PERO ES QUE...

-Es absurdo, déjalo. No merece la pena.
-Pero es que...
En ese momento Andrés levanta la mano displicente dando por sentado su superioridad intelectual.
-Escucha hija, es absurdo que te dediques a escribir, que pienses en vivir de tus palabras, que creas que algún día alguien se interesará por lo que sientes al mirar la luna.
-Pero es que...
-Debes saber que de cada cien mil escritores, sólo uno puede publicar algún libro. Está estudiado que la probabilidad de vender más de cien ejemplares, una vez publicado es de cinco entre trece mil. También está demostrado que sólo un cero coma dos por ciento de esas personas que logran vender más de cien ejemplares llegan a publicar un segundo libro.
-Pero es que...-dice la joven.
-Ni es que ni nada. Eyla, no te empeñes en lo que es casi imposible. Sólo una de cada cinco mil personas que publican un segundo libro, pueden llegar a vivir de la literatura. No seas ilusa hija. Debes centrarte en lo tuyo.
-Pero es que...
-Sí, ya sé que crees que puedes, que tienes ilusión, y que crees que llegas a la gente, pero hay miles como tú, pequeña. Debes ser más científica, pues eso es lo que tiene futuro.
Y las estadísticas demuestran que es absurdo seguir empeñada en escribir.
El padre y la hija siguen caminando por la ribera del río.
-Papá -dice Eyla parándose un instante.
-Dime pequeña -Andrés mira a los ojos a su hija adolescente. Por fin ha conseguido convencerla.
-¿Mañana iremos a seguir las procesiónes de Semana Santa?
-Por supuesto hija, ya sabes que somos devotos de toda la vida.
-¿Sabes algo papi?
-Dime pequeña...
-Debes saber que desde hace tres mil años ha habido más de doscientos mesías de diversas religiones. No está estudiado, pero calculo que la probabilidad de que una mujer se quede embarazada de una paloma es de cinco entre trece mil millones aproximadamente. También está demostrado que sólo un cero con dos por ciento de los hombres aceptaría que su mujer le dijera: "Cari, un espíritu me dejó preñada". Es más, la ciencia aún no ha podido demostrar siquiera la existencia de Jesucristo. Y la probabilidad de que tras una imagen de madera exista una divinidad es tan remota aquí como en las isla de Pascua, y se estima de una entre cincuenta mil millones.
-Pero es que...-dice el padre.
-Además deberías saber que cada año nos gastamos millones de euros en bordados de oro, plata y lujos para adornar unas imágenes mientras el resto del mundo pasa hambre y miseria.
-Pero es que...
-Sí, ya sé que crees en ello, que tienes ilusión, y que crees que eso llega a la gente, y que hay miles como tú. Quizás deberías ser más científico, pues eso es lo que tiene futuro.
Y las estadísticas demuestran que es absurdo seguir empeñado en creer en algo de lo que no tenemos ni una sola prueba...Pa-pi.

MI QUERIDA CONJUNTIVITIS-2

En un post previo, relataba mis peripecias con un presuntamente adorable y pacífico adenovirus, así como las nefastas consecuencias de la famosa crema de aureomicina.
Eso fue el pasado viernes, y parecía que todo iba a evolucionar como suelen hacerlo estas cosas. Nuevo error.
Por si alguien no se ha dado cuenta, hace una semana que no actualizo este blog. Causa: lagrimeo, picor, dolor, enrojecimiento y llanto ocular.
A pesar de hacer el tratamiento correctamente (colirios varios de antiinflamatorio, lagrimas artificiales, antibióticos…), el ojo fue evolucionando del estado pimiento morrón a la situación chorizo de cantimpalo.
Por suerte no debía trabajar en unos días, así es que decidí aislarme del universo, hacer un fin de semana monjil, cumpliendo rigurosamente el tratamiento, evitando el sol y no forzando la máquina, limitando mis estancias en el ordenador a cinco minutos diarios, no leer ni tomar el sol. En definitiva, vida de asceta.
Resultado: dos noches sin apenas dormir, dos botes de colirio y un humor de perros. Pero yo seguía en mis trece: tranquilo Salva, que estas cosas son así.
Al cuarto día parecía que la cosa iba a mejor, así es que decidí no darme de baja. Claro, que esa idea surgió a las seis de la mañana.
La tragedia acontecido al llegar al trabajo el lunes...
-¡Joder Salva! ¿qué te ha pasado?
-Nada, una simple conjuntivitis –respondí casi acobardado.
-¿Cómo que una SIMPLE conjuntivitis? Tío, tú tienes la madre de todas las conjuntivitis, si el ojo se te va a salir de las cuencas –la enfermera siempre arrimando gasolina a las ascuas.
Intento animarme diciéndome que no es para tanto hasta que…
-Salva, ¿alguien te ha mirado eso? –me pregunta Miguel, médico de la consulta vecina.
-Cuando dices “eso” –respondo- ¿te refieres por casualidad a mi ojo?
