NIÑA NO ME MIRES QUE ME MATAS

Corres sin poder parar, sin querer mirar atrás. Tus pies desnudos marcan una senda irregular y torpe en la arena de la playa.
Finalmente paras en seco y miras el mar inmenso iluminado por la luna llena. El Mediterráneo rayano en lo irreal que acaricia tus pies.
Te sientas y miras las miles de piedras pequeñas que bailan el son de la marea. Bailan para ti. O quizás no…
-Piedras ajenas a todo- piensas con cierta envidia.
Entonces sacas tu pequeña agenda de bolsillo, y en ella trazas algunas ideas sueltas, pero esa noche las musas no se conjuran como es costumbre.
Seis horas antes te preparabas para una noche de sábado que no debía ser diferente a otra. Una noche de copas y amigos; de risas mojadas en lambrusco y buena compañía.
Decidisteis terminar la noche en un pub de copas junto a la playa. Uno de esos bares chillout de moda en los que, como dice Berta, por siete euros puedes mear en un wáter dorado con olor a Yves Saint Lorent.
Os pedisteis unos mojitos con la intención de animaros y bailar. Imposible, pues el disk-jockey te miró con cara de asco cuando le sugeriste algo de David Guetta. El calvito de los platos y los auriculares estaba centrado en evidenciar sus profundos conocimientos del house-new-age-alternativo y no estaba para pachangueos esa noche…
Estabas a punto de despedir un sábado más. Te sentías cansado y la próxima semana sería dura. Aprovecharías el domingo para hacer algo de deporte, leer en tu tumbona favorita y descansar. Quizás luego quedarías para ver Toy Story en 3D.
Entonces sucedió. Fue como viajar abruptamente en el tiempo diez años atrás. Un nudo atenazó de pronto tu estómago y apenas te atreviste a seguir respirando. Acababas de olerlo. Era el perfume de Issey Miyake, ese aroma elegante y vibrante que muchos desconocían. Para ti era inconfundible. Rezaste durante unos segundos sabiendo que ese perfume podía usarlo cualquiera, rezaste para que no fuera ella, y te descubriste rezando para que sí lo fuera.
Era ella. Inconfundible su pelo rojo cortado a lo garçon, su figura contundente y sus ojos de fuego (niña, no me mires que me matas, le solías decir).
Vuestras miradas se cruzaron después de diez años de ausencia. ¿Realmente había pasado el tiempo?
-¿Lidia?- preguntaste retóricamente.
-¡Fran!, Ostras, cuanto tiempo… ¿doce años tal vez?
-Sí, más o menos creo –mentiste.
-¿Qué fue de tu vida?- ella te mira directamente a los ojos (niña, no me mires que me matas)
-Bueno, acabé la Universidad, luego empecé a currar en un banco; ya sabes si quieres algún préstamo me llamas- trataste de bromear mientras buscabas una excusa para pedirle su teléfono y pensabas que estaba diez años más guapa, diez años más deseable, diez años más sensual- ¿Y tú como estás?
-Yo acabé económicas, me contrataron como asesora comercial en una empresa de importación, y no me puedo quejar- ella sonríe- Por cierto, aún recuerdo a veces aquel verano, sigues igual de guapo. Te casaste, imagino...
-La verdad, aún no, aunque estoy comprometido con una chica, quizás el año próximo nos casemos. ¿Y tu qué tal?
-Bueno, salgo con un analista de sistemas de la compañía, se llama Alberto y es encantador. Nos va fenomenal.
Entonces sí suena David Guetta.
-¿Te sigue gustando bailar?- la miras (niña, no me mires que me matas).
-¡Me encanta!- vuelve a sonreír- nunca volví a bailar igual después de aquel verano.
-Yo tampoco- piensas.
Luego compartisteis otra copa y recordasteis aquel verano del año dos mil. Aquel amor que duró lo que duran los amores de verano. Una pasión que produjo cincuenta y dos noches en vela. Jamás lo reconocerás, pero las contaste y las atesoraste en tu mente.
Después del verano cada uno siguió su vida, ella volvió al Norte y tú seguiste junto a tu Mediterráneo. La verdad es que ni siquiera habíais cortado oficialmente, los amores de verano son así.
-No sabía que habías vuelto por aquí- y te descubres de nuevo rezando.
