HALLOWEEN: MI AMERICANADA Y YO.

Hoy me voy a disfrazar porque es Halloween. Imagino que si estás leyendo este post podrás pensar que te importa un pimiento el hecho.
El caso es que estoy un poco cansadillo de que algunas personas (o personos) me miren con cara mezcla entre perplejidad y superioridad mientras sueltan la consabida frasecilla-de-los-cojones de que "eso es una americanada que no forma parte de nuestras tradiciones". Y es que las tradiciones simpre me están dando por...saco.
Vamos a ver queridos amiguitos. Ignoraré que realmente es ésta una costumbre de origen europeo importada por los americanos, pues tampoco creo que venga al caso, pero me gustaría hacer algunas reflexiones al respecto:
-No creo que las tradiciones como tal sean algo intrínsecamente positivo ni negativo. Ni las españolas ni las americanas ni las de la Conchinchina. Es tradicional usar el burka en ciertos países, la mutilación genital, o la lapidación, y no por ello es algo bueno en sí. Podemos hablar del tradicional lanzamiento de cabras desde los campanarios españoles o las tradicionales torturas de toros en nuestros pueblos.
-Cuando nuestros antecesores llegaron a América liquidaron su cultura y su tradición e impusieron una lengua y una religión nueva a base de sangre y fuego fuimos a "civilizarlos" (bueno mis abuelos no, porque ésos me consta que se quedaron en España, realmente los que invadieron fueron los abuelos de los que hoy se quejan, pues casi todos tienen apellidos españoles).
Curiosamente muchos de los que se quejan de ciertas evoluciones y cambios sociales, también se quejan del facebook (también estoy cansadillo de oír a los mismos alardear de que ellos no se ponen en el facebook, por no sé qué conspiración, uso de datos y otras patrañas). Imagino al señor jefe del facebook usando mis fotos para...¿qué? Recuerdo que en muchas tribus de África no se dejan fotografiar por miedo.
Los que ya hemos cumplido los treinta debemos tener algo muy claro (yo al menos lo tengo): la sociedad no siempre cambia al ritmo que nos da la gana. Los más jóvenes apuestan por Halloween porque es una fiesta divertida sin más. Los jóvenes están en las redes sociales porque viven conectados, cambian a un ritmo diferente y oyen unas músicas distintas a los cincuentones. Por cierto al próximo que oiga decir "es que en mis tiempos sí que había buena música, no ahora", procederé a estrangularlo, o bien a forzarlo a oir la discografía completa de Los Pecos.
Hoy en día, si te hacen una foto, debes asumir que al día siguiente estará colgada en la red, pues son las nuevas normas sociales no escritas (las leyes van por detrás como siempre), y oponerse a ello es asimilarse a aquellos que creían que los Beatles eran enviados del maligno. En el fondo son argumentos similares a los usados por la Santa Inquisición para quemar a quienes pensaban diferente, o no acordes con la tradición y las costumbres que costó diez siglos de atraso científico a la Humanidad ( y uno más a nuestro país porque nosotros somos más cristianos que nadie por supuesto). Muchos de los que censuran los cambios de hoy son los mismos que hace treinta años gritaban pidiendo cambios, quizás envejecieron mentalmente. Curioso.
Quizás en el fondo muchos se terminan moviendo por una motivación universal: El Miedo. Miedo al cambio, a la tranformación, al placer, al pecado, al distinto. Miedos...
Me negaré siempre a usar la famosa frase de "es que los jóvenes de hoy en día, vaya desastre", "Sólo oyen música que son chum chum" o "están manejados porque no tienen criterio propio".
Recuerdo que las grandes audiencias de programas de telebasura son gente mayor de cuarenta años, que los culebrones insufribles se los tragan las marujas cincuentonas, que no suelen ser los jóvenes los que asesinan a sus parejas.
Quizás no sería mala idea aprender algo de ellos (tampoco todo, la verdad, no logro entender muy bien el argumento de Bob Esponja).
Vivimos en una sociedad conectada universalmente, una sociedad en constante cambio, una sociedad que fluye en red, donde cada cual elige según sus gustos. Es el presente y será el futuro (momento bruja Lola).
Yo elijo lo que me gusta de ella, y esta noche me disfrazaré de niño asesino (ya tengo mis disfraz) y saldré con mi peque y sus amigos. Luego colgaré las fotos en facebook porque me da la gana, porque me divierte y porque soy libre. Porque no tengo miedo a algo que hago en uso de mi libertad sin dañar a nadie.
Seguramente muchos no estarán de acuerdo con esta visión tan simple que tengo de las cosas, pero hay que tener en cuenta que los hombres somos bastante mononeuronales, eso me excusa sobradamente. Por ello si a alguien picó con rascarse se aliviará bastante...
Claro, que siempre es más fácil quedarse al margen y decir que "vaya americanada".