-Joder tío, yo te digo que “eso” no es normal. A ver si no va a ser una simple conjuntivitis vírica…
Entonces empiezo a hiperventilar...me vuelvo a mi consulta intentando aparentar calma a pesar de la sudoración de mis manos y de que noto que mi corazón late más (mucho más) rápido de lo que en él es habitual. Entonces sufro la segunda parte del denominado por mí síndrome del médico enfermo: el estado de cagatis-totalis.
Este síndrome es característico de los sanitarios. La inmensa mayoría de la humanidad, en cuanto algo marcha mal, acude a un médico para descartar que vayan a “tener algo serio”. Los médicos no. Nosotros somos más chulos que nadie, por eso como “a nosotros nunca nos pasa nada” pues nos autotratamos como nos sale del pirulín. Es una especie de mecanismo de defensa, por ello nuestras toses, dolores de cabeza, garganta, hemorragias o disneas nunca “son nada”. Cuando vemos que la cosa no evoluciona como debiera , entonces seguimos convencidos de que la cosa está a punto de mejorar. Hasta que de pronto, en unos milisegundos tan solo…¡zas!
Nos damos cuenta de que lo nuestro “puede ser algo”.
En ese instante mi cabeza se llena de imágenes de uveitis supurativas, úlceras corneales por herpes (¡hostias, y yo venga zumbarme con la dexametasona!), ojos escrofulosos, epiescleritis galopantes, pus dentro del ojo, hipopion, glaucoma agudo, uveitis…joder, si esto es de tercero de carrera: ojo rojo. Si hasta cayó en el examen de oftalmología.
Calma Salva, calma…
Pero ya es tarde. Me toco el ojo y…No sólo está rojo como un tomate pollero, ¡también me duele! Joder, ¿cómo no me di cuenta antes?
Me pongo a mirar la pared de enfrente y…¡de puta madre, si también veo borroso!
Joder, joder, joder: ojo rojo, dolor, visión borrosa. Me cago en la sota de bastos, y yo venga gotitas. Estoy realmente jodido…
Y veinte pacientes por ver
-Bueno doctor, que se mejore, que le veo hoy mala cara –me dice doña Amalia-¿se ha mirado ese ojo?
Diez minutos más tarde cierro mi consulta, tras hablar con el dire, salgo hacia el hospital chirriando ruedas.
Seis días mareando la perdiz, y ahora lo considero una emergencia casi vital…la cosa tiene tela.
A pesar de la visión borrosa, llego al hospital en tiempo récord y conduciendo con un solo ojo.
-Anda, tira rápido que el oftalmólogo estará a punto de irse –me dice el administrativo de urgencias.
Por fin, por primera vez en mi vida hago uso de mis influencias como médico.
Corro por el pasillo con la velocidad justa para no perder el decoro (paso rápido que se llama el asunto). Al llegar a la consulta de oftalmología…¡Bingo! El oftalmólogo aún está.
-Hola,¿qué te trae por aquí Salva? –el oftalmólogo parece tranquilo, a pesar del chorizo que cuelga sobre mi maxilar derecho
-Joder tío, no sé –respondo aún jadeante por la carrera- mira qué ojo te traigo. Llevo así una semana, pero voy patrás. Ya no sé qué pensar, si tendré una uveítis, o una úlcera o yo qué sé -noto que me tiembla la voz.
-Venga, siéntate ahí.
Coloco mi cabeza frente frente a la lámpara de hendidura.
-A ver…mira al frente, a un lado, al otro…bien.
Cinco minutos más tarde el oftalmólogo me dice con una sonrisa que tengo una “simple conjuntivitis bacteriana”, que aumente la dosis de antibiótico y en unos días como nuevo.
Es absurdo, pero las palabras del oftalmólogo hicieron que saliera de la consulta con una importante sensación de mejoría.
Dicen que de todo se aprende. En esta semana he aprendido varias cosas:
1.-Como paciente soy un desastre.
2.-La próxima vez, acudiré a que “alguien me vea” a los primeros síntomas.
3.- El síndrome del médico enfermo existe, y quizás sería interesante estudiarlo…
4.-Unas palabras amables y tranquilizadoras, aunque no maten bacterias, también ayudan a curar.
PS: Hoy, seis días después del asunto, mi conjuntiva vuelve a parecer humana, no me pica ni me duele, y por las mañanas al abrir los ojos no están pegados.
Estoy curado. Pero, joder, qué mal lo he pasado.

EL NIÑO DE OJOS GRANDES

Era un niño de ojos grandes en un tiempo ya pasado y su historia sucedió hace casi treinta años.
El niño de ojos grandes tenía diez años, esa edad en la que se descubre el mundo de los adultos, y en la que se empieza a sospechar que en el Universo no rigen las normas mágicas de la infancia.
El niño de ojos grandes vivía en un pequeño pueblo lejos de la ciudad. Sus mañanas las pasaba entre tablas de multiplicar (siempre se equivocaba en la tabla del cuatro al llegar al cuatro por siete), mapas de España , oraciones de sujeto-verbo-y-predicado y recreos inolvidables. Sus tardes fueron de calle, indios contra vaqueros, pan con chocolate, fútbol, clases de catequesis y policías contra ladrones.