-Realmente hemos bajado sólo unos días, me apetecía volver a saborear vuestro Mar.
Finalmente brindaron por la suerte que habían tenido ambos en sus vidas después de aquel tórrido verano, se rieron y te atreviste a pedirle al Disk Jockey se me olvidó otra vez de Maná. Había sido vuestra canción aquel mes de agosto. El calvito de los cascos estaba de oferta, y la voz dulce del mexicano os acompañó en un baile eterno. Mientras bailabais estuviste a punto de susurrar algo a su oído, rozaste sus caderas y volviste a embriagarte con su perfume imposible de olvidar (niña, no me mires que me matas).
-Nos vamos para casa, mis amigas están cansadas- eran casi las seis de la madrugada y una chica con minifaldas y ojeras los invitaba a salir.
-Nosotros también nos vamos- la miraste- ¿qué te parece si…?
-¿Si…?- te miró.
-Nada, déjalo. Que fue un placer volver a verte.
-Igualmente. Cuídate mucho.
-Tú también guapísima.
Y ahora estás frente a las olas, mirando una luna agonizante.
Estuviste a punto, pero no te atreviste. A punto de decirle la verdad, que no tienes pareja porque no puedes encontrar una sonrisa como la suya, que tu mayor tesoro son las cincuenta y dos noches que compartisteis hace diez años, que aún te recorre un escalofrío cada vez que oyes a Maná, que sigues pensando en ella cuando vas al cine, que no puedes evitar ver una chica pelirroja sin sentir una punzada de dolor, que no la has olvidado ni un solo día en diez años. Pero ella tiene otra vida y sabes que no tienes derecho.
Mientras guardas la noche cincuenta y tres en tu mente, Lidia llega a su apartamento, suelta las llaves en la mesita del salón y se acuesta junto a Alberto. Se acuesta pero no puede dormir pues sabe que estuvo a punto, pero no se atrevió. A punto de decirte la verdad, que vive con Alberto porque le recuerda enormemente a ti, que cada día recuerda aquel verano del año dos mil y a aquel chico de ojos verdes, que jamás ha encontrado una mirada como aquella, que sigue oyendo el CD de Maná cuando va al trabajo, que no ha podido olvidarte. Pero tienes otra vida, y sabe que no tiene derecho.
Aunque ella te hubiera besado sin importarle nada el mundo si le hubieras susurrado, mientras bailabais en aquel pub de la playa: niña, no me mires que me matas.
PS: Dedicado a todos los que se enamoraron algún verano.

COMPAÑERO ADALBERTO

Vïctor Bárcenas levanta la cabeza incrédulo:
-Y ahora explíquemelo como si yo fuera un niño de siete años-piensa el doctor- me está contando que es usted "de la casa", con lo cual asumo que no me está diciendo que es de la "Famiiiiglia Corleone", cosa que me consuela enormemente. Ah, perdón, que en realidad es usted "compañero Adalberto". Disculpe, es que no sabía que "compañero" es sinónimo de " marido de la hermana de una auxiliar de nefrología", deberé revisar mis conceptos semántico-sindicalistas.
-Hasta aquí me enteré de todo perfectamente. Ahora espero que usted entienda que son las tres y veinte de la tarde-sigue pensando mientras teclea con la mirada perdida- curiosamente ha pasado la hora de comer (no se preocupe, es un detalle sin importancia esa absurda costumbre que tengo de ingerir alimentos tres veces al día), y que asimile en su prodigiosa mente que me senté en este comodísimo sillón con ruedas a las ocho y no me ha dado tiempo ni de hacer un triste pis (de hecho estoy valorando la posibilidad de colocarme una sonda urinaria para trabajar, cosa en la que usted es especialista debido al trabajo de la hermana de su mujer).
-No le voy a pedir que asuma que tengo seis pacientes pendientes de ver-se dice para sí mismo mientras mira con cara cansada- todos ellos llegaron antes que usted, algunos llevan dos horas esperando, que estamos en pleno verano, que las urgencias están a punto de reventar, que tengo una señora, cuyo peso ronda los ciento treinta kilos, y cuya cara recuerda a la de un bullbog inglés, que escruta cual león del desierto africano cada paciente que entra y sale de esta consulta que Dios me ha dado como castigo por mi mala cabeza; y que esta consulta no es mía (pronombre posesivo femenino singular), pues simplemente estoy trabajando en ella gracias a la extraña habilidad que tengo de recordar el nombre de tres o cuatro medicamentos como usted bien sabe .
