GITANOS

Rafael sube uno a uno los escalones y entonces recuerda a un niño extrayendo con cuidado la caja de zapatos que esconde bajo la cama. Junto a él, y en su misma cama, duerme Juan de Dios. En la litera de enfrente están Alba y Candela, las dos gemelas. En la gran cama duermen los padres, y junto a la esquina duerme la pequeña Yureida en una cuna metálica.
La familia Heredia. Una familia gitana en un barrio de gitanos. Cruz Verde, barrio de drogas y basura. Barrio de putas, camellos y audis sin capota. Cruz Verde, el barrio donde nunca amanece, el barrio sin policía, porque la ley de los payos se quedó a la entrada, el barrio sin papeles.
Vivían en un gran edificio de viviendas sociales desde hacía tres años. Antes vivían entre cartón, chatarra y ratas, ahora entre hormigón, chatarra y ratas. El ascensor no funcionaba desde hacía dos años y once meses, no había luz en los pasillos, en el quinto F se vendía hachís. En el segundo K coca base y tripis. En aquel tiempo aún estaba Miguel, el hermano mayor.
En aquel entonces Rafael tenía 12 años, el pelo negro azabache, los ojos negros profundos y la mirada limpia. También tenía un secreto.
Los padres salían cada mañana al mercadillo; minutos más tarde llegaba la abuela Matilde que los obligaba a levantarse para ir al colegio. Rafael acompañaba a las gemelas al colegio y luego se dirigía al instituto.
Rafael Heredia, el Rafi, era uno más en su clase de secundaria. Alguien los había calificado como carne de cañón. Quince chicos gitanos, cinco marroquíes, tres hondureños y dos rumanos. La media de asistencia diaria a clase era de siete alumnos de veinticinco; siempre suspendían casi todo. No importaba, la sociedad nada esperaba de los chicos de Cruz Verde. Desde hacía seis años nadie aprobaba todas las asignaturas. El Rafi era uno de ellos. Quizás más rebelde, quizás más respondón, menos disciplinado, pero uno más a fin de cuentas. También suspendía casi todas, gritaba en clase y se burlaba de los profesores, especialmente de don Rémulo, aquel viejo tontorrón con gafas de culo de vaso. Pero Rafael tenía un secreto.
Don Rémulo era el profesor de literatura. Desde hacía quince años ejercía en Cruz Verde. Sus cincuenta y dos años, pelo cano y barba canosa le conferían un aire de intelectual acentuado por las gafas de concha. Algunos decían que tenía cierto parecido a Sean Connery. Rémulo Lindes era un apasionado de Chopin, Kant y sobre todo de los cuentos de Edgar A. Poe.
El instituto de Cruz verde ni siquiera tenía nombre, simplemente se habían limitado a llamarlo Instituto de Educación Secundaria Cruz Verde, aunque era conocido por los profesores como Jungla Verde. Veinticinco maestros en plantilla. Cada año renunciaban veinte de ellos. Don Rémulo aguantaba. Cuando alguien le preguntaba la causa respondía con una enigmática frase: Él era un buscador de diamantes. Sus compañeros se burlaban, sus alumnos se burlaban.
Ese año en la clase de primero A don Rémulo conoció a alguien extraño. Un chico de pelo negro, altanero y peleón, que se sentaba al fondo de la clase. Un chico que gritaba, fumaba en los pasillos y jamás obedecía. Un chico cuya mirada tenía algo…
Cuando Miguel estaba con ellos la vida era color de rosa. Siempre jugaban camino del colegio, siempre tenía un aliado, un amigo, un defensor. Pero una noche de sábado y una partida de heroína demasiado pura se lo llevaron por delante. Desde entonces Rafael se volvió más arisco, más rocoso, más insensible. Pero con un secreto.
-Maestro, ese libro viejo ¿te hace falta?- le dijo una mañana el Rafi a don Rémulo- es que en mi casa tenemos una mesa con una pata coja y nos vendría bien.
-Te lo puedes llevar Rafael- respondió el maestro señalando el ajado volumen de la Odisea que acumulaba polvo sobre el armario al fondo de la clase.
Unas semanas más tarde don Rémulo decidió abordar al chico al final del pasillo:
-¿Qué tal la mesa Rafael?
-Bueno, mucho mejor, aunque cojea un poco aún.
-Quizás con un libro más gordo se pueda arreglar- respondió el maestro.
Así fue como Rafael por primera vez compartió su secreto con alguien.
Cada dos jueves don Rémulo dejaba un libro olvidado sobre el armario al final de la clase. Cada dos jueves el Rafi lo escondía disimuladamente en el fondo de su mochila y se lo llevaba a casa.
Cada noche, mientras todos dormían, el joven gitano encendía su linterna bajo las mantas. En silencio se dedicaba a leer los libros de don Rémulo y a escribir sobre papel de estraza. Luego guardaba todo en una vieja caja de zapatos bajo su cama.
Y Rafael tenía el don de la escritura. Escribía unas historias increíblemente bellas, descritas con una prosa pocas veces leída. Unos relatos llenos de vida y de color, unos cuentos extraordinariamente escritos que jamás serían leídos por nadie, pues a nadie iban dirigidos.
Pasaron los meses y Rafael suspendió todas las asignaturas, seguía teniendo intencionadas faltas de ortografía, errando todos los problemas, burlándose de don Rémulo o fumando entre clases, porque él era El Rafi y así debería seguir siendo.
Una noche de Noviembre su padre descubrió la luz bajo las mantas…
-Niño ¿eso que es? –gritó Raimundo Heredia.
-Ná Papa, estaba sólo escribiendo, cosas mías- la voz del niño pareció asustada.
-Déjate de tonterías Niño, no quiero verte más haciendo esas cosas.
-Pero es que…
-He dicho que se acabó, a dormir Niño.
Esa noche acabó la linterna bajo la manta. Pero Rafael continuó con su secreto. Ahora leía en los servicios del colegio, en el descampado bajo un olivo, en el hueco de la escalera; y seguía escribiendo a ciegas por las noches.
El Rafi siguió siendo el rebelde gitano de ojos negros, el chulo de la clase, el torpe, el ceporro, el fumeta, el que compartía un secreto únicamente con aquel viejo de barba blanca...
Así pasaron dos años hasta que llegó nuevamente el verano Una mañana de junio acabó el curso en Cruz Verde. Para la clase de Rafael no hubo despedidas, no hubo fiestas, no hubo adioses ni lágrimas. Simplemente un conserje cerró con llave la puerta del aula. El Rafi en esa época ya no acudía a clase desde hacía dos meses. En el mes de Marzo había fallecido doña Matilde, la abuela. La madre volvió a las labores del hogar y el Rafi tuvo que empezar a trabajar el mercadillo. A nadie importaba, era un chico de catorce años que iba a suspender todas las asignaturas. Uno más de los alumnos de Jungla Verde perdidos para siempre. Carne de cañón.
El catorce de Junio don Rémulo acudió a recoger sus cosas de clase. Recogería los últimos papeles, limpiaría la mesa y recordaría en soledad algunos momentos del pasado año.
La puerta del aula estaba abierta, cosa poco usual en esas fechas. Rémulo adelantó unos pasos, e inmediatamente levantó la vista mirando al fondo del aula. Sobre el armario, una vieja caja de zapatos. Un escalofrío recorrió la espalda del maestro.
Con las manos temblorosas, Rémulo levantó la tapa polvorienta. Dentro vio una hoja con grandes letras escritas a mano: Gracias maestro, y debajo de la misma cientos de hojas de papel de estraza escritas a mano por las dos caras. Inmediatamente se sentó en un pupitre y empezó a leer…
Dos días más tarde Rémulo Lindes marcaba un casi olvidado número de teléfono. Había llegado el momento:
-¿Dígame?- preguntó una voz al otro lado de la línea
-Luis, soy Rémulo y necesito que veas algo…
Rafael sube uno a uno los escalones y entonces recuerda su infancia en Cruz Verde, Al llegar arriba, la oscuridad lo rodea. Entonces un foco lo ilumina desde arriba... no puede evitar que en su mente se agolpen recuerdos: sus noches de linterna y papel de estraza, los juegos con Miguel, su cita cada dos jueves, su Maestro, su Maestro…
-Y el premio nacional de novela es para Rafael Heredia- dice la presentadora, una afamada periodista.
En ese momento los aplausos de miles de personas resuenan en los oídos del joven escritor. Ha publicado dos libros y es el autor español más vendido del año. A sus treinta y dos años de edad muchos lo consideran un auténtico genio.
En un rincón del gran Teatro Real, de pie junto a la puerta de salida, un anciano de barba blanca y chaqueta de tweed con un extraño parecido a Sean Connery se aparta una lágrima mientras acaricia la portada del último libro de Rafael Heredia: El Maestro que buscaba diamantes.