Inolvidables noches de brasero y Kunta Kinte.
El fin de semana era especial, pues su madre le permitía ir a comprar la leche, ver cómo el cabrero ordeñaba, y además podían desayunar tortas de harina frita con Cola-Cao.
El niño de ojos grandes siempre era feliz. Bueno, realmente recordaba una tarde en la que, al llegar de jugar, encontró al médico en casa, a su madre con cara de miedo y a su padre gritando de dolor por una piedra en el riñón. Esa tarde fue la peor de su vida. Hasta que llegó aquel día.
Una tarde de Mayo el niño de ojos grandes dijo que no tenía ganas de salir, que le dolía la cabeza.
-Ya has cogido las anginas de nuevo –aseguró la madre.
Después de una semana en cama, el niño de ojos grandes seguía con dolores de cabeza.
-No te preocupes, yo no le encuentro nada serio al niño, vamos a hacerle un análisis y ya veremos –dijo el médico del pueblo a la madre.
El niño de ojos grandes se dio cuenta de que el dolor aparecía todos los días por la mañana, desaparecía a mediodía y volvía, certero y puntual, cada anochecer. Especialmente aparecía siempre que intentaba ver la televisión.
Pasaron tres semanas hasta recibir los resultados. En ese intervalo el niño de ojos grandes había intentado ir al colegio, pero el dolor de cabeza y la fiebre lo hacían volverse antes del recreo.
Una noche, antes de dormirse decidió rezar con fuerza, con toda la fuerza del mundo. Rezaría con tanta fuerza que Dios le quitaría el dolor. Esa noche se durmió sonriendo. La mañana siguiente el niño se despertó antes de tiempo, y una sonrisa se dibujó en su boca. Lo sabía, sabía que Dios no le fallaría. Pero a las diez de la mañana, Dolor acudió a su cita.
-El niño tiene velocidad en la sangre –dictaminó el médico.
El niño ignoraba el significado de aquellas palabras, pero se alegraba de que al fin hubieran encontrado el origen del dolor y la fiebre. Además, su madre parecía tranquila, así es que se alegró. Era curioso, tenía velocidad en la sangre…
-Debe hacer reposo un mes, y tomarse estas vitaminas y estas pastillas.
Las vitaminas eran unas ampollas bebibles de un sabor nauseabundo que el niño se tomaba cada mañana.
Pasaron las tres semanas, pero la cefalea y la fiebre seguían acudiendo a la cama del niño cada día. Además ahora estaba perdiendo peso.
Una mañana el niño de ojos grandes decidió que el dolor sería su compañero de viaje, que lo acompañaría siempre, siempre. Lo único que debía hacer era esperar a que aliviara. Por eso pasaba horas enteras con la cabeza bajo la almohada buscando una postura menos dolorosa.
Así pasó el verano. Una tarde vinieron sus amigos del colegio a hacerle una visita. Le trajeron dulces y un auténtico balón de cuero con la imagen de Naranjito.
El niño de ojos grandes ahora era el niño enfermo.
Pasaron tres meses desde que Dolor lo acompañaba. Una tarde su madre le dijo que había venido un hombre de las montañas y le había traído unas hierbas mágicas.
-Prueba, a ver qué te parece.
-¡Mamá, está buenísimo!
-Verás como te alivia el dolor, son unas hierbas secretas –le dijo la madre.
Se trataba de una simple infusión a base de manzanilla, hierbaluisa y menta, ideada por su madre, pero la infusión mágica conseguía cierto alivio.
Como el niño de ojos grandes seguía con fiebre después de cuatro meses, el médico decidió derivarlo a la capital, donde le hicieron una radiografía.
Al empezar el colegio, un amigo le traía los deberes cada tarde y se llevaba los del día anterior.
Una mañana de Septiembre en la que Dolor lo respetó, el niño enfermo decidió explorar el armario de su padre. En una estantería, por encima de las botellas de Marie Brizard, y de licor de Café, y cerrada con cristales corredizos, su padre guardaba una veintena de tomos cuidadosamente alineados.
Subiéndose a un taburete, el niño se asomó a la hilera de libros. Con cuidado cogió un grueso volumen: Los tres Mosqueteros. Primera Parte. Víctor Hugo.
Ese día todo cambió en su vida. En aquel armario se encontraba un mundo nuevo para él, plagado de reinos extraños y lejanos, de personajes heroicos y de historias increíbles.
El niño enfermo, ya cercano a los once años pasaba las horas leyendo a Stendhal, a León Uris o Nabokov. Igual leía una novela de Julio Verne que se pasaba las horas devorando las pasiones de Calixto y Melibea o se retorcía de angustia imaginando al hombre de Kafka convertido en repulsivo escarabajo. El niño leía sin orden ni concierto, sin los prejuicios de saber lo que iba a encontrar dentro de cada libro. Literatura en estado puro, salvaje, virgen.
