ELLA

Son casi las nueve de la tarde en el Sur. Durante el día han sufrido un calor abrasador, pero ahora refresca y todos se sientan a cenar en la casa junto al río. Se acerca una de esas noches tibias en las que la brisa te acaricia regalándote aromas de jazmín.
Ella tiene setenta y ocho años, es la abuela Cándida. Pesa diez kilos más de la cuenta, su azúcar está mucho más alta de lo que debería y su corazón marca ritmos extraños de vez en cuando. Viste un bambo marrón, y se mueve con torpeza, balanceando su cuerpo rechoncho a derecha e izquierda apenas flexionando las rodillas machacadas por la artrosis desde hace años.
Los niños han jugado todo el día en la piscina, pululando alrededor de Cándida, que no ha parado de reprenderles:
-¡Cuidado Pedro, que te vas a matar! ¡No juegues con el perro que te morderá! ¡No corras así junto al agua que un día de partirás la cabeza!
Los niños oyen la cantinela y siguen ajenos a la vieja gruñona que continuamente se equivoca en los nombres de sus nietos.
Ella ha pasado casi todo el día en la gran butaca de mimbre que le compró su hijo. De vez en cuando Carla, la nuera, le da un poco de conversación, y le pregunta acerca de sus azúcares, sus tensiones y sus dolores. Mientras ella mueve el abanico con una destreza poco usual.
A media mañana Ella se duerme mientras todos gritan a su alrededor (es que la abuela ya está vieja y se duerme por las mañanas), entonces sueña con tardes de Sur hace cincuenta años, cuando Miguel era su Miguel, aquel joven de pelo rizado que llegaba agotado a casa para alzarla en brazos y decirle al oído que era la mujer más guapas entre todas la guapas.
Ella se despierta, mira alrededor y descubre que Miguel ya no está. Entonces vuelve a dormitar arrollada por el chapoteo, el parte de radio nacional y el calor de la mañana.
Anochece en el Sur junto al río. La familia se reúne en torno a la mesa, unos filetes y unas cervezas.
-Carlos, trae una Fanta de la despensa a la abuela- Ella no toma alcohol ni bebidas frías.
La conversación se torna más animosa, achispada por el alcohol y las risas. Se habla de trabajo, de la crisis, de estudios y de fútbol. Noche de Sur, vino con gaseosa y sardinas.
Alguien la anima a comer algo de carne (aunque sea pollo, que está muy rico abuela), pero Ella apenas prueba bocado.
El viento baila las risas y las brasas en la casa junto al río, los niños corren alrededor de la abuela, eje de aquel universo con olor a romero.
Entonces sucede algo; casi sin querer, de esa forma que ninguno sabemos explicar. De la única manera que pasan estas cosas y que nadie (casi nadie) suele percibir.
Aprovechando la semipenumbra, Luis el nieto mayor de Cándida, se acerca con sigilo al cuello de Silvia, su novia para besarla con suavidad y susurrarle algo al oído:
-Eres la más guapa entre todas las guapas- le dice.
Al oírlo los ojos de Ella se llenan de tardes de caricias escondidas y besos ocultos, su cuerpo envejecido vuelve sentir un calambrazo al recordar las noches de pasión junto a aquel joven de ojos negros, su Miguel, fallecido tres años atrás. Desde entonces Ella no se siente Mujer, simplemente es la abuela protestona para unos, Cándida para otros, la paciente diabética e hipertensa para su médico o simplemente la vieja gorda del quinto derecha .
Y ahora, treinta y seis meses más tarde, ha vuelto a escuchar esa frase. Sus ojos se llenan de lágrimas hechas con recuerdos y pan de azúcar, y un remolino de mariposas vuelve a agitar su estómago.
Noche de Sur, vino con gaseosa y jazmines moros. Ella se levanta con dificultad del sillón de mimbre.
-¿Qué te pasa abuela? Te brillan mucho los ojos, a ver si vas a tener fiebre, o la tensión alta...
-No hijo, es que soy mayor y los ojos me lagrimean solos. Me voy a la cama que es tarde. Además el estómago otra vez me está dando la lata, no debería haber comido tanto.
-Pero si apenas has co...- responde el nieto. Pero la abuela ya se aleja balanceando su cuerpo y sus rodillas torcidas.
Minutos más tarde Ella se duerme con una sonrisa rezando para que el sueño la vuelva a llevar junto a su Miguel, aquel que la convertía en la mujer más guapa entre las guapas.

Dedicado a todos y cada uno de los ancianos, hombres y mujeres, que cada día arrastran sus sueños junto a nosotros, a sus amores y desamores. A sus vidas de jazmín y romero. Porque, aunque no lo creamos, a ellos también le suceden estas cosas.

PAU, EL NIÑO Y EL DOLOR

Pau vivía en una gran casa, una de las mejores mansiones del país. Sus padres se llamaban Ana y Marcos, tenía dos hermanos, un perro llamado Popeye y dos gatos, Luna y Pérfido. Una chica filipina los cuidaba durante el día, un cocinero chino les hacía los platos más divertidos y un joven peruano cuidaba su jardín cada tarde.
Sus fiestas de cumpleaños eran las más divertidas. Payasos, castillos inflables, tartas gigantes y muchos, muchos amigos.
Ese año los abuelos le habían regalado la nueva Nintendo Space, la tía Marita le trajo la Galaxy New generation, el tío Juan les regaló unas entradas para Disneyland y sus padres al fin cedieron y le compraron la mini-moto que tanto había pedido.
Pau tenía once años y lo tenia todo.

