MI EXPERIMIENTO VITAL...

Es cierto que la vida no es un recorrido por una alfombra de pétalos de rosa (no se me ocurría otra metáfora más ñoñi), pero también me niego a pensar que este mundo sea un valle de lágrimas (vale, ahora metáfora prestada). Cada uno de nosotros tenemos una serie de cosas, momentos o situaciones que le dan color a nuestra vida. Igual me estoy atreviendo demasiado con este post, pero puesto que el blog es mío y con él suelo hacer experimentos vitales, hoy te propongo algo. A ti que me lees, quizás desde hace meses, quizás desde hace días, incluso es posible que sea la primera vez que entras a esta playa perdida en el océano de internet. A ti que me conoces y nunca escribiste en mi blog, o a ti que a veces escribes, con nombre anónimo o con tu nombre real. A ti que no me conoces, que ni siquiera viste mi cara, o a ti que vives al otro lado del mundo. A todos vosotros los que habéis visitado mi blog, que habéis conocido esta cala de arenas cálidas, os voy a proponer algo.
Y la proposición consiste en que escribáis un comentario a este post. En el mismo os pido que pongáis cuales son algunos de los momentos mágicos de vuestra vida, los momentos en los que el mundo se para, esas situaciones (ya sean reales, fantásticas o deseadas) que hacen de la vida algo especial (o podrían llegar a hacerlo).
Y como realmente no me gusta jugar con ventaja, seré el primero en poner mi lista de momentos mágicos…
Mirar atrás cuando llego arriba con la bici, y bajar sin frenos, mi hija durmiendo, una peli de 007 con Sean Connery, conocer a alguien en un aeropuerto.
Dormir tras una guardia, Fuencarral en la madrugada, el acento malagueño, perderme en una ciudad desconocida, El Capitán Trueno, Barcelona, mis soldados de plomo.
Una mirada, Kurosawa, la salsa Teriyaki y ver por trigésimoquinta vez alguna de Leslie Nielssen. Mojarme bajo la lluvia, sentarme en la arena de la playa o junto a un arroyo escondido.
Reir con los amigos, reír en el trabajo, reír en mi casa. O sea, reír.
Mozart seguido de Lady Gaga, mi blog, descubrir un verso de García Montero, el gabinete del doctor Caligari, las letras de Sabina, la mirada trágica de César Vallejo y unas tapas en Granada.
La piel desnuda tras la ducha, su boca, The Killers, mi facebook, Tokio, bailar sin reglas, sonreír con descaro a mi vecina de ascensor, nadar desnudo, tomar el sol como un lagarto…y la Luna.
Igual me equivoco y casi nadie responde a esta iniciativa. Bueno, esto también me valdrá para ver como palpita mi gente (si me permitís pensar que algo mío sois los que por aquí pasáis). No pasa nada, seguiré sentado junto a las olas, mirando y escribiendo.
PS: No tiene nada que ver con el tema anterior, pero tengo que decirlo: Hay que ser tonto del haba para reenviarme un correo firmado inicialmente por "Andy y John", los "directores" de mesenger diciendome que reenvíe un mensaje porque el mesenger va a pasar a ser de pago. Menos mal que no son Andy y Lucas. Hay gente pa tó.

LA FAMILIA XIANG

(Es éste un post para leer oyendo la música)
Una mujer se levanta de su cama, se acerca al gran ventanal y sonríe pensando en el pasado...
Lian tiene seis años. Sus padres vinieron de una tierra muy lejana antes de que ella naciera. Una tierra donde, según su padre, todos los niños tienen los ojos rasgados como Lian.
Viven en un barrio humilde de una ciudad extraña y ruidosa, llena de coches, humo y personas que corren por la calle, una ciudad donde casi siempre llueve.
La familia Xiang regenta la pequeña tienda de ultramarinos al final de la calle. Es la tienda de los chinos, donde puedes encontrar cualquier cosa que necesites; desde una cajita de alfileres hasta una unos tomates a buen precio o unos calcetines azules. La tienda de los Xiang nunca cierra. A cualquier hora encontrarás la puerta abierta. Shi Luan, la madre, atiende por las mañanas y por las tardes; Yuga, conocido como señor Xiang, compra en los almacenes por la mañana, repone por las tardes y atiende al público por las noches. Cierran a las tres de la madrugada y abren a las siete, domingos incluidos.
