CABLE AZUL, CABLE ROJO...

Un silencio espectral, absoluto, frío y hermético envuelve a las diez personas en aquella sala de paredes blancas. Un silencio sólo roto por el siseo del oxígeno escapando por la mascarilla y el rítmico pit-pit del monitor delatando que aún existe actividad eléctrica. Silencio...


Una hora antes...

La entrada de un paciente grave a un hospital suele ser bastante espectacular. Ruído de sirenas, luces a la puerta de urgencias, camillas que vuelan trasladando a un ser semidesnudo hasta la cama de críticos. En todos los hospitales del mundo sucede lo mismo. Una alarma general para los médicos, unas carreras de verde y blanco, y en apenas unos segundos se activan todos los protocolos.
Juana ha despertado en mitad de la madrugada sintiéndose morir. Un dolor extraño oprimía su pecho; segundos más tarde notó que se ahogaba. Tan intenso era el ahogo que incluso podía oír sus pulmones gorgoteando con cada respiración. Minutos más tarde alguien vestido de azul le gritaba al oído, pero Juana a esas alturas se encontraba junto a la chimenea oyendo los cuentos de su abuelo Blas y el gorgoteo de la olla junto al fuego.
Han pasado apenas cincuenta minutos desde entonces, y Juana vuela en la camilla blanca hacia la sala de críticos. Fuera hace frío...
La alarma ha congregado en esta ocasión a nueve personas en torno a la camilla de reanimación. Nueve personas y la tecnología más avanzada para intentar diagnosticar, tratar, curar. Salvar en tiempo récord.
Dos médicos adjuntos, dos residentes, dos enfermeras, dos auxiliares, un celador. Y Juana en la camilla.
El médico de la ambulancia informa con rapidez
-Viene de la residencia San Marino. Una mujer de ochenta y dos años polimedicada, Alzheimer leve, hipertensa, diabética, cardiopatía isquémica con infarto hace cinco años. Ahora parece que es un edema agudo de pulmón, crepita hasta arriba y además está infartada toda la cara lateral. El año pasado tuvo otro y salió, pero esta vez, no sé...apenas responde a estímulos
En esa sala cada cual debe saber exactamente su papel. Preguntar, explorar, desnudar al paciente, quitarle joyas y dentaduras, monitorizar, constantes, vía periférica, oxígeno, electrocardiograma, vales de analítica, radiografía, pensar... El joven residente de primer año observa atento. Le han dicho que únicamente debe centrarse en no molestar, aprender, y sobre todo no pulsar el interruptor de la luz y apagarlo todo. Observa cómo el médico encargado de dirigir las actuaciones debe ir tomando decisiones segundo a segundo, eso le hace recordar aquellas películas en las que el policía debe desactivar la bomba (cable azul-cable rojo...).
La paciente sobre la camilla apenas puede mover su caja torácica, sus ojos en blanco denotan que está a punto de claudicar ante la Parca, de rendirse.
El joven residente ha recibido varios cursos acerca de humanización de la medicina y cree que él lo haría mejor, sería más humano, más perfecto, más profesional que el resto de personas allí presentes.
Han pasado apenas cinco minutos desde que Juana atravesó la puerta de la gran sala blanca, las nueve personas que la rodean han podido coger una vía venosa, empezar a poner medicación, hacer un electrocardiograma, ponerle oxígeno a alta concentración, pero Juana se va apagando. Cable rojo, cable azul...
-Vamos a subirle la solinitrina, otros dos seguriles y ponle un tercio de mórfico a ver si así...- el médico no para de pensar mientras da órdenes claras y escuetas.
En ese momento Juana recorre la calle principal de su pueblo del brazo de Andrés. Van camino de la iglesia. Algunos curiosos los observan, la comitiva nupcial los acompaña. En apenas unos minutos se casarán y ella será la mujer más feliz del mundo.
Siguen las órdenes...Juana no responde al tratamiento
-Parece que está algo mejor, hay que sondarla, mira a ver cómo tiene la tensión ahora, que alguien le quite ese anillo y se lo lleve a la familia.
En ese momento la auxiliar se acerca al brazo izquierdo de Juana, retira con cuidado la alianza de su cuarto dedo.
-¡Joder!- exclama de pronto.
El resto del personal de urgencias vuelve su mirada a la auxiliar, que entrega la alianza al médico. Éste la mira y suspira.
-Joder- exclama el veterano médico- la mujer tenía como única joya el aro metálico de una botella de coca-cola.
-Qué lástima- dice alguien apartando un mechón de la frente de Juana...
En ese momento el mundo se para, un silencio espectral, absoluto, frío y hermético envuelve a las diez personas en aquella sala de paredes blancas. Un silencio sólo roto por el siseo del oxígeno escapando por la mascarilla y el rítmico pit-pit del monitor delatando que aún existe actividad eléctrica. Silencio...los nueve profesionales se miran unos a otros.
-Esto nos puede pasar algún día a cualquiera de nosotros, nunca lo olvidemos -dice el médico más mayor, cogiendo la arandela de lata y depositándola en su bolsillo- y ahora seguimos para bingo.
En ese mismo instante el joven residente piensa que aún le queda mucho por aprender, cansado apoya su espalda contra la pared, pulsando el interruptor y apaga la luz.
-Vale, ya está el residente, mira que te lo he dicho...
Y el trabajo sigue en la noche. Cable azul. Cable rojo...
Pero Juana ya está lejos, muy lejos. Tres horas más tarde Juana se rinde, pero apenas un segundo antes de lanzar el último suspiro ha notado cómo Andrés volvía a insertar el anillo en su dedo convirtiéndola en la mujer más feliz del mundo.
PS: dedicado a todos aquellos que alguna vez atendieron a un paciente en estado crítico, porque pocas veces he visto tanta humanidad junta.