Ander tenía veintidós años. Nació en un pueblo asturiano llamado Tineo, en el Valle del Narcea. Se había criado entre carbayeras, hórreos y molinos de agua, pero desde los dieciséis lo tenía muy claro: quería ser actor. Y hasta el momento en Tineo a nadie pagaban por recitar a Garcilaso, por eso partió para Madrid al cumplir los veinte.

Un día de Julio empezaron los dolores del pecho de Pau. Sin dudarlo, sus padres lo llevaron a UGH San Jeromo, la mejor clínica privada de la ciudad. Le hicieron unas radiografías, le dieron unos comprimidos y Pau mejoró levemente. Pero el dolor volvió a aparecer pasados unos días. Entonces Pau visitó al mejor pediatra del país, el cual lo derivó a don Blas de la Maza, el afamado cirujano torácico, que le solicitó electros, analíticas varias así como una resonancia. Entonces era una prueba novedosa en el país.
Mientras esperaba dentro del gran tubo, Pau sólo pedía que aquel maldito dolor acabara de una vez mientras apretaba los puños con rabia.
Don Blas de Maza (además de cobrarles una indecencia) inició un tratamiento novedoso a base de derivados de las benzodiazepinas asociado al Praxical, un nuevo analgésico de tercera generación.
Pero el dolor seguía acudiendo a su cita cada mañana, un dolor punzante, una lanzada en el costado del jovencito de cabellos rubios.
-Señores- les dijo el cirujano a los padres con semblante serio, mientras Pau esperaba fuera con su walkman- yo no le encuentro nada fuera de lo común. Les voy a recomendar a mi colega, el doctor Andrews, cardiólogo infantil en la Clínica sant Nichols de Houston.

Ander no había triunfado al primer intento. Ni al segundo. Después de dos años en Madrid había conseguido actuar en tres obras de teatro alternativo, trabajar dos meses como acomodador en el teatro Gran Vía y hacer un papel de tres segundos en una serie de televisión. Sobrevivía a base de repartir publicidad y vivía en un obsoleto apartamento de Chueca junto a Marek, un anciano checo que le enseñó el arte de mover las marionetas.
-Son la magia de Prrraga amigo Ander- le solía decir arrastrando las erres el eslavo que apenas podía manejar las cuerdas a causa de la artrosis y los temblores derivados del alcohol. Los viernes sacaban unos euros extra actuando con sus marionetas en el retiro mientras Marek tocaba un ajado violín y luego pasaba el sombrero
-¡Zack y Rusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio!-gritaba el anciano.
Hace varias semanas que Ander se plantea volver a casa. Las cosas no le van bien, su economía es un desastre, y sobre todo está perdiendo la fe en su gran sueño: actuar. Actuar...

Días más tarde, mientras preparaban el viaje a Estados Unidos y por indicación de la abuela Margarita, la Familia Mayol acudía a Luis Tapia, considerado el mejor psiquiatra del país, que añadió al tratamiento el Deprandol un sedante inhibidor de la recaptación de serotonina a bajas dosis.
Tres semanas y dos millones de pesetas más tarde (aún existían las pesetas por entonces) los Mayol volvían de Houston cargados de maletas y con una nueva receta. Reactin, un tratamiento novedoso a base de polipéptidos sintetizados a partir de algas, que "parece mejorar el pronóstico de estos pacientes", según las palabras del doctor Andrews.
-Asi es que ahora he pasado a ser "uno de estos pacientes"- pensaba Pau en el avión de vuelta. Había oído hablar a sus padres con aquel doctor de gafas redondas sin montura y barba canosa, mientras les explicaba que su enfermedad tenía un nombre rarísimo, que apenas existían cien casos en todo el mundo, y que él era "uno de estos pacientes".
Llegaron a Barajas con dos horas de retraso, estaban cansados. Y llovía. Pau no lo sabia, pero Marcos, el padre, había llorado en el estrechísimo servicio del avión presa de la desesperación. Ana seguía pensando que había esperanzas. Esperanza...
Para colmo de males ese día había huelga de taxis en la capital, así que decidieron coger la línea ocho del metro. Nuevos Ministerios, Tribunal, Callao con maletas a cuesta. Callao...
Aquel viernes había estado lloviendo todo el día. Marek y Ander decidieron cambiar el Retiro por el metro. Se ganaba menos dinero, pues ya casi nadie se paraba a ver a un joven de pelo rojo y un anciano manejando unas antiguas marionetas (¡Zack y Rusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio!).
El dolor era ahora más intenso. Ya le habían dicho a Pau que era "uno de esos pacientes", e intentaba no quejarse más de lo necesario. El largo viaje, la lluvia, la tristeza de sus padres, las miles de personas por los pasillos como autómatas buscando su tren y cada inspiración con su correspondiente punzada estaban convirtiendo aquella tarde en un infierno. Pau pensó con curiosidad: miles de personas cruzándose, pero no se oía nada, únicamente el sonido de millones de pasos amortiguados por el rooommm de los trenes al pasar. Nada...¿nada?. casi nada, porque la final del pasillo Pau oyó algo. Era el sonido de un desafinado violín que rompía el absurdo silencio.
Se fueron acercando a su andén, hasta que pudo ver el origen de aquel sonido. Pasaron con prisas delante de aquellos dos músicos ambulantes, un jovencito delgaducho con el pelo rojo y un anciano cubierto de harapos. Pau entonces guardó el cómic en el bolsillo de su abrigo y se los quedó mirando. Sus padres no se habían dado cuenta, y siguieron, pero pasados unos metros volvieron sobre sus pasos alarmados en busca del niño, para contemplar la escena.
Pau se había parado frente a Zack y Rusty. Ambas marionetas bailaban al ritmo de una vieja melodía de los montes astures adaptada para el violín de Marek. Las dos marionetas pararon unos segundos y miraron al niño;
-¿Y tú como te llamas jovencito?
-Me llamo Pau
-¡Nosotros somos Zack y Rrrrrrusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio!.
Entonces Zack señaló la nariz de su amigo, éste le respondió con un aristocrático saludo seguido de un bofetón, y nuevamente empezaron a bailar.
Pau ahora se había sentado en el suelo mojado. Una sonsrisa empezó a dibujarse en su boca, una sonrisa que dio paso a la risa ante el desgarbado baile de los dos muñecos. La risa...
Entonces sucedió...
Por primera vez en dos años Pau sintió que su respiración no era dolorosa, que el aire no entraba como cuchillas afiladas en sus pulmones, que al fin podía respirar libre de dolor.
Entonces sucedió...
Al ver la cara de aquel niño de ojos azules y pelo suave Ander se dio cuenta de que merecía la pena seguir luchando por su sueño, que su vocación, su meta, su destino era actuar para hacer felices a las personas.
El dolor no volvió nunca más al pecho de Pau.
Los padres de Pau no repararon en aquellos dos minutos de magia, pues las personas mayores no suelen ver estas cosas. Ellos agradecieron a doctor Andrews sus milagrosas inyecciones de polipéptidos sintéticos.
Años más tarde Pau Mayol recibiría el premio Ondas al mejor programa infantil por su programa Marionetas Mágicas.
Marek falleció dos años después de aquella tarde. No estuvo solo. En una fría habitación de La Paz lo acompañó un chico de veinticuatro años y el pelo rojo que respondía al nombre de Ander. Nadie recordará a aquel viejo alcohólico venido de más allá de los Pirineos, aquel harapiento que mientras agonizaba gritó "Zack y Rusty, los bailarines más divertidos a este lado del Danubio".
Ander siguió intentando triunfar como actor, pero tuvo que volver a Tineo. Tiene dos hijos, Raul y Pau. Todos los viernes da clases de marionetas a los niños del pueblo, todos los viernes recuerda aquella sonrisa de un niño de ojos tristes en mitad de un pasillo junto a la estación de Callao. Cada viernes cumple su sueño al lograr dibujar una sonrisa en sus alumnos, Zack y Rusty actuan para ellos.