Lian es su hija. A pesar de su corta edad posee una mirada inteligente y limpia, una mente brillante y una sonrisa luminosa. Sólo tiene un amigo, el joven Adrián, un chico de ocho años que cada semana acude a comprar cromos de los Gormiti, pues está convencido de que el señor Xiang tiene los mejores cromos. Lian nunca olvidará la tarde en que Adrián le regaló un pequeño Buda de plástico de los que vendía su padre y que bautizó con el nombre de MaxBuda, a él contaba en secreto todas sus ilusiones y deseos.
En el barrio dicen que la familia de los chinos vive en la tienda, que duermen en un falso techo del local y que su aseo apenas mide seis metros cuadrados. También dicen que se bañan con un cubo y un jarro, aunque en realidad a nadie importa esta leyenda urbana, mientras mantengan los precios bajos y atiendan a cualquier hora.
La pequeña Lian no conoce otro mundo más allá del barrio, su tienda de ultramarinos y su colegio. Normalmente siempre sonríe, pero una mañana el señor Xiang notó que algo había cambiado.
Mientras volvían del colegio en la vieja Peugeot Partner, Lian permanecía callada, mirando fijamente la lluvia tras los cristales empañados.
-¿Te pasa algo pequeña Huâ? –así llamaba el señor Xiang a su hija. Huâ significa flor en el país de donde vino la familia Xiang.
-No, es que me duele un poco la barriga –Lian siguió mirando la calle mojada.
-Si te pasa algo, me lo puedes decir.
-Bueno, me ha pasado algo en la clase. Borja me ha dicho que soy amarilla, y que su padre ha que dicho nosotros le hemos quitado el trabajo. Yo creo que no soy amarilla ¿Tú has robado un trabajo al padre de Borja? Si es así quiero que se lo devuelvas mañana.
-No hagas caso pequeña Huâ, sin duda Borja estará confundido. Nosotros únicamente tenemos tiempo de trabajar y jamás robamos nada a nadie. Olvídate de eso. Mejor te haces amiga de Alián, el chico de los Golmiti.
-¡Se dice Adrrrrián papi, y Gorrrrrmiti no Golmiti…Jajaja! –ríe divertida la pequeña al comprobar que a su padre aún le cuesta pronunciar la erre.
Esa noche, en el falso techo de la tienda de la esquina, a las tres y quince minutos, el señor Xiang se prepara para tumbarse junto a su hija y su mujer. Nota la respiración pausada de Shi Luan que duerme agotada; en cambio la pequeña Lian sigue despierta.
-¿Aún no duermes? –Pregunta el padre preocupado- ¿te duele todavía el estómago?
-No, en realidad no me dolía nada, pero no puedo dormir.
-Cuéntame pequeña Huâ.
-También me ha dicho Borja que nosotros no tenemos tierra, y que nunca la tendremos.
-Eso tampoco es cierto Lian; Borja se equivoca. Sí que tenemos tierra. Además tú tienes la inmensa suerte de tener dos tierras; además de ésta tenemos otra al otro lado del mundo, una tierra de grandes ríos y praderas enormes. Una tierra donde siempre brilla el sol y la gente sonríe permanentemente, por eso tenemos los ojos así, es el país más grande y bonito de la tierra, y también es nuestro país.
-¿Lo veré algún día?
-Lo verás, te lo prometo –responde el señor Xiang.
-Papi, yo creo que eso es imposible –los ojos de Lian brillan en la noche.
-Nada es imposible pequeña flor, nada es…-y Yuga Xiang se duerme agotado.
-Nada es imposible si crees en ello –termina la frase la pequeña Lian- siempre dices lo mismo, pero yo ya no lo creo.
Una mujer se levanta de la cama, se acerca al gran ventanal y sonríe. Desde la planta noventa y dos del Continental Hotel en Pekín observa la gran ciudad a sus pies.
