EL SINDROME GOCONOFU...

Hay días en los me debo plantear seriamente muchos conceptos. El sábado fue uno de ellos. Para empezar mi situación vital era de post-saliente de guardia. Eso quiere decir que empezaba a ser persona (el día que estoy saliente soy un mueble más de la casa que se limita a dormitar en la cama y realizar expediciones al frigorífico en busca de chocolate).
Al levantarme de la cama noto un crack. Era mi rodilla.
-Joooder, esto va a ser un menisco que se ha ido a tomar por saco -pensé. Los médicos tenemos esa manía. En cuanto nos pasa algo, por mínimo que sea, nos ponemos en lo peor.
Lo mío no iba a ser un tironcillo muscular, ni una mala postura durmiendo, tampoco una pequeña tendinitis. Ya imaginaba yo ese pobre menisco destrozado y mi rodilla en manos de un traumatólogo con su Black-and-decker, su martillo y sus clavos pegándome leñazos.
Cojitranco perdido, bajé las escaleras con más pena que vergüenza. Era mi día post-saliente, así es que decidí que me tocaba homenaje: desayunar a base de huevos fritos y café.
Es sencillo: sartén, aceite, ajos, sal y huevos...Frrrgofgofrggfrrrrooggg!!! No sólo metí un dedo en el aceite hirviendo, sino que, a modo de reacción airada, un goterón salió proyectado hacia mi cara haciendo blanco en mi frente.
-Ayyyyy!!-grité mientras daba un respingo tal que me clavé la puertecita del mueble de cocina que hábilmente había dejado abierta.
Sin pensarlo dos veces la emprendí a puñetazos con la puerta que de forma tan traicionera me había agredido.
Es algo que suelo hacer con cierta frecuencia.
Golpear al ratón que no funciona o al filo de la mesa con la que te golpeaste son signos del que he denominado síndrome de Goconofu(No confundir con el sindrome de Pornofo, motivo de otro post). Esta rara enfermedad tiene como síntoma patognomónico que los enfermos golpeamos sin cesar a los objetos por el mero hecho de no acceder a nuestros deseos (Golpear Cosas que No Funcionan). Debe ser una enfermedad con herencia Medeliana pura (autosómica dominante) pues mi infancia está plagada de imágenes de mi padre a martillazos con un enchufe, mi padre arrojando la radio por la ventana porque no cogía bien las emisoras o mi padre arrancando a tironazos el infortunado termo que no paraba de dar por saco (para la historia quedará el día que lanzó una almendra con la mala fortuna de hacer blanco en la cabeza de un pato que pasaba por allí dejándolo tieso en el acto. Esa noche cenamos arroz con pato).
Afortunadamente recordé al último paciente de mi última guardia, y eso me devolvió el humor:
-¿Es usted alérgico a alguna medicación? -le pregunté.
-Sí lo soy -respondió la señora con seguridad masticando chicle como si en ello le fuera la vida.
-Dígame...
-No lo sé -me dijo con cara de asombro ante mi ignorancia- pero con los miles de medicamentos que hay, seguro que alguno me cae mal.
-Ojalá que haga una pompa de las gordas con el chicle y le explote en plena cara - pensé mientras me limitaba a escribir "paciente sin alergias medicamentosas que-se-sepa-hasta-ahora".
La mañana empezaba bien. Medio cojo, quemado y con dolor en la cabeza y en la mano.