Dedicado a todos aquellos que lucharon por un sueño, y también a todos aquellos mendigos sin familia, sin pasado y sin futuro que cada día mueren en nuestros hospitales, en especial a Marek, un vagabundo que murió hace unos días sin más familia que un perro esperandolo a la puertas del hospital y que no paraba de repetir algo acerca de unas marionetas.

EL FONENDOSCOPIO

Curioso aparato el que nos colgamos al cuello para deambular de un lado para otro. El fonendo no es un objeto más, no es el simple bolígrafo, la absurda linternita, las tijeras orejonas o el palito tontinabo. Es el rey de los instrumentos médicos. Me atrevo a decir que es algo más que un simple cacharrito que nos aplicamos a las orejas para oír los misteriosos ruidos de la caja torácica.
El fonendo es, si lo analizamos con frialdad, un tubo hueco que une y comunica el corazón del paciente a la cabeza del médico; eso jamás lo pensamos, pero el enfermo lo percibe aunque sea de forma inconsciente.
En la relación médico-paciente, el denominado por mí momento-fonendo tiene su miga, pues define a las dos personas que se encuentran en consulta.
Tenemos el médico de fonendo rosa, rojo, incluso naranja fosforito ( yo tengo uno rojo y otro verde; una vez una paciente me preguntó si me había comprado las gafas a juego con el fonendo o al contrario...). El médico con fonendo de kilo y medio, cuya campana se parece a las de la catedral de Santiago.
Encontramos el médico que jamás aplica el fonendo a sus pacientes, con la consiguiente queja (doctor, mi médico nunca me pone las gomas cuando voy), incluso el médico que lo aplica por encima de la ropa por aquello de cumplir el trámite con prisas. Sin hablar del médico que usa un fonendo de seis euros regalado por laboratorios Wanger que no sirve ni para tomar la tensión.
Y por supuesto, los pacientes. Esas personas/usuarios/clientes que cada día nos dan temas de conversación entre café y café.
He definido diversos tipos de pacientes en función del momento fonendo:
-El paciente Inspirado: Normalmente se sexo masculino, de mediana edad que asume que respirar es equivalente a llenar sus pulmones de aire como si fuese una gaita.
-respire- le dices.
Entonces el tipo coge aire como si fuese un toro. Y ahí se queda, todo él inflado como un pez globo, aguantando el aire durante segundos hasta que su cara adquiere un tinte rojoazulado.
-Siga respirando- le sugieres
Entonces el paciente inspirador se convierte en paciente espirador, expulsa el aire y se vuelve a quedar paralizado en situación de apnea para tu desesperación.
Una vez le dije a un paciente "respire", el pobre era un paciente tipo inspirado, yo iba despistado y no me di cuenta de ello; al cabo de unos segundos me dice con hilo de voz:
-doctor, ¿puedo seguir respirando?
Casi se me ahoga.
La paciente toy-mu-mala: Suelen ser señoras que rondan los cincuenta años, obesas, artrósicas, dislipémicas, depresivas e hipertensas, pero con una salud de roble milenario. Tienen un corazón que late como una locomotora y unos pulmones limpios como una patena (claro, si nunca han fumado, hace años que hacen dieta, caminan por las tardes, se toman la medicación, no beben alcohol y cocinan como los dioses), pero se ahogan. Se ahogan y se ahogan. Cuando les aplicas el fonendo emiten un sonido sibilante con la garganta que suena algo así como "jiunnnn-jiunnnn", intercalados con contínuos ainnn-ainnnn.
-¿lo oye doctor? Es que tengo bronquitis asmática de la mala. Me está viendo el doctor Blázquez de Otero.
La paciente toy-mu-mala tiene un pronóstico excelente con la simple aplicación de fonendo. Jamás intentes disuadirla de que esos ruidos jiunnnn-jiunnnn son provocados por ella, pues habrás ganado una enemiga para siempre, y tener una enemiga en la cola del Mercadona es sinónimo de enterrar tu reputación de por vida.
El paciente enciclopédico Señor de setenta y dos años que casi se desnuda cuando lo vas a auscultar, y te dice con orgullo: "oiga, doctor, oiga". El tipo empieza entonces a respirar ofreciéndote toda una gama de sinfonías variadas, ruidos todos derivados de los millones de paquetes que se lleva clavados en sesenta años, sazonados por un corazón que late cuando le sale del pirindolo más arrítmico que las canciones de Ramoncín. (toc..toc.......toc.....toctoctoctoc.............toc)
-Empecé a fumar con doce años doctor- te dice con orgullo- tuve una pleura en el pulmón derecho, me amputaron medio pulmón izquierdo hace cuarenta años (el padre del doctor Blázquez de Otero, ¿no lo concoce?), además tengo una bala de la guerra a cinco milímetros del pericaspio, y bla, bla, bla...
La paciente corazón de jesús: Es de mis favoritas. Su edad ronda los sesenta, y durante los diez años previos ha sido paciente toy-mu mala. Ahora ha evolucionado.
-Doctor, vengo aque me mire que tengo un resfriado malísimo.
Te levantas y acudes a su tórax raudo y veloz. Entonces la señora se baja unos tres centímetros el cuello del jersey, o en su defecto se abre un botón de la camisa y te ofrece un espectáculo desolador; una medalla de la virgen, otra con una foto de su difunto (padre, marido, hermano, etc...), el canalillo con un pañuelo metido enmedio, medio pecho izquierdo (el del corazón) y seis centímetros cuadrados para poner el fonendo.
-Ahora respire- le dices, para volver a encontrarte el jiunnnnnn-jiunnnnnnnnn
El paciente soplo escondido. Es un paciente agradecido y a la vez traicionero, pues trata de examinarte durante la exploración. Niega enfermedades ni dolencias. Niega tratamientos. Lo niega todo, como si de un interrogatorio de la CIA se tratara. Pero al auscultarlo...¡zasca! El tipo tiene un soplo algo así como pum-fffumm-pum, pum-fffum-pum.
-Señor, ¿alguna vez le han dicho que tiene un soplo?.
-¿Lo ha notado, verdad doctor?- te dice con sonrisa iluminada- sí, hace años, es que tengo una válvula mal, una insuficiencia cardiaca, una rimia y una miocardiopatía dilatada. Me sigue el doctor Blázquez de Otero (hijo), ¿lo conoce? Si tomo más de quince pastillas todos los días, aunque sólo recuerdo dos, las amarillas con forma de corazón y las gordas del azúcar. Ah, y otras azulillas...
Entonces procedes a borrar todo lo que habías escrito, te pegas un pellizco en la pierna y sigues. Al menos has aprobado el examen del paciente soplo-escondido.
En definitiva, un momento divertido, un espacio de encuentro delimitado por un tubo de goma y una oportunidad más de conocer, cuidar y reirnos un poco con nuestros queridos enfermos/pacientes/usuarios/clientes.
Por cierto, ¿alguien conoce a la célebre familia de médicos Blázquez de Otero? Padre e hijo, porque la hija fue más lista y se hizo notaria.