De todas formas creo que mi mente está bastante jodida a estas alturas de la tarde, pues creí entender que me traes (permíteme tutearte, compañero Adalberto), al hijo del dueño del Bar Pepe, donde por cierto te sueles poner de cerveza hasta las trancas, porque le duele la barriga desde hace dos meses y tú (gracias a los profundos conocimientos médicos adquiriridos al teclear dolor-de-varriga y posteriormente dolor-en-agdomen en Google) has decidido que eso va a ser "principio de apendicitis". También has decidido que lo vea yo, y le pida una ecografía "a ver si puede ser rapidito, que el chaval tiene más hambre que los pollos de Manolo".
Si le soy sincero, estaba a punto de decirle que no puede ser, pero compruebo alucinado que es usted (perdón compañero, quería decir eres tú...) vecino de un primo hermano del cuñado de la secretaria de neurología. Eso lo cambia todo de forma sustancial, pues tu criterio médico a la hora de solicitar pruebas se eleva exponencialmente. Si a eso añadimos que tienes un primo farmacéutico, un sobrino que estudia veterinaria y una tío-abuelo que fue barbero en Sanlúcar (pero que por cinco reales te sacaba dos muelas y por dos pesetas te recolocaba huesos partidos), llego a la conclusión de que no le pido una ecografía al joven, le pediré un Scaner toraco-abdomino-pélvico y para mañana le dejaré pedida una Angioresonancia. Mejor aún, se la puedes hacer tú mismo , y si encuentras algo, llamamos a tu tío abuelo que lo vaya operando.
Todos estos pensamientos vienen a la mente del joven médico mientras el "compañero Adalberto" explica con detalle la complicada enfermedad, la abdominalgia miasmática, la probable pancreatitis enfisematosa, la casi seguro diverticulitis supurada triplemente perforada, de un joven con cara de acelga que sonríe embobado mientras no aparta la mirada de su Iphone y actualiza el estado de su facebook (¿quedamos para una moraguita esta noche?), ajeno a la conversación acerca de sus presuntas dolamas.
Al fin Víctor decide hablar:
-Bueno, voy a explorarlo primero, luego quizás le pida una analítica de sangre, orina y una radiografía y luego ya veremos. De todas formas debe esperar un poco, porque tengo mucha gente delante.
-Mira chico, mejor me haces el pase para la ecografía y "yastá"- insiste Adalberto Muelas.
-Genial- piensa el joven médico- me encanta mi capacidad de convicción.
C´est la vie.

NOCHE EN PRAGA

Es demasiado tarde, y se acababa de dar cuenta.
Las cinco de la mañana es la hora bruja en Santa Caterina, el pequeño local del centro de Praga, un jazz club desconocido, de esos que no salen en las guías turísticas. Allí apura sus últimos tragos aquel saxofonista americano que llegó años atrás buscando la magia de la vieja Europa. Demasiado joven para rendirse y demasiado viejo para volver a levantarse, Larry dedos de oro naufraga cada noche en el Santa Caterina. Tres pases por treinta euros. Y bourbon con soda hasta reventar o perder el conocimiento.
Mara sirve las copas con el mismo hastío desde hace años. Veinte años tras la barra le dan la experiencia justa para conocer a un cliente a los quince segundos, y la capacidad de convertir su sonrisa en una mueca en tan solo seis. En casa duerme Alexei; coincidirán apenas cinco minutos en el desayuno y seguirán sus vidas cruzadas. Trabadas.
El humo envuelve las notas espesas y dulzonas del saxo, convirtiendo las luces rojas y verdes en un caleidoscopio que a Marco le recuerdan las películas de Wong Kar Wai en las cuales nunca sabes donde acaba la vivienda conservadora y donde empieza el puticlub de medio pelo. Ése es su encanto.
En una mesita junto a la esquina duerme Harold, un millonario inglés que huye de sus propios fantasmas intentando conjurar sus miedos enterrándolos en ginebra. Diagnóstico: cáncer linfático. Harold odia la vida porque la vida lo ha traicionado. Y no le falta razón.