SANT JORDI...Y EL DRAGÓN

Fue uno de esos días que no deberían haber pasado a la historia. Un día extraño, con hueco en mi agenda y cansancio acumulado del fin de semana.
Y puesto que no había otro plan a la vista, la decisión estaba meridiamamente clara; como millones de españoles en su día libre me dediqué a pasear por un centro comercial.
El centro elegido fue el mas moderno, el más grande, el más fashion de toda la capital. Un grandioso edificio moderno y elegante en pleno centro de la ciudad. Aparcamiento con miles de plazas (curioso invento las lucecitas verdes y rojas), pasillos que asimilan avenidas de suelo marmóreo y paredes acristaladas. Enormes palmeras de plástico siliconado. Y tiendas.
Casualmente encontré en el suelo uno de esos periódicos gratuitos que tan amablemente embellecen nuestros suelos y calles, en su titular decía que los catalanes celebraban unos días antes Sant Jordi, regalando un libro y una rosa. (que conste que Sant Jordi me suena como a San Manolo o San Pepe, pues por estas tierras es común usar Jordi como diminutivo de Jorge).
Regalar un libro como tradición me parece una de las cosas más bonitas que conozco. En una tierra donde muchos usan tradición como sinónimo de pasear a un señor clavado a una cruz por las calles, equivalente a dos millones de personas borrachas en una romería campestre, o símil de torturar a un animal a base de espadazos en una plaza, el hecho de regalar un libro como tradición me parece simplemente delator de la cultura de un pueblo.
Por tanto me dispuse a celebrar mi propio Sant Jordi regalándome un libro (siento lo de la rosa, pero no me gusta mucho, pues prefiero las flores en el campo, con su tallo, su raíz y su vida. Odio las flores muertas expuestas en un florero).
Lo reconozco, soy de esas personas que cuando ve una librería se para, entra en ellas y puede estar horas enteras entre libros. Me gusta tocarlos, repasarlos, hojearlos, acariciar sus lomos, apreciar el diseño de las portadas, el resumen de la contraportada, o a veces leer algún párrafo suelto.
Hay ocasiones en las que puedo estar hasta dos horas buscando un libro, y finalmente dejar la decisión para otro momento...rarezas.
Así es que me puse a buscar mi libro por los pasillos: Zara, Mango, Sprinfield, Calzedonia, Lefties, H&M, Pull and Bear, Pimkie, Springfield, Sfera, Jack and Jones, Stradivarius, New Yorker, Woman´s secret, Lolitas, Benetton ,Oysho, Bershka, Blanco, Desigual, hasta contar cuarenta y dos tiendas de ropa. Curiosidad, casi todas las tiendas tienen nombres anglosajones, ¿Será que así venden más?. Sigo el pasillo y...Marypaz, Bijou Brigite, Hello Kitty, Misako, Natura, Massimo Dutty, Parfois, y así hasta treinta y dos tiendas de zapatos y complementos. Pero los diseñadores de moda no saben que soy inasequible al desaliento, así es que sigo recorriendo pasillos: The Body Shop, Zakso, Imaginarium, Fotoprix, Primor, Décimas, Foot Locker, Game...
A lo mejor en la planta de arriba...Burger King, 100 montaditos, Bocatta, Ginos, Pans and Company, Donner Kebab, El Tapeo, Vips, Wok asia, KFC...hasta completar los veintiséis restaurantes.
Entonces empiezo a notar cierto dolor en mi talón de Aquiles, y no estoy dispuesto a perder más tiempo dando pasillazos. Me dirijo a una guardia de seguridad:
-Perdone, ¿hay alguna librería en este centro comercial?
-libre...¿qué? -la buena señora empieza bizquear ostensiblemente.
-Tienda de libros -replico a la amable estrábica que me mira con cara de asquillo.
-Pues allí al final del pasillo venden revistas y esas cosas...creo.
Ilusionado me dirijo raudo y veloz en busca de mi regalo de Sant Jordi. Al final del pasillo, un kiosco donde se venden chicles, gominolas, periódicos y revistas, desde las cuales Belén Esteban me sonríe triunfante con su nariz torcida y su sonrisa de jesulina-cómete-el-pollo (princesa del pueblo al fin y al cabo), como queriendo decirme la-vas-a-cagar-listillo. Sobre un expositor giratorio se venden algunos libros en edición de bolsillo, casi todos en inglés. En total conté diez títulos diferentes, de hojas amarillentas y retorcidas. Como homenaje propio, y a Sant Jordi, compré para mi pequeña un librito sobre la última serie de Disney Channel, dando fin a mi Odisea personal.
Una hora más tarde, al salir del centro comercial, me piden tres euros y medio por Parking, o bien hacer una compra de al menos seis euros.
Mi venganza fue simple y terrible, pero me produjo una enorme satisfacción. En una papelera vecina recogí un ticket usado de otro cliente y lo presenté ante la taquilla; con ello me validaron el aparcamiento (os recomiendo esta insana técnica para ocasiones posteriores).
Unos días más tarde mi hija ha leído su primer libro sin dibujitos gracias a Sant Jordi, yo me he ahorrado tres euros con cincuenta, no volveré a ese centro comercial por no tener librería, y sigo envidiando a los catalanes por sus tradiciones.
PS: Y aquí dejo documento gráfico de dos momentos estelares de la tarde.
Mi peque leyendo su primer libro sin dibujos...muy ensimismada ella...
Y la prueba de mi delito...