VERDES, AMARILLOS, ROJOS. Y NEGROS...

-¡Joder, sal de una puta vez! –grita la voz de su amigo Pedro arriba.

-Un segundo, sólo un segundo…-responde Mario.

-Fuck you, suéltala hijo de la chingada, suéltala o te vuelo los sesos cabrón! -Mario nota el frío acero de la ametralladora del soldado americano en su nuca…

Dos días antes:

Mario Lares sabía que había otras formas de ganarse la vida, pero él había elegido ésta y no estaba dispuesto a renunciar.

A los treinta y cinco años, el joven médico podría tener una plaza fija, chalet, perro y Audi. Mario prefería un trabajo eventual, una pequeña casa junto a la playa, un Ford Fiesta del 2001, y una vida junto a Lidia, su pareja, y Carla, su hija de nueve años.

Desde hacía ocho años Mario formaba parte del operativo de intervención en catástrofes humanitarias.

Lidia nunca se acostumbra. Cada mañana un escalofrío recorre su espalda al encender la radio y poner las noticias. Sabe que Mario saldrá en cuanto haya un nuevo terremoto. El plazo desde que saltaba la noticia hasta la partida no solía superar las cuarenta y ocho horas. El incierto retorno debía ser quince días más tarde.

Siempre lo llaman porque simplemente es el mejor. En los últimos años han sido El Salvador, Indonesia, Nicaragua, Somalia, Haití, Pakistán…

Cuando regresaba a casa Mario apenas hablaba de sus experiencias. Apenas dedicaba una hora a explicar a Lidia cual había sido el trabajo, y luego desconectaba. Intentaba olvidar la inmensa miseria vivida, el viaje a un juego con la muerte. No repetir las imágenes los cientos de decisiones tomadas en apenas unos minutos decidiendo sobre miles de vidas; no revivir cada mirada de personas a las que debió dejar morir porque habían otras más graves.

En unos días todo volvía a la normalidad, desaparecían las pesadillas, apartaba de su mente aquella negociación con los reyezuelos de la guerra para conseguir una caja de antibióticos, o el silencio ante la injusticia para evitar que los expulsaran, para poder ayudar.

En el área de trabajo debía centrarse en aplicar los protocolos, estaba demostrado que era lo único que funcionaba: salvar lo que se pueda salvar con el menor daño posible, no salir dañado y no provocar el daño a sus compañeros. Triaje de urgencias, selección de víctimas. Etiqueta verde a los heridos leves, amarilla a los menos graves y roja a los graves. Etiqueta negra a los muertos o inviables. Verdes, amarillos, rojos…y negros. Sin prisas, sin parar.

En esta ocasión había sido el norte de República Dominicana. Más de veinte mil víctimas, doscientas mil personas sin hogar, cinco ciudades destruidas, un país de rodillas, colapsado, donde mueren las leyes, donde mandan los soldados, un pueblo en manos de la ley del más fuerte.

Mario había partido con su equipo veintisiete horas más tarde de la primera sacudida.

El equipo de salvamento estaba compuesto por nueve componentes: tres bomberos, dos técnicos de transporte, dos enfermeros, un médico y un perro.

Dos horas tras la llegada, un grupo de soldados de la Marina de los Estados Unidos los escoltaba hasta su zona de trabajo: un colegio a las afueras de Santo Domingo.

Eran las seis de la tarde cuando llegaron a las ruinas de un colegio semiderruido, donde cientos de dominicanos retiraban escombros sin orden ni concierto. Unas sábanas tapaban los cadáveres de siete niños y dos adultos. Una rata mordisqueaba una mano que asomaba obscena entre hierros torcidos y hormigón.

El inicial recelo de los dominicanos ante la llegada de los dos jeeps se convirtió en colaboración en cuanto percibieron que trabajar con los recién llegados mejoraría la situación.

En apenas unas horas el trabajo de desescombro avanzó de forma espectacular. A las 21 horas veinte minutos, mientras trabajaban en lo que parecía una cocina a punto de derrumbarse Zambo, el perro de aguas del cuerpo de bomberos empezó a rascar inquieto señalando con su hocico un imaginario punto bajo los escombros.

Aunque lo había repetido mil veces, Mario no pudo dejar de emocionarse. Allí abajo había alguien. Zambo jamás se había equivocado...