Una pareja de recién casados entra e inmediatamente abandona el local sin pedir nada. Su viaje Praga-Viena-Budapest por mil euros no hablaba de estos locales ruinosos. Buscan glamour, y de eso el Santa Caterina no anda sobrado.
Marco pide su séptima copa. Sabe que debe ser la última porque después de los treinta y cinco su cuerpo se niega a asumir más dosis de alcohol en una noche. Deposita el billete de diez euros sobre la barra mojada y se cruza una mirada con Anna, se sonríen y la camarera vuelve a llenar su vaso. Se conocen desde hace tan sólo tres noches, pero se caen bien.
Un par de turistas japoneses piden sendos refrescos de cola, un alemán gordo y de nariz roja no aparta su mirada del culo de la camarera cada vez que ésta se vuelve para coger los cubitos, y un marinero de ojos tristes y mirada extraña que habla a su sombra son los clientes que se asoman al escote de Mara.
Y Marco en la otra esquina, junto al viejo saxofonista.
Es demasiado tarde, y aún no se ha dado cuenta.
Alguien se le acerca. Es un chico de ojos vidriosos que le ofrece cocaína, tripis, marihuana, crack, en un perfecto inglés con acento de Santurce. Marco declina la oferta. Ya está bastante jodido como para meterse en aventuras lisérgicas. El chico se aleja con la rapidez que le confiere el ácido líquido. Hace apenas seis años era la estrella de la decimoquinta edición de Gran Hermano. Hoy su Gran Hermano se llama Janko, un eslavo de ojos azules que lo esclaviza cada madrugada.
Junto a la ventana, un grupo de chicas terminan sus bebidas. Marco las observa distraído. Una de ellas tiene un gran parecido con Eva. Eva...
Tras siete años de relación, habían decidido separar sus destinos de forma civilizada y educada. Sin peleas, sin juicios, sin gritos, sin... por suerte Marco casi ha podido olvidarla en los últimos siete meses.
El viaje a Praga junto a unos amigos es parte del Plan B: Olvidar a Eva. Nuevos ambientes, nuevas fiestas, nuevas personas, nuevos amigos...no puede negar que se está divirtiendo. Ella ya es parte del pasado, él es joven y la vida sigue.
Ahora todos se fueron a dormir, y queda Marco, Mara, el viejo del saxo, el marinero, los japoneses y unos ojos negros que no son los de Eva.
Con el valor que le suelen dar las seis copas y media, Marco logra entablar conversación con las desconocidas. Unas amigas de Toledo recorriendo Europa central, una historia sobre becas de investigación y unas risas cómplices.
Marco jamás lo reconocería, pero sabe que la situación la ha provocado él. Sabe que se ha sentado intencionadamente junto a la chica de ojos negros, que a los pocos minutos ha surgido la chispa, que en el momento del cierre han establecido la complicidad justa que dan las casualidades imposibles. Que ha sido él quien la invitó a compartir habitación, y que ha sido ella la que aceptó encantada.
Es demasiado tarde, y aún no se ha dado cuenta.
Se desvistieron con la prisa que da el deseo, se besaron con la pasión de dos amantes expertos, se recorrieron los cuerpos sin frenos y se amaron sin los límites de ninguna moral concebida, llegaron casi a sonrojarse sorprendidos al comprobar que adaptaban sus cuerpos, su caricias y sus deseos como si se conocieran hace años. El amanecer los encontró desnudos frente al gran ventanal, los primeros rayos de sol empezaron a derretir el hielo junto a la ventana. Un gorrión los mira desde fuera curioso al contemplar dos humanos sin sus ropas.
Es demasiado tarde, y se acababa de dar cuenta.
En ese mismo instante, en ese preciso segundo en el que las calles de Praga vuelven a renacer, Marco se da cuenta de todo.
No había ligado con una chica en el Santa Caterina, no había encontrado a alguien que se pareciese a Eva casualmente, no había besado a la becaria de ojos negros por azar. Porque sus besos habían sido para Eva. No había hecho el amor con aquella mujer sensual y casi divina porque entre sus brazos había sentido a Eva. Y no se había abrazado con desesperación a aquella atractiva desconocida de ojos negros porque había vuelto a sentirse junto a Eva.
Que aquellos ojos negros no eran los de Eva, y sí eran los de Eva.
