abuelos. La casa se inunda de risas, gritos y sonidos electrónicos.
Entonces se me ocurre preguntar…
-Mamá, y cuando tú eras chica ¿cómo eran los Reyes?
María recuerda su muñeca de trapo, a señor Jorge y a Plasticón, suspira y sonríe con nostalgia.
-Eran como hoy, un poco más pobres, pero siempre caía algo. Ni un solo año faltaron en nuestra casa.
Momentos más tarde me cuenta lo que pasó aquella noche mágica de invierno.
Lo podría haber descrito de una forma más poética, menos dolorosa o más suave. Es casi irreal, casi pavoroso; Quizás soy un trágico, un romántico o un poco chiflado, pero considero terrorífico que un niño duerma su noche de reyes sin esperanza. Siento escalofríos de tan sólo pensarlo.
PS: María es mi madre y tuve la inmensa suerte de que aquella niña con trenzas conservara la ilusión aún en los peores momentos.

DE LEYES Y COHERENCIAS

Y para empezar el nuevo año pediré tan sólo un favor. A los Reyes magos, santos, vírgenes, dioses, gnomos o quien corresponda suplicaré una cosa, o mejor dos. Daré a los encargados de mi futuro la opción de elegir entre dos de los siguientes capacidades: O bien me dan la capacidad de entender o bien la capacidad de ser feliz en la ignorancia.
Y como entiendo que los Reyes Magos andan muy ocupados en estas fechas (tan señaladas), les daré una serie de pistas para que no se tengan que romper mucho el coco (que ya sabemos que eso de pensar mucho no es cosa de reyes). Así es que únicamente les pediré que mi (por otra parte escasa) masa neuronal, sea capaz de comprender u olvidar esto:
-Si estamos en un Estado de Derecho, imagino que debemos cumplir las leyes (TODOS). Es decir, para ejercer de médico debo tener un título como tal. Espero que los reyes me expliquen cómo es posible que en nuestro país existan más de diez mil médicos ejerciendo sin título oficial. Seguramente me equivoco al pensar que en nuestro beatífico país se dice continuamente que faltan médicos, mientras se contratan médicos de países ignotos con títulos sospechosamente raros, mientras a los médicos de aquí se los trata como mano de obra barata. ¿Será que el sistema necesita una bolsa de trabajadores en precario para que así la gente no se queje?
-Si vas conduciendo borracho, te multan. Si vas a un centro sanitario borracho, puedes insultar a la enfermera, vomitar en la camilla, ocupar un sillón nueve horas, hacerte dos analíticas, desayunar cáfé con leche y bollitos, decirle al médico que es un cabrón, mearte en el suelo y decirle a la celadora que tiene un culo precioso. Finalmente recibir un puñado de paracetamoles, un papelito firmado por un médico (por si pasa algo reclamar), una palmadita en la espalda y salir del hospital hecho un pincel.
-Si eres padre y llevas a tu hijo al PEDIATRA del centro de salud IMAGINAS que lo está viendo un PEDIATRA, jamás imaginarías que hay un Médico de Familia (en el mejor de los casos) haciendo las veces de Pediatra. ¿No es engañar a la población el poner el letrero de pediatra en una consulta donde no ejerce tal especialista? ¿No es algo que se hace en el 99.99% de los centros sanitarios públicos españoles? Al menos yo cuando voy al Abogado, espero que me atienda un abogado, pero claro es que yo soy un poco raro.
En España sin duda tenemos muchas virtudes. Pero la capacidad de ser coherentes con nuestras propias acciones no es una de ellas.
En fin, que por hoy creo que si al menos tuviera tres respuestas válidas, o al menos la capacidad de no platearme estos dilemas, me daría por satisfecho.
Por otra parte el año ha empezado genial, con dos grandes retos en marcha: Un proyecto de solidaridad que dará mucho que hablar y un proyecto de viaje: Transiberiano Moscú-China; pero esos son motivos de otro post.