TIERRA, SOL Y AGUA

No suelo alardear de mi tierra, pues imagino que es una más, como cualquier otra de este inmenso planeta; pero hace unos días descubrí algo; la causa por la cual mi tierra es especial.
Vivo en una zona montañosa de la provincia de Málaga, una tierra usualmente seca y bastante árida por estas fechas. Es una sierra de montañas escarpadas y barrancos esculpidos a base de torrenteras, granizo y tormentas inclementes. Es la mía una tierra arcillosa y dura, difícil de labrar y rebelde a la mano del hombre. Tierra pizarrosa, roja y marrón. Una tierra de jaras y arbustos leñosos, de algarrobos y encinas. Una tierra de zorros, gatos monteses, camaleones y algunos conejos, diezmados por la mano del hombre.
Pero este año algo ha cambiado. Ha vuelto el agua. Después de varias décadas los arroyos han vueto a tomar vida, volviendo a ocupar sus cauces con el vigor de antaño, y al igual que las arterias y capilares riegan el cuerpo exhausto y los tejidos necróticos, la lluvia ha vuelto a dar vida a una tierra yerma.
Aquella mañana salí a caminar siguiendo el cauce del río, hasta hace unos meses carril polvoriento, que hoy ha vuelto a ser ocupado por un caudal de agua y un raudal de vegetación y vida. Decidí adentrarme varios kilómetros entre los difíciles meandros del río subiendo su curso en busca del nacimiento.
Descubrí que ha vuelto a nacer la amapola, a florecer la adelfa, los vinagritos verdes y amarillos. Y el jaramago, al cual llamamos mata del diablo, ha vuelto a competir con millones de tréboles fascinantes. La senda marcada por el río se ha llenado de musgo y eran miles las ranas que saltaban marcando mi paso cerca de las piedras redondas (una vez más miles de piedras pequeñas labradas por el tiempo marcando mi vida). Finalmente he llegado a un claro alfombrado de tréboles salvajes. Allí me he tumbado dejando acariciar mi cuerpo por miles de hojas casi carnales. He mirado un cielo tan azul que me dolieron los ojos, y he concentrado mi oído en identificar algunos cantos de pájaros entre la inmensidad de gorjeos y trinos.
Mi abuelo me enseñó a identificarlos, por eso pude reconocer al petirrojo, con su canto entrecortado piuc-piuc-piuc, el inconfundible jilguero alegre y acompasado fiufíii-fiufiii-fiii, el mirlo acechando en algún huerto cercano jiuii-jiuiii, el gorrión rrrtui-rrrtui, o algún grupo de perdices trrruuac-trrrruac. Finalmente abrí mis oídos a la sinfonía completa, la mezcla total de sonidos totalmente exenta del estridente ruido, metálico y rudo, generado por el ser humano.
Moviéndome apenas dos metros, me acerqué al cauce que corría rápido a mis pies; el sol quemaba mi espalda y creaba brillos imposibles en las corrientes de agua cercanas. Hacía calor. Entonces decidí que era el momento, que quité las zapatillas, la camiseta y me zambullí en el agua fresca en una gran charca creada entre la roca por la fuerza de la corriente. Eran casi las dos de la tarde, sumergí mi cabeza y bebí un sorbo de aquel agua rápida y fría que corría junto a mí, sabiendo que era aquella una forma ancestral de bautizarme con mi propia tierra, de comulgar con aquel sitio en el que nací, en el que vivo, y donde probablemente reposarán mis restos algún día.
Con el cuerpo mojado, me tendí sobre una roca y dejé que mi cuerpo se secara al sol de la tarde. Sol, agua, tierra, verde, azul, blanco, sonidos de naturaleza...entonces me di cuenta de algo:
me encontraba en el mejor sitio sobre la tierra, probablemente porque es parte de mi propio ser, mi tierra es especial para mí porque es Mi Tierra, y eso me hizo sentir esa sensación de vértigo que tienes cuando estás a punto de alcanzar la felicidad.
PS: al día siguiente me dolía la garganta, y alguna reprimenda me cayó por meterme en el río con el agua tan fría en este Abril traicionero.
Volveré...