Lian Xiang, la joven ejecutiva de Honda Spain es la representante de la firma en la campaña de presentación del nuevo Honda Huâ. Ella ha sido el alma de este nuevo proyecto de coche, siendo incluso la encargada de poner nombre al nuevo modelo; y ella es la encargada de lanzarlo al nuevo mercado asiático.
En unos meses ha conocido una tierra de grandes ríos y praderas enormes, donde siempre brilla el sol y la gente sonríe permanentemente, por eso tienen los ojos rasgados, el país más grande y bonito de la tierra, su otro país.
El señor Xiang consiguió ahorrar día a día el dinero suficiente para que Lian estudiase una carrera. Jamás le dijo a su pequeña Huâ que no había descansado ni un solo fin de semana, que no se había permitido ni un solo lujo, que fingía no saber pronunciar la erre para provocar su sonrisa, que los tres chinos de la tienda de la esquina durmieron durante quince años en una misma cama escondidos sobre un falso techo del local, que jamás había salido de aquel barrio lluvioso, con un único objetivo: demostrarle a su hija que aquella noche de febrero no mintió.
Lian Xiang, la mujer de ojos rasgados, sonríe a la gran luna de Oriente mientras acaricia un pequeño Buda de plástico de los que se vendían en la tiendecita de la esquina. Noventa pisos más abajo un enorme cartel publicitario anuncia junto a la foto de un coche: “Nuevo Honda Huâ, porque nada es imposible si crees en ello”.

VICTOR JUEGA LA FINAL DE LA CHAMPIONS

Hoy Víctor Bárcenas está realmente globuloso. Estado de globulosidad es aquella situación en la que tienes la seguridad de que tu masa encefálica pesa más de lo que debería a causa de una ingesta masiva de ginebra con tónica (Barceló con Coca-cola genera el estado de puntillosidad, motivo de otro post).
En esas condiciones, debe afrontar su situación vital basándose en tres parámetros:
1.- Es difícil coordinar actos simples en apariencia; rascarse la oreja y conducir a la vez se convierte en un acto heroico (seguramente será el edema neuronal o algo de eso).
2.- Recuerda vagamente que le prometió algo a una chica de ojos azules, el problema es que no recuerda exactamente en qué consistía su compromiso.
3.- Debe trabajar. Y eso no entraba ni en los peores pronósticos.
En definitiva: Victor 0 - Sistema 1
Y conjugando estos tres parámetros decide centrarse en lo suyo. Afortunadamente la consulta no está siendo muy espesa, por ello Víctor se dedica a terminar alguna comunicación para mandar a un próximo congreso, tomarse su cocktail mágico (un par de nolotiles más un omeprazol en un zumo de naranja) y pensar en lo acaecido en la últimas veinticuatro horas.
Hace dos horas, Remigio Vargas, usuario del nunca bien alabado sistema sanitario público le ha recordado que “Eso de ansiedá me lo paso por los cohones, usté lo que tiene que hacer es hacerle un elestro a mi muhé y mandarla pal hospitá”.
En definitiva: Victor 0 - Sistema 2
Afortunadamente el criterio del joven doctor ha coincidido plenamente con el criterio del ciudadano, por otra parte centro absoluto del sistema.
En resumen: Victor 1 - Sistema 2
Hace doce horas el inefable Roberto Faldones, delegado farmacéutico, excelente contador de chistes de mariquitas y tartamudos en el Restaurante El Chuletón, en un aperitivo (pedazo de comilona a base de carnuzas varias, crustáceos marinos y Ribera del Duero a espuertas) pagado por laboratorios Wanger: Mira Victor, te lo digo yo, que eso de mandar Omeprazol genérico es como recetar agua del Carmen; de hecho que sepas que en muchos casos las cápsulas vienen vacías.
O séase: Victor 1 - Sistema 3
Inmediatamente se ha levantado Gregorio Dapena, compañero de Víctor, y enarbolando una copa rebosante de vino ha sentenciado: Zzobezzto, ezztoy totazzmente de acuezzdo contigo..pojfa..ponme un poco mazz de ezze tintozzito tan jjico! hip!