INVENCIBLE...(?)

No me doblaré.
He conseguido no doblegarme ante muchas situaciones en esta vida. Y quizás es una de las pocas cosas de las que puedo alardear (porque de mi memoria de pez, imposible).
No me arrodillé ante el desánimo cuando conocí las injusticias de la vida, pues siempre encontré momentos mágicos para compensar.
No me doblé ante la codicia cuando me ofrecieron unas ventajas económicas a cambio de hacerme determinado carnet, resistí.
No dejé de creer en las personas a pesar de haber encontrado en mi camino gente mezquina, rácana y cruel. Siempre terminé encontrando buena gente.
No me rendí al desánimo de la impotencia al conocer las limitaciones de mi profesión, no todo se puede curar, pero siempre encontré la forma de tratar, aliviar o al menos consolar al enfermo con una mirada.
Nunca dejé de creer en el amor a pesar de cruzarme con gente cuya sensibilidad rozaba la del armadillo peruano, pues siempre encontré una sonrisa en el camino.
Siempre me consideré una persona fuerte ante la adversidad, pues tengo la inmensa suerte de ver el lado positivo de todas las circunstancias de la vida.
Y en ese momento en el que estás a punto de saberte el rey del mambo, en el que estás convencido de que nadie es más fuerte, nadie está más preparado ante la adversidad asumes tu completa omnipotencia...llega mi pequeña Penélope del cole con fiebre, dolor de cabeza y vómitos.
Percibo dos horas más tarde que soy capaz de cagarme de miedo ante la sola perspectiva de verla sufrir
Inmediatamente mi mundo se derrumba en mil pedazos y súbitamente me doy cuenta de que sería capaz de doblegarme, rendirme, venderme o corromperme, ante la sóla perspectiva de evitar su sufrimiento.
Quizás eso me haga más débil y vulnerable, quizás también menos glamouroso,o a lo mejor me hace más humano, no lo sé; pero es lo que hay.

UN POQUILLO DE BIXICLETA

Se dixe que los andaluces somos exagerados. Xente de poca fe aquellos que eso afirman.
Esta mañana, aburrido de ver a los políticos patrios hacer el ridículo en el Senado, unos abucheando como babuínos y otros aplaudiendo como monos, decidí cometer el error del mes: xalir con la bici.