Entonces el trabajo empezó a volverse más frenético, más intenso, más peligroso. Mario conocía los riesgos de la situación. Un grupo de voluntarios empezó a sacar escombros sin control mientras gritaban, otros llamaban a su familiar perdido esperando una respuesta imposible.

Finalmente la Thermo- Scan Allux 215 detectaba un hueco con un cuerpo vivo a dos metros bajo los escombros. Media hora después lograban meter una micro cámara hasta el cubículo. Se trataba de una niña de unos ocho años. La cámara captaba el brillo dos grandes ojos en la cara redonda de una niña, el pelo encrespado y la boca con expresión aterrada al descubrir una pequeña cámara que se movía escrutándola. Amalia, la bombero jefa de grupo de rescate observaba junto a Mario la pantalla unos metros más arriba.

-Es guapa la nena –dijo ella.

-A ésta la sacamos Amalia –respondió él- vamos.

El trabajo debía ser metódico. Tenían unas horas más antes de que los soldados dictasen la vuelta a la base. Sabían que tarde o temprano llegarían. Lo habían hecho cientos de veces, simplemente era cuestión de ir quitando escombros con cuidado, fabricando un túnel por donde sacar a la niña, entrar y salir. Fácil. O no…

Habían pasado ochenta y siete minutos desde que detectaron a la niña. Trabajaban en turnos agotadores de siete minutos y casi habían conseguido llegar. Ahora era Mario el que estaba apartando rocas. Las sacaba una a una y las entregaba a Pedro, el veterano enfermero. Éste las sacaba a la superficie.

Finalmente Mario movía un tablón y descubría el hueco. Enciende una linterna y descubre la cara llorosa de la niña:

-¡Ayúdeme señor, por favor no me deje aquí! Hace frío…

-Tranquila princesa, dame la mano.

-No puedo moverme señor, estoy enganchada de un pie.

-¡Ya la tenemos! –Grita- ¡voy a sacarla!

Entonces sucede lo que jamás debe suceder. Lo que siempre le explicaron en los mil cursos de salvamento, lo que ha ensayado cientos de veces. Una réplica.

Mario lo nota inicialmente como un trueno lejano, luego nota que el mundo se mueve a su alrededor.

-¿Qué pasa señor? –la niña grita desde la oscuridad.

Mario sabe que no tiene más opción, que son las normas; los protocolos lo dicen y no hay otra. Deben salir lo antes posible. Hay que abandonar la zona porque el equipo de salvamento no puede ponerse en riesgo nunca. Nunca…

-Debemos evacuar Mario, lo sabes. Esto se va a venir a bajo y nos machaca. A todos.

-Pedro, en cinco minutos la tenemos fuera, no me hagas esto.

-No eres tú, ni yo. Sabes que necesitamos doce minutos, que necesitamos cinco personas para extraerla con unas garantías mínimas de seguridad, que…

Entonces unas piedras empiezan a moverse alrededor de los dos cooperantes…Pedro ha salido dejándolos solos en el angosto túnel.

Mario introduce una mano en el hueco y logra agarrar la mano de la niña…

-¡Joder, sal de una puta vez! –grita la voz de su amigo Pedro arriba.

-Un segundo, sólo un segundo…-responde Mario.

-Fuck you, suéltala hijo de la chingada, suéltala o te vuelo los sesos cabrón! -Mario nota el frío acero de la ametralladora del soldado americano en su nuca…

El movimiento se hace más intenso, caen cascotes alrededor del médico. El soldado recoge el arma y sale. Mario lo sabe, no hay posibilidades para la pequeña. Debe salir pero no puede soltar esa mano.

-Tranquila princesa, te vamos a sacar.

Entonces oye la voz de Amalia, su jefa.

-¡Mario sabes que no tienes ni un minuto, nosotros salimos! No te ordeno que subas, pero ¡acuérdate de tu hija y sal de una jodida vez!

Han pasado dos minutos. Los miembros del equipo de salvamento abandonan el colegio a punto de derrumbarse. Falta Mario Lares.

Entonces cedieron definitivamente los cimientos. Un ruido ensordecedor precedió a la columna de humo. El techo y las paredes que aún quedaban en pie cayeron sobre los restos del colegio.

Los cooperantes se sientan en el suelo abatidos. Tanto esfuerzo para nada, para perder a uno de los mejores por un error de principiante.

Amalia aprieta los puños hasta sangrar, con su otra mano acaricia al lanudo Zambo.

Entonces nota cómo el perro entra en tensión, cómo levanta el hocico señalando, cómo señala con la pata un punto indefinido bajo los escombros…

-¡Maldito cabezota!