Para colmo a mi peque le tocaban deberes. Mi hija tiene casi ocho años y el 99% del tiempo es la persona más adorable de la tierra (al menos para mí). Es alegre, cariñosa, divertida y vital. Pero en el momento que se sienta a hacer los deberes llega el 1% restante. Se vuelve respondona, enfadada y rebelde a más no poder. Ahora ha descubierto el fatídico: boli-con-tinta-que-se borra.
Ella está convencida de que es el mejor invento del mundo. En realidad lo que consigue esta goma es difuminar la tinta creando un asqueroso borrón en la libreta, cosa de la que yo intento convencerla. Finalmente acabamos tirándonos los trastos a la cabeza y pidiéndonos perdón una hora más tarde ( y por supuesto claudicando y admitiendo las bondades del fabuloso boli-con-tinta-que-se-borra).
Era casi mediodía cuando me acordé que mi chica (la mayor de las dos) llegaría pronto de su viaje y la casa estaba aún con más mierda que la cueva de un oso. Por lo tanto tocaba limpieza.
-Tranquilo Salva que con esto tú puedes como un campeón -me animé mientras ponía la música a tope, mandaba a mi peque y su Nintendo con la abuela y me enfundaba mi camiseta de batalla. Pensé que lo lógico era empezar por la planta de arriba, así que medio cojo-manco-quemado-cabreado empecé a las escobonazos a diestro y siniestro por las habitaciones.
La cosa iba viento en popa. En una hora había barrido las habitaciones de arriba, quitado el polvo y hecho las camas. Me quedaba el descansillo y fregar...
-Salva, esto lo tienes controlado león-me volví a animar.
Entonces pasó lo peor, lo que nunca debe pasar. Es la cosa que más odio del mundo, la cosa que menos aguanto...
Mientras barría el descansillo, dejé el recogedor (todo él rebosante de pelillos, arenita, basurilla, papelitos y pelusas multicolores) en el primer escalón. Voy barriendo caminando hacia atrás para no dejar huellas y entonces...zas!! golpeo el recogedor con el culo. En seguida me di cuenta, pero era tarde...
-¡¡Noooooo!! -grité- El puto recogedor (rojo y con el palo negro a un euro en los chinos) se balanceó sobre su eje y empezó a rodar, todo saltarín, escaleras abajo.
Toda la basura se esparció por los escalones, las pelusas saltaban por la barandilla, los papelitos volaban alegres y los pelillos volvían a su lugar natural: el suelo.
Me quedé durante dos segundos inmóvil, sabiendo que estaba a punto de sufrir una crisis del sindrome de Goconofu. Bajé los escalones de dos en dos. Allí estaba el puto recogedor, había llegado al fondo de los veintitré escalones y no le quedaba ni rastro. Limpio, impoluto...
Lo cogí del palo y no me lo pensé dos veces...¡Cracckk, Cracckkk! en menos de diez segundos lo reduje a un montón de trocitos de plástico rojo. Finalmente le di varios pisotones y retorcí el palo negro. Eso me relajó, me quedé en paz conmigo mismo y con el Universo.
Horas más tarde llegaban mis chicas (una de su viaje y otra de su visita a la abuela).
-Bueno, espero que hayas disfrutado del sábado, seguro que te hartaste de hacer lo que te gusta -me dijo- deporte, ordenador, leer, ver alguna peli, habrás tenido tiempo para todo...
En ese momento sonreí, tomé aire y un trago de vino.
-Sí, realmente he flipado esta tarde...- me limité a decir.