10.30 de la mañana: El menda sale en direxión a la playa. Son unos 18 kilómetros, y casi todo cuesta abajo.
10.55: Al llegar a la carretera de la costa: meeek! primer error. No había consultado la direxión del viento, y éste venía de poniente con una fuerza que te cortaba el aliento. El problema es que la carretera de la costa discurre en dirección oeste.
10.55 Tras diez kilómetros luxando contra el viento de cara decido que soy más listo que nadie. Veo una carreterita de montaña que sale a mano derecha y me digo: "seguro que esta carretera me lleva a casa". Así pues empiezo a pedalear por la "carreterita". Apenas a cincuenta metros del cruce me encuentro a unos operarios municipales (uno cavando y cuatro mirando, pala en mano). Están construyendo una especie acera en mitad del campo. Intento no penxar que tremenda chorrada no está saliendo de mi rebaja de sueldos, pero no lo consigo, pues el cartel de dimensiones descomunales indica Obras del Plan E.
-Oiga, ¿xaben si esta carreterita me lleva a El Borge? -pregunto esperanzado.
-Si claro, un poquillo más de cuesta y luego, tó pabajo -me responde el operario del pico, pues los otros cuatro no se dan por aludidos.
Un poquillo de cuesta...
La "carreterita", de aquí en adelante bautizada por mi como JCC (jodida carretera de los cojones) no paraba de subir.
12.00: Seis kilómetros de subida sin parar, el sol me abraxaba la piel, el xudor me nublaba la vista y me escoxía los ojos, las piernas estaban insensibles y notaba mi corazón latiendo en las sienes. Llega el momento de las reacciones irracionales:
Primera reacción: Maldecir al tontolhaba que decidió hacer una carretera que en mitad de la nada.
Segunda reacción: acordarme del arquitecto xubnormal que diseñó una carretera tan cuesta arriba.

Tercera reacción: Pensar que tengo menos luces que un serrucho, pues se me había acabado el aquarius al inicio de la xubida.y no tenía ni gota de líquido.
12.45: Ocho kilómetros de subida y no me quedaba ni xudor en el cuerpo, después de una curva venía otra aún peor, y cada cierto tiempo me adelantaba una moto ocupada por un rústico piloto.
Tan poca fuerza me quedaba que no me consideraba capaz de exar pie a tierra, pues los pedales son fijos, y se requiera cierta agilidad para parar.
Finalmente, plato pequeño, piñón grande, aprieto los dientes, y palante como los de Alicante.
13.25: Llegué. No sé aún como lo conxeguí pero llegué arriba. Sin agua, sin aliento y caxi sin vida, pero llegué. Y al llegar a lo más alto sólo pude exlamar: ¡Joder! Ahí hice la primera foto del día:


Cinco minutos más tarde bajaba como una bala por la cara norte de la montaña con destino a caxa. Diez minutos más tarde había encontrado una fuente fresca ("Agua no potable"), donde bebí hasta casi perder el conocimiento.
Quince minutos más tarde, casi había olvidado el sufrimiento, y encontré algo expectacular. No sé si fue mi deshidratación o el edema cerebral por la hiponatremia, pero empexé a reírme, me dí la vuelta e hice una fotografía, la segunda del día.
Han paxado varias horas y he recobrado las fuerxas, sigo teniendo dormidos el cuarto y quinto dedos del pie, y la xona de mi cuerpo entre el ombligo y la rodilla está insensible (espero recuperarlo, más me vale).
Después de esta experiencia aprendí algo. Jamás decirle a un paciente que algo le va a doler "un poquillo", pues se ve que los andaluces dicho concepto no lo tenemos muy claro.
Por otra parte espero que el agua no potable no se vaya a ensañar con mi colon, pero ¡qué buena estaba!
Ah, xe me olvidaba. Esto es lo que ví en mitad del campo. Falta al hache intercalada. Xomos lo mejón..Igual mañana bajo a comprarle un poco de extierco al Jefry.

SOY TUTOR DE MI TUTOR

El sistema de formación especializada, al menos en lo que respecta a Medicina de Familia, es la repera.
Según marca la legislación, diseñada por los mismos merluzos que se pasean en Audis oficiales y viajan en primera con nuestros sueldos, el Residente durante su primer año (R1) no puede firmar de forma autónoma ningún alta médica. Su nivel de responsabilidad es comparable al del aprendiz de conductor que circula con profesor de autoescuela: Puede montar un pollo bien gordo, pero la responsabilidad siempre será del profesor.
Explicado para los que no sois sanitarios: Si el médico que te atiende en urgencias, después de verte imprime el alta, sale de la consulta para volver minutos más tarde y te entrega un informe en el que van dos firmas, has sido atendido por un R1.
En este caso, a pesar de ser Médico titulado, cobrando un sueldo como tal (bien escaso también es cierto, pero sueldo de médico al fin y al cabo), al residente se le presupone una imposibilidad innata para poder dar un alta médica, independientemente de su experiencia previa (algunos llevan quince años trabajando), formación (algunos es la segunda especialidad) o capacidad. Claro, imagino que el político de turno estaba centrado en otros temas más importantes como montar el lío padre con la troncalidad, inventarse nuevas especialidades o cepillarse un chuletón de Ávila.
Los que conducimos sabemos que no aprendemos a conducir hasta que asumimos la responsabilidad por nosotros mismos.
Durante mi etapa de formación tuve como tutor en las guardias de centro de salud a un compañero médico que tutorizaba mi trabajo. Cual es mi sorpresa al comprobar que a partir del próximo lunes seré yo quien tiene que visar su trabajo, pues va a empezar a formarse como Médico de Familia en mi Hospital. O sea, que paso a ser tutor de mi tutor.
Mi opinión sin duda equivocada, es que al evitar la asunción de responsabilidades no se soluciona demasiado, simplemente se aplaza el problema al segundo año. La solución sería que los legisladores (a ver si se dejan de viajar al Caribe y se centran), doten a los sanitarios de una seguridad jurídica en su trabajo que no haga que el miedo a ser demandados atenace la práctica médica de las nuevas generaciones de los médicos en el área de urgencias.
Igualmente, si el legislador (comedor de bombones suizos y chorizos de cantimpalo) estima que el R1 no es apto para hacerse responsable al 100% de su paciente, no debería dejar que éste ejerciera de forma autónoma, induciendo al enfermo a una situación confusa.
Pero claro, seguramente estoy equivocado en todo esto, y a partir del lunes pasaré a tutorizar a un compañero con veinte años de experiencia, que no podrá atender autónomamente a un paciente porque el político de turno tenia otras cosas más importantes en las que pensar.
Mucho me temo que la formación, en Medicina de Familia, cada día más está enfocada únicamente al ámbito de la Atención Primaria, dejando la formación en Urgencias como una especie de apéndice extraño y ajeno a la especialidad, una especie de condena obligada para muchos Residentes a la cual ni administración ni gestores ni unidades docentes dan una respuesta mínimamente creíble.

