Lo debí haber sospechado. El pasado miércoles me costó especial trabajo acabar mi jornada habitual de bici. El pedaleo no iba redondo en los últimos kilómetros.
-Joder, hoy me falta empuje -pensé, achacando mi cansancio a los gin tonics del pasado fin de semana. Craso error.
Esa misma noche casi me da un soponcio en la cama. A las tres de la madrugada me desperté (cosa nada extraña en mí, pues soy bastante insomne) con dolores variados que achaqué a la sesión previa de bici. Cuando me despierto en la madrugada suelo mirar la hora y dormirme inmediatamente, pero en esta ocasión, al intentar abrir el ojo derecho...¡no se abría! Lo tenía completamente pegado por una sustancia viscosa y repugnante.
-¡Ahhhgg! -grité mientras saltaba de la cama y bajaba las escaleras de dos en dos con la mano en el ojo -¿qué hostias es esto?
Al mirarme al espejo comprobé que se trataba de una simple conjuntivitis. Me lavé con agua fría y me sonreí al ver que mi ojo derecho se parecía a una fresa.
Al amanecer (por decir amanecer a las seis de la mañana, pues suele ser noche cerrada), me levanté para ir al trabajo comprobando que mi ojo volvía a estar ocluído y asquerosete. Pero además me dolía todo el cuerpo, y mi garganta era como de tiza.
-Esto lo arreglo yo con un nolotil, un paracetamol, un omeprazol, una tostada y un zumo de naranja -pensé confiado. Los médicos somos asiduos a hacer un cocktail de medicamentos, tomarlos todos de una vez y así nos curamos antes. No conozco a ningún médico que haya estado siete días tomando un antibiótico.
Pero mi error fue severo. A las diez de la mañana mi cuerpo se arrastraba cual zombie de George A. Romero (gran director injustamente tratado por la Academia por cierto) deambulando por las urgencias como alma en pena (por cierto, el médico zombie sería un buen título para una peli)
-Tío, tienes más mala cara que Lopera -me dijo el enfermero- ¡y el ojo derecho lo tienes como una brótola!
-Calla que llevo ya medio litro de colirio y esto va a peor.
Además ahora la tiza de la garganta se había convertido en arañazos de gato en todo el tracto respiratorio.
El resto de la mañana fue épica...destacaré algunas frases
-¿señora, me dice que le duele la garganta? Si yo le dijera lo que me duele a mí lo iba usted a flipar.
-Oiga, doctor, ¿se ha mirado usted el ojo?
-No qué va, este ojo sanguinolento y supurativo es algo habitual en mí. Fíjese, ni me había dado cuenta de que tengo un globo ocular que se va a caer a la papelera de un momento a otro. Muy a amable señora.
Afortunadamente la providencia dictó que no hubiera ningún paciente grave, siendo lo más serio una crisis de ansiedad, un ataque de cuernos y una reacción alérgica también conocida como fogará por estos pagos.
El cuerpo me pedía a gritos zamparme unos pocos de augmentines a pesar de que la cosa tenía pinta de vírica, así es que, siendo fiel a mis principios médicos, seguí a base de paracetamoles, agua y nolotiles (...y dos augmentines de mil).
De pronto tuve una intuición. Una de esas inspiraciones divinas, cual Santa Teresa en estado de éxtasis. Evidentemente, lo que debía hacer era tratarme como trato a mis pacientes en lugar de seguir haciendo el cafre. Ellos no se suelen quejar, por ello escribí en un papelito mi tratamiento:
-Paracetamol 1 gr cado 8 horas, en lugar de un analgésico al azar cada 45 minutos.
-Beber abundantes líquidos, en lugar de las dos cañas de chocolate y los cinco cafés que ya llevaba a ver si así remontaba.
-Colirio de Gentamicina 2 gotitas cada 6 horas, en lugar de un chorro de gentadexa cada diez minutos.
-Pomada antibiótica por las noches, antes de dormir.
Así pasó el resto de la tarde, la verdad con más pena que gloria.
A las doce de la noche la mejoría era leve. El ojo seguía en estado penoso, la garganta me ardía y la temperatura oscilaba entre los 37.5 y 38.5. El cuerpo seguía molido.
Tras una ducha reconfortante, mi pijamita preferido (no el fashion ciertamente frío, sino uno de esos peludillo y antisexuales que compran las madres), los calcetines gordos y a la cama.
Me acuesto y entonces recuerdo que no he cumplido religiosamente con el tratamiento. Se me olvidó la pomada ocular.
Me levanto, voy al servicio, observo el estado lamentable y rojilento de mi medio-ojo (pues ha disminuido curiosamente de tamaño), me aplico la pomada, y entonces...
-¡Ahhhhhh...la hostiaaaaa...! ¡Ay, Ay, Ay! -grito mientras corro como un poseso por el pasillo agarrándome el ojo.
La pomada me ha achicharrado literalmente la conjuntiva. Fue la sensación que pudo tener Strogoff cuando le quemaron los ojos con una pavesa ardiendo.
La pomada (desde ahora la denominaré la-puta-crema-de-los-cojones) me estaba abrasando el ojo, ya maltrecho previamente.
Rápidamente se me ocurre la solución...¡a la ducha!
Mi chica se asoma a la puerta del dormitorio y ve a un ser desnudo con la mano en el ojo y corriendo por el pasillo.
-¡cuidado, que voy! Ay, ay, ay...
Abro el grifo a tope y dejo que el agua me arrase todo el ojo incandescente.
Diez minutos más tarde me acuesto entre horribles dolores ante el más mínimo movimiento ocular, decido ponerme la almohada a modo de férula-de-ojo, y así me fuí durmiendo, acordándome en todos los muertos del señor Cusí, creador de la benéfica y nunca bien laureada Oftalmolosa Cusí Aureomicina, conocida internacionalmente como la-puta-crema-de-los-cojones.
Hoy, ya por la mañana, no me toca trabajar. Mi ojo no me duele tanto (aunque sigue rojo como un pimiento morrón), la garganta ha vuelto al estado tiza, la adenopatía sigue ahí y no me duele el cuerpo si no me muevo (aunque el simple hecho de teclear me desencadena algias variopintas y horribles). Por ello voy a cerrar el ordenador, me voy a tumbar en mi sofá, seguiré todo el dia con mi pijama antisexy, mis calcetines gordos, encenderé mi chimenea y me dedicaré a ver pelis de zombies.
PS: estuve a puntito de salir pitando para el hospital a que me pincharan algo, pero la verdad, me dio cierto apuro. A partir de hoy intentaré no criticar al usuario que acude a altas horas a los centros sanitarios (al menos no a los que acuden por dolor en el ojo)