EL CUMPLEAÑOS

clonk, clonk, clonk...
Víctor se despierta sobresaltado y un pensamiento absurdo asalta su mente:
-Alguien debería engrasar más a menudo las ruedas de las camillas.
Han sido quince horas de trabajo interrumpido apenas por un café asesino y una ensalada de pollo a mediodía.
En la madrugada, y preso del cansancio más absoluto, Víctor Bárcenas se ha dormido frente a la pantalla de un ordenador que tilila en la oscuridad de la zona de observación.
A su lado una enfermera dormita desmadejada con un libro sobre el regazo. En otro ordenador alguien consulta sus puntos en la bolsa de trabajo, y la banda sonora del área de observación sigue pautada por aerosoles y flujos de oxígeno redentor.
-¿Te encuentras bien? Te has dormido mientras hablábamos -le dice Luisa.
-Bueno, últimamente la cosa no me va demasiado bien. Pero bueno, en peores plazas he toreado -el médico sonríe.
-Pues te acabo de poner un nuevo paciente -replica la joven regalando una sonrisa de esas que tanto se agradecen a las tres de una madrugada gris perla.
El joven doctor se levanta de su sillón y recorre por enésima vez el pasillo azul en busca de su paciente.
Una vez más intenta hacer saltar la magia, la chispa, tener la lucidez necesaria para dar algo a quien algo busca en mitad de la noche.
Víctor lo ha discutido muchas veces con sus compañeros, y cada día lo tiene más claro. La persona que acude a un hospital a las tres de la madrugada no lo hace por joder al personal de urgencias, por muy claro que algunos lo tengan. Víctor está convencido de que algo necesita quien se toma la molestia de levantarse de su cama, esperar en una fría sala y dejar que lo pinchen, lo desnuden y lo analicen durante horas.
Una vez más se acerca a un nuevo paciente, alguien que algo pide, que algo necesita aunque las más de las veces ni siquiera es consciente de ello.
-Doctor, es horrible. Tengo la sensación de que se me sale el corazón por la boca, no puedo más.
Víctor sabe que la opción es fácil: analítica, electrocardiograma, radiografía, tratamiento, alta. Crisis de ansiedad. Seguimiento por su médico de familia y volver si varía el cuadro.
-¿Es usted de Villanubla, verdad?
-Sí ¿cómo lo sabe?
-Bueno, es por el apellido. Cabérniguez es muy usual por allí. Es que yo soy de la zona.
-¡No me diga! ¿de qué parte es usted?.
-Nací en Tembles, muy cerca de su pueblo, de hecho tengo varios amigos en Villanubla.
Entonces la conversación deriva hacia la búsqueda de puntos de unión entre dos Personas.
-Además que sepa que nosotros los de Temble no nos llevamos demasiado bien con los de su pueblo ehh...-bromea el joven médico.
-Bueno, eso eran cosas de personas mayores.
-Cierto, usted es joven aún.
-Bueno, no tanto -la señora se sonroja
-Aquí dice que tiene usted sesenta y dos, pero yo le echaba cincuenta y cinco -dice Víctor muy serio.
-¿Y qué edad tiene usted doctor?
-Precisamente hoy cumplo treinta y tres...
Cinco minutos más tarde la señora sonríe a su médico. Aunque tan sólo sea por esos minutos, por ese lapsus de tiempo en que compartieron una crisis de ansiedad, Víctor se siente Su Médico. Treinta minutos depués la señora abandona el hospital. Alta.Seguimiento por su médico de familia y volver si varía el cuadro.

Dos días más tarde el joven médico vuelve a una nueva guardia. Comparte otra vez turno con Luisa.

-¡Felicidades Víctor! te han dejado por aquí un regalo, parece una caja de bombones. Han dejado una nota: "Feliz cumpleaños, dedicado al doctor de Tembles". No sabía que has cumplido años, y que además eres de Tembles.

-Bueno, si te digo la verdad, no soy de Tembles. Y tampoco es mi cumpleaños...

Víctor se empeña en sacar nuevos trucos de su chistera. No se conforma con el abc de diagnóstico-tratamiento. Hay algo más en su profesión, la más bonita del mundo. Y eso es la capacidad de aliviar, de confortar y de mejorar la situación vital del paciente mediante la entrevista, aunque para ello sea necesario tener dieciocho cumpleaños cada mes y haber nacido en cuarenta y cinco pueblos.

Y LOS VIERNES...MILAGRO!