MI SIETE POR CIENTO

Mi larguísima lengua me ha ocasionado más de un dolor de cabeza (y no por tamaño, sino por exceso de uso, vale ahora alguien puede hacer el chistecillo fácil acerca de las ventajas de tener una lengua larga...).
Siempre he tenido algo muy claro desde mi adolescencia, y he procurado llevarlo siempre a cabo. Ese propósito es jamás callarme cuando sentí la necesidad de decir, expresar algo o protestar. Es algo a lo que nunca renuncié, y espero no renunciar. Cueste lo que cueste.
Por ello me veo en la necesidad de decir algo que quizás levante alguna ampolla. Pero sinceramente, o lo digo o reviento.
La frase es la siguiente: Estoy de acuerdo en que se plantee una bajada y congelación del sueldo a funcionarios y trabajadores públicos, entre los que me incluyo. Como trabajador del sistema público estoy dispuesto a renunciar voluntariamente a una parte de mi salario. Ahí queda eso.
Igual que yo, seguramente habrá cientos, miles de trabajadores dispuestos a ello.
Miles de empleados públicos estamos dispuestos a dar parte de nuestro sueldo para que un padre de familia pueda alimentar a sus hijos mientras busca trabajo, para que un joven pueda encontrar su primer empleo, para que una madre pueda seguir pagando un alquiler para su familia, para que se dé alojamiento y seguridad a una mujer maltratada.
Estamos dispuestos a renunciar a parte de nuestro sueldo para que un anciano pueda comer y vivir con dignidad, para que los niños tengan escuelas dignas, para que los enfermos puedan ser atendidos con equidad independientemente de su capacidad económica. Para que nuestro país, el de todos, pueda atravesar un mal momento.
Y una vez realizado el esfuerzo, no pido, ni solicito. Exijo que:
El dinero que se me quita de mi sueldo no sirva para seguir pagando las letras de los audis y BMW de niñatos que cobran el paro. El gobierno sabe quien compra, quien posee y quien paga las letras de un vehículo de lujo y a la vez cobra el paro. Por ahi no paso.
El dinero que se me quita de mi sueldo no sirva para que alguien se construya una segunda vivienda, un chalet de lujo o un cortijazo. El gobierno sabe quien tiene dos o tres viviendas y a la vez cobra el paro. Por ahí no paso.
El dinero que se me quita de mi sueldo no sirva para pagar una operación de implante de un marcapasos a un paciente alemán, cuyo seguro médico no le cubre en su país porque no para de fumar y beber, y le recomiendan que se venga aquí con un electro bajo el brazo y dos inyecciones de clexane, porque aquí es gratis total. Por ahí no paso.
El dinero que se me quita de mi sueldo no sirva para pagar la tele de plasma en 3D de alguien que yo me sé, porque yo tengo una tele de oferta comprada en Mediamarkt (y eso que dicen que yo no soy tonto, cosa que cada día dudo más).
El dinero que se me quita de mi sueldo no sirva para comprar motos de alta cilindrada, Quads, dogos argentinos, Play Station 3 o irse a la Romería del Rocío con caballos, jamones y fino La guita, porque yo este verano me he ido tres días a Algeciras porque Tarifa era carísimo.
El dinero que se me quita de mi sueldo no sirva para pagarle setecientos euros a un tipo que me coloca un grifo, me zumba cien euracos y me dice que no me hace factura porque "con la que está cayendo no está la cosa para darse de alta".
Y por último, simplemente le pediría a los que mandan una cosa: No nos echen encima a la población, no nos criminalicen por haber estudiado una carrera y tener un trabajo, no digan más lo de privilegiados o nos tachen de insolidarios. No nos traten como si fuéramos tontos y al resto de la población como si fueran subnormales.
Gracias.
...es que si no lo digo reviento.

CINCO POR CINCO

-Andriuuuuuuu!!!- grita la Josefa. La cámara enfoca dos enormes tetazas blancas ocultas por una bañador negro de proporciones cachalotescas. Se va alejando y nos deja ver la oronda figura de La-Josefa plantada con los brazos en jarra sobre la arena de la playa. La cámara se aleja aún más y vemos cientos, miles de personas, un enjambre humano de toallas y sombrillas que siembran la arena. Es verano, y estamos en la costa del Sol. Es la playa de Fogirola
-Andriuuuuuuuuuuu!! ¡¡Donde tas metío, ven acá pa pacá y te comes aunque sea un petisuí!!
La familia Rando ha vuelto a sus adorados cinco por cinco. Son los veinticinco metros cuadrados de playa que ocupan de forma religiosa cada año. Su parcela, su trozo de verano, su mini-universo.
Este año vienen todos, porque en Córdoba hace más calor que alicatando pirámides.