¿DONDE ESTÁ OYEMBE?

-¿Dónde está Oyembe?- repite Mayo15-2 desde su camilla acolchada, cubierto con una manta térmica y aterido de frío. Nota su boca llena de arena salada.
Mayo15-2 es uno más. Personas sin nombre, sin documentación, sin pasado y casi sin derechos. Cuando llegan a la zona de urgencias se les asigna un nombre ficticio, en espera de una identificación que jamás llegará. Son las pateras.
Mayo15-1, Mayo15-2, Mayo15-3...Esa noche fueron dieciséis.
Realmente su nombre es Abdoulaye. Nació hace veintitrés años en un poblado de Senegal. Abdoulaye, Mayo15-2, es el menor de siete hermanos. Apenas recuerda a Padre. Era pescador y una noche sin luna desapareció entre las olas. Madre apenas ha podido alimentarlos gracias a la caridad y a las ayudas de los blancos. Abdoulaye sabe que en el Norte hay mucha comida, pues ellos sobreviven con las sobras de los europeos. Un día oyó que incluso tiran la comida que les sobra.
A pesar de la extrema pobreza, Abdoulaye sólo guarda buenos recuerdos de su infancia. Las mañanas aprendiendo a leer con las monjas, las tardes corriendo por la selva con su hermano Oyembe y las noches de miércoles eran sus recuerdos preferidos. Los dos niños se pintaban la cara como les había enseñado el abuelo Mor y escapaban a la selva en busca de mil aventuras. Imaginaban que iban a la caza del gran elefante como hacían sus antepasados, que encontraban una cueva llena de tesoros, o que navegaban por en gran río Kalembe en busca de aventuras. Las noches de los miércoles tocaba leche con cola-cao, un polvo rojizo venido del Europa. Era la noche especial. Los siete hermanos, Madre y el abuelo se sentaban en torno a la hoguera, cada uno con su vaso de leche con colacao y su trozo de pan de centeno. Esas noches Mor les contaba historias fantásticas sobre sus antepasados. Oyembe y Abdoulaye siempre se sentaban juntos. El último cuento de la noche siempre era el mismo; la historia de un grupo de jóvenes devorados por la oscuridad una noche sin luna. Ese cuento aterraba a los dos hermanos que acababan abrazados en una especie de conjuro contra el miedo. En el poblado decían que Mor era descendiente de un Gran Brujo, por eso sus cuentos eran tan especiales.
-¿Dónde está Oyembe? -repite Mayo15-2 mientras una enfermera perfora con delicadeza una de sus venas. Ella le sonríe con pena.
Pasaron los años y la miseria dio paso a la enfermedad. Hace diez meses que no llega la comida de Europa. Ahora se queda toda en la capital. Apenas llueve, el huerto no da frutos, Madre está enferma y Mor falleció una tarde de miércoles atropellado por un jeep del ejército. Dos de los hermanos de Abdoulaye cayeron enfermos de malaria y las hermanas jamás conseguirán esposo pues su única dote se limita a un viejo paraguas.
Una mañana de Abril llegó alguien de la capital. Atravesó el polvoriento poblado en un Toyota desvencijado y repartió chicles entre los niños famélicos. Regaló leche en polvo y latas de conserva. Obsequió con un bote de colacao a la familia de Abdoulaye, y repartió dólares entre sus familiares. Se trataba de Ousmane Khali, un joven de la edad de Abdoulaye. Apenas dos años antes había salido del poblado hacia Europa. Hoy volvía con dinero, con comida, con...ese día decidieron que ellos también saltarían.
-¿Dónde está Oyembe?- repite Mayo15-2 mientras alguien vestido de verde le mira desconcertado.
Ousmane los ayudó con el contacto. Jamás imaginaron que fuera tan fácil. Firmar un papel donde se comprometían a pagar o perderían su casa. Unas horas en barca, y saltar a la arena. Luego correr, correr sin mirar atrás hasta encontrar una carretera. Una vez ahí se trataba de seguir la ruta sin ser vistos en dirección este. Almería era la meta. Allí preguntarían por Mussa Malik. Durante un año trabajarían para él. Luego serían libres.
-No lo tengo claro, abandonamos a Madre y a las hermanas- le dijo Oyembe.
-Vamos a morir de hambre hermano- dijo Abdoulaye convencido- será como cuando éramos niños y salíamos a la selva. No nos separaremos.
-¿Y si no conseguimos el dinero?
-Volveremos...
El doce de Mayo, tras siete días esperando la llegada de la luna llena y las corrientes adecuadas, partieron en una barcaza. Diecisiete jóvenes senegaleses sin espacio para nada más que sus cuerpos.
Oyembe se había vestido con una camiseta del Barcelona, pues le habían dicho que eso le garantizaba la simpatía del hombre blanco. Partieron custudiados por la luna en una patera llena de sonrisas cómplices, ilusiones y esperanzas.
-Recordad, tenéis un año para pagar- les dijo el corpulento marinero mientras recogía sus contratos -Suerte.
La noche pasó rápido y no tocaron tierra. No tenían agua ni comida, pues el viaje se preveía corto. Durante el día el sol rebotaba en sus cuerpos negros abrasándoles la piel y minando sus fuerzas. Oyembe y Abdoulaye permanecían juntos. Apenas hablaban para ahorrar fuerzas.
Pasaron dos días más en altamar. La tercera noche de viaje todo empezó a ir mal. La luna se había ocultado por las nubes, un temporal amenazaba a la barcaza que se balanceaba como una hoja de olivo en un arroyo. Viento, agua salada, ruído de olas, balanceo...
Un foco ilumina la noche desde el cielo. Es un helicóptero guardacostas. El patrón de la barca grita que deben saltar y señala la oscuridad.
-¿Dónde está Oyembe?- Mayo15-2 parece delirar en la camilla. Su cuerpo apenas roza los 34 grados.
Todos saltan a las olas. Simplemente se trata de nadar, nadar, nadar en la dirección indicada hasta tocar tierra, tierra, tierra...
La luz intermitente de la ambulancia y los focos policiales iluminan la playa, dándoles un aspecto casi estraboscópico al atravesar la lluvia. Hay muchos cuerpos sobre la arena, algunos se mueven a gatas, otros levantan un brazo, alguno corre para ocultarse entre la maleza. Los de azul se acercan. Empieza la danza de lucha por la vida.
-¿Dónde está Oyembe?- Mayo15.2 mira suplicante a un guardia civil que lo vigila. Mayo 15.2 no es nada porque no tiene nombre ni identidad y a nada tiene derecho más que a preguntar por su hermano.
En la playa las nubes abren un claro dejando pasar la luz de una enorme luna llena. Los de azul ya se fueron. Una joven policía de apenas treinta años se acerca a lo que parece un bulto en la arena. Se arrodilla y lo observa con detenimiento. Con mucho cuidado aplica una pegatina sobre el torso desnudo del joven africano ahogado: Mayo15-9. No puede evitar una sonrisa perpleja al ver que el joven aún aferra entre sus dedos lo que parece una camiseta del Barcelona.
Abdoulaye recuerda sus tardes de excursión por la selva en busca del Gran Elefante, la cara de aquella monja que les enseñaba a leer, la cara de Madre explicándoles que Padre fue devorado por el mar y los cuentos de Mor a la luz de la hoguera, muy apretado junto a su hermano ignorando que alguna vez se cumpliría la profecía del Gran Brujo y la oscuridad los devoraría una noche sin luna.
-¿Dónde está Oyembe?- Una enfermera le acerca un vaso de leche con colacao. Entonces Mayo15-2 rompe a llorar...