El niño enfermo se dio cuenta de que el dolor pasaba a un segundo plano cuando él entraba dentro de los libros, porque Dolor no podía viajar al lejano oriente con Pearl Buck o saltar a las estepas lejanas con Tolstoi. Dolor se quedaba bajo la almohada mientras el niño escapaba por la ventana.
Pero a pesar de todo seguía perdiendo peso.
Los padres del niño enfermo decidieron entonces acudir a la capital, donde visitarían al célebre doctor Villaespesa. La economía familiar apenas daba para llegar a fin de mes, pero el doctor Villaespesa era la única opción, la mejor opción de todas. Quizás la última.
Los recibió un hombre ya mayor, de cara amable, con cierto sobrepeso y un cuidado bigotito canoso. El niño pensó que aquel hombre debía parecerse a Hercules Poirot. La visita se llevó a cabo en una lujosa consulta, rodeado de maderas nobles, bonitas alfombras y una enfermera con cofia. Una vez más lo exploró (metal frío en pecho y espalda, respira, abre la boca, di Aaa), y una vez más volvió a preguntarle por Dolor, por sus características, por sus idas y venidas, por sus trampas y sus mentiras. Una vez más volvió a sacarle sangre una enfermera con gesto adusto.
Unas semanas más tarde empezó el nuevo tratamiento.
-Son quince inyecciones, una cada dos días –había dicho el doctor Poirot a los padres. Si el niño no mejora, me lo traen en dos meses.
Ya avanzaba el mes de Diciembre, y cada mañana el niño enfermo acudía a su cita.
Mercedes y sus agujas: Una jeringa y dos agujas para todo el pueblo, recalentada, a modo de burda desinfección una y otra vez en el hornillo de gas de Mercedes.
-Una para todos y todos para una –pensaba el niño.
Las tardes seguían siendo para volar junto a Delibes y Marc Twain, para escapar de Dolor en brazos de Vargas Llosa, para navegar hasta Macondo a hombros de García Márquez, para sentirse cerca de Yerma…
Las inyecciones eran dolorosísimas, y le provocaban mareos. Una vez incluso llego a desplomarse. Su madre siempre lo arreglaba con una reconfortante sopa caliente y unas patatas fritas.
Una mañana de Febrero, recién cumplidos los once años, el niño enfermo notó algo extraño. Se levantó de su cama, desayunó con ganas y abrió la ventana. Curiosamente, le apetecía salir. Fuera el mundo seguía girando, se oía el chirriar de una repasadora en la cercana fragua…y Dolor no estaba.
El niño enfermo sabía que no debía ilusionarse. Había pasado antes, y Dolor volvería, siempre volvía.
Pero esta ocasión fue diferente. Pasaron dos días, pasó una semana. Y Dolor no volvió.
-Mamá, ya no me duele –dijo una tarde.
-Eso han sido las hierbas de las montañas, seguro –la madre se apartó una lágrima sin que el niño enfermo lo notara.
A principios de Marzo, el niño enfermo volvía a ser el niño de ojos grandes. Volvió al colegio, a sus mañanas de divisiones y mapas. A los recreos, a las tardes de pan con chocolate, a los policías contra ladrones, a los fines de semana con Torrebruno y a las Bolas de Cristal.
Dolor nunca más volvió, y en su estantería sobre el Marie Brizard y el licor de Café se quedaron Víctor Hugo, Tolstoy, Delibes, Lorca, Kafka, Twain y muchos otros.

Post-Scriptum: Durante diez meses de mi infancia padecí una fiebre de origen desconocido. Yo fui el niño de ojos grandes. Finalmente el doctor Villaespesa me diagnosticó y trató por una Brucelosis (Fiebres de Malta). Hoy debo agradecer a mi madre sus hierbas de la montaña, porque realmente me mejoraban. Debo agradecer a mi padre su armario lleno de libros en una época y un lugar donde casi nadie leía, porque gracias a ellos amo la literatura. Debo agradecer a mis padres su empeño y sacrificio en no parar hasta encontrar una solución a mi fiebre. Debo a agradecer a mis amigos del cole que me visitaban cada cierto tiempo. Incluso debo agradecer a aquella mujer cuyas inyecciones me duelen de tan solo recordarlas.
Hoy la sopa y las patatas fritas de mi madre siguen siendo sin duda las mejores del mundo. La infusión de menta, hierbaluisa y manzanilla no he vuelto a probarla.
Hoy sigue existiendo aquella estantería con libros en casa de mis padres, desapareció el Marie Brizard. El licor de café sigue ahí.
Hoy sigo notando un nudo en la garganta cada vez que mi hija se atasca en la tabla del cuatro, concretamente en el cuatro por siete.
Hoy sigo siendo incapaz de enfrentarme a un niño con Dolor.

EL SEAT DE LA SHAKIRA

Creo recordar que me explicaban en Filosofia de bachillerato que no somos ni quien creemos ser ni quizás tampoco quien los otros ven de nosotros (vale, empiezo con un galimatías), también recuerdo algo acerca de la esencia del ser, el existir en un entorno, o aquello de las sombras y la caverna de Platón que memorizamos para la selectividad. Aprovechando esta inútil y poco interesante disquisición me doy cuenta de la íntima relación entre ética y estética, entre quienes somos y quienes aparentamos ser. Ahí entran los clichés estéticos, las apariencias formales que intentan dar a entender quienes somos.