Consecuencia: Victor 1 - Sistema 4
Víctor pasa al vigésimo sexto paciente, don Melitón Ceres, repartidor de butano y acreditado como el quinto mejor buscador de espárragos de La Comarca (los habitantes de La Comarca, los Comarcapitecus erectus son motivo de otro post) según refiere está afectado de Ceri-ceris y necesita su receta de Cericilio. Hoy no funciona el sistema informático (Victor 1 - Sistema 5), así es que el doctor se dedica a indagar con el paciente, con el familiar y con el socorrido médico de la consulta de al lado, Luis Cardenete avezado coleccionista de porno húngaro.
-Pues no Víctor, eso del Cericilio no me suena, pero te puedo prestar la última obra maestra del séptimo arte: La hija del terrateniente siempre duerme caliente; es polaca, pero un argumento excepcional que envidiaría el mismísimo Felini, se trata de …( Victor 1 - Sistema 6)
Víctor vuelve a su consulta y repasa el vademécum: Cerazet, Certican, Cerumenol, Ceroxan, Xeristar, pero Cericilo ni por asomo.
El nivel de adrenalina sube por momentos
-¿Está usted seguro don Melitón de que es Cericilio?
-Seguro, segurísimo. Apostaría la salud de mi santa esposa.
-¿Y por qué no se ha traido usted el cartoncito?
-Mire doctor, mi historiá está todo ahí en lordenadó –dice el usuario señalando la pantalla como el que vislumbra un ser de otra galaxia.
Consecuencia evidente: Victor 1 - Sistema 7
En ese instante se abre la puerta y aparece Pedro Landero, el director. Se acerca a la mesa del joven médico.
-Oye Víctor, que te iba a comentar una cosa. ¡Hombre, pero si está aquí don Melitón! –dice Pedro sorprendido al reconocer a su antiguo paciente- ¡Qué alegría me da verlo!. Por cierto, siento mucho lo del fallecimiento de su esposa, ¡cuanto hecho de menos sus mantecados estepeños!
En ese mismo instante Víctor redescubre una sensación que sólo ha tenido un ser humano además de él desde hace más de tres mil años: Moisés. El médico se siente igual que el profeta al ver abrirse las aguas del Mar Muerto a su paso.
-¿Don Melitón era paciente tuyo? –pregunta mientras cruza los dedos ilusionado.
-¿Paciente don Melitón? No era un paciente, era Mi-paciente-preferido –sentencia Pedro orgulloso ante la sonrisa del usuario confortado.
-Pues resulta que tenemos un problema don Pedro, este chaval que me dice que no encuentra mi medicación en lordenadó ni en el libro-gordo-rojo –Melitón también parece ilusionado con la llegada del veterano –dígale lo de mi enfermedad.
-Ah, bueno, usted tenía altos los Triglicéridos y toma gemfibrozilo desde hace años, creo recordar.
-Eso mismo le estoy diciendo yo, pero parece que no sabe mucho este joven médico –dice don Melitón poniendo cara angelical.
-¡Oiga, usted me dijo Ceri-ceris…! –responde Víctor, y piensa que mejor se calla, porque no sería muy fashion estrangular a alguien esa mañana, menos aún delante del dire.
Definitivamente: Victor 1 - Sistema 8.
Cinco minutos más tarde Víctor ha acabado la consulta, don Melitón ha salido con su manojo de recetas (rojas, que las paga zetapé), y Pedro le ha comunicado la nueva: le renuevan el contrato. El nuevo contrato vale al menos nueve puntos de vida, y eso alegra al joven médico (Víctor 10 - Sistema 8 toooooma). Hoy ha vencido.
Mientras cierra la puerta de su nueva consulta Víctor recuerda, la chica de ojos azules de la pasada noche se llamaba Alejandra, y el compromiso era ir a tomar un café al nuevo Jazz-coffee (con posibilidades de acabar el día jugando a los clics de Famobil con la joven).
Son las tres de la tarde, y Víctor entra en su viejo Opel Corsa blandiendo una sonrisa y enarbolando su trofeo vital mientras un gato negro le sonríe desde la acera.