Ocho sombrillas (dos de Pepsi, una de Nivea y las otras del Carrefú), doce toallas (siete con el logo de diversos hoteles de costa, una de la Juani, que las saca del hospital y el resto de los chinos por supuesto)
El abuelo Curro, pantalón largo, camisa y gorra calada hasta las cejas, ocupa la zona más sombreada. Pasa el día intentando matar cucarachas con el bastón. La abuela Cándida con su bambo marrón (medio luto desde hace treinta y cinco años) se sienta en su tumbona azul y blanca (no hay otro color para las tumbonas de centro comercial que rayas, azules, verdes y blancas, es un complot mundial).
Alberto, el padre tiene tres cometidos clave, y a ellos se entrega en cuerpo y alma bigote en ristre. Es su dedicación plena durante el verano:
Encender la barbacoa donde hábilmente es capaz de conseguir pinchitos con sabor a sardina y sardinas con sabor a cerdo carbonizado; oír la radio y estar al día de los últimos fichajes del verano. Y por supuesto enterrar cada día la sandía y localizarla (ya ha perdido tres sandías este verano, el año pasado fueron siete).
Existe una leyenda que dice que Alberto un año se metió en el agua, pero como todas las leyendas es falsa de toda falsedad.
La Josefa, esposa de Alberto, presuntamente de vacaciones se encarga de alguna cosilla: lava la ropa de doce personas, hace las camas, lava los platos, prepara cada noche un macro-tortillón de patatas, una ensaladilla rusa, barre el suelo y pone las toallas a secar. La Josefa no come, pero tiene un problema y es que retiene líquidos.
Y el Andriu que es más malo que pegarle a un padre, no para de correr junto al primo Míiigue, llenando de arena a los vecinos. De hecho hace años que la Familia Rando tiene un perímetro de seguridad de varios metros en torno a sus veinticinco metros cuadrados.
La Vane, hermana del Andriu ya cumplió diecisiete, luce orgullosa sus piercing del ombligo-nariz-labios (de la cara)-ceja. Pasa las horas mandando sms con su móvil de tecnología cuatribanda (sumergible doscientos metros, que aguanta temperaturas de seiscientos grados, tiene internet, te depila las axilas y que tiene cobertura hasta en el Himalaya) hablando con su amiga Ainara. Se han traído a Ainara para que conozcan el veraneo en la costa (bueno también influye que es la hija del encargado del Mercadona, donde la Vane pretende labrarse un prometedor futuro)
Y los cuñados.
El Andrés, hermano de la Josefa, consumado especialista en chistes de Zapatero y posiblemente poseedor del récord mundial en pelar gambas a dos manos. La Mari está casada con el Andrés. Ella es muy fina, porque en el año noventa y dos le hicieron un contrato de seis meses en el Cortinglés. Tienen dos hijos, el Míiigue que es una mezcla de kamikaze y zulú (ay, es que mi Míiigue tiene una gracia), y el Iker que como está enganchado al internés se queda en el piso pirateando el wifi del vecino (ay, este el día menos pensado me trae una colombiana guarrindoga).
La Mari es modernísima, pues cada semana se compra el Qué Me dices, y ocupa sus horas entre comer pinchitos asardinados, fumar Chester plantando la arena de preciosas colillas, meterse cada tres horas en punto en el agua hasta el ombligo (ay ay ay que fresqui) para soltar la meadita correspondiente y explotarse espinillas en la ingle de las que extrae suculentos chorritos de pus amarillosa.
-Ay que dolor de cabesa tengo chuchi, igual esta noche me paso por urgensia "a que me vean".
-Vale chocho- responde el Andrés- pero vamos después del partidito, por cierto, ¿sabes qué dijo ZP cuando le pidieron que dijeron que nombrara a cinco profesiones de trabajadores de un hospital? tres médicos y dos enfermeras... ¡jajajaja me meo!
Y Alfredo; es el soltero de la familia, el tercer hermano de Josefa y Andrés. Él es el encargado de la intendencia. Antes de emprender el éxodo, Alfredo compra el saco de patatas, los cinco litros de aceite, el arroz, los macarrones, los pimientos, las Caseras de dos litros (lástima ya no hay Mirindas ni Revoltosa) y hasta los paquetes de pipas.
Y así pasan los treinta y un días del agosto; entre tortilla de patatas y sardinas. Entre cotilleos de la Belén Esteban y peleas con el vecino de toalla. Entre Vane que estás tonta, conversaciones acerca de enfermedades, cuernos y cotilleos propios y ajenos. Eructos con olor a litrona y Andriu venacá pacá. Entre carajillos con sabor a tierra y partidas de dominó.
-Andriuuuuuuuuuuu!! ¡¡Donde tas metío, ven acá pa pacá y te comes aunque sea un petisuí!!