Sin duda creo aparentar algo muy diferente a lo que el resto de la humanidad ve en mí. Aunque de hecho no soy el único: hay enfermeras que por el hecho de blandir un boli de cuatro colores, unas tijeritas, un rotu que pinta sobre plástico, un muñeco colgando del fonendo y un reloj con cadenita se creen mejores profesionales, cuando en realidad se asemejan a Mary Poppins. Hay médicos que por el hecho de no cambiarse nunca de bata (la bata con tanta mierda que si la ponen de pie anda sola), llevar siete bolis y varios depresores en el bolsillo, unas gafitas de intelectual y pedirse un té para desayunar se creen más listos que House, cuando en realidad están a cinco minutos de ser protagonistas de Callejeros.
Llegas a tomarte una copa creyéndote el más interesante del lugar, con tu ropa de los domingos y la colonia buena y siempre hay algún cabroncete que te grita, para que lo oigan todos (y especialmente todas):
-Tío, ¡pero si tienes un agujero ahí que parece la capa de ozono! -refiriéndose a que el pelo empieza a escasear en tu zona occipital. Lo peor es que siempre es el mismo tontainas el que te lo recuerda.
Estos días, gracias a que van a subir el IVA y te regalan dos mil eurazos por la cara, voy a cambiar mi viejo Fiat Punto. La verdad, anda menos que un caracol, aunque le tengo aprecio. Realmente yo a un coche le pidos tres cosas: que tenga cuatro ruedas, un volante y que arranque por las mañanas.
Inicialmente hice un sondeo con amigos y compañeros de trabajo: Casi todos insitían en que los coches pequeños son "una mariconada". ¿Realmente existe relación entre un gusto sexual y la velocidad? ¿se referían con lo de mariconada al número de cilindros? ¿ligan más aquellos que se compran un Audi? Temas para estudiar seriamente.
Me importa un pimiento las válvulas, los cilindros, los HDI, SDI, CTI, TDI, los caballos de vapor o que tenga un ordenador integrado. Me la trae el pairo los sistemas de frenado alemanes o japoneses. Por otra parte, tengo la suerte de tener unos ahorrillos, así es que no me interesa pagarlo a plazos.
Pero debo tener pinta de otra cosa:
Hyunday: Me atiende una señora que únicamente se centra en decirme que conoce a un amigo común, que no se vende ni un coche y que está hasta el moño de que todo el mundo venga pidiendo presupuestos para comprar coches pequeños.
Seat: A la llegada me atiende un señor de unos ciento cincuenta kilos y aspecto patibulario que me pregunta antes de nada: ¿vienes buscando el Ibiza de la Shakira, verdad? Juro ante levagelio que no sabía que Shakira anunciase un coche. Pero debo tener cara de sátiro o algo así. Cuando le expreso al vendedor que me da igual la Shakira, el tío toma aire y me suelta de una tacada las doscientas mil características técnicas del Ibiza que-no-anuncia-shakira.
-¿Y de precio como sale? -pregunto avergonzado.
-Bueno, el Ibiza de la Shakira se te va un poco más caro -insiste el tipo al que he explicado que me importa un pepino La-Shakira -el Ibiza normalito te sale por trece mil y pico.
Al ver mi cara congestionada, el tipejo rectifica..
-Bueno también tenemos unos Crevolet baraticos, si es eso lo que buscas -dice con aire de enfado.
Toyota: El mejor de todos, el número uno, el Premio Nobel se lo daré al de Toyota. Todo un crack.
De unos cuarenta y dos años, delgado, bronceado (lleva sin salir el sol tres meses, pero el tío estaba conguito total) y con nariz puntiaguda.
Me mira con la cara sonriente una mirada insinuante que si se me llega a caer un billete de quinientos al suelo no lo recojo (ya no hablemos de una pastilla de jabón).
-¿Y bien amigos? -el título de amigo se lo colocó a la primera -¿ya sabéis lo que queréis?
-Ceporro, ¿no ves que acabamos de entrar? -pensé, aunque realmente me limité a decirle:
-Bueno buscamos algo pequeñito (como la nauseosa canción de Eurovisión)
La mueca de decepción fue de una micronésima de segundo, pero la capté.
-Bueno, ahí tenéis el Yaris, un buen vehículo, súbete.
Una vez que me subo me dice
-cierra la puerta, verás que flipe.
Obedezco y me encuentro que no flipo, simplemente huele a coche nuevo, y veo múltiples botones, todos extraños y ajenos a mí.
-Sí, todo un alucine -respondo intentando animar al vendedor narigudo.
Una vez fuera del vehículo, el vendedor que asume que ya tiene el coche vendido, nos mira con aire de ir a pasarnos algo prohibido y empieza a convencerme para venderme, calculadora en mano, una financiación que sube el precio en casi cuatro mil euros.