PRIVILEGIADOS CALLEJEROS

No es de mi gusto meterme en berenjenales. Pero en ocasiones, o hablo o reviento.
Yo debo ser muy tonto o es que no me entero de nada (quizás las dos cosas). Hace apenas 24 horas saltaba la noticia: Se recortará una media de un 5% el sueldo de los funcionarios. En ese momento suenan todas las alarmas...meeek meeek meeeek!
Unas horas más tarde leo: El señor ministro de Fomento ha asegurado que “es verdad que se va a rebajar el sueldo de los funcionarios en un momento de gran dificultad”. En palabras de Blanco “parecía razonable aunque doloroso” que personas con empleo estable tengan que contribuir a este plan de ajuste. En definitiva, interpreto que se les bajará a los funcionarios que son unos PRIVILEGIADOS pues al menos tienen un trabajo fijo y deben ser más SOLIDARIOS. Y en ese momento ya me empezó a tocar las pelotillas, pues simplemente me gustaría que el señor ministro, o alguien, me respondiera a algunas dudas tontas que se me plantean: y me explique como si yo fuera un niño de cinco años, así a lo mejor me entero:
-Si se dice que se baja el sueldo a funcionarios porque están fijos, cosa que es un privilegio hoy en día ¿no se le ocurrirá de aplicar esa misma bajada de sueldo a los cientos de miles de TRABAJADORES PÚBLICOS, muchos de ellos SANITARIOS, que están con contratos eventuales, de sustituciones, contratos a tiempo parcial, contratos por días sueltos, o contratos basura?
-¡Nooo que va, en este santo país no existen enfermeras, médicos ni celadores con ese tipo de situación laboral PRECARIA!
-Uff menos mal, ya me estaba yo asustando.
Pero casualmente horas más tarde leo que en realidad, la bajada de sueldo afectará a todos los empleados públicos, sean fijos o no: El Gobierno va a rebajar los sueldos de los empleados públicos este año y los congelará el que viene
Uy, aquí alguien me está tomando el pelo.
Yo podría llegar a hablar de reducir mi salario si se me ofrecieran las condiciones de estabilidad laboral de las que hablan lo políticos. Personalmente creo que quien ganó sus oposiciones no es un privilegiado, es una persona que se ha partido los codos por conseguir un puesto de trabajo como servidor público, y criminalizarlo es un error de bulto.
De todas formas, me temo que a muchos miles de trabajadores públicos, muchísimos de ellos sanitarios, se nos va bajar el sueldo con la excusa de que somos fijos, con trabajo estable y privilegiados, siendo estas tres premisas FALSAS.
Por otra parte los que más ganan deben ser SOLIDARIOS y pagar más.
Me duelen estas palabras que voy a escribir, pero no me queda otro remedio:
Estoy empezando a estar harto de que se me recrimine o se me culpabilice por ganar un sueldo digno. Salí de mi casa familiar a los 13 años. Cuatro años de instituto (fuera de mi casa), seis de carrera (fuera de mi casa), cuatro de formación especializada. No me podía permitir suspender ni una asignatura en esos años, cosa que pude conseguir estudiando como un mono loco.
Trabajo en muchos casos 24 horas sin dormir, y soy responsable de la vida de muchas personas. Un error me puede costar mi carrera, mi reputación y muchos miles de euros. Cuando mis amigos jugaban al fútbol el menda se quemaba los codos en un piso compartido con otros cinco "privilegiados". Cuando otros se compraron la moto mis padres pagaron mis estudios con sudor y sangre. Hoy gano algo más que el resto, es cierto. Por ello me criminalizan, pues soy un privilegiado, por ello me quitan el 30% del sueldo, no tengo derecho a nada más que a seguir trabajando y a pagar, y para colmo me bajan el sueldo porque...soy un privilegiado.
Es lo que yo llamo la cultura de Callejeros. Estamos llegando a un límite en el que tiene más credibilidad un personaje de callejeros que un cirujano. Puedes conseguir más dinero diciendole a la reportera de callejeros "zapateeeero dame una caaaasa" o diciendo que te has acostado con Jesulín que achicharrándote las neuronas durante veinte años frente a un libro.
Esta cultura de Callejeros hace que estemos todos pendiente de la gran teta de papá estado, que nadie quiera sacrificarse, pues para eso están los privilegiados, que paguen ellos.
Es lo que hay.
PS. Y mentras tanto..¿ande andarán los sindicatos?