LA PIZZA FUNGHI Y LA SANIDAD

Antes de que leas este post debo aclarar algo: No soy un dechado de perfecciones. Es más, creo que soy desordenado, impuntual, perezoso, contradictorio las más de las veces y uno de los seres más despistados de la tierra (en definitiva que soy una especie de cruce entre koala y ñu del Serengueti). Es por todo ello que suelo ser bastante condescendiente, cuando no envidioso, con los errores, vicios, adicciones o corruptelas ajenas. Incluso creo que todos tenemos, o deberíamos tener, nuestras propias basurillas inconfesables (y quien presuma de no tenerlas, peligro, peligro), de hecho suelo renegar de aquellas personas tan políticamente correctas, tan limpias y puras, que a veces dan casi asco.
Y aclarado este punto os paso a relatar el acontecer de hoy.
En esta época de crisis (la palabra ya suena a rancia), es común que las conversaciones giren en torno a este tema. Por supuesto que todos tienen su propia receta. Cada españolito sabe perfectamente cómo acabar con la crisis (quien no ha oído eso de pos yo esto lo arreglaba....blablabla).
Entre los sanitarios pasa igual. Muchas veces (demasiadas tal vez) centramos nuestras charlas en cómo arreglar el sistema sanitario, y finalmente aderezamos el tema con las anécdotas del día a día, culpando del colapso de la sanidad a los que vienen a consultar por una verruga a urgencias, o a los que acuden por dolor en el dedo desde hace dos años. Y finalmente la receta (unos deciden que con el copago se arreglaba todo, otros que con mano dura, otros callan...).
Yo no tengo la solución (el único español que no sabe la solución a la crisis, así es que mejor que zp no me consulte), pero me limitaré a describir tres escenas recientes de las que cada día se dan en nuestro entorno. Al final las tres situaciones se hubieran resuelto con una simple palabra, con una actitud vital, pero eso es motivo de otro post. Vamos a ello:
8.30 de la mañana: Paciente que, según el sistema informático (ese ojo que todo lo ve), toma diariamente omeprazol, ramipril, atorvastatina y metormina. Constato en el programa (más por curiosidad que otra cosa y temiéndome lo peor) que los medicamentos han sido religiosamente expedidos por la farmacia. En cambio al preguntar a la hija del susodicho usuario, ésta me dice haciéndose la tonta que hace más de un año que no se toma una pastilla, pero que "como sale en la tarjeta", cada mes va a la farmacia y el farmacéutico le da una bolsa que religiosamente deposita en un cajoncito del dormitorio. Nota: En Andalucía es posible recetar medicación durante 365 días mediante un simple clic, luego el paciente únicamente debe ir a la farmacia a recargar cada mes su correspondiente bolsita .
La señora pone cara de "es que no me entero de nada", en cambio seguramente sí se entera de cómo rellenar la solicitud de beca, los impresos para cobrar las subvenciones y es capaz de tener un conocimiento tres veces más avanzado que cualquier gestor acerca de los funcionamientos del sistema público de cobertura social.
No pude evitar decirle con tono amable que eso lo pagábamos entre todos.
12.55: Paciente alemán, con un perfecto conocimiento de dicho idioma, que está "de vacaciones" en España y acude por mareos. Está tomando medicación anticoagulante (sintrom) por una arritmia. Al hacerle un electro se detecta que necesita un marcapasos. Se le explica que debe suspender la medicación anticoagulante y tres días más tarde se le implantará el marcapasos. El paciente dice que imposible, que marcapasos hoy o mañana, pues tiene vuelo de vuelta en dos días.
Finalmente lo explica todo: Sabe que necesita un marcapasos hace días, pero su seguro privado no se lo cubre en Alemania. Si quiere marcapasos debe pagar unos tres mil euros o hipotecar su casa. Entonces le ofrecieron dejar el anticoagulante y venirse a España porque aquí lo ponen gratis.
18.30 de la tarde. En la cola del Carrefour oigo una conversación en la que una señora, bolso en ristre, explica lo buena persona que es su médico de familia, al que han trasladado por haber conseguido plaza en otra localidad.
-No me extraña que haya cogido una buena plaza. Yo sólo puedo hablar maravillas de él. Conmigo se portó muy, pero que muy bien. Una vez me salió una culebrilla en el pecho y me dijo que lo único que lo curaba eran unas pastillas que costaban un dineral, y ¿sabes lo que me dijo?
-dime -responde otra señora.
-Que me buscara una cartilla de pensionista para hacerme las recetas rojas. Al otro día le llevé la cartilla de mi suegro y... vaya es que nada más pensarlo se me ponen los vellos como leznas del gesto tan bueno que tuvo conmigo. ¡Eso es un médico!...porque eso todos no lo hacen, te lo aseguro.
-Pero qué detalle Puri, que pedazo de médico tienes hija.
Usuarios, médicos, sistema sanitario...si no nos IMPLICAMOS todos, esto se va al garete. No creo que el problema sea que alguien acuda a urgencias por un dolor de muelas, pues eso consume un minuto al sistema. El problema es cuando falta lo más importante, y a tres niveles, el personal, el profesional y el social: LA SOLIDARIDAD ( si además somos capaces de alardear de ello es que tenemos menos luces que una pizza funghi).