Es demasiado tarde, y se ha dado cuenta de que está completemente enamorado, y para olvidarla necesitará más de quinientas noches y más de una noche en Praga.
PS: Dedicado a uno de los mayores poetas del siglo XX (junto a mi adorado García Montero), Joaquín Sabina. Este post nació escrito en unas servilletas de papel justo tras su último concierto en Málaga.

BORRACHERA DE AMOR

Hemos ganado el Mundial, somos campeones, los mejores, los number one. Millones de personas nos hemos contagiado de energía positiva, de ilusión y de alegría. Todos nos emocionamos frente al televisor.
Si quieres salir en la tele estos días lo tienes fácil: debes enfundarte en la rojigualda, saltar por las calles, subirte a una cabina y gritar algo así como ¡uuaghhagghaaghhhh que viiihhgagakkvaa Ejjjfdhhggpaaaññaaaa!! cada vez que veas una cámara. Sales en Telecinco fijo.
Debo reconocer que yo también me pasé con los gin-tonics y la cerveza, que salté con los amigos al ver el gol de España (aunque también debo ser justo y admitir que empecé a darle al "temilla" a las tres, y el gol casi lo vi doble de la cogorza tan tremenda que atesoraba a esas alturas de la prórroga). No importa; al igual que otros quince millones de borrachos, salté emocionado con el gol. Y me gustó.
Las siguientes horas pasaron rápido, pues una vez te embarcas en esa nave que es la ingesta masiva de alcohol, las horas vuelan.
El final de la noche en cambio fue poco honroso, pues mi querido estómago decidió que iba a estar varias horas castigándome por los excesos, mi adorada cabeza decidió ponerse a explotar y casi me muero gracias a esa mezcla mareos-cefalea-vómitos con la que suelen acabar mis mejores noches etílicas.
Al día siguiente tenía un erizo colérico alojado en mi cavidad gástrica y varios hematomas en sitios sumamanete extraños, signos indudables de que en algún momento de la noche me di un buen ceporretazo. Por no hablar de mi pantalón, en cuyos bolsillos había guardado un chicle (usado), algunas palomitas de maíz, unos tickets, algunos billetes (muchos menos de los calculados), y varios kilos de suciedad de colores variados a lo largo de la pernera. Curiosamente tenía el calcetín izquierdo lleno de ketchup ( espero que sea eso, pues "casualmente" entré en el servicio de chicas, cosa que jamás había hecho antes, y comprobé alucinado que ellas pueden superarnos en puerquecillas, pues aquello, además de encharcado estaba abarrotado de compresas sanguinolentas, tampax usados, salvaslips con sospechosas manchas de algo que parecía nocilla y similares productos arrojados sin ton ni son tras haber rebosado la papelera).
Afortunadamente, todo se alivió bien entrada la mañana con mi cocktail mágico: un enantyum más dos omeprazoles sazonados con un primperán acompañados de pan con tomate, aceite y café.
Por la tarde me enteré de la noticia. El día previo lo habíamos estado hablando y yo confiaba en que sucediera (testigos hay).
Enciendo mi facebook, y compruebo que el comentario del día no era la victoria española, sino El Beso.
Confiaba en que Casillas besaría a Sara Carbonero, lo esperaba y lo deseaba. Estoy harto de la gente políticamente correcta, tan estirada, tan formal, tan dentro del guión, tan principesca, tan miedosa en el fondo.
Me apetecía verlo, comprobar que el gran jugador, famoso y multimillonario, seguía siendo el joven de Móstoles que se queda sin palabras delante de una chica, que la mira, y que la besa porque es lo que le apetece.
Luego vendrán los comentaristas sesudos, los periodistas del corazón, algunas feministas rancias, algunos periodistas tontinabos, y criticarán el hecho. Los publicistas diseñarán y los chinos venderán el Carbo-Casillas, besos electrónicos a uno con ochenta, pero eso no importa. Quizás a largo plazo tendrán más de un dolor de cabeza que se habrían ahorrado de haber actuado de forma más diplomática, menos romántica. Pero siempre he pensado que más vale equivocarse por hacer algo que lamentar no haberlo hecho.
