EL REAL MADRÍ

Hay argumentos que se caen por su propio peso. También hay posturas indefendibles. En esta mañana de lluvia y resaca futbolera me voy a plantear algo que hace tiempo me ronda la neurona.
¿Por qué leches soy del Madrid? Es algo que jamás me había preguntado, pero empecé a planteármelo anoche mientras sufría al son del baño de goles de los culés.
-Argumento 1: Soy de Málaga, no de Madrid. No tengo apenas vínculos emocionales con esta ciudad y nunca he visto un partido del Madrid, por ello debería ser del Málaga según ese criterio arbitrario de algunos.
-Argumento 2: Dicen que el Madrid era el equipo de Franco, también de Aznar y el equipo de Régimen. Nada más lejos de mis posiciones ideológicas.
-Argumento 3: El presidente del Madrid es un tipo distante, antipático y con cara de repelente niño Vicente, de esos que ponía la mano sobre su examen para que el de al lado no copiara.
-Argumento 4: Cristiano Ronaldo es más kinki que un tanga con volantes. Hortera, con cara de chulito de feria, engreído y con un punto macarra ciertamente insoportable.
-Argumento 5: Mourninho va de sobrado, de perdonavidas y de fantasmilla ciertamente antipático.
-Argumento 6: Es un equipo soberbio con un punto a veces rancio y ciertamente está mucho más de moda ser del Barça.
-Argumento 7: Para colmo Guardiola es un tipo que cae bien, educado y humilde. Los jugadores del Barca tienen cara de buenas personas y siempre están en su lugar. (¿Alguien sería capaz de atizarle una patada a Xavi o a Pedrito sin pedirle perdón tres veces?) Si es que Iniesta seguro que lo más ilegal que ha hecho en su vida es pegar un chicle en un pupitre.
-Argumento 8: Me suelen caer bien casi todos los seguidores del Barça, pues suelen ser gente con cierto criterio (y digo casi todos porque algunos pueden llegar al mismo punto de Neanderthalismo de los ultrasur).
Pero ahí me veía yo, con mi cerveza y mis patatas comiéndome las uñas y haciendo fuerza para que los de blanco ganaran como fuese.
Y entonces me acordé de cuando apenas tenía seis años y mi padre ponía la radio junto a la ventana. (¡Taaableroooo deporrrtivoooo con Juan Manuel Gozalo!). Cuando el fútbol sólo era los domingos por la tarde. Cuando los domingos por la noche veíamos la Moviola y los goles.
Recordé cómo mis hermanos y yo saltábamos de alegría con los goles de Juanito, Michel o Butragueño. Me acordé de mis tardes en la plaza cambiando cromos de Santillana y Maceda. Cuando no hablábamos cromos de fútbol, sino estampicas de furbolista.
Y me acordé de que cuando tenía cinco años siempre quería que ganaran los de blanco (en nuestra tele en blanco y negro sobre aquella mesita marrón).
Me acordé de los enfados de mi padre con las grandes derrotas en Europa, cuando equipos como el Aberdeen o el Anderlecht eran grandes de Europa. Y de un piso de estudiantes gritando por un gol de Prosinecki. Y de las remontadas, y de los cabezazos de Santillana. Y de una tarde donde casi lloré porque el Tenerife nos arrebató la liga en el último partido (aún recuerdo a Buyo con su gorrita buscando un balón imposible).
En fin, supongo que soy del Madrid porque hay cosas que no se eligen, porque mi padre era del Madrid y porque mi infancia está plagada de Gordillos, Stilikes, Zamoranos y Pirris...
¿Contradictorio? Ciertamente. Pero nunca dije que yo no sea un ser totalmente contradictorio.