El pobre venga insistir, y yo con ganas de decirle:
-No me interesa tu puto Yaris, imagínate cuanto me interesa tu financiación.
Así más de una hora explicándonos los extraordinarios beneficios de financiar el Yaris a no-sé-cuantos meses.
En definitiva, que debo aparentar que soy alguien que va por ahi comprando grandes cochazos de gran cilindrada, anunciados por tías buenas, y pagando a plazos. Quizás deba cambiar mi peinado.
Finalmente no compramos ninguno, y por ahora se ha aplazado la compra gracias a una graciosa queratoconjuntivitis vírica que me tiene con los ojos cerrados desde hace tres días.
Por cierto, no voy a comprarme ninguno de los anteriores por un solo hecho: Ibamos mi chica y yo como clientes, y en todo momento los vendedores se dirigían a mí como el supuesto único comprador, ¡cuando realmente mi chica entiende más de coches que yo!
Menuda panda de chanquetes.

LA-PUTA-CREMA-DE-LOS-COJONES

Lo debí haber sospechado. El pasado miércoles me costó especial trabajo acabar mi jornada habitual de bici. El pedaleo no iba redondo en los últimos kilómetros.
-Joder, hoy me falta empuje -pensé, achacando mi cansancio a los gin tonics del pasado fin de semana. Craso error.
Esa misma noche casi me da un soponcio en la cama. A las tres de la madrugada me desperté (cosa nada extraña en mí, pues soy bastante insomne) con dolores variados que achaqué a la sesión previa de bici. Cuando me despierto en la madrugada suelo mirar la hora y dormirme inmediatamente, pero en esta ocasión, al intentar abrir el ojo derecho...¡no se abría! Lo tenía completamente pegado por una sustancia viscosa y repugnante.
-¡Ahhhgg! -grité mientras saltaba de la cama y bajaba las escaleras de dos en dos con la mano en el ojo -¿qué hostias es esto?
Al mirarme al espejo comprobé que se trataba de una simple conjuntivitis. Me lavé con agua fría y me sonreí al ver que mi ojo derecho se parecía a una fresa.
Al amanecer (por decir amanecer a las seis de la mañana, pues suele ser noche cerrada), me levanté para ir al trabajo comprobando que mi ojo volvía a estar ocluído y asquerosete. Pero además me dolía todo el cuerpo, y mi garganta era como de tiza.
-Esto lo arreglo yo con un nolotil, un paracetamol, un omeprazol, una tostada y un zumo de naranja -pensé confiado. Los médicos somos asiduos a hacer un cocktail de medicamentos, tomarlos todos de una vez y así nos curamos antes. No conozco a ningún médico que haya estado siete días tomando un antibiótico.
Pero mi error fue severo. A las diez de la mañana mi cuerpo se arrastraba cual zombie de George A. Romero (gran director injustamente tratado por la Academia por cierto) deambulando por las urgencias como alma en pena (por cierto, el médico zombie sería un buen título para una peli)
-Tío, tienes más mala cara que Lopera -me dijo el enfermero- ¡y el ojo derecho lo tienes como una brótola!
-Calla que llevo ya medio litro de colirio y esto va a peor.
Además ahora la tiza de la garganta se había convertido en arañazos de gato en todo el tracto respiratorio.
El resto de la mañana fue épica...destacaré algunas frases
-¿señora, me dice que le duele la garganta? Si yo le dijera lo que me duele a mí lo iba usted a flipar.
-Oiga, doctor, ¿se ha mirado usted el ojo?
-No qué va, este ojo sanguinolento y supurativo es algo habitual en mí. Fíjese, ni me había dado cuenta de que tengo un globo ocular que se va a caer a la papelera de un momento a otro. Muy a amable señora.
Afortunadamente la providencia dictó que no hubiera ningún paciente grave, siendo lo más serio una crisis de ansiedad, un ataque de cuernos y una reacción alérgica también conocida como fogará por estos pagos.
El cuerpo me pedía a gritos zamparme unos pocos de augmentines a pesar de que la cosa tenía pinta de vírica, así es que, siendo fiel a mis principios médicos, seguí a base de paracetamoles, agua y nolotiles (...y dos augmentines de mil).
De pronto tuve una intuición. Una de esas inspiraciones divinas, cual Santa Teresa en estado de éxtasis. Evidentemente, lo que debía hacer era tratarme como trato a mis pacientes en lugar de seguir haciendo el cafre. Ellos no se suelen quejar, por ello escribí en un papelito mi tratamiento:
-Paracetamol 1 gr cado 8 horas, en lugar de un analgésico al azar cada 45 minutos.
-Beber abundantes líquidos, en lugar de las dos cañas de chocolate y los cinco cafés que ya llevaba a ver si así remontaba.
-Colirio de Gentamicina 2 gotitas cada 6 horas, en lugar de un chorro de gentadexa cada diez minutos.
-Pomada antibiótica por las noches, antes de dormir.
Así pasó el resto de la tarde, la verdad con más pena que gloria.
A las doce de la noche la mejoría era leve. El ojo seguía en estado penoso, la garganta me ardía y la temperatura oscilaba entre los 37.5 y 38.5. El cuerpo seguía molido.