Noventa minutos más tarde el equipo de rescate logra llegar a una oquedad bajo los escombros. Mario sujeta los restos de maderos evitando que todo se venga abajo mientras abraza a la niña. La extracción de los dos cuerpos duró quince minutos. Ambos respiraban con dificultad, ambos con bajo nivel de conciencia, ambos agotados pero vivos. Rojos…

La mañana siguiente Amalia visita a Mario que descansa en una camilla prácticamente recuperado.

-La niña se llama Camila –le dice- dice que un señor de pelo amarillo la sacó del infierno.

Mario sonríe agotado.

-Sabes que no debiste hacerlo ¿verdad? –dice ella.

-Lo sé, pero así son las cosas.

-Me queda una duda, si no quieres no me respondas –se miran a los ojos- ¿Porqué te quedaste incluso a pesar de te recordé a tu hija?

-Precisamente me quedé por eso, porque me la recordaste –responde Mario.

PD: Dedicado a los que cada día tratan de convertir en posible lo improbable. Pero especialmente a aquellos que son capaces de darlo todo por convertir lo imposible en probable.

LA ESTACIÓN DU NORD

Bruselas, seis de la mañana, un grado bajo cero. En la estación del Norte nadie sonríe desde hace meses. Miles de personas atraviesan sus puertas sin mirar a su alrededor, sin saber con quien se cruzan. Y lo que es peor, sin querer saberlo. Pero sobre todo nadie mira a los olvidados. Cada uno con su vida anónima, con su destino, con sus miedos y sus fracasos.
Nadie se fija en Abdul Nassa, el senegalés que vino buscando trabajo y encontró miradas frías y miseria. Nadie mira a Marie, su cartón de vino y su perro Jasón; ni a Pierre, un cabrón que huyó de Amberes hace años para dedicarse a robar carteras y tocar el culo de jóvenes estudiantes. A las doce cierran las puertas de la estación y dentro quedan los olvidados. Marie duerme sobre un asiento metálico, cubierta de periódicos, Pierre prefiere usar cartones y Abdul duerme en el suelo. También está Maximilian. Dicen que hace años fue un abogado de éxito, que una mujer tóxica lo empujó al mundo de los trankimazines con ginebra, que perdió su fortuna por confiar en unos ojos. En realidad Maximilian fue un obrero de la construcción en Polonia hasta que vino en busca de fortuna. También está Carlos, un anciano español que se niega a dormir tirado entre cartones. Pasa la noche aristocráticamente sentado junto a Abdul dando cabezadas (pero jamás dormiré entre cartones)
A las seis menos cuarto entran los trabajadores del metro. Los mismos gestos mecánicos: abrir, cobrar, informar con desgana (el tren para Lovaina a las cinco quince en la vía 4). Miradas por encima de unas gafas de concha y ruido de trenes sin nombre. Funcionarios sin destino.
Son los tres mundos en estación du Nord: los viajeros, los trabajadores, los olvidados.
Un día llegó Marcel. Un hombre corpulento y con cara de bonachón. De pelo rojo y rozando las cincuentena, Paul venía de un pueblecito de Flandes. Rozaba los dos metros de altura, con barriga prominente y manos enormes. Los ojos eran pequeños brillantes y su gran boca siempre lucía una sonrisa amable.
-Buenos días –saludó el primer día al cruzarse con Maximilian- ¡Soy Marcel, y vengo de Saint Marie de Paix, el pueblo donde se elaboran los mejores quesos de Flandes!
El polaco se lo quedó mirando con aire sorprendido:
-Hola Marcel –respondió- soy Maximilian Kroczy, abogado aunque estoy pasando una mala racha, pero puedes llamarme Max.
-Encantado Max, por cierto, bonita chaqueta.
Marcel era el cajero de la taquilla cinco. Cada mañana, a las seis menos cuarto, abría su cubículo no sin antes saludar a todos los olvidados. Algunos días regalaba a Marie una flor robada del cercano edificio de oficinas, otras veces les repartía algunos bombones, o traía refrescos y bocadillos.
Una tarde de octubre trajo una vieja manta:
-Don Carlos, le he traído esta manta –le dijo al anciano.
-Ya sabes que nunca dormiré entre cartones jovencito, además no tengo donde guardarla durante el día.