Afortunadamente estamos en el siglo XXI (hace diez años, pero lo estamos), y ya quedaron atrás aquellos oscuros años, incluso siglos, de superstición, superchería, leyendas, males de ojo y curanderos rurales. Bueno eso es lo que creemos los que estamos instalados en nuestros hermosos edificios de hormigón y acero, los que ejercemos la medicina basada en evidencias científicas, en pruebas y ensayos clínicos, los herederos de Galileo Galilei nos creemos los más listos (y pá chulo nuestro hermoso pirulo).
La ciencia oficial occidental, no así la oriental, ha decidido, en mi opinión con buen parecer, guiarse por la metodología científica. Igual podiamos habernos regido por la medicina ayurvédica, la medicina tradicional china, Acupuntura, Anatheoresis, Osteopatía, Homeopatía, Shiatsu, Iridoterapia, Cromoterapia, flores de Bach, Orinoterapia, Reiki, Fitoterapia, o el Tantra, pero hemos decidido que debemos diagnosticar y tratar según un método igual para todos: el método científico.
Dicho método se basa en dos claves:
1.-Se formulan hipótesis que deben poder comprobarse mediante ensayos.
2.-Una vez comprobada dicha hipótesis, ésta se repite cada vez que se repita el ensayo. Y en el caso de la medicina, al menos con una probabilidad que consideremos razonable.
Con estas premisas, hemos desarrollado la medicina llamada tradicional, llegando a conseguir logros realmente espectaculares.
Pero (siempre debe haber un pero) cometieron un error: Los científicos evolucionaron creyendo que la sociedad, beneficiaria última de la ciencia, evolucionaba a la par: Meeeck!
Aunque muchos usuarios tratan de ocultarlo a su médico, son miles (yo diría millones), los pacientes que acuden a curanderos, que se curan los males de ojo a base de rezos, o que se tratan los herpes zóster a base de pólvora, padrenuestros, esparto y limon.
Son millones los que, desconfiando del poder curativo de la medicina, terminan encomendando su salud a la virgen de Fátima, su oído a san Policarpo, o le atan los testículos a San Cucufato para encontrar la salud perdida.
Hace unos días, asistí a una de esas bodas a las que suelo ir atado de pies y manos, y tras las bendiciones, arroces (vale ahora echan pétalos de rosa para no manchar) y besos de rigor, me decía mi vecina de mesa, una señora cuyos bigotes estribaban entre el león marino y el guardia civil prejubilado, y que por cierto desconocía mi profesión:
-Mira lo que yo te digo joven, que a mí los dolores no me los quita mi médico. Es que no me hace ni caso.
-Ya...-respondí apocado.
-Venga pastillas, venga pastillas y yo lo que necesitaba es que me viera un traumatólogo por lo menos.
-Ya... -respondí yo anonadado.
-Pero es que el traumatólogo, ni caso. Me mandó una TAC y me cambió las pastillas, pero leche frita.