VÉRTIGO

Nuria gira tres vueltas la cerradura de casa. Clak, clack, clack... la oscuridad del pasillo la recibe. La mujer suspira mientras piensa que su mundo está a punto de naufragar. Los niños, Mario y Amanda de siete y nueve años, están en casa de la abuela. Pablo, su marido, aún no ha llegado. Deposita las llaves sobre el cenicero (estuve en Ibiza y me acordé de ti) y se dirige a la cocina. Quizás una tableta de chocolate calme su ansiedad.
Dos años antes, cuando la economía familiar era fuerte y todos nadaban en la abundancia sólo Pablo trabajaba fuera de casa. Llegaron a comprar un chalet adosado, un audi A4, tuvieron dos hijos como dos soles y viajaban dos veces al año (al sur en invierno y al norte en verano, como debe ser).
Pero la cosa ahora no es igual. La empresa de Pablo apenas da para pagar los intereses de las deudas, ha tenido que empezar a trabajar como contable en un almacén, están a punto de perder la casa y Nuria debe trabajar cada día en una empresa de limpieza. Despidieron a la chica que cuidaba de los niños y los abuelos han pasado a hacerse cargo de los nietos.
Es viernes cuando Nuria llega a casa; las camas están aún sin hacer, los restos de desayuno siguen en la mesa de la cocina, pisa las migas de pan esparcidas por el suelo y al abrir el frigorífico un par de pizzas de jamón y unas latas de cerveza la contemplan con pavor.
-Qué raro- piensa- Pablo suele llegar siempre antes que yo.
Hay una nota escrita con la pulcra caligrafía de su madre sobre la vitrocerámica. Nuria no tiene ganas ni fuerzas para leerla. Seguramente una lista con las cosas que le faltan para el colegio el lunes, o un aviso diciéndole que llegarán más tarde porque salieron al cine con los niños. A lo peor una nota recordándole que han vuelto a llamar los del banco.
Con tristeza infinita se mira al espejo y se acaricia las canas.
-Debo ir a la peluquería- se recuerda. Entonces oye abrirse la puerta, parece que Pablo ha llegado al fin. O quizás es la abuela con los niños...
Es Pablo.
-¿Crees que éstas son horas de llegar a casa?- ella enfurece al percibir que su marido huele a esa mezcla de tabaco y alcohol propia de los bares. Está llegando al límite de su paciencia y lo sabe.
-Mira guapa, llevo un día de perros. Discutí con el jefe, apenas he comido, llevo dos días sin dormir, y si me he quedado a tomar una copa es porque voy a reventar- responde sin mirarla a la cara.
Se cruzan en el pasillo, en ese instante ella percibe el olor de su perfume de toda la vida. Siente una punzada de pena y miedo al pensar que algo se está rompiendo.
-¿Pero es que ni siquiera me vas a mirar?- le grita mientras él se sienta en el sofá y pulsa el mando a distancia- eso es. Te tiras al sofá y pones los pies sobre la mesita. Hazme el favor de quitar...
-¡Joder, ya no puedo estar cómodo ni en mi propia casa!- él también levanta el tono de voz- ¿lo próximo será ponerme a lavar los platos que no lavaste porque estabas viendo la novela?
Cuando ella se da la vuelta él la mira de reojo y nota esas cosquillas en el estómago que sentía cuando eran novios. Nota un miedo glacial, una sensación de vértigo aterrador al notar que algo puede romperse en cualquier momento. Le entran ganas de levantarse, abrazarla y besarla. Olvidar las letras, las hipotecas, las cartas del banco o la mirada inquisitiva del cabrón de su jefe, empeñado en hacerle cuadrar unas cuentas imposibles. Volver a susurrarle al oído que la desea, que es su princesa, que jamás encontró a nadie como ella, que..
-Te estás pasando- ella ahora grita a pleno pulmón- que sepas que dejé de estudiar por cuidar de ti y de los niños. ¡Capullo!
-Sí, de eso estoy seguro. Mira, no te engañes, dejaste de estudiar porque eres una negada para todo.
-Al menos no llego a casa apestando a borracho como otros- ella sabe que ha perdido los papeles, pero hoy le da igual- ni me pasaré la vida arrastrándome como un gusano ante el jefe para mantener un puesto de mierda.
-Quizás las cosas no me vayan demasiado bien- los gin tonics le hacen decir unas palabras nacidas de la impotencia vital- pero te aseguro que no me pasaré la vida fregando suelos y quitando mierda como alguna que yo me sé.
-También limpio Tu mierda so imbécil.
-Me voy de esta puta casa. Eres igual de bruja que tu puta madre- escupe Pablo. Sabe que es ahí donde más daño puede hacer.
-¡Gilipollas! A mi madre no la metas en esto hijo de la gran puta...
-Amargada, es lo que eres.
-Quiero que te vayas, no quiero volver a verte, me das asco, desgraciado.
Nuria abandona el salón y se dirige a la cocina.
Pablo arroja con fuerza la lata de cerveza contra la pared, que rebota en una esquina esparciendo espuma por toda la estancia. La lata cae al suelo y rueda silenciosa sobre la tarima flotante (quince euros el metro en Ikea, cuando Nuria era la chica de sus sueños y amueblaron el modesto piso en dos tardes de besos y risas mezclados con café de máquina y rosquillas suecas). Él observa la lata de Mahou: rueda mientras esparce los restos de cerveza sobre la madera para ir a parar bajo la mesa camilla. Entonces...
Nuria abandona el salón y va a la cocina. Coge la nota de su madre y lee. Entonces...
La lata ha dejado de rodar al tropezar con algo bajo la mesa. Es una zapatilla roja. Con pánico Pablo levanta la falda de la mesa camilla.
Allí encuentra a los dos hermanos abrazados. Entre ambos sujetan una cartulina azul con una gran corazón rojo (Os queremos papá y mamá, sois los mejores del mundo). Los niños lloran asustados y se abrazan con la fuerza que da la desesperación.
Nuria deja caer la nota al suelo (Nuria, dejo a los niños en casa un poco antes de tiempo. He tenido que salir a comprar unas cosas para mañana para el colegio. Son muy buenos niños y me prometieron que pasarían la tarde preparando algo para cuando llegarais esconderse y daros una sorpresa. Se portarán bien. Besos).
Pablo y Nuria se miran y se dan cuenta de su error, de su ceguera. Sin decir una palabra se arrodillan junto a los niños y los cuatro se abrazan en silencio...