-Yo se la guardaré en mi taquilla.
Y a partir de esa noche don Carlos decidió echarse sobre la manta y dormir sobre un asiento.
Marcel siempre bromeaba con los viajeros. Para todos tenía una palabra de ánimo, una sonrisa, un consejo o simplemente un guiño. En un mes consiguió incluso conocer los nombres de algunos viajeros, los trayectos que solían hacer y conocer sus profesiones.
-Buenos días señora Tina, ¿De nuevo a visitar a su hermana? –le decía cada jueves a una señora de pelo blanco.
A unos comentaba el resultado del último partido, a otros simplemente les deseaba buenos días, o a los turistas intentaba bromearles hablando en su idioma.
A los tres meses todos saludaban a Marcel. Los olvidados ya no eran tan anónimos gracias a aquel cajero. Y los viajeros habituales siempre elegían la taquilla cinco para comprar sus billetes.
-Espero que pronto dejemos de vernos Vincenza –le decía cada sábado a la mujer regordeta que visitaba a su hijo en la cárcel.
-Ojalá así sea Marcel, gracias por acordarte.
-¿Cómo se me van a olvidar los dos ojos más bonitos de toda Bélgica señora? No diga tonterías y corra que su tren está al salir.
A los cinco meses la taquilla cinco acumulaba colas de clientes para comprar su billete. Todos querían comprar el billete a Marcel, todos querían sus diez segundos de cariño.
Porque Napol ya no era el ojeroso cincuentón que trabajaba haciendo pizzas en la Grand Place, era Napol el gran cocinero italiano. Suzanne no era la chica de la tienda de recuerdos, era la princesa de Gante.
Todos salían con su ticket y su sonrisa.
Hasta que un día se acercó a la taquilla cinco Romuald, el cajero de la Taquilla tres:
-Oye Marcel, debo decirte algo –le dijo mirándolo por encima de sus gafas con antiparras.
-Dime Romi –respondió el cajero regalando una sonrisa a su compañero.
-Estamos harto de la forma que tienes de tratar a la gente. La vida no es así.
-Pero…-intentó responder
-Marcel, te equivocas. Si tú eres feliz porque has tenido suerte en la vida, no hace falta que nos lo eches en cara a diario
-Pero…
-Sí, ya sé que tú lo ves todo de color de rosa, pero la vida es otra cosa. Nos dejas en evidencia porque nosotros somos Normales, tenemos vidas normales, no como tú que te crees que la vida es colores.
-Pero…
-No hay peros que valgan Marcel. No me caes mal, pero la vida no es así como tú la ves. Vienes de un pueblecito donde vivís dedicados a hacer quesos y criar vacas, pero aquí es diferente, esto es la vida real ¿Acaso has tenido algún problema real alguna vez? Seguramente no.
Entonces Marcel se pone de pie y mira fijamente a Romuald a los ojos:
-Soy Marcel, el tonto que siempre sonríe. Tuve dos hijos y una mujer. Mi hijo André falleció con siete años. Mi otro hijo, Jacques empezó a tomar drogas con trece años. Calculo que hoy tendrá unos veintiséis si aún vive. Hace cinco años que no sé nada de él. Mi mujer murió atropellada hace seis meses. No me quedaba nada en la vida salvo una docena de vacas, así que decidí buscar a Jacques. No tengo dinero para viajar, por eso elegí la Estación du Nord, la más grande del pais
Cada vez que vendo un ticket imagino que podría ser Jacques, que seguramente estará tirado por alguna estación, que ojalá reciba un trato como el que yo intento dar. Ojalá…
Cada mañana, cada segundo, cada nueva cara al otro lado de la ventanilla es una oportunidad, cada vez que vendo un billete espero que el siguiente de la cola sea Jacques. Si quieres otro día hablamos de mi mundo. De todas formas, querido Romi, soy Marcel, el tonto que siempre sonríe.
Y la vida siguió en la estación du Nord…
PD: Dedicado a aquel cajero sin nombre gordito y de pelo rojo que me vendió un ticket regalándome una sonrisa y una broma en la estación du Nord en Bruselas. Porque saber que existen personas capaces de sonreír a un desconocido y dedicarle unas palabras amables hace que merezca la pena creer en el ser humano (al menos para mí).