-Ya... -respondí yo esperándome lo peor, compadeciéndome del pobre grano de arroz que había caído al abismo de su canalillo que más bien era canalazo de riego.
-Al final tuve que ir a una curandera de Motril y ella fue la que dio en el clavo.
-Ya... -respondí yo, que me lo veía venir.
-Pues resulta que tenía un mal de ojo como un tren -la cara de la señora se congestiona- me estuvo dando unos vapores, haciendo unos rezos, y como nueva.
-Ya... -respondí yo sonriente, intentando quitar mi vista de los largos pelos bajo su nariz.
-Pero a los pocos meses ya estaba otra vez igual -sigue con la cantaleta doña morsa- así es que tuvimos que volver, y ¿sabes lo que me dijo?
-Ya lo imagino... -respondí yo sintiendo un dolor tremendo de tripas, y dudando si decirle a la señora que tenía un trozo de carne entre los dientes del tamaño de un entrecot bien servido.
-¡Que tenía un espíritu en mi casa, y que me lo quitaba por 400 euros con unos vapores del Mar Muerto! Así es que yo le dije: Señora, usted me está echando sal en la mollera, adiós muy buenas. Y allí la dejé plantada.
-Ya... -respondí yo aliviado por saber que doña guardia-civil era más lista de lo que aparentaba.
Y pasado el chascarrillo tú puedes pensar: "claro, claro, eso son cosas de pueblerinos y gente anclada en el pasado". Ahora yo me planteo:
¿Conoces la pulsera "Power Balance"?, la pulsera del equilibrio. Es una pulserita de plástico siliconado con dibujitos (35 euros vale la unidad) cuyo holograma grabado equilibra el cuerpo pues hace algo así como sintonizar nuestra energía natural como si nuestro cuerpo fuera una radio FM. Con ello, según he leído: "mejora la forma física, la memoria, depura el hígado, adelgaza, cura el insomnio, la somnolencia y aumenta la libido, te quita los mareos, los dolores, la fatiga, el stress y mil cosas más". La pulsera está agotada, y se venden millones de ellas fundamentaleente en entornos urbanos y a personas presuntamente bastante solventes y con el coco bien amueblado. Y dicen que funciona, igual que a mi vecina de asiento le mejoraron los vapores de la curandera. Mientras tanto, alguien se ha forrado vendiendo pulseritas de silicona. Todo ello me lleva a hacer una profunda reflexión:
Voy a diseñar un elixir de pelo de ratón albino, y decir que mejora fibromialgia, la dispepsia, la ansiedad, la impotencia, la migraña y los golondrinos. Igual pego el campanazo y me retiro a las islas Fidji.
Feliz siglo XI, perdón quería decir XXI, en qué estaría yo pensando.
Post Scriptum: Ahora resulta que hoy mi hija tiene una tos feísima, y no se me ocurre otra cosa que ponerle en el dormitorio una cebolla partida con unos clavos incrustados. Y funciona. Brrrr.. .porca miseria.
¡Al menos soy dueño de mis propias contradicciones! O eso intento...