Tras una ducha reconfortante, mi pijamita preferido (no el fashion ciertamente frío, sino uno de esos peludillo y antisexuales que compran las madres), los calcetines gordos y a la cama.
Me acuesto y entonces recuerdo que no he cumplido religiosamente con el tratamiento. Se me olvidó la pomada ocular.
Me levanto, voy al servicio, observo el estado lamentable y rojilento de mi medio-ojo (pues ha disminuido curiosamente de tamaño), me aplico la pomada, y entonces...
-¡Ahhhhhh...la hostiaaaaa...! ¡Ay, Ay, Ay! -grito mientras corro como un poseso por el pasillo agarrándome el ojo.
La pomada me ha achicharrado literalmente la conjuntiva. Fue la sensación que pudo tener Strogoff cuando le quemaron los ojos con una pavesa ardiendo.
La pomada (desde ahora la denominaré la-puta-crema-de-los-cojones) me estaba abrasando el ojo, ya maltrecho previamente.
Rápidamente se me ocurre la solución...¡a la ducha!
Mi chica se asoma a la puerta del dormitorio y ve a un ser desnudo con la mano en el ojo y corriendo por el pasillo.
-¡cuidado, que voy! Ay, ay, ay...
Abro el grifo a tope y dejo que el agua me arrase todo el ojo incandescente.
Diez minutos más tarde me acuesto entre horribles dolores ante el más mínimo movimiento ocular, decido ponerme la almohada a modo de férula-de-ojo, y así me fuí durmiendo, acordándome en todos los muertos del señor Cusí, creador de la benéfica y nunca bien laureada Oftalmolosa Cusí Aureomicina, conocida internacionalmente como la-puta-crema-de-los-cojones.
Hoy, ya por la mañana, no me toca trabajar. Mi ojo no me duele tanto (aunque sigue rojo como un pimiento morrón), la garganta ha vuelto al estado tiza, la adenopatía sigue ahí y no me duele el cuerpo si no me muevo (aunque el simple hecho de teclear me desencadena algias variopintas y horribles). Por ello voy a cerrar el ordenador, me voy a tumbar en mi sofá, seguiré todo el dia con mi pijama antisexy, mis calcetines gordos, encenderé mi chimenea y me dedicaré a ver pelis de zombies.
PS: estuve a puntito de salir pitando para el hospital a que me pincharan algo, pero la verdad, me dio cierto apuro. A partir de hoy intentaré no criticar al usuario que acude a altas horas a los centros sanitarios (al menos no a los que acuden por dolor en el ojo)

LAS RATAS

Otro post con banda sonora...
Un vehículo pasa rápido surcando la noche, la niebla y la llovizna. Hace tres meses que no para de llover y el turismo avanza con cautela por la carretera de montaña.
Dentro suena la radio y la agradable temperatura interior empaña los cristales. Suena la música suave y triste. Víctor vuelve a casa tras su turno de doce horas.
Junto a la cuneta algo sobresale de la tierra. Sin duda las fuertes lluvias han desenterrado alguna cosa olvidada tiempo atrás; un objeto blanquecino y alargado que brilla reflejando la luz de los faros durante apenas un segundo.
Víctor Bárcenas, cansado de oír música, pulsa el botón de búsqueda automática hasta que el dial digital encuentra una nueva emisora. Alguien habla al otro lado de la tormenta...
-Insisto en que eso de la memoria histórica es una patraña inventada por cuatro radicales apoyados por un juez chiflado -inteviene un tertuliano.
-Completamente de acuerdo Blas -reitera otro- se trata de un empeño de unos locos por dividir nuestro país y una democracia moderna debe mirar al futuro no al pasado.
Una rata gris y mojada olisquea aquel objeto que sobresale entre el barro. El hambriento roedor da unos mordiscos, agarra con sus mandíbulas el objeto y lo extrae de la tierra.
Victor entonces siente curiosidad. Para el motor y observa a la rata bajo la lluvia, divertido.
Llueve como hace años que no llueve por aquellas tierras. Concretamente llueve como llovía una noche de hace setenta y dos años, cuando un grupo de personas atravesaban a pie, y en fila india esa misma carretera, entonces apenas un camino sin asfaltar, destino a ninguna parte.
Víctor sigue entretenido los movimientos de la rata mientras mordisquea el objeto. Ahora otro roedor se acerca y le disputa el tesoro. Empieza un duelo bajo la lluvia, ambas ajenas al joven que las observa. De fondo sigue monótona la tertulia radiofónica…
-Es más, yo creo que al juez este que está empeñado en rescatar el pasado lo que deberían hacer es denunciarlo y retirarlo de la judicatura -apostilla behemente el director del programa.
-Un puñado de radicales así no caben en nuestra democracia, ¡que dejen descansar a los muertos de una vez estos impresentables! –asegura otra periodista casi escupiendo las palabras.