DOMINGO CON INVITADOS

Hace unos días me invitaban a participar en un blog que adoro, el blog del fogón de la doctora Jomeini (http://fogondrajomeini.blogspot.com/). Me invitaba a escribir acerca de un libro y una receta de cocica; esto escribí:

Hoy cocinaré para mi idolatrada doctora Jomeini. Me invita a su fogón para elaborar una mezcla mágica. Libros y comida; vista, oído, gusto, olfato, tacto y... emoción. Me siento un privilegiado al pisar esta cocina encantada, una responsabilidad que espero no defraudar (aunque lo dudo dado lo patoso que soy entre fogones).
Rebusco en mi memoria de pez, buceo en mis recuerdos, mil veces rememoro libros y platos, en busca de algo que realmente me haga quedar bien (no es plan quedar mal con una anfitriona de tal categoría).
De pronto, en una de esas guardias horribles en las que te echas a dormir en una camilla, me vino una idea. ¿Literatura? ¿Y por qué no otro arte, otra ciencia, otra cosa...?
¿Novela, poesía, ensayo? ¿Me permitirá mi anfitriona saltar la línea? En el fondo todas las artes son formas de expresión, de emoción, de comunicación. Una escultura, un cuadro, un verso, una foto, una sonrisa, una catedral, una caricia, un sabor, una peli, un beso... ¿Una peli? Lo intento, y una vez más, cual rinoceronte en una tienda de Lladró irrumpo entre las cacerolas, sartenes y ollas de mi amable invitada.
¿Un refinado plato de sushi combinará con el cine de Ichikawa, o mejor lo mezclamos con un bocata de calamares? ¿Un delicioso crêpe con queso y gambas, acompañado de un Chardonnay reserva encajará con una espléndida Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes?
O mejor una pringosa pizza calzone de esas con jamón, champiñones, queso, tomate orégano, pimientos, cebolla, bacon, atún, aceitunas y maíz mientras veo el banquete orgiástico de Viridiana o la incomparable Grand Bouffe de Ferreri.
Dudas. ¿Salgo del paso con una tarde de El Imperio contraataca, Mc Pollo, patatas de luxe, Coca-cola y Mc Flurry? Demasiado cutre quizás.
Al final decido desnudarme (para variar, creo que todos los blogueros, mucho de exhibicionistas tenemos) y...
Vivíamos en una casita humilde en una calle sin asfaltar. Finales de los setenta; en el barrio no teníamos nevera, el baño aún estaba fuera de casa, pero teníamos viejo un televisor Lavis que era la caña. De riguroso y elegantísimo blanco y negro, pantalla con forma de huevo gigante y sólo cogía la primera cadena.
Las tardes eran de pan con chocolate, los sábados de Gabi, Fofó, Miliki, Fofito y los domingos de lavado de cabeza semanal (una bolsita de champú con forma de rombo para todos).
Pero los domingos eran especiales en mi casa por muchos motivos:
Uno: Ponían Sandokán en la tele. Una serie donde un estrafalario Kabir Bedi daba vida al Tigre de Malasia, un príncipe desposeído de su trono por los británicos y convertido en pirata. Amores imposibles, luchas titánicas y cañonazos por doquier junto a sus piratas, los incombustibles dayakos. Y sobre todo, una escena mil veces repetida en la que el bucanero saltaba y mataba en el aire a un tigre de Bengala (hoy sería políticamente incorrecto imagino).
Dos: Mamá preparaba una gran olla de callos de cerdo a la malagueña; garbanzos, callos, manitas, morcilla, especias... y mi padre repartiendo con el gran cucharón.
-¡Yo no quiero morcilla! ¿Eso es la oreja? Puajjj qué asco, échame un trozo...
-¡¡Mi plato tiene muchos garbanzos!!
Pocos garbanzos y mucha chicha; un caldo espeso que hoy en día casi sería declarado ilegal por los integristas de la vida cero-cero.
Tres: (Y casi más importante que lo anterior): Movíamos la tele desde el salón a la cocina. Aún recuerdo la procesión mi padre mi hermano y yo trasladando la mesita con ruedas con todo el mimo del mundo cual procesión semanasantera.