Me gustó, y debo decir que me emocionó (vale ahora me podéis acusar de cursi, ñoñi, romantitonto o mariquita, pero me importa un rábano) comprobar que alguien en un momento como ése tenga le valor de ponerse el mundo por montera y besar a su chica.
Así es que Olé a Iker. Genial portero, pero mucho mejor ser humano.
Y que se mueran los tristes. Dixit.

FIEBRE DE MUNDIAL

Ella ha visto tantas cosas que a veces prefiere no pensar. Pero es que...la mente funciona con vida propia.
Sabe que una fiebre prolongada durante varios días no suele revestir ninguna gravedad, especialmente si se trata de un niño, se lo dice a todas las madres en la consulta, pero es que...esta vez se trata de su hijo.
Sabe, pues lo ha dicho miles de veces, que no hay que preocuparse, pues casi siempre se trata de un proceso banal. Casi siempre, y es el casi el que la mata...También sabe que un niño de diez años no suele, no debe, tener procesos de gravedad, pero ha visto tantas cosas que...
Pablo tiene fiebre desde hace cinco días. Todo sucedió aquel miércoles por la tarde. Tarde histórica de amigos, cervezas, panchitos y gintonics. Tarde de risas y rosas. Tarde de Mundial.
Han quedado en casa de Marta, y son los de siempre, esta vez van todos con La Roja. Juan y su bufanda de Naranjito, su tesoro desde hace casi treinta años. Marta y Luis con su oso de la suerte. Y también vinieron Laura, Jose y Blas. No podía faltar Pau totalmente vestido de rojo y amarillo, bandera en ristre.
Pero algo no iba bien del todo...
Era el partido de su vida, el partido del siglo. Sabía que más de veinte millones de personas lo veían a más de ocho mil kilómetros de distancia, que éste sería su último campeonato del mundo. Muchos habían cuestionado su llamada en la selección, pero al final lo habían convocado. Carles, aquel niño feo, de nariz grande y pelos encrespados había llegado a convertirse uno de los ídolos de un país paralizado por el fútbol. No era el más guapo, ni el más alto. No era el que metía los goles, tampoco el que vendía más camisetas. Pero ahí estaba, y esa noche iba a darlo todo.
Habia jugado cientos, miles de partidos en su carrera, pero sabía que aquella fría noche africana podía cambiar su vida.
En el descanso del partido Pablo ha dicho que le duele la cabeza, que tiene frío. El termómetro rondaba los cuarenta grados cuando el balón rozaba el palo y la ciudad tronaba con un uuuyyyy!. Calles vacías. Ella lo ha explorado una y mil veces. La garganta, el pecho, el abdomen. Nada delata un foco infeccioso, pero la fiebre sigue ahí después de seis días. Fiebre sin foco, fiebre sin foco...
-Mamá, me voy a la cama- había dicho el niño en el descanso.
Pablo adoraba el fútbol. Había coleccionado todos los cromos de los jugadores, y se sabía la alineación de memoria: Iker, Ramos, Capdevilla, Piqué, Puyol...pero esa noche se quería ir a la cama.
Descanso. Carles ha estado a punto. Ha cometido errores, lo sabe. También sabe que estos partidos son a cara o cruz, que el seleccionador puede tomar una decisión en el descanso, que quizás no vuelva al césped. También sabe que es éste su último Mundial. Abandona el campo con el pie derecho, como tiene acostumbrado, y mira al cielo azul.
En el vestuario se acerca a Xavi y comentan algo a solas:
-¿Lo probamos?
-No sé, igual no sale- dice el jugador de pelo encrespado.
-Nunca se dijo nada de los cobardes. Tú atento, porque en el segundo córner lo probamos- responde el jugador de mirada inteligente.
-Vale.
Los amigos siguen disfrutando de la tarde de fútbol y emoción entre bromas, copas, nervios y risas. La tarde acompaña y todo es perfecto. Casi todo, porque Ella sigue nerviosa. Apenas puede comer porque un nudo atenaza su estómago. Bebe un trago y enciende un cigarrillo con la esperanza de calmar la ansiedad, pero la angustia aflora con más fuerza.
Son casi las diez de la noche, Ella decide abandonar a los amigos y subir al dormitorio a controlar la fiebre de Pablito y explorarlo por enésima vez. Mientras sube la escalera no puede evitar una súplica. Abajo los amigos siguen expectantes el partido del siglo.