VÍCTOR, MARIANO...Y MALAQUITO.

Victor Bárcenas mira el espejo. Observa su imagen cansada, su pijama verde sembrado de arrugas, el fonendo negro al cuello y una mirada de cansancio. En su mano izquierda un cigarrillo Marlboro. Hace más de tres años, un veintidós de octubre, dejó de fumar, aunque dejó algunos cigarrillos en la taquilla.
Por si acaso.
En su mano derecha un mechero azul (Bar Paco, tapas y raciones). El rulo chasquea contra la piedra...chispas y llama azul. Víctor cierra los ojos...
Dos horas antes...
-Señor le insisto en que esto es un hospital, no una ITV, ¿me está diciendo que viene a urgencias a hacerse un chequeo de la rodilla?- pregunta el joven médico al señor que se sienta al otro lado de la mesa.
-Eso es doctor, quiero que me revise la rodilla, me lleva doliendo varios meses, pero mañana debo estar en plenitud de facultades, no puedo fallar- responde el paciente, un hombre de unos cincuenta años, delgado y fibroso a pesar de su edad, pelo cortado a cepillo y dos grandes ojos saltones escoltando a una enorme y arqueada nariz. Es un hombre feo, de eso no hay duda.
Víctor mira fijamente a su paciente, con seriedad. La tarde está siendo horrible, el área de urgencias está abarrotada y el colmo es atender a un señor que quiere un chequeo médico. Al cruzarse sus miradas, Víctor cree recordar aquellos ojos. Aquellos ojos...
-Mariano, creo que debería ir primero a su médico de familia para este tipo de asist...-empieza a decir el médico.
-Yo soy Malaquito- el paciente sostiene una mirada limpia.
Mariano Fray, cincuenta y tres años. Trabaja como portero en un edificio de oficinas desde hace más de treinta años; casi nadie lo conoce, casi nadie lo saluda. Intentaron sustituirlo por un portero automático, pero no pudieron. Es el señor vestido de gris sentado en la cabina de portería al que nadie mira al pasar...hasta que llega el domingo.
Nadie en el gran edificio lo sabe, pero desde septiembre de 1986 Mariano es Malaquito, la mascota del Club representativo de la ciudad. Un sonriente oso marrón, veinte kilos de tela y goma espuma, vestido de azul y blanco. El Alma del Club.
Mariano era un joven y anónimo aficionado cuando alguien le invitó a enfundarse el pesado disfraz un domingo de enero. No pagaría entrada, le darían un bocadillo y quinientas pesetas.
Nunca olvidaría aquella tarde. Con la ayuda de dos operarios se enfundaron el traje de Malaquito. Mariano a duras penas mantenía el equilibrio, el calor era horrible dentro de aquella coraza, y su campo visual se limitaba a una franja delimitada por la boca del oso. Los primeros pasos fueron simplemente un bamboleo por el pasillo intentando mantenerse en pie. Sudaba a chorros. Al final del corredor, la entrada al estadio, donde se oía la muchedumbre como un gigantesco enjambre. Diez pasos más y el panal se convirtió en el ruido de una catarata a lo lejos, diez pasos más y decenas de miles de gargantas gritaron al unísono saturando sus tímpanos. Una explosión de luz y sonido colapsó sus sentidos. Inmediatamente un pulso de adrenalina inundó su torrente sanguíneo, activando todas y cada una de sus fibras musculares, tensando cada sístole cardiaca hasta el límite, y propulsando el cuerpo de Malaquito hacia el césped. Mariano corría por la hierba transportado por miles de voces, sintiéndose elevado por el himno del club, empujado por los once jugadores que lo aplaudían con mirada curiosa.
La experiencia fue un éxito, y cada domingo Malaquito saltaba al césped bandera en mano corriendo como una exhalación el cuadrilatero, haciendo aspavientos ante la salida de los jugadores locales, saludándolos antes del partido, animando a la afición durante los noventa minutos, saltando de alegría con cada gol.
En pocos años llegó incluso a ser entrevistado una noche por Jose María García que lo bautizó como el Alma de la Afición.
Malaquito, el anónimo conserje se convirtió en un ser querido por niños y adultos, un simpático oso gris que cada domingo animaba sin parar.
Así durante más de cuatrocientos partidos, así durante más de veinticuatro años. El club nunca había ganado ningún título. No importaba, porque algún día...
Entonces Víctor recordó aquellos ojos. Recordó aquel año, cuando su padre lo hizo socio del club. Acudieron cada domingo, puntuales a su cita. Él tenía apenas once años, y recordaba las tardes de pipas, bufanda azul, gorro, bandera, bocadillo de tortilla y fanta de limón. Recordaba los minutos previos al partido, cuando miles de gargantas gritaban todos a una ¡Ma-la-qui-to...Ma-la-qui-to!, y entonces salía aquel gran oso marrón vestido de azul y blanco, corriendo como una estela el campo en un equilibrio imposible. Luego bailaba en el centro del campo una danza tribal imitando las danzas indias, el divertido baile del Zumba-Zumba.