Cuatro: Ajustábamos la antena: Mi padre se subía al tejado e iba orientando la antena para coger la señal con perfección.
-¡Un poco más, un poco máaas! ¡Ahora no la muevas, perfecto! Noooo otra vez se ve agua, prueba ahora a la izquierda a ver...!
Cinco: Mamá nos enviaba al bar a comprar Casera blanca fresquita cinco minutos antes de empezar la peli. Además nos dejaba echarle unas gotitas de vino, con las consiguientes broncas:
-¡¡Mi hermano tiene su casera más roja!! ¡¡Su vaso está más lleno!!
Fue mi primer contacto con la Aventura. Luego vino el llamado Cine de verdad, la gran pantalla, las grandes películas, los directores geniales, los libros mágicos, los guiones magníficos y los actores divinos. También conocí otras cocinas, los frutos de otros fogones, nuevos sabores, texturas y experiencias inolvidables...y mi amor por la literatura.
Hoy en día podría repetir cualquier plato de los probados, ver cualquier película, pero es imposible volver a aquella mezcla mágica de domingo con callos malagueños, Casera blanca y Tigre de Malasia. Jamás lo olvidaré.
Y como despedida, me vais a permitir una licencia. Si no lo hago reviento: Es algo que hace casi treinta años que no hacía, pero me apetece. Porque todos los lunes, en el recreo, entre carreras y juegos infantiles se oía en el patio del cole:
¡Sandokán, Sandokán, que por el culo le sale champán!

Callos de cerdo a la malagueña:
INGREDIENTES (Para 6 personas)1 kg de garbanzos, 1 kg de callos de cerdo limpios, 1 morcilla, 2 chorizos de Ronda, 1 tomate, 1 cebolla, 1 cabeza de ajos, 1 hoja de laurel, 1 astilla de canela (medio palo) , 1 ramita de hierbabuena, 1 ramita de perejil, Unos granos de comino, 2 0 3 dientes de clavo, 1 cucharadita de pimentón, Pimienta negra en grano al gusto, 1 ó 2 guindillas (al gusto), Sal al gusto.1. .limpiar. Los garbanzos se dejan en remojo desde la víspera (es costumbre en muchas casas echarlos en agua tibia con un poco de sal). Los callos se pueden comprar limpios. Si se opta por prepararlos, se deben quemar aquellostrozos que tienen pelo a fuego directo; posteriormente, se lavan con agua caliente, rascando y limpiando los olios que puedan tener impurezas y se dejan un buen rato en agua fría con limón y vinagre. Después se les quita el agua y se le da un hervor con agua limpia abundante que, igualmente, se tira. Ya están limpios los callos y se pueden trocear para guisarlos. La cabeza de ajos se pincha en un tenedor y se asa a fuego directo y se aparta. En una sartén con aceite se echan los restantes ajos laminados y la cebolla picada y se hace un sofrito;cuando están pechados, se le agrega el tomate pelado y troceado hasta que se termine de hacer el frito, se aparta y se le vierte el pimentón, se liga con una cuchara de madera y se reserva. Se pone al fuego una olla con agua abundante, los callos, el chorizo, la cabeza de ajos asada, la hierbabuena, el perejil picado, las guindillas, la pimienta, el comino, el clavo, la canela, el sofrito y cuando entre en ebullición, se le echan los garbanzos, dejándolo que hierva a fuego medio hasta que los garbanzos estén blandos (unas dos horas), espumando y teniendo la precaución de calentar agua si se ha de añadir para que no rompa la ebullición de los garbanzos.
Cuando están en su punto los garbanzos, se le agrega la morcilla y se le da un hervor de 15 a 20 minutos, se rectifica de sal y se pueden servir Si prefiere hacerlos en una olla a presión, vierta todos los ingredientes, espere que entre el agua en ebullición para echar los garbanzos y cierre la olla dejándola unos — de hora a fuego medio.
Una vez listo y abierta la olla, se le agrega la morcilla y se repite el último roceso.Es aconsejable hacer los callos el día anterior al que se deseen degustar, pues estarán más espesos y sabrosos.
¡Y listo!

ERA LUISA

Era un pájaro sin alas
una playa con lluvia
una flor sin pétalos.