PS: Dedidado a aquellas personas que cada mañana buscan un motivo para mantener vivos sus sueños a pesar de todo.

EL QUIRÓFANO TRES

Pedro Céspedes tenía un secreto. A pesar de todo dormía a pierna suelta. Eran las tres de la madrugada, y a su lado descansaba Elisa, su esposa.
El ruído, siempre inoportuno, del teléfono rompió la oscuridad para dar inicio a una noche extraña y trágica.
Una educada operadora informaba a Pedro de que debía acudir al hospital San Carlos, pues su hijo Luis se hallaba ingresado en urgencias a causa de un accidente de moto.
Minutos más tarde el Renault Clío de Pedro abandonaba el aparcamiento y partía abriendo la noche con sus faros halógenos. Había decidido no avisar a Luisa. Seguramente se trataría de una nueva borrachera del joven. Lo recogería y volvería a casa. Definitivamente no era necesario alarmarla.
Son las cuatro y veinte de la madrugada. La puerta de urgencias vomita un color verdoso. Alguien fuma mientras espera en su desesperación alguna noticia.
Pedro pregunta por su hijo en el mostrador de admisión. Inmediatamente lo pasan a una sala.
-Ésta debe ser la sala de las malas noticias- piensa el hombre al observar que no es una consulta, pues faltan los elementos propios de la misma (fonendo, ordenador, papeles desparramados o un donut a medio comer).
Paredes blancas sin ventanas, una mesa y tres sillas decoran el aposento. Una lamparita de mesa y un cenicero impoluto hacen que la habitación parezca una sala de interrogatorios de las películas. Ésas en las que hay un poli-bueno y un poli-malo, películas de comisario alcohólico en las que al final el detective se acaba acostando con la rica heredera.
Se abre la puerta y entra alguien. Es un hombre de mediana edad, con barba cuidada y ojos marrones. La mirada cansada y una mancha de café junto al cuello indican a Pedro que se encuentra junto a Poli-Bueno.
-Buenas noches doctor- saluda Pedro presa del pánico.
-Buenas noches- la voz del médico parece nerviosa- tenemos un problema señor Céspedes, porque es usted Pedro Céspedes, el padre del Luis Céspedes ¿verdad?
-Así es- Pedro lo sabía, habían mandado a poli bueno a dar la noticia. Imaginó que poli malo se estaba encargando del trabajo sucio (o bien haciéndole un favorcillo a la rica heredera, aunque no eran horas).
-Su hijo está grave y debe ser operado, está en el quirófano tres, pero ha surgido un inconveniente.
-Usted dirá, doctor.
-Quien debe operar al joven se niega a hacerlo, porque dice que el chico del quirófano tres es su hijo, que es incapaz de operar a su propio hijo.
-¡Eso es imposible, yo soy su padre y exijo que sea operado!
Pedro Céspedes es un hombre con un secreto. Ahora eres tú quien debe seguir, quien debe averiguar la solución a este enigma:
¿De quién es hijo Luis Céspedes, el joven que se encuentra en el quirófano tres?
Admito comentarios, sugerencias, teoría e hipótesis.
PS: Hoy dedicaré el post a alguien a quien esta mañana se le quebraba la voz y le brillaban los ojos al decir que nos abandona, que abandona las urgencias de La Comarca y no sabe si volverá. Suerte y gracias por todo, seguro que te irá bien.