EL RETO

Esa mañana se levantó con una extraña sensación de vacío. Se había sentido así en varias ocasiones, siempre coincidiendo con los cambios en su trabajo.
Pero esta vez la sensación rozaba el vértigo.
En una ocasión, con dieciseis años, se presentó a un examen si haber estudiado suficiente, sin tener controlado cómo afrontar la prueba. Ahora sus sensaciones eran parecidas.
Afrontaba un nuevo reto simplemente porque su superior directo le había dicho que estaba preparada para ello, que era una persona seria, eficiente y reponsable. Que con eso era más que suficiente, y que el resto era cuestión de rodearse de gente eficaz. Que en unos días se haría con las riendas del trabajo.
Ella sabía que debería negociar con auténticos tiburones de la negociación, lidiar en mil y una batallas, navegar en un campo que hasta hoy le era completamente ajeno.
Esa mañana las ojeras delataban una noche de pesadillas y mil vueltas en la cama. Un desayuno escaso a base de café americano y un croissant mientras la radio soltaba las nuevas mentiras de cada mañana le dieron las fuerzas que necesitaba.
-Joder, ¿cómo me he metido en esto? -pensaba mientras se forzaba a tragar el amargo café.
Ni siquiera sabía donde quedaba su nuevo trabajo. Dos días antes una llamada le confirmaba el ascenso.
-No te preocupes -le dijeron- un chófer te recogerá a las ocho en punto. Luego alguien te enseñará tu nuevo puesto y a las doce nos vemos par apresentarte a tu equipo.
Con treinta y cuatro años era una mujer segura, toda una profesional, una de las mejores. Pero este nuevo puesto...
Cuando oyó el timbre de la puerta su primer deseo fue que llegaran las ocho de la tarde, poder volver al apartamento y desconectar de todo a base de helado de trufas y "Sexo en Nueva York".
Quince minutos más tarde el chófer la dejaba a las puertas del gran edificio donde la esperaba un señor de aspecto serio, vestido de riguroso traje oscuro y corbata. Ella pensó que aquel tipo bien podría ser un actor protagonista de la segunda parte de "Jack el destripador".
Entraron en el lujoso edificio, y su única preocupación era que no se notara el temblor de piernas. Su padre se lo había explicado hace años: Mira al frente, piensa que estás sóla en el campo...y palante...
Mientras el ascensor los conducía a la planta noble no dejaba de preguntarse las causas de que le hubieran elegido precisamente a ella, y precisamente para aquello...
-Y éste es su despacho -el destripador la miraba con un aire de superioridad que la enervó- en el cajón de arriba tiene un sobre, en él tiene las claves del ordenador, las llaves de los cajones y la contraseña de la caja de seguridad. En aquella puerta tiene un aseo. Si me necesita mi extensión en 90654.
-Muchas gracias -ella intentó aparentar seguridad- ¿Me deja sola? Debo hacer unas llamadas.
Jack el asesor salió no sin antes mirar a su nueva jefa con la curiosidad del zorro antes de devorar a un polluelo.
Ella vomitó todo el desayuno en el estrecho servicio anexo a su inmenso despacho.
Luego miró al espejo, esbozó una sonrisa y vio a una chica de ojos marrones, a una niña que jugaba en la playa, a una mujer de la que dependería a partir de ese día el futuro de miles de personas.
-Vamos palante -dijo recordando a su padre.
Con la serenidad de quien sabe que no hay vuelta atrás ella abrió el primer cajón y miró el solitario sobre sepia que la esperaba.
Con el miedo de quien no sabe lo que le espera rasgó el papel.
Con la esperanza de que tendría suerte tecleó las claves.
Tras unos segundos, y tras el consigueinte ronroneo, especie de sutil protesta del ordenador, tres palabras llenaron la pantalla: Bienvenida señora ministra.

ANDALUCES

Estoy harto. Tan harto que ya no sé si decirlo, escribirlo, gritarlo, o ponerlo con hache intercalada.
Harto de que a los andaluces se nos etiquete de vagos, sin criterio, apesebrados, subsidiados o incultos.
Harto de que se nos asocie únicamente con el flamenco, la juerga, los toros y el vino.
Harto de Loperas y musho-beti, de cuentachistes, de famosillos de tercera división, de Malayas y Faletes.
Harto de ver en las series de televisión los papeles de criada analfabeta o tontito con acento andaluz (¿y ningún presentador de informativo con nuestro acento?).
Harto de ver programas de zapping con el patético programa de Juan y Medio mofándose de nuestros ancianos en busca de pareja, dando la imagen de personajes grotescos.
Harto de nuestra imagen de sociedad subsidiada, cateta y sin criterio. Cansado de que se menosprecie nuestro acento.
Harto de ver andaluces que únicamente triunfan en el programa de Patricia, Gran Hermano y similares.
Harto de Jesulín, de Pozi, de Pantojas y Jurados. Harto del risitas y el peíto, de Romerías del Rocío y Feria de Abril.
Harto de la duquesa de Alba (a la que hicieron hija predilecta de esta tierra, tócate los pirindolos) de su hija, de sus hijos, de su yerno y sus trajes de flamenca.
Harto de toreros que se lían con fulanas, del botijo y la pandereta.
Harto, cansado, hastiado, aburrido me tienen.
Ojalá alguna vez los medios se acuerden de los millones de andaluces que se levantan cada mañana para levantar esto, o de nuestros padres y abuelos que emigraron hace décadas a Suiza, Cataluña y País Vasco para trabajar donde nadie quería.
Ojalá quien habla de nuestra incultura se acuerde de Séneca, Maimónides, Averroes, Góngora, Bécquer, Alexandre, Lorca, Juan Ramón Jiménez, Machado, Falla, Zambrano, Picasso, Velázquez, Murillo, Alberti, Carlos Cano, Gala, Luis Rojas Marcos, García Montero, Sabina…
Ojalá se acuerden de que hablamos con acento andaluz abogados, marineros, médicos, albañiles, arquitectos, camareros, taxistas, prostitutas, jueces, enfermeras, empresarios, policías, obreros, agricultores, se acuerden de millones de personas que se parten los cuernos cada día desde Palos hasta el Cabo de Gata, millones de andaluces que siguen haciendo Andalucía más allá de Despeñaperros…
Ojalá este post lo leyera mucha, mucha gente. Ojalá diera la vuelta al mundo, aunque me temo que se quedará perdido en el inmenso océano de internet.
También podría suceder que este post se expandiera por la red, que los andaluces lo enlazaran a través de facebook, tuenti o twitter, que se difundiera por email y llegara todos los rincones del mundo, eso ya lo dejo en tus manos.