Era Luisa

Era la lágrima de una rata
mil noches sin sexo
una virgen desnuda junto al altar,
era Luisa

Era un pirata sin islas del tesoro

ni amores de alquiler.
Era un abuelo sin nietos

una gorda sin ropa
una rosa sin espinas
un Sabina sin su copa
Era Luisa

Era un océano amargo
una sopa salada
un agosto sin mar,
era Luisa

Y un funcionario de ocho a tres
y unas gafas sin montura
una pecera sin pez.
Y un amor por lástima
un te-quiero sin pasión
un circo con payasos tristes
Era un perro abandonado.
Era Luisa

Era sal en tu pelos,
y un gusano en tu ensalada
y un niño que llora
y una princesa de Disney en un puticlub de carretera
Era Luisa.

Escrito en honor a Luisa (ella tenía cara de llamarse así) en mi última visita a la delegación de Servicio Andaluz de Empleo, donde sus "amables" funcionarios me estuvieron puteando durante horas con la amabilidad propia de un bulldog.
Y luego se quejan de los hospitales
.

DIAS DE TRINCHERA

No era el más guapo. Tampoco el que mejor contaba los chistes. No era el ligón del grupo, ni el moderno, ni siquiera era uno de los listillos. Era simplemente bueno.
Cuando empiezas a trabajar en un sitio, las primeras impresiones de la gente suelen quedarse marcadas a fuego en tu ser, a veces para siempre.
Hace de esto algunos años (quizás demasiados), cuando empezaba mi periodo como Médico Residente en un hospital pequeño, de esos llamados Comarcales (ahora que lo pienso Comarcal suena a algo rústico y pegado al terreno, hospital de batalla), uno de esos hospitales de la costa que en verano se convertían en una auténtica trinchera en la que a los recién llegados en cuanto sabíamos cómo rellenar un vale de radiografía, se nos daba un curso express y a luchar. Quizás es la única forma de aprender.
Unas primeras semanas en las que el pánico se mezclaba con la incertidumbre, en las que la duda no tenía cabida, unas noches en las que se trabarían las primeras alianzas, las primeras lealtades, las primeras amistades para toda la vida.
Unas primeras guardias en las que tu R Mayor (Residente con uno o dos años más de experiencia) eran tu Manual de Medicina, porque él lo sabía Todo, y tú no sabías Nada.
No era el que siempre reía, tampoco el que organizaba las fiestas. No solía asistir a nuestras moragas en la playa. Era nuestro R mayor.
Durante aquellas guardias eternas de fichas azules y blancas, guardias de microfonillo en la pared y órdenes de enfermería en forma papelitos de colores pegados en un tablón de corcho aprendimos a Ser Médicos.
A base de errores, de consejos, de alguna lágrima a escondidas. A base de "no te preocupes no pasa nada" o de "a mí también me pasó". Noches de "cógeme unas fichas o reviento", de "¿te puedo contar un paciente?". Noches de azul y blanco.
No era el que siempre acertaba, pero podías tener la absoluta certeza de que lo daba todo en cada paciente.
Recuerdo que fue el primero (quizás coincidencia, quizás no) en cogerme un paciente sin yo pedírselo. "Dame los papeles del sillón tres, yo me hago cargo".
Una noche de pollo-plancha y cocacola light me dijo una frase que hoy repito a los residentes "Nunca dejes de consultar a un especialista por miedo, nunca des un alta si no tienes claro de qué va el paciente".
Lo vi por última vez hace cuatro años. Era la despedida de los R3, su despedida del hospital, y como siempre se presentó elegante y correcto. De hecho era el único con chaqueta y corbata.
-Doctor, pero qué elegante te veo- le dije con algo de sorna.
-Es que para mí éste es un acto importante, por eso me visto con mi mejor traje- me dijo con su habitual habilidad para hacerte dudar si estaba de broma o hablaba en serio.
Nos dimos un abrazo y nos deseamos suerte.
-Seguro que la tienes- me dijo.
-Tú también tío, te la mereces- le respondí- y gracias por todo.
-Era mi deber como R grande.
Pasaron los años...y el sábado pasó de la única forma que suelen pasar estas cosas. Estás en el restaurante de un parque acuático quejándote de las hamburguesas quemadas, del precio de las cervezas, del calor insufrible, oliendo a una señora bigotuda y sudorosa a tu lado, sin saber que estás rozando la felicidad, hasta que suena el teléfono.
-Hola Cristina, cuanto tiempo. ¿...Qué?. No puede ser...
Ese sábado dejó de ser un soleado día de verano, el suelo se movió bajo mis pies y me vi obligado a sentarme. Miré al cielo y comprendí que la vida no es justa (ni debe serlo), pero a veces es toda una putada.
Me senté en un banco de madera y te dediqué unos minutos a modo de homenaje. Recordé tus idas y venidas por los pasillos, tus consejos, tu forma de hablar con un tono grave y algo cascado. Luego la vida siguió.
Unos días más tardes recordamos tu nombre en aquellos mismos pasillos, con aquel mismo café con leche por delante, y hablamos de ti a los nuevos residentes.
-Pues no me suena- decía una Residente de cuarto año.
-Es que era un R mayor mío- le dije- No era el más guapo. Tampoco el que mejor contaba los chistes. No era el ligón del grupo, ni el moderno, ni siquiera era uno de los listillos. Era buena persona. En eso sí fue el mejor.
Juan Antonio, uno de mis Residentes mayores, falleció el pasado viernes. Descansa en paz Amigo.