¿POR QUÉ SOY TAN ABSURDAMENTE ROMÁNTICO?

Recientemente veía una entrevista a un tipo singularmente espectacular. Uno de los personajes más peculiares que circulan por los mass media: Eduard Punset. Me gusta su acento extremadamente catalán (a pesar de que por el sur no suele resultar simpático este acento) porque todos los catalanes que he conocido son personas extraordinarias (al menos hasta ahora). Con su pinta de profesor chiflado y su mirada inteligente hablaba de dos tipos de personas: los conformistas y los perfeccionistas.
Los conformistas: evalúan sus posibilidades, sus expectativas, y deciden apostar por lo que pueden conseguir. Un vez llegado a ese punto, se dan por satisfechos pudiendo incluso llegar a considerarse felices.
Los perfeccionistas en cambio siempre están buscando lo mejor. Tienden a probarlo todo, a tener gran cantidad de experiencias en busca de mejorar continuamente su realidad. Esto les lleva a cierto grado de infelicidad permanente, de búsqueda, de estar en el camino hacia algo, pues suelen pensar que siempre se puede encontrar “algo más”. Decía Punset que cada día somos más los perfeccionistas y menos los conformistas, al contrario de lo que sucedía en siglos anteriores.
Hasta ahí una reflexión brillante; pero si seguimos elaborando y preguntando:
¿Es una actitud ideal la del conformista, no arriesgar demasiado en nuestras apuestas vitales y poder incluso considerarnos felices en un plazo relativamente corto?, ¿Es lo más conveniente ponernos nuestras orejeras vitales, cerrar los ojos a lo que nos rodea y limitarnos a cumplir unos objetivos vitales prefijados? Así no correremos el riesgo de equivocarnos. Tampoco nos arrepentiremos de casi nada.
¿Y si soy inconformista?, ¿Y si arriesgo en mis apuestas en la vida?, ¿Y si vivo experiencias nuevas sin cerrar mis expectativas, inquietudes y vivencias? Seguramente me equivocaré a veces; además me deberé arrepentir a corto plazo por haber cometido los errores propios del que navega en aguas turbulentas, y quizás me será difícil llegar a decir que he alcanzado la felicidad plena.
Sin embargo llegados a este punto, debo abandonar la filosofía intangible y metafísica para agarrarme al recuerdo de mi abuelo pocos meses antes de ser partido en dos por un aneurisma de aorta (curiosamente a pocos metros de mi consulta azul): “Aprovecha tu vida para vivirla, los que la disfrutan quizás se arrepienten de cosas que han hecho, lo realmente triste (y yo diría trágico) es llegar al final y arrepentirte de lo que no has hecho, pues eso nunca lo vivirás”.
Y yo me quedaré con mis ideas: Prefiero disfrutar el camino, navegar sobre una ola o flotar en la nube en movimiento, equivocándome, cayendo y volviendo a levantarme, antes que estar al final de un camino cómodo, mirar hacia atrás y darme cuenta de todo lo que dejé por Vivir
Eso es para mí el romanticismo y con eso me quedo.
Dixit.

LA CAJITA DE MÚSICA

Este post debe ser leído con los altavoces encendidos. Es éste un relato musical.
El gran edificio tiene forma de hélice de cuatro aspas coronada por un gran letrero luminoso. Las cuatro alas del complejo residencial para personas mayores Novaluz (su tercera juventud en las mejores manos, promete la publicidad).
Obra de un arquitecto alemán, la residencia Novaluz pasa por ser una de las más modernas y mejor equipadas del país.
Trescientas veinticuatro habitaciones, diecinueve enfermeras, tres médicos, quince auxiliares de clínica, doce trabajadores de servicio. Y Bernard.
Cada una de los cuatro bloques de Novaluz es ocupado por un tipo diferente de pacientes.
Ala norte: ciento ocho habitaciones. Dedicado a los pacientes denominados válidos. Pacientes capaces de caminar, de alimentarse y de comunicarse con fluidez. Allí habita Bernard. Setenta y ocho años y seis como residente. Fue maestro de infantil. No tiene hijos. Su única familia es su olvidada sobrina Amelie. Vive en Novaluz gracias a una pensión de seiscientos euros.