Víctor piensa que las tertulias siempre repiten la misma cantinela. Recuerda a su abuelo, fallecido en la guerra y se indigna. Por ello baja el volumen de la radio y se dedica a sonreír mirando la lucha titánica de las dos ratas grises por un palo redondo bajo la lluvia.
Y llueve. Exactamente igual que aquella noche sin luna en la que una fila de catorce personas pasaron por allí.
La niebla lo envuelve todo excepto el haz luminoso del vehículo, y fuera el clonk, clonk de las gotas sobre el capó. Víctor baja la ventanilla y observa a los roedores. En la soledad inmensa del campo oye el rechinar de los dientes sobre la el objeto blanquecino. El joven médico siente curiosidad.
Abre la puerta y sale a la noche mojada. El ruido provoca el miedo en las dos ratas que huyen a la maleza dejando el objeto sobre el barro. Víctor se acerca, se agacha. Entonces sonríe bajo la lluvia y habla para sí:
-Joder como llueve.
Llueve exactamente igual que hace setenta y dos años cuando la persona que encabezaba el grupo dio el alto a los que caminaban en fila bajo la tempestad.
-Sentaos un momento, vamos a descansar.
-Pero llueve a cántaros sargento –repuso el cabo que cerraba la fila.
-¡Galíndez, te pagan para obedecer coño! –gritó el sargento- al próximo comentario te doy una hostia que te arranco la cabeza de cuajo.
Víctor Bárcenas observa en su mano el preciado tesoro de los roedores. Un trozo de hueso, sin duda de conejo o de cabra. El joven se da cuenta de que tiene frío. Mucho frío. Entonces arroja el objeto a un arroyo cercano y vuelve al coche. Llueve.
Exactamente igual que aquella noche en la que el sargento hizo el gesto convenido previamente, apagando el cigarrillo con la punta de su bota. En ese instante los militares alzaron sus ametralladoras. En menos de diez segundos las doce personas que descansaban bajo el olivo agonizaban mientras la lluvia arrastraba la sangre formando pequeños arroyuelos.
-Remátelos cabo –gritó el sargento con voz neutra.
El joven cabo se ha orinado encima, la mano derecha le tiembla violentamente, la Lugger de fabricación alemana cae al barro y el cabo empieza a vomitar.
-¡Menudo maricón está hecho Galíndez! –grita el sargento, y entonces empieza a disparar metódicamente sobre las cabeza de los doce moribundos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve diez, once, doce…y llueve.
El trozo de hueso no es de conejo, ni de cabra. Un hueso desnudo y blanco. Un hueso descarnado a bocados por carroñeros de la noche. Un hueso sin historia y sin memoria, sin derecho a ser llorado ni recordado. Es un trozo de hueso anónimo, sin futuro y sin pasado, sin derecho a nada, ni siquiera al recuerdo. Un trozo de hueso con una única condena: el olvido, el frío eterno, y un único destino: ser devorado por las ratas en la noche igual que un trozo de madera podrida.
Víctor arranca el motor, unos tertulianos siguen explicando desde sus mullidos asientos las causas por las cuales debemos olvidar nuestra historia, entonces el joven vuelve a cambiar de emisora hasta encontrar esta sintonía venida de oriente.
El trozo de hueso de Gilberto Bárcenas, cae junto a una flor silvestre…y lentamente vuelve a hundirse en el barro arropado por el murmullo del arroyo cercano.

EXPERIMENTO VITAL-2: CONCLUSIONES

(referidas al post anterior del 27 de febrero)
Me lo imaginaba, pero sólo quería comprobarlo (será eso de la deformación profesional), y éstas son las conclusiones de mi estudio acerca de la magia y la Vida:
Casi todos y todas tenemos una serie de momentos y situaciones que consideramos especiales, que lo son para nosotros, pero que también lo son para el resto, relacionadas con tres ámbitos:
Las relaciones padres-hijos (nuestros momentos con nuestros hijos, padres o pareja), recuerdos y cosas que rememoran nuestra infancia.
El desarrollo, disfrute y deleite de nuestros sentidos (olores, sabores, aromas, vistas, caricias, masajes, besos, abrazos…).
El desenfreno de nuestros instintos como animales racionales o irracionales (bailar como un anormal, hacer el amor, reír, contactar con la naturaleza, cantar bajo la ducha como un mono loco…).
También me di cuenta de que hay más momentos de magia de los que a veces creemos, que a veces dejamos pasar esos momentos sin disfrutarlos porque no somos conscientes de ellos, y de que sin duda dedicamos a estos momentos mágicos mucho menos de lo que nos gustaría.
Pero lo más importante es que me di cuenta de algo: Casi todos son gratis. En cambio pasamos una gran cantidad de nuestro tiempo dedicados a partirnos la cabeza por tener más dinero (o no tener menos), viviendo para trabajar en lugar de trabajando para Vivir, y preocupándonos por temas no relacionados con lo que realmente nos importa, lo que realmente nos hace felices, con lo que realmente deseamos Ser.
Por cierto, otra posible conclusión es que todos los que hemos escrito en el post anterior estamos chalados.
A propósito, algún día contaré mi historia con Luis García Montero, pero eso es motivo de otro post.