PROTOCOLO DE HERIDAS

Ha sido una jornada agotadora. Últimamente las noches de Víctor Bárcenas son más intensas, mucho más intensas. Hace varios días que algo le ronda la cabeza; es una idea de ésas que el joven médico llama pensamientos intrusos, situación agravada de forma exponencial al aumentar el número de guardias nocturnas.
Aquella mañana de Abril el joven Bárcenas estaba sentado en una de esas sillas metálicas en el café frente a la playa. Saliente de guardia, con un sol tibio acariciando su cara y un capuccino entre las manos (canela, leche descremada y sacarina), en su Ipod suena Van Morrison, y en su mente sigue instalado el pensamiento intruso.
La mañana del saliente suele ser aprovechada para dormir por las personas normales. Víctor jamás duerme. Mientras Alfredo le acerca el croissant (sin calentar, con margarina Zas y jamón de York), el joven rememora una noche en vela. Una noche de pasillos eternos y sonrisas cómplices. Una noche sembrada de dolor y náuseas vitales; de ansiedades fingidas y angustias compartidas. Noche de muerte y café de máquina.
-Tienes mala cara tío -le dice Alfredo, el camarero del Marazul.
-Ya, será uno de esos virus -se excusa Víctor.
-Anda, tómate el desayuno y te vas a la cama.
Pero Víctor sabe que hoy no se irá a dormir. Le apetece pasear junto a la arena, pisar los guijarros redondos, mirar las miles de piedras pequeñas bailando con las olas...y seguir rumiando su pensamiento intruso.
Todo había sucedido apenas tres días antes. Víctor está convencido de que casi todos los médicos de urgencias tienen un diagnóstico a los siete segundos de contactar con el paciente. Pasados estos segundos iniciales, activan un protocolo mental de actuación. Es una especie de sexto sentido que se desarrolla a base de ver miles de pacientes. Pero esa noche pasó algo distinto.
Cinco y diez de la madrugada. Victor mira la pantalla del ordenador:
Nombre: Raimundo Clavijo.
Sexo: masculino.
Edad: 82 años.
Motivo de consulta: Refiere dolor.
Nivel de urgencia: 4
Víctor se dispone a recibir al paciente con su repertorio habitual de antecedentes (¿ alergias, toxicos, enfermedades, tratamientos, operaciones?), preguntas (dónde le duele, desde cuando , cómo es el dolor, empeora al moverse...), exploraciones (respire, ¿le duele esto?, levante el brazo, tosa...), y pruebas (electros, radiografías, analíticas varias...), pero Raimundo, el hombre de ochenta y dos años no es el paciente esperado...
Moreno, de complexión delgada y pelo escaso que apenas disimula la avanzada calvicie. Tiene los ojos hundidos tras unas anticuadas gafas de pasta, una nariz afilada y unos labios finos y rectos, bien perfilados. Su ceja derecha se eleva cada quince segundos denotando un molesto tic, y las manos le tiemblan en reposo. La ropa, simple y anticuada: una chaqueta de ante azul marino, una camisa blanca y un ajado pantalón de pana marrón.
El hombre se sienta con elegancia frente al médico.
-Con su permiso.
-Dígame Raimundo, qué le trae por aquí a las cinco de la madrugada -Víctor tabletea impaciente su bolígrafo favorito - dice el ordenador que tiene usted dolor. ¿Es así?
-Cierto doctor, tengo un dolor terrible, aquí enmedio -dice el anciano señalando el centro de su pecho.
Inmediatamente se vuelven a activar las neuronas mil veces engrasadas. Protocolo de Dolor Torácico.
-¿Está usted casado doctor?
-Pues, bueno la verdad es que no, no lo estoy, pero algo tengo por ahí.
-Yo estuve casado durante cincuenta y dos años. Ahora soy viudo.
Nuevo giro en la historia, Víctor vuelve a desengrasar neuronas. Protocolo de Duelo Patológico.
-¿Y hace poco que falleció su mujer, verdad?
-No doctor, mi mujer falleció hace ya casi seis años. ¿Y sus padres, viven sus padres?
El joven empieza a cambiar nuevamente el enfoque: paciente octogenario, tembloroso, refiere dolor torácico y se empeña en hablar de cosas raras. Protocolo de deterioro cognitivo.
-Pues sí, mis padres viven los dos.
Entonces el anciano se levanta con agilidad y mira fijamente a los ojos de su médico de urgencias.
-Lo siento doctor, creo que me equivoqué. No es éste el sitio que necesito.
-Pero ese dolor....-Víctor está intrigado, el paciente no le acaba de cuadrar -¿ahora lo tiene?
-Sí, lo tengo desde hace tres días, me apareció al darme cuenta de que no recuerdo la cara de mi mujer. Buenas noches.
Y Raimundo abandona el Hospital cojeando y asido a un viejo bastón de olivo.
Ya casi es mediodía y Víctor pasea descalzo su playa; su pensamiento intruso sigue ahí, como un dolor punzante y tenaz,como una herida rediviva y cruel que transfixia su esternón.