PIRATAS

Solo. Mario no se siente abandonado. Tampoco olvidado, negado o ignorado. Se siente solo...
Sentado en el viejo sofá de su apartamento, el joven abogado pulsa sin parar el botón de avance de programas. Contempla con la mirada perdida un programa de corazón donde se un grupo de periodistas homosexuales acusa y acosa a un cantante por su presunta homosexualidad. Cambia de canal y encuentra a unos comentaristas que se gritan a cuenta de quién se acostó con quién. Noche de viernes.
Llueve fuera, son las primeras gotas de un otoño ya cercano, y Mario se va durmiendo entre periodistas morbosos y cerveza. Solo...
Los cinco niños corrían por la calle. Acababan de ver el último episodio de Pipi Calzaslargas y ahora jugaban a ser piratas. Luis era el Corsario Negro, los otros eran simples bucaneros, pero de los realmente crueles. Combates a muerte, duelos sin cuartel y pipas con sal.
Habían merendado pan con nocilla y ahora buscaban dónde esconder el preciado botín sustraído en el kiosco de la esquina...
Mario se levanta y se dirige a la mesa del salón. Sobre la misma, un sobre lacrado, su carta de despido. Sabe que no podrá hacerse cargo de la hipoteca. Y lo peor de todo es que nadie le ayudará. Sus padres, dos ancianos sin apenas recursos, demasiado hacen con subsistir. Su mujer lo dejó hace meses, seguramente le dirá una vez más lo inútil que ha sido toda la vida. Sus compañeros de trabajo demasiado hacen con salvar el pellejo. Solo, se siente inmensamente solo...
Los cinco piratas corren por la calle Olivos. Es casi la hora de despedirse, pero antes deberán acudir hasta su cueva del tesoro. En un descampado a las afueras de la ciudad, bajo la cepa de un olivo, levantan una losa. Los cinco niños se miran en silencio. Se cogen de la mano y con la seriedad propia de corsarios recitan la clave secreta:
-¡Todos juntos, seremos invencibles!
Con movimientos casi ceremoniales, extraen una gran caja de cartón donde guardan su valioso tesoro: El albúm completo con los cromos de Rui pequeño Cid, un paquete de cromos Panini de la temporada 87/88, una figura de mazinger zeta y una peli de cine exin. Depositan dentro de la caja la nueva aportación: un paquete de cigarrillos de chocolate, tres bolsas de petazetas, unos chicles bangbang y un puñado de susgus. Nunca lo habían hecho, pero esa tarde, en un descuido de la dueña del kiosco, se habían armado de valor y habían hecho un gran botín. Antes de guardar el cofre juraron no volver a cometer tal fechoría...
Mañana será otro día. Quizás debería volver a la empresa y suplicar por su puesto de trabajo, quizás debería ir al banco a suplicar por su hipoteca. O quizás suplicarle a Marta una ayuda económica (ya me lo dijo mi padre, le diría, tan inútil como siempre). Quizás debería saltar desde la terraza...
Cuando los cinco amigos vuelven a casa divisan a lo lejos a don Marcelo. Es el policía municipal. Un tipo gordo que se ahoga incluso riéndose (todos recuerdan el día que tuvieron que llamar a la ambulancia al sufrir un ataque de risa cuando le contaron el chiste de la mujer que perdía un perro llamado mistetas). Al ver al policía, de forma instintiva, los niños huyen sin orden ni concierto. Todos logran escapar, excepto uno. Luis Potes padeció la polio y apenas puede correr, eso hace que el gordinflón lo agarre sin problemas.
-¡Ajá, tú has sido uno de los que robó a la kiosquera! -le grita.
-yo,yo... -balbucea el niño.
-De esto se van a enterar tus padres. Se te va a caer el pelo, sinvergüenza.
Todos conocen en el barrio la crueldad de los padres de Luis. Cuando el señor Potes se entere los azotes con la correa están garantizados. No es la primera vez.