INFIERNO

-¡Que la jodan! -escupe el tipo del pelo gris-¡Que la jodan una y mil veces!
En la consulta azul huele a orines y vómitos. Olor a sudor reseco, a sangre y alcohol. A miseria.
Es una de las sensaciones más desagradabes que Víctor recuerda. Ese olor rancio, avinagrado y amargo que te impregna hasta la ropa.
Sobre la camilla el hombre de pelo gris lo mira desafiante (¡que la jodan bien jodida!); esboza una sonrisa mezcla de mueca y burla que deja entrever un colmillo amenazante corroído por la caries. Las correas de cuero le sujetan las muñecas y tobillos a los laterales metálicos de la camilla. El hombre de pelo gris forcejea inutilmente tratando de arrancarse las sujeciones. En un gesto de furia gira el cuerpo a un lado y otro intentando zafarse de los anclajes (protocolo de sujeción mecánica, protocolo de sujeción mecánica ...).
-¿Es usted alérgico a algún medicamento? -pregunta el médico. La voz suena fría.
-¿Alérgico? A su puta madre soy alérgico...-escupe.
El médico escribe con rapidez las frases de siempre. Clac, clac, clac, suenan las teclas (historia clínica, historia clínica, céntrate...)
-¿Tiene alguna enfermedad o sigue algún tratamiento? -intenta no mirarlo a la cara. Sabe que no debe mirar sus ojos, pues eso sólo logrará empeorarlo todo.
-¿Enfermedades? Las que ella me haya contagiado. Y de los nervios, estoy de los nervios por su culpa.
Víctor intenta respirar el aire viciado y putrefacto de su consulta, concentrarse en su trabajo.
-Me duele la mano, me duele mucho la mano -se queja el hombre de pelo gris.
El médico mira el lateral de la camilla; allí descansa una mano deformada en su quinto dedo. La sangre, aún fresca, resbala y cae goteando sobre le suelo. No necesita radiografía, sabe que encontrará lo de siempre: fractura del quinto metacarpiano.
Víctor se levanta y se aproxima a la camilla. Guantes, mascarilla, gafas.
-Me duele mucho la mano -el paciente empieza a llorar.
El joven médico se acerca un poco más y mira la otra mano, también ensangrentada. En ese momento se cruzan las miradas. El hombre de pelo gris lo mira con furia. Sabía que no debía, pero no ha podido evitarlo. Se miran a los ojos...
-¿Por qué lo has hecho? -le susurra con rabia.
-Porque era una zorra, una jodida zorra, por eso lo hice y lo volvería a hacer mil veces -entonces empieza a gritar , empieza a luchar contra los correajes intentando volcar la camilla. Acuden celadores y personal de seguridad.
El hombre no es hombre; es un demonio de pelo gris y espumarajos en la boca (protocolo de agitación, protocolo de agitación...)
Cinco minutos más tarde alguien desinfecta la consulta azul, alguien arrastra una camilla por el pasillo donde alguien duerme desmadejado en brazos de midazolam.
Víctor se mira al espejo y descubre una cana solitaria. Entonces se da cuenta de que es la primera vez en su vida que no le apetece curar a alguien, la primera vez que mandaría a alguien al mismo fango infecto del que vino. Entonces respira profundamente y se da cuenta de que debe hacerlo y lo hará únicamente por una razón: porque le pagan por ello.
Dedicado a todas y cada una de las 76 mujeres asesinadas por sus parejas en 2010. Y a las 68 del 2009, y a las 84 del 2008, y a tantas que murieron y morirán víctimas de seres sin alma.

VIDAS

Hoy no escribiré para mí porque no soy nadie.
Escribiré para Lidia que acaba de darse cuenta a los cuarenta y dos años de que vive con el mismo demonio. Para Pedro que intenta convencerla en una consulta de tres por tres de que su marido es un cabrón, y todo sin ofender porque Lidia volverá al infierno dentro de siete minutos. La bofetada de hoy será la muerte mañana. Ambos lo saben, pero...
Escribiré para Gustavo, el chico de ocho años que no entiende por qué cada semana sus padres lo llevan al médico con el único fin de calmar sus propias angustias.
Para Nuria, una Residente de primer año que vino de un pueblecito extremeño, y que hoy se enfrentará a su primer error en un gran hospital de Madrid . Para Luisa, la Residente mayor que le dirá que eso nos pasa a todos y le arrancará una sonrisa.
Y para Francisco que acude cada dos semanas a "ponerse sangre" mientras una leucemia lo devora y siempre pregunta si le queda mucho para acabar su transfusión. Luego sonríe. Para la enfermera que le regala una broma cada tarde porque ya se conocen.
Para Eufemia, que lloraba porque a sus ochenta y tres años decía que no quería morirse mientras se agarraba a su hija en una camilla. A la médica que se peleó con casi todos por lograr una habitación donde Eufemia se apagó para siempre.
Escribiré para Marta, que acaba de llegar a casa tras su operación. La reciben sus tres hijos y el marido con una gran pancarta y un pastel de chocolate y almendras. Ellos la ayudarán en el camino que aún queda.
También para Janis, el chico polaco sin familia que se consume en la cama 17 de observación en el hospital la Paz devorado por un sarcoma abdominal. Y para la cirujana que no puede evitar que sus ojos se le inunden de lágrimas tras decirle que casi nada pudo hacer, pero que seguirán luchando. Como sea...
Para Angustias, que acaba de despertar de una operación y descubre una sonrisa.
Para Laura que acaba de nacer hace unos segundos. Y para Magdalena, la matrona de sesenta y tres años, que atiende su último parto porque se jubila y ha vuelto a sentir cómo cada vello de su cuerpo se erizaba al sacar a Laura. Igual que hace cuarenta años. Exactamente igual...También para Pablo, el padre de Laura, que se desmayó al ver tanta sangre y tuvo que salir en camilla de la sala de partos.
Escribiré para Paco, el que arregla los enchufes, que siempre llama a la puerta para no interrumpir ni molestar. Escribiré para los que no pueden evitar una mueca de dolor al ver el dolor ajeno, para los que sienten un calambre al ver el dolor en la cara de un niño, y para los que se quedan después de acabado el turno porque alguien los necesita.
Hoy escribiré para todos y cada uno de los que intentan salir adelante y por los que están a su lado en la pelea.
Y brindaré por ellos. Por sus éxitos y sus errores. Por sus llantos y sus penas. Por sus alegrías y sus risas. Por sus noches en vela. Por sus familias y sus soledades. Por sus vidas. Por sus Vidas...
No, definitivamente hoy no escribí para mí porque no soy nadie. Escribí para todos vosotros.
Y sólo os pediré que cuando salgais, cuando volvais a sonreir, os acordeis de una cosa: Mientras suene la música, nunca os olvideis de bailar.
Soy Salva, y éstas son mis cartas.