LA CIUDAD Y LOS CARACOLES

-Perdone, joven, ¿quiere usted caracoles?- se oye en mitad del jolgorio- giro la cabeza y me cruzo con sus ojos.
Es la Feria de Málaga. Casi un millón de personas en la calle disfrutan la fiesta. Cervezas con tapita, tinto de verano, baile en la calle. Calles abarrotadas a punto de reventar, trajes de gitana, claveles al aire y risas. Amistades, nuevos amores y viejos amigos. Buen humor y música, calor y color en la calle. Vida…
Como cada año, había quedado con unos amigos y llevaba varias horas disfrutando de la feria del Sur; mojitos mezclados con jamón y tortilla de patatas.
Habíamos bailado, comido y bebido. Incluso habíamos conocido a un grupo de amigas que venían del Norte. Nos divertíamos como cada año. Paseábamos por una calle céntrica y nos habíamos acercado a un bar donde sonaban sevillanas al compás del jamón con queso. Habíamos empezado a bailar.
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?- se oyó en mitad del jolgorio. Apenas oí aquella voz rasgada a mi espalda, y la ignoré inicialmente, pues creí haber oído algo acerca de unos caracoles.
-Sin duda raros los efectos de Baco en mi mente- pensé.
Sonreí pensando en esos momentos que mi situación era inmejorable. Apenas diez años antes era un joven estudiante recién llegado del pueblo con una beca de cien mil pesetas y un millón de ilusiones. Ahora había acabado la carrera, tenía un trabajo, una casa, una familia, una vida junto a dos personas a las que adoraba.
Pero ese día había quedado para recordar viejos tiempos con amigos de la facultad, emborracharme y bailar. Y en ello estaba.
La calle era un jolgorio, un crisol de colores, un estallido de luz donde se mezclaban las voces con la música, el chino vendiendo rosas y el gitano desdentado cantando bulerías a tres euros la estrofa. Risas ligadas de vino y besos de miel. Diversión entre el estruendo que sólo sabemos disfrutar los del Sur, pero…
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?- se oyó nuevamente- giré mi cabeza y me crucé con sus ojos.
Era un hombre de unos cincuenta años, moreno y más bien bajito. Tenía el pelo negro y peinado con esmero a pesar de la grasa que lo hacía brillar. Ojos negros y mirada cálida. Sonrisa tímida y apagada, suplicante. Camisa a cuadritos rojos y un cuello que delataba una moda de hace más de una década; pantalón de pinzas azul marino, calcetines blancos y zapatillas marrones.
Al mirarlo me acordé del pueblo, de aquellos vecinos a lomos de un burro, de aquellos hombres de campo que quedaron atrás hace años.
Pensé que aquella imagen no cuadraba en mitad de la feria, que aquel hombre no debería estar allí, entre las fritangas y los borrachos; entre danzas y risas prohibidas. No era su sitio.
-Discúlpeme, pero es que…-el hombre parecía atribulado, perdido- nunca me imaginé que tuviera que hacer esto, pero es que tengo familia y…
Me quedé inmóvil, rígido, petrificado ante la mirada huidiza de aquel hombre.
-¿Y qué vende usted?-le pregunté.
-Caracoles, llevo caracoles. Me dijeron en el pueblo que a la gente de la capital le gusta mucho los caracoles, así es que cogí el autobús y me he venido…- el hombre mira al suelo mientras habla- he vendido seis euros en dos días, nunca pensé que me vería así. Nunca...
-Bueno hombre- intenté consolarlo- igual hoy la cosa se da mejor.
-Eso espero, porque no soy capaz de volver a mi casa con la cesta llena de caracoles y seis euros en el bolsillo. Aunque sólo sea por demostrarle a mi hijo que yo…- entonces la voz de aquel hombre del pelo negro se parte y dos lágrimas asoman a sus ojos profundos.
La música ensordecedora se vuelve irreal y el Universo entonces se limita al encuentro de dos seres con destinos enfrentados.
-Felicidad junto a tragedia- pensé entonces- no es justa esta puta vida.
-Le compraría unos pocos pero es que, aquí en la feria, no sé que hacer con una bolsa llena de caracoles- intenté eludir su mirada suplicante.
-Muchas gracias joven- el hombre intentaba esbozar una sonrisa- al menos ha tenido la bondad de atenderme.
-Mucha suerte señor- nos estrechamos la mano.
-Muchas gracias, y si conoce de alguien que necesite caracoles, no dude en buscarme- el hombre bajito y de pelo grasiento baja la mirada para recoger la pesada cesta a sus pies, y con lentitud se acerca a otro grupo de jóvenes con la misma cantinela…
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?
Minutos más tarde la fiesta siguió ajena a las vidas truncadas, volviendo a la realidad del jamón con vino moscatel, de los bailes regionales y las risas embriagadas.
Habían pasado apenas diez minutos cuando me di cuenta de todo. De mi egoísmo, de mi ceguera, de mi falta de tacto. De mi falta de Cordura. De que había sido incapaz de ayudar a alguien simplemente por no coger una bolsa sucia y llena de caracoles. Me di cuenta de que me había llegado a creer mejor que el resto de personas simplemente por haberme compadecido de un hombre perdido entre la multitud. Entonces corrí hacia la calle donde minutos antes me había encontrado con aquel hombre.
Le compraría todos los caracoles. Estaba harto de gastar el dinero en mojitos a precios disparatados. Daría todo lo que me quedaba a aquel hombre, le compraría todos los caracoles y así podría volver a casa con la cabeza alta. No sería una limosna, sería una compra, y el hombre del pelo negro demostraría ante los suyos que no era absurdo ir a la capital con aquella ridícula cesta de caracoles. Volvería para demostrar a su hijo que no se equivocaba cuando decidió ir a la capital a venderlos.
Abandoné a los amigos y corrí entre la multitud, pero era demasiado tarde. Salté por encima de las cabezas y pregunté a la gente si habían visto a un hombre bajito y moreno vendiendo caracoles. Nadie lo recordaba. Nadie…
Hoy, varias semanas más tarde aún recuerdo aquellos ojos calvados en mi alma y aquella frase que jamás olvidaré:
-Perdone joven, ¿quiere usted caracoles?