El policía coge al pequeño de los pelos y casi lo arrastra por el descampado...
Mario jamás pensó que esta situación llegaría a su vida. Realmente lo que le preocupa no es la pérdida del empleo o de la casa. No es la pérdida de su mujer, sino la absoluta sensación de soledad. Bebe otro trago de cerveza. Entonces suena el teléfono...
Luis Potes ( Poti Poti es su apodo) ya no es el bucanero audaz que unos minutos antes ocultaba un tesoro. Es un niño de diez años que llora mientras es conducido a trompicones por la calle Olivos. No llora por el dolor que le provoca la mano férrea del guardia en su cuello, sino por sentirse humillado, por los azotes que le esperan, por saberse el más torpe del grupo, por no haber sido capaz de huir debido a su maldita pierna. Maldita pierna...Entonces sucede algo. Al final de la calle hay alguien.
-¿Pero hijo, tú que haces aquí a estas horas? -pregunta el policía al niño que se cruza en su camino.
-Poti Poti no ha sido el que robó las cosas a la kiosquera -dice el niño mientras enseña al policía los petazetas, los chicles y los cigarrillos de chocolate- fui yo.
-¡Mi propio hijo robando en un kiosco, me voy a cagar en la leche que mamó Pirri! -el gordinflón suelta a Luis y se dirige a su hijo. De un tirón le arrebata las chucherías y le estampa una sonora bofetada- marcha para casa, que ya hablaremos esta noche.
Dicho esto el policía se aleja dispuesto a devolver el tesoro a su legítima dueña.
-Gracias Pelopincho -dice Potipoti limpiándose las lágrimas que han marcado surcos en la cara de churretes- ¿por qué lo has hecho?
-Somos piratas -responde- tú hubieras hecho lo mismo por mí. Seguro.
Los niños se despiden con un abrazo.
-Además, ya sabes que todos juntos somos invencibles.
Potipoti se aleja cojeando por la acera y Pelopincho vuelve a casa donde su padre, el policía gordiflón le echará la reprimenda del siglo...
Mario observa la pantalla de su Nokia. No reconoce el número. Seguramente serán los del banco. Ojalá el jefe con buenas noticias.
-¿Dígame?
-Mario, ¿eres tú?-suena la voz al otro lado de la línea.
-Sí, soy Mario, ¿y tú quien eres?
-¿Y si te digo que juntos somos invencibles?
-¿¡¡¡ Poti poti...!!!?
-El mismo -responde la voz- y ahora soy Luis Potes gerente de Cargasa, que nadie se entere de lo de Potipoti, jajajaja...
-Me alegro de volver a saber de ti
-Te llamaba para dos cosas. La primera, me he enterado de que tenías ciertos problemillas laborales. Olvíadalos, en Cargasa necesitamos gente.
-Muchas gracias Pot... Luis. ¿Y la segunda?
-Aquella tarde del descampado devolviste los chicles, los cigarrillos y los peta zetas...¿qué pasó con los caramelos sugus?
-Eso te lo cuento delante de unas cervezas...recuerda que somos piratas.
Minutos más tarde Mario Lanzas, Pelopincho, se asoma a la terraza de su apartamento, mira el cielo y sonríe dando gracias a la vida por no abandonarlo.
Entonces empieza a llover sobre su cara y sonríe.
PS: Dedicado a todos los amigos que hicimos durante una infancia de cromos y policías contra ladrones. Aquellas tardes de pan con nocilla y mandarinas robadas....

EL QUIRÓFANO 3 (PART II)

Bien amiguitos y amiguitas, muchos habéis estado cerca de solucionar el enigma del Quirófano 3 del post anterior (http://megasalva.blogspot.com/2010/09/el-quirofano-tres.html). Sin embargo, me congratula anunciaros que nadie ha terminado de acertar (sonoro ohhhhh!).
Por todo ello, me veo en la obligación de aumentar las pistas y aclararos:
1.-El cirujano que debe operar al niño no es una mujer.
2.-No hay cuernos por enmedio.
...y seguimos para bingo.