Ala Este: Demencias Ciento ocho habitaciones. Allí habitan los residentes con deterioro cognitivo tipo Alzheimer, aquellos que olvidaron cómo comer solos, cómo controlar sus esfínteres, apenas caminan. Su comunicación con el entorno se limita a una sonrisa boba.
Ala Sur. Cincuenta y ocho habitaciones. Grandes discapacitados. Camas articuladas donde vegetan seres rígidos, con la mirada fija en el techo. Hace meses que dejaron de comer, hace meses dejaron de moverse, hace meses dejaron de comunicarse, de pensar, de Vivir. Sus pieles son tan finas que el simple hecho de apoyar sus talones en la cama provoca horribles escaras negras, profundas, putrefactas.
Ala este: ciento ocho habitaciones. Es el ala prohibida, el ala del haloperidol. Es la zona UTC; Unidad de Trastornos de Conducta. Porque los locos también se hacen viejos. Allí vive Bertrand Moulet (diagnóstico: esquizofrenia hebefrénica), únicamente pronuncia tres palabras desde hace más de cuarenta años: Para-La-Corriente, Para-La-Corriente…No duerme, apenas come, no camina. Sentado en su silla de madera, se balancea rítmicamente de derecha a izquierda desde hace más de veinte años, repitiendo siempre las mismas palabras. Su cuerpo está plagado de cicatrices gracias mi-amigo-Fridich. Ingresó con dieciocho años para tratamiento por ser un “invertido sexual” en la clínica del reputado psiquiatra alemán Friedrich von Hauser, defensor de la terapia electroconvulsiva como cura de la homosexualidad. Allí está Lucienne Cripal (oligofrenia profunda); ciento cuarenta kilos de peso y un coeficiente intelectual cercano al de un saltamontes. Con trece años ingresó en el psiquiátrico. Tras cincuenta y dos años ingresada pasó a Novaluz. Únicamente habla cuando alguien la mira a los ojos o la toca (Hijo de puta, cabrón, te voy a matar).
Y la paradoja de la gran hélice que es Novaluz consiste en que no se mueven las aspas, se mueven los internos. Cada primer lunes de mes se reúne la Comisión de Centro. En esta reunión se decide qué pacientes pasan del ala uno a la dos; o a la tres. No hay vuelta atrás.
Siete de marzo de dos mil ocho. Patio del Ala Norte:
Bernard disfruta de los últimos rayos de sol mientras acaricia su más preciado tesoro, su único tesoro, una cajita de música del tamaño de una caja de cigarrillos, regalo de una enfermera del centro el día que ingresó. Cada mañana la abre y oye las mismas notas, La Bohème, mientras una bailarina gira en torno a su eje. Así ha sido durante los últimos seis años. Hace tres meses que Bernard conoció a Cécile. Comparten desayuno y paseo por los jardines. Comparten recuerdos y se ríen juntos dando cuerda a la cajita musical. Hacía ocho años que Bernard no reía. Hace dos días decidieron sellar un pacto secreto: se ayudarán mutuamente a envejecer, se apoyarán en este último viaje. No necesitan papeles ni contratos, no necesitan nada más. No tienen a nadie más.
Así pasan los meses, entre mañanas de sol, Aznavour, risas y miradas.
Cinco de febrero de dos mil nueve:
Bernard se levanta como cada mañana, escucha su cajita de música durante quince minutos y se dirige al comedor. Como cada día mira al fondo, donde suele esperarlo Cécile, pero no la encuentra. Busca en el patio, y luego en su habitación. Pregunta a las enfermeras, pero nadie le responde. Simplemente Cécile no está. Cécile ha desaparecido de la vida de Bernard, se ha esfumado. El anciano vuelve a su habitación, da cuerda a su cajita de música y llora oyendo La Bohème.
Diez meses más tarde...
En la habitación 34 del ala sur dormita Bernard. Gracias a quince gotas de haloperidol ha dejado de luchar para arrancarse la sonda nasogástrica. Ignora que al otro lado del pasillo, apenas a tres metros se encuentra Cécile cuya única comunicación con el mundo es un quejido apagado desde hace meses.