MUJER Y HOMBRE

-Te quiero- te dijo él.
-Yo también- repondiste- y no sabes cuánto.
-Daría todo por ti- te repitió.
-Yo lo di todo, nada me queda por darte, amor- le sonreiste con un halo de amargura.
-Empecemos de nuevo- suplicó- te prometo que haré todas las cosas que me pidas, que seré exactamente como tú quieras, que obedeceré tus deseos.
-Precisamente ése es mi deseo. Me gustaría que fueses tú sin necesidad de pedirte nada, sin ser yo quien te requiera, sin obedecerme.
-Pero...¿hay otro?
Entonces saliste de la casa con una maleta y un millón de dudas. Y sin mirar atrás.
Suerte Mujer.

PD: El Amor a veces (casi siempre), es así de extraño. Y yo que al sentarme intentaba componer una bella poesía de amor...

LA CUEVA

Y como prometí en el post anterior, debo hablar de un nuevo descubrimiento. Sucedió hace apenas unos días, cuando un compañero de trabajo me invitó a conocer "algo nuevo".
Quedamos un sábado por la mañana, y éramos cuatro: Alejandro (bombero), Sonia, Antonio y yo (médicos de urgencias).
-Tú te traes unas zapatillas y con eso vamos sobrados- me dijo Antonio, experto montañero.
A las once de la mañana, tras abandonar una populosa playa plagada de alemanes a la brasa, nos encontramos junto a un acantilado.
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos?- pregunté sorprendido.
-Ahora nos tiramos al agua- respondió Sonia.
-A ver, no me habéis entendido- repetí- ¿y ahora qué hacemos?
No había más remedio que saltar los tres o cuatro metros que nos separaban del agua.
-Saltamos y vamos nadando hacia aquel agujero- señaló Alex, experto conocedor de grutas marinas y terrestres.
-Vamos a ver amiguitos, si queréis que vaya con vosotros, el concepto "saltamos" no es para mí. Mejor me empujais y así quizás...
Diez segundos más tarde, gracias a un oportuno empujón, me zambullía entre las olas con un mar demasiado picado para mi experiencia. Para colmo las botas de montaña empezaron a tirar de mí hacia el fondo convirtiendo los doscientos metros de nado en una odisea. Jamás tragué tanta agua en mi vida.
Finalmente llegamos a una abertura en mitad de las rocas, una especie de abrigo sobreelevado.
-¡Tenemos que subir allí!- gritó Sonia.
-¡Glbvahjfñlksleeee!- respondí yo, añadiendo inmediatamente- arghhbfrrgggeee...!
Pasé pánico, lo reconozco, pues debíamos aprovechar el impulso de una ola para izarnos al abrigo rocoso, pero mis botas me lastraban al fondo. Tras cinco intentos, erosiones múltiples en tórax, y varios litros de agua en mi estómago logré subir. Al llegar arriba jadeante sólo pude pensar en dos cosas: en primer lugar que mi absoluta falta de precaución vital debe haber sido causada por un déficit de lactancia materna (no encuentro otra explicación), y en segundo lugar en : ¡joder, y luego hay que volver a nado!!
-Muy bonito, muy bonito- dije un poco decepcionado- al comprobar que habíamos llegado a un refugio en el acantilado, donde se estrellaban las olas levantando espumas saladas.
-Pero si aún o hemos empezado- me dijo Alejandro- venid por aquí.
Entonces nos dirigimos a un agujero en la roca con el espacio justo para un cuerpo no muy grasuliento...
-Vale, ahora me diréis que nos debemos meter por ahí - dije incrédulo.
-Pozi..- respondió alguien.
-Pos me está dando una risa floja, y eso es señal mala malosa- dije yo.