HOY VAMOS DE BORRACHERA

Voy a intentarlo. Voy a respirar diez veces, pensar en una playa desierta, en una mañana soleada, en una sonrisa. Pero no sé si conseguiré aguantar mi indignación vital. Para ello debería dejar de hacerme preguntas, y eso me cuesta.
Así es que trataré de analizar las cosas estilo René Descartes, de forma metódica y milimétrica.
Dato: Navegamos en mitad de la crisis más salvaje que un sistema puede aguantar (de hecho dudo que este sistema aguante, pero eso es motivo de otro post).
Dato: Miles de trabajadores caen al abismo del desempleo diariamente sin saber cuándo ni como levantarán cabeza, y la nave hace aguas por todas partes. Como diría Belén Esteban , musa de la filosofía neobudista "ejto tá fatá!"
El sistema sanitario sigue funcionando , renqueante sobre dos pilares que nunca fallan: las urgencias hospitalarias y las urgencias en Atención Primaria (Decus, Dispositivos de apoyo, Atención continuada o como quieras llamarles) siguen asumiendo los fallos del sistema. Se asemejan a ese gran océano capaz de tragar todo lo que se le eche...¿hasta cuando?
No importa, porque son las cuatro y media de la madrugada y el sistema debe seguir funcionando. Por eso debes atender a un tipo completemente borracho que se ha partido la mano haciendo el burro en un bar de copas, mientras te dice que eres un gilipollas y que le toques los cojones. Y la próxima semana le operarán y le pondrán un clavo en el metacarpiano. Y el mes que viene lo revisarán, incluso te demandará si se le queda un dedo mal. Y el sistema no le pasará factura, porque esto es el estado de bienestar, usted lo único que debe hacer es votar dentro de cuatro años, seguir bebiendo, seguir haciendo el imbécil, que nosotros nos ocupamos de todo, porque aquí el que cuenta es el usuario, aunque el mismo sea un cafre integral.
Pero ya son las cinco de la madrugada y el sistema sigue rodando. Respiro diez veces y por hoy sólo me haré una pregunta, mañana más:
¿Nadie será capaz de atreverse a hacer que el usuario del servicio sanitario público que lo usa en estado de embriaguez pague dichos servicios?