Fue lo más divertido del año, pues esa temporada las derrotas se encadenaron una tras otra. Mala temporada de enfados, gritos al árbitro y cambios de entrenador. Víctor veía el sufrimiento y enfado de su padre cada tarde y no entendía nada. El último partido marcó la tragedia. Derrota por la mínima y descenso a segunda. Víctor jamás vio nada parecido en su vida. Miles de personas derrotadas abandonando un estadio multicolor, cientos de aficionados llorando por los pasillos. Ruído de miles de pasos abandonando los graderíos en silencio.
Mientras su padre iba al servicio, Víctor decidió esperar fuera, sentado en un escalón; cabizbajo y con los ojos llorosos.
-No llores fenómeno -le dijo una voz.
El niño levantó la cabeza y se encontró con los dos ojos saltones y la gran nariz que asomaban por la boca de Malaquito.
-Sonríe, porque algún día volveremos a Primera.
-No sé, mi padre dice que jamás ganaremos nada, que esto es el fin.
-Sonríe chaval, y levanta la cabeza. Algún día seremos campeones. Nunca lo olvides, y recoge esa bufanda del suelo.
Han pasado veintidós años desde aquel descenso, el Club ha vuelto a Primera. Y dentro de veinticuatro horas jugará su promera final europea. Son setenta y dos años de historia, y por primera vez el Club jugará una final...
-¿Usted es Malaquito?- Victor vuelve a la realidad de su consulta azul- ¡Joder!, si una vez usted me saludó, fue el año que bajamos en un partido contra el Hércules. Nunca lo olvidaré. Me prometió que ganaríamos alguna vez, y mire, igual mañana...
-No lo dudes joven, el miércoles es el día, el gran día- responde Mariano orgulloso- además es mi último partido, ya estoy mayor para esto, me canso y me duele la pierna.
-Cuénteme eso del chequeo que me decía antes...
-Llevo unos meses con dolor en la rodilla, y no me gustaría fallar el miércoles. No puedo fallar, es la ilusión de toda mi vida. Si usted lo ve bien, había pensado que quizás un vendaje me ayudara.
-Bueno, vamos a ver esa pierna, túmbese en la camilla Mariano.
Con una leve cojera el paciente se tiende; el médico explora, palpa, siente, moviliza, distiende.
-No veo nada raro, pero le pediré una radiografía y luego se lo vendamos.
Mariano sonríe tranquilo. Es una buena persona, un ser amable, un anónimo hombre feo que por veintisiete euros con cincuenta y un bocadillo de chorizo alimenta la ilusión y la alegría de miles de personas cada domingo. Un hombre tranquilo cuya vida gira en torno al Club, un hombre cuyo mayor orgullo es sentirse querido por miles de personas, cuyo mayor sueño es ganar una final y ayudar al Club. A ganar, a ganar por fin...
Treinta minutos más tarde Víctor atraviesa el pasillo a toda velocidad. En su mano derecha una radiografía. Con trazos torpes escribe "ruego informe" y la deja en la bandeja de Radiología.
En menos de diez minutos se recibe el informe radiológico.
-Bueno Mariano, le vamos a poner un vendaje en esa rodilla- dice el médico sin levantar la mirada.
-Me alegro doctor. ¿Todo bien no? Bueno imagino que algo de artrosis ya habrá.
-Bueno, me gustaría revisarlo Mariano, yo estoy de nuevo el jueves, ¿podría volver por aqui?
-Muy atento doctor, ¿podría ser el viernes? es que si ganamos la Final, igual estamos de celebración...
-Bien, nos vemos el viernes, pero no lo deje Mariano- ambos hombres se cruzan una mirada.
Cuando el paciente abandona la consulta, Víctor lo vuelve a llamar
-Mariano -le dice.
-Dígame doctor.
-Mucha suerte mañana...
Minutos después Victor Bárcenas baja a los vestuarios se lava la cara y se mira en el espejo. Observa su imagen cansada, su pijama verde sembrado de arrugas, el fonendo negro al cuello y una mirada de cansancio. En su mano izquierda un cigarrillo Marlboro. Hace más de tres años que no lo prueba. En el bolsillo del pijama, el informe radiológico "... de límites imprecisos, infiltrante que rompe la cortical. Reacción perióstica intensa, con áreas de tejido osteoblástico sugestivo de una lesión maligna como primera posibilidad osteosarcoma, se recomienda..."
Víctor recuerda aquella tarde del descenso, el baile del Zumba-Zumba, las miles de gargantas gritando Ma-la-qui-to, Ma-la-quito, las lágrimas de su padre, el oso marrón y azul con sus piruetas imposibles, la promesa de aquellos ojos saltones desde detras de una gran boca de goma espuma a un niño que lloraba...
El rulo chasquea contra la piedra...chispas y llama azul. Víctor cierra los ojos, e inspira.
PS: El Club ganó su primera final europea el quince de Mayo de 2010. Cien mil personas abarrotaron el estadio de Paris. Al final del partido los cincuenta mil aficionados del Club bailaron el Zumba-Zumba con Malaquito en el centro del terreno de juego.