Son casi las diez de la noche, es el segundo córner para la selección. Lo han hablado. Nadie más que ellos dos los saben pero es el momento. Los separan casi cincuenta metros, pero los dos jugadores se cruzan una mirada. Carles está en el centro del terreno de juego, Xavi coge carrerilla para sacar el córner. En ese momento, como activado por un resorte, el joven del pelo encrespado y la nariz ganchuda, sale disparado hacia el área rival. Nadie lo esperaba.
-¿Pero qué...?- grita el seleccionador sorprendido.
-Suerte...- piensa Xavi mientras golpea el balón.
Ella vuelve a comprobar la temperatura de Pablo. Fiebre. Ausculta el pecho; toca nuevamente la barriga, explora la piel en busca de manchas sospechosas; el cuello, el oído...nada.
-A ver...abre la boca grande y saca la lengua- le dice con palabras casi temblorosas. Ella enciende la linternita, y mira.
Lo habían ensayado miles de veces. Treinta y tres pasos a la carrera, llegar al punto de penalti y saltar con todo. Carles confió en no fallar, pero sabía que aquello no solía funcionar.
Toda una vida pasó por su cabeza mientras cruzaba aquellos metros corriendo alocadamente. Treinta y dos, treinta y tres...entonces cerró los ojos, saltó empleando en ello sus últimas energías, y cuando se consideró en todo lo alto, giró el cuello poniendo en ello todo su alma... oyó un zumbido, había golpeado el balón...zzuuuum!! Milésimas de segundo, no se atrevió a abrir los ojos, pero antes de comprobar el resultado del cabezazo, el estallido de todo un estadio se lo confirmó: -¡Gooooool!....
¡Había funcionado!
Varios millones de personas saltaron de los asientos vibrando, los comentariastas ensalzaron la gran jugada de estrategia, los entendidos alabaron al entrenador, los aficionados grabaron a fuego aquellos instantes que pasarían a la memoria colectiva durante muchos años, las portadas hablarían de Puyolazo durante semanas. Carles había tocado la gloria. Y lo sabía.
Los siguientes segundos, minutos, incuso días son la historia que todos conocéis.
En el mismo instante que Carles saltaba Ella encendía la linternita y repetía:
-Venga campeón, abre un poco más esa boquita...
El niño hizo un último esfuerzo, y de pronto apareció. Allí estaban, detras de la amígdala derecha. Exactamente donde deberían haber estado siempre, unas hermosas placas de amigdalitis blancas y brillantes. Ella pensó que era la imagen más bonita, la más deseada, la más ansiada, que había visto jamás. Por fin, allí estaba el maldito foco, el origen de la fiebre, el desencadenante, la causa que explicaba todo y que ponía fin a la angustia. Al fin empezaría con un antibiótico que pondría fin a la pesadilla. Ella besó su frente febril y se apartó una lágrima:
-No es nada, en dos días estarás bien- le susurró. Abajo, en la terraza se oyó entonces la algarabía por el gol- Además, creo que hemos marcado.
-Mami, quiero bajar a verlo.
-Vamos, dame la mano, ahora te voy a dar un jarabe y verás como te curas.
Diez y media de la noche, los dos jóvenes se abrazan sobre el césped y se dicen algo al oído. Al otro lado del planeta veinte millones de personas sonríen satisfechos. En la terraza, Ella sonríe aliviada junto a Pablo. Una felicidad encontrada detrás de la amígdala derecha de un niño de diez años, la felicidad de las pequeñas historias de cada día.
PS: Dedicado a todos los que somos sanitarios y sufrimos las fiebres de los nuestros. Vaya semanita.

TURNO DE URGENCIAS. LA DESCONEXIÓN

Son casi las dos de la madrugada. Víctor deja atrás el gran edificio gris. Enorme masa de acero, cristal y cemento. Cientos de ventanas cerradas, luces apagadas, seres en vilo, casi mil almas descansan dentro. Oscuridad en todo el edificio, menos en la planta baja. Allí la gran boca de urgencias tilila, verde y amarilla, en espera de nuevos enfermos, pacientes, clientes o usuarios. Modas para etiquetar personas.
Pero el turno de noche acabó, como siempre con demasiado retraso, y Víctor empieza la desconexión mental.