Entonces entramos a la cueva. Es una galería de casi doscientos metros de longitud y apenas un metro veinte de altura, plagada de recodos, aristas cortantes, humedad y agujeros por los que puedes ver el mar a tus pies (y caer si te resbalas), pero iluminada por una luz espectral imposible de definir. La roca dibujaba figuras imposibles y el sonido te hacía sentir parte del mar.
El recorrido me entusiasmó. Se trataba de una auténtica cueva marina, arrebatadora y húmeda, casi virgen. Al final de la galería llegamos a una gran cavidad, una enorme sala con una piscina subterránea de agua salada. La luz llegaba únicamente de los reflejos submarinos, dándole a la escena un irreal color verdeazulado. Espectacular, no tengo otras palabras.
Sin ponernos de acuerdo, decidimos apagar nuestras linternas frontales, entramos al agua templada y guardamos silencio.
Aire húmedo, olor a mar, agua tibia acariciándote, música de olas, sueño de sal y risas...vida.
El tiempo se paró allí abajo (o arriba, pues perdimos también la noción del espacio donde nos esncontrábamos).
La vuelta fue más rápida. Me quité las botas, lo que aligeró la travesía enormemente.
Al finalizar, nos dimos cuenta de que en las horas que duró la expedición no habíamos hablado ni un segundo de turnos, ni de guardias ni de pacientes. Ni siquiera de médicos y enfermeras, y eso ya es casi increíble cuando hay tres médicos juntos.
Fue toda una aventura, y lo curioso es que esta preciosa cueva se encuentra a pocos metros de una zona turística y comercial, aunque muy pocos la conocen por lo inaccesible. Podría poner en este blog la ubicación, incluso las coordenadas exactas del lugar, pero por respeto a la cueva, y quizás por cierto egoísmo, he decidido que siga siendo un lugar desconocido, un trozo de paraíso en mitad de un acantilado sin nombre.
Y como en estos casos hay que dejar constancia del evento, colgaré algunas fotos...


La entrada a la cueva




En la galería de acceso a la piscina




Casi llegamos










EL POETA

Ayer fue un día especial por dos cosas.
En primer lugar porque encontré una cueva, aunque ése es motivo de otro post. En segundo lugar porque conocí al que considero mejor poeta vivo en lengua española.
Vale, algunos me podrán decir que su métrica no es exacta, que sus palabras no son las más gongorinas, que hay quien emplea mejor el hipérbaton, los pleonasmos, las epíforas, o los retruécanos. Me importa un pimiento. Para mí la poesía (como muchas otras cosas en la vida), no tiene ni debe tener reglas ni demasiadas normas. El mejor poeta es aquél que logra clavarte la palabra en el alma, que logra describir exactamente aquello que sientes con palabras que te emocionan. El resto es pura retórica formal.
García Montero lo consiguió con seis versos, una mañana de lluvia y rotación en radiología, por ello siempre le estaré agradecido. Ayer lo conocí en una tarde de verdiales, vino y ajoblanco. Le expresé mi admiración, nos cruzamos unas palabras y la inevitable foto para la posteridad.
Iba con su pareja, la gran escritora Almudena Grandes, que me perturbó de adolescente con su ambigua Lulú.
Os dejo con unas palabras estremecedoras, las guardo entre mis favoritas, aunque los seis versos que cambiaron tantas cosas en mí aquella mañana de lluvia, me las debo guardar a riesgo de delatarme demasiado ante tanto público.
Y a mí, que prefiero escoger mis derrotas
quiero que me recuerdes derrotado
como quien algo espera
más allá de los tiempos y de los hechos.
Quizás porque haga falta haberlo presagiado
o porque, en todo caso, nadie sabe
dónde acaban los sueños...