BAJO EL VOLCÁN

Soy un tío con suerte. La verdad es que no siempre la tengo de cara, pero como norma general tengo una suerte increíble.
El nivel de despiste que se mueve entre mis neuronas es tal que he llegado a dejarme tres mil eurazos olvidados en un maletín (maletín al suelo, abro-puerta-coche, cierro-coche, arranco-coche, salgo-parking, maletín-en-suelo, recuerdo, tortazo-en-la-frente, vuelvo-coche, recojo- maletin).
Yo diría que soy el equivalente adulto de aquel niño de los donuts que día tras días olvidaba la cartera (¡anda los donuts!).
-Buenas tardes -me dijo el guardia civil con unos cincuenta kilos de más.
-Bu..buenas -respondí con cara de becerro decapitado, pensando que si el señor de verde intentase perseguir a un delincuente fallecería de un infarto en aproximadamente cincuenta segundos.
-¿La documentación, por favor?
Vaya preguntita, la documentación. Seguramente se referirá a La-jodida-documentación que descansa pacíficamente dentro de la cartera en la mesilla de noche, donde debe estar.
-Pues resulta que, la he olvidado en casa...
-Pues se debe identificar caballero.
Entonces en un alarde de valentía absoluta mezcla de el Cid Campeador y Bob Esponja; y poniendo cara de catequista estreñido le solté en toda la cara...
-Es que yo soy Médico-del-Hospital- las palabras sonaron monacales, virginales, con una templanza tal que el bigotudo y barrigudo defensor del orden miró a su compañero, un joven cabo con cara de acelga y cuerpo de alfeñique.
-Bueno, pero que sea la última vez, tire "palante" -me dijo el benemérito oficial perdonándome el multazo de rigor.
-Gracias, y perdón- le dije (ahora pienso que la expresión quedó insultantemente ridícula, sólo me faltó ponerme a limpiarle las botas a aquel tipo que tanto me recordaba a Bigote Arrocet).
Este fin de semana acudí a unas Jornadas de Jóvenes Médicos de Familia en Santiago (que serán motivo de otro post), y en mitad del congreso, saltó la noticia:
-¡Que dicen que han cerrado el aeropuerto por una nube de cenizas!- gritaba una chica con pinta de novicia por los pasillos.
La novedad se propagó por los corredores de la facultad de Medicina, lugar de tan magno evento, con la misma velocidad con la que el divorcio de Belén Esteban llegó a Tele Cinco.
En apenas unos minutos la gente salió en masa de los talleres, dirigiéndose a la secretaría técnica del congreso pidiendo volver a casa como fuese.
La aglomeración fue terrible, llegando a rozar el pánico colectivo, ante la tremenda tragedia de pasar una noche en Santiago.
Algunas lloraban por los pasillos teléfono en mano. Imagino que pensarían que iban a ser corroídas por una nube tóxica de ácido o algo así.
Llamadas telefónicas: aena no coge el teléfono, en vueling sale una chica-contestador, no quedan autobuses, no quedan coches de alquiler, operación huída colectiva...
Mis amigos y yo casi lo decidimos a suertes: ¿esperamos a ver si abren el aeropuerto o atravesamos la península en un bus fletado por la organización del congreso (gracias mil a semFYC)?... pito, pito colorito...Bus.
Jamás imaginé que Santiago-Madrid en bus se tardaran ocho horas, pero así fue.
En la estación de tren el caos era absoluto, gente de todo el país buscando billetes con desesperación para volver al nido.
Media hora de cola...y me veía venir la tragedia.
Una de mis características es que cuando estoy de los nervios me da por hablar con la gente, así es que me puse a conversar en la cola con una chica que también esperaba.
Ella volvía de Vigo, y viajaba a Sevilla, llevaba más de un día buscando la forma de volver y también estaba a punto de estrangular a alguien.
Finalmente mi turno.
-Buenas tardes -digo intentando ganarme la confianza de una señora al otro lado del mostrador. Ella me mira por encima de las gafas...(comentario aparte: casi todas las mujeres sobre la tierra tienen algún tipo de atractivo físico, pero una señora detrás de un mostrador, con una camisa a flores verdes y azules mostrando dos lamparones en los sobacos, unas gafas con antiparras y dos enormas glándulas mamarias colocadas sobre la mesa me bajan la líbido durante al menos diez días).
-Dígame- me responde secamente la señora de las antiparras.
-¿Billete para Málaga para...hoy?
-Málaga nada, mañana a las nueve treinta -dice la funcionaria, a la cual me imaginaba bailando el Cajuna-Cajuna en una discoteca poligonera rodeada de adolescentes borrachos.
-Bueno, ¿y por cuanto me sale?
-Son ochenta y siete con cuarenta. Un segundo -me responde la señora, que se levanta y se va sin dar más explicaciones.
Tras cinco minutos mordiéndome las uñas abandono el mostrador.
-Hola, ¿vas para Málaga? -me pregunta una señora de unos cincuenta años con acento asturiano.
-Bueno, iba para Málaga, ahora ya no sé...
-Es que te oí hablando con la chica que iba a Sevilla, si quieres te vendo mi billete para Málaga- en ese momento se abrió el cielo en dos.
-¿Pero como sabe que voy a Málaga?- pregunté sorprendido.
-Por el acento, los malagueños os parecéis hablando a Antonio Banderas. Yo iba a salir dentro de quince minutos, pero debo quedarme unos días, y no me cambian el billete porque es de tarifa web, veinte euros. Te lo dejo por lo mismo que me ha costado.
En ese momento estuve a punto de ponerme a hacer el pino delante de la mujer, a darle dos besos y a pasearla a hombros entre la muchedumbre...ole, ole, ole...
Diez minutos después, con el billete de AVE en las manos pensé que quizás me acababan de timar. Total, con un scanner y una impresora se puede...¿falsificar un billete de tren?.
Pero el billete era verdadero.
Tres horas más tarde, estaba en Málaga. Mientras conducía a casa llegué a varias conclusiones:
-Odio a los funcionarios que te miran por encima de unas gafas con antiparra.
-Hablar con desconocidos es divertido.
-El cantarino acento asturiano es encantador.
-Se puede confiar en la gente.
-Tengo una suerte que no me merezco.