Es un proceso inicialmente complejo, pero que se aprende como casi todo en la vida, con el paso del tiempo, la práctica y a base de bastantes noches en vela.
La desconexión es el mecanismo que usa el médico para poder seguir funcionando fuera de la trinchera. Olvidar los malos momentos, apartar la incertidumbre, y no llevarse los problemas a casa, no llevarse los pacientes en la mochila. Igual que hacía su abuelo hacía setenta años separando la paja del trigo gracias al viento, Víctor debe diseccionar acciones, omisiones, errores, emociones, dudas y pasiones.
Todo empieza al despojarse del pijama verde. Con gestos mecánicos hijos de la repetición, el trozo de tela verde queda olvidado en el cesto. Con esa misma celeridad el joven médico va seleccionando buenos momentos y guardándolos con mimo en la memoria, el resto cae en el cesto de la ropa sucia.
A veces queda un halo turbio empañando los recuerdos. Con el tiempo se aprende a no caer en los engaños de la mente. No entrar en pensamientos tóxicos, pues te envenenas siempre ¿Y si me equivoqué...?, ¿Y si el paciente vuelve?, ¿Podría ser que...?
Víctor gira la llave y su viejo seat Ibiza ruge como un oso herido rompiendo la noche.
-Demasiados kilómetros a sus espaldas- piensa Bárcenas mientras enciende la radio.
La música electrónica, pulsátil y repetitiva, rítmica y pegadiza, le ayuda a pensar.
Entonces algo acude a su mente:
-Joder, realmente no he curado a nadie hoy- piensa.
Es cierto, no ha sido un turno de grandes diagnósticos. No han habido vías centrales para coger ni ha llegado la ambulancia con ningún paciente en estado crítico. De hecho la mayoría de los pacientes fueron patologías crónicas, agudizaciones de sus achaques (me molesta, me pica, lloro, me aprieta, me falta, me duele la vida...). Veintisiete pacientes visitaron su consulta azul. Todos volvieron a casa (control por su Médico de Familia y volver si varía cuadro)
Rememora su turno. Cierto, no ha sido un turno de los que salen en las series de televisión.
Recuerda a Carmen, ochenta y dos años, con dolor torácico, que salió con una sonrisa porque el médico le dijo que se parecía a su abuela. A Dolores, setenta años y cólico biliar , que volvió a casa con una sonrisa porque el médico le dijo que si se la encontraba en la feria le pediría un paquete de palomitas. Recordó a Marga, veintidós años, con ganas de morirse, que salió pensando que quizás la vida debe ser algo más que adorar a un chico que la humilla. Recordó a Antonio, setenta y nueve años, que acudía por primera vez al hospital en su vida porque se había caído en el huerto luxándose el hombro, que a modo de agradecimiento le dijo "muy bonito su hospital, todo tan nuevo y reluciente".
Y pensó en Cristina, que a sus seis años había tenido por fin el valor de abrirle la boca al médico.
Un soplo de brisa nocturna acaricia su cara trayéndole aromas de jazmín.
En esos momentos Amalia, ochenta y dos años, ampuloma de cabeza de páncreas, fallece en su cama rodeada de sus tres hijos. Se va lentamente y sin dolor, como debe ser. El médico les había explicado cómo sería el final, y cómo manejar la morfina. Amalia sonríe y se apaga.
En ese momento Luis, cincuenta y tres años, ha invitado a cenar a su mujer a una pizzería del centro. No salían a cenar desde hacía más de veinte años. Hablan como dos adolescentes:
-No me esperaba esto- dice ella- además las velas son tan románticas...
-Bueno, creo que te lo mereces, por aguantarme tantos años- responde él, mientras recuerda las palabras de aquel joven vestido de verde:
-Luis, esa mancha no es ningún cáncer, ni el dolor ningún infarto. Ha venido a urgencias dieciocho veces en dos meses. Quizás se muera mañana, y quizás yo también. Y a lo mejor hay algo que se quedará sin hacer porque está pendiente de "sus enfermedades". Piénselo.
Arriba la luna robada, un gran agujero de luz en la noche; abajo un seat Ibiza aparcado junto a la cuneta. Junto a él Víctor Bárcenas respira la noche del Sur.
Definitivamente no ha sido un turno espectacular, pero le gusta lo que hace.