En un sillón de madera del soleado patio Norte de Novaluz se encuentra Alain. Ha ingresado en la residencia hace apenas unos días. No conoce a nadie así es que pasa las tardes releyendo a Víctor Hugo y escribiendo.
De pronto percibe que se acerca una joven enfermera. Se sonríen.
-Buenas tardes Alain, ¿como se encuentra? -ella tiene acento de Toulouse.
-Bueno, mejores tardes he tenido -responde Alain.
-Si quiere se puede entretener con esto -dice la enfermera mientras entrega al anciano una cajita rosa.
Alain abre la cajita, y sonríe al ver la danza mecánica de la bailarina mientras suenan las notas. Una señora mayor se acerca al oír la música. Los ancianos se sonríen...
-¿Puedo sentarme a oír la cajita? -por supuesto señora, responde Alain.
-Me encanta Aznavour -dice ella sonriendo. Y la gran hélice empieza nuevamente a girar.

THE VICTOR´S PRIMARY CARE

La Primaria. Así le llaman muchos (casi todos) al ejercicio de la Medicina de Familia. La Primaria tiene tela. Y mucha.
Lo primero de todo es aceptar que debes visitar (realmente no sé de donde viene el vocablo, pues no visitamos a nadie), a un paciente , más su correspondiente familiar al acecho y con sus cartoncillos escondidos, cada cinco minutos.
Si sumamos el hecho de que puedes sufrir una urgencia miccional, el tiempo de ese paciente se limita a dos minutos, siempre que tu vejiga evacúe con flujo y fuerza adecuados o no padezcas prostatismo. Otra opción es la de algunos que no se levantan ni para hacer un pis en toda la mañana (todo por el usuario...).
Pero reflexionando acerca de cual es la clave en este asunto Victor Bárcenas llegó a conclusión: su consulta es como una feria de pueblo, y él es el churrero, el artista y el que tira los cohetes; y lo bueno siempre viene al final: ¡La traca, la gente pidiendo otra, otra, otra y los borrachos pidiendo chocolate con churros!
Los primeros de la lista diaria suelen ser personas que cogieron el número días atrás, normalmente personas mayores (¡no abuelillos!), que acuden a rastras en busca de un poco de simpatía (pase Juan que voy a darle una buena paliza), unas palabras amables (¿ochenta y tres años Josefa?, ¡Pues yo hubiera dicho que tiene usted sesenta y pocos!, un poco de fonendo (es que este resfriado me dura más de dos meses) y algún ajuste de medicación.
Así va Víctor, en su aventura en "La primaria" navegando en su inmensa lista (doce pacientes a la hora durante seis horas hace un total de setenta y dos, cada uno con sus problemas sus expectativas y sus necesidades sin saber que el sistema les adjudica sólo cinco minutos).
Víctor sabe lo importante es mantener la mente equilibrada, esforzándose en:
1.-No cometer el pecado mortal de hacer en verde las recetas que iban en rojo (pues te volverán a los veinte minutos), en cambio si le haces recetas rojas a los que son de receta verde nadie se vuelve (curioso).
2.-No entregar un parte de baja laboral a alguien con más de ochenta años.
3.-No cometer el tremendo error de preguntar ¿algo más? Siempre hay algo más (varices, dolores varios, analíticas pendientes, orinas turbias, cefaleas persistentes, la niña no me come, la abuela no me duerme...)
4.-Evitar la tentación de saltar del asiento diciendo ¡yupiiii! y dar tres vueltas de campana cuando alguien le dice que sólo viene para una receta, o cuando alguien no acude.
5.-No decirle a Pepi (la pepi) que le parece una pasada que acuda al médico en bata, pijama rosa y zapatillas a juego (aunque sean de Hello Kitty), pues la batalla está perdida.
6.-Saber que es débil, y después de decir "señora no le receto el espirifén" dieciocho veces, a la diecinueve caerá con toda probabilidad.
7.-Esquivar a los representantes que lo acechan por los pasillos
Y sobre todo ser consciente de que debe ir dosificándose, como en las ferias de pueblo, para el final de fiestas si no quiere ser arrodallo por la vaquilla de turno (y cuando digo vaca no miro a nadie).
Porque a las dos y cincuenta y tres minutos, cuando su mente es una especie de nebulosa, cuando su estómago ruge y sus dedos se niegan a pulsar una tecla más...ole, ole, ole que viene la traca.
-¿Se puede? Vengo sin número -pregunta Matilde que ya ha entrado y se ha sentado sin esperar respuesta.
-Dígame -tiembla la voz del joven galeno, le lagrimean los ojos, no se siente las piernas, se teme lo peor...como el músico de feria, se teme que va a tener que interpretar a Paquito el Chocolatero por quintuagésimoquinta vez, esa gran obra de la música contemporánea...
-La abuela, que otra vez está "cogida al pecho" y con un fiebrón, hacía falta que se pasara a echarle un ojo.
-¿Pero no la ha podido traer antes? -suplica el encargado del puesto de churros.
-Imposible dostó, si es que está mala malísima.
Entonces surge el diablo malévolo y siniestro en la perversa mente del médico, y una vez más debe elegir entre tres respuestas:
-Mire, señora, a mí me pagan hasta las tres, así es que váyase usted a urgencias.
-Espere cinco minutos, que voy al coche a coger mi Magnum de 9 mm y me pegaré un par de tiros delante de usted para que comprenda mi situación vital.
-Mire señora, en este momento estoy pensando en mi vecina, con la que me debería cruzar en el ascensor a las tres y cuarto, que o bien se ha puesto silicona como para alicatar dos cuartos de baño o bien tiene debajo del sujetador dos kikos de los de cinco duros, por ello no creo que sea positivo para nuestro mutuo interés el que yo siga trabajando.
Media hora más tarde el joven Médico de Familia está visitando a doña Ramona y sus catarros vitales. La vecina deberá esperar. La vecina es Laly, pero será motivo de otro post.

ANOPHELES

Es curiosa la forma en la que nosotros los humanos, esos seres vertebrados, mamíferos, vivíparos y omnívoros (estoy repasando últimamente conceptos de segundo de primaria con Penélope), asumimos con completa naturalidad (y cierta desvergüenza) nuestro absoluto dominio acerca del mundo, tanto conocido como desconocido. Quizás sea ésta la causa por la cual hemos llegado a dominar el planeta, y quizás también por ello cualquier día lo mandaremos todo a tomar por saco.
Unos seres con una carga genética similar al mosquito Anópheles damos por sentado que conocemos la existencia, esencia y leyes de un Dios. Por supuesto que conocemos acerca de su presunta sabiduría, sabemos la forma que tiene de actuar, y de mover el Universo. Incluso podemos predecir la forma en que Dios actuará castigándonos o premiándonos según nuestras acciones. Como diría mi amigo Jose, experto en cocinar las sopas de sobre de Gallina Blanca, somos la repera. Vaya, que casi somos más listos que nuestros dioses.
No considero que mi mente esté preparada para conocer, en caso de que exista, la esencia, existencia y leyes de los dioses. Por supuesto, el asumir que el señor cura, ayatolah, rabino, pastor protestante, ortodoxo, chamán, curandero, monje budista, obispo, imán o Papa de turno son los enviados directos de Dios, la conexión entre nosotros y el más allá, no me acaba de convencer. De las guerras de religión mejor ni hablamos como diría el calvo de la fórmula 1. ¿No se trataría de un caso evidente de soberbia? Y cuidado que eso, paradojas de la vida, es pecado.
Entiendo que es difícil asumir que no somos capaces de entender determinadas circunstancias, como la muerte, el infinito, la eternidad, el espacio/tiempo, la existencia de un Bien Universal, de un Castigo/Premio al final de la vida o de un Motor Divino. Entiendo que es más fácil asumir con los ojos cerrados lo que se nos dice desde el púlpito, y lo acepto pues cada uno gestiona como puede sus propios miedos. Yo, por suerte o por desgracia, me bajé de ese tren.