ABLA 2010


El concepto de Salud 2.0 es todavía una especie
de desconocido ente para muchos. Para otros es un objetivo, un sueño; incluso una posibilidad si nos ponemos a ello.
Significaría (y significará queramos o no) una revolución en el campo de la medicina, una interacción plena médicos-pacientes, una nueva forma de enfocar y solucionar los problemas de salud.
Y los médicos de familia no debemos ser ajenos a ello si no queremos quedarnos a la cola del furgón.
El mundo ha cambiado gracias a la revolución tecnológica. Han cambiado las formas de relacionarnos, las redes sociales han dado un vuelco al concepto "vivir conectado", el mundo de la ciencia, del arte, de los negocios gira en red. La vida hoy fluye, queramos o no, interconectada a través de la fibra de vidrio.
La medicina no debe quedarse anclada (típico de los médicos es el quedarnos atados a unas tradiciones obsoletas, recordemos los cientos de años ejerciendo la medicina galénica mientras el mundo evolucionaba). El médico patriarcal con pipa y colección de libros a la espalda ha dado paso a nuevas generaciones de médicos que basan su práctica clínica en algo más que el Harrison y el "no fume-no beba-no...".
Los pacientes-usuarios-cientes están ya conectados, y en la red nos esperan. En nuestra mano está quedarnos anclados, esperar que otras especialidades nos pasen y luego quejarnos.
Hace unos meses, en Abla, 32 años después de Alma Ata se ponían las bases de esta nueva revolución. Suerte... y adelante.
Igualmente pienso que jamás habra nada que sustituya el momento crucial en que dos personas, médico y paciente, se cruzan las miradas, las palabras y las vidas con un solo objetivo: sanar.

PUTAS

Frío...
Pero no el frío del viento que abofetea cada mañana la cara, ni el que traicioneramente abraza el cuerpo desnudo al salir de la ducha. Tampoco es el frío de aquellas noches de sensualidad robada al amanecer.
Es la sensación que sintió aquella noche. No podía definirlo de otra mejor manera, porque mentiría. A sí mismo y al mundo.
La había valorado apenas dos horas antes.
Irina Ylipova era puta. Es cierto que podría describirla de otra manera. Quizás prostituta quedase más fino. Pero para los vecinos de San Jeromo, Irina no era más que puta y rumana. Para unos era la rumana puta; para otros la puta rumana. Si hubiese trabajado en un colegio la llamarían maestra, pero trabajaba en El Eclipse, y a las chicas del puticlub no se les ponía otro nombre en San Jeromo.
Cuarenta euros el servicio completo en el coche del cliente y sesenta en la habitación del Eclipse. Irina nunca besaba a los clientes.
Nunca quedaba con clientes fuera del trabajo. Nunca se enamoraba.
Había cumplido los veintiocho apenas tres días antes. Lo celebró con Yulemay, una guapísima mulata de ojos azabache, una agradable dominicana. Su única amiga. La puta dominicana...
Lo celebraron en el centro comercial, con unas hamburguesas y una película de esas en las que Yulemay lloraba. Irina jamás gastaba más de lo estrictamente necesario.
Y lo celebraron lejos de San Jeromo, porque en aquel barrio de viejas de rosario y padrenuestro ellas eran las putas. Ellas ni siquiera iban a misa, pues don Jacinto, el tendero con cara de sacristán pervertido les dijo un día que las "mujeres de vida alegre" no eran queridas del Señor de los españoles, que María Magdalena se debía arrepentir de todos sus pecados para acercarse a Jesús.
Irina había decidido que volvería a misa cuando todo aquello acabara.
Al día siguiente del cumpleaños empezó a sentirse mal. La fiebre alta dio paso al dolor de abdomen y en pocas horas apenas recordaba su nombre presa de un delirio.
Alguien la acercó al gran hospital de las afueras donde le hicieron muchas pruebas. Después de más de seis horas un doctor de ojos azules se acercó a la camilla donde descansaba la joven rumana.
-¿Estás mejor Irina?
-Parece que ahora no me duele tanto doctor -respondió- ¿Sabes qué me ha pasado?
-Eso ya lo hablaremos más adelante -él desvió su mirada limpia- pero esta tarde debes ingresar.
Irina notó como todo el mundo volvía a moverse a su alrededor, sintió que una luz lo llenaba todo. Entonces empezó a convulsionar.
Habían pasado quizás varias horas, quizás varios minutos. Quizás días...Irina volvió a despertar para encontrarse frente al doctor de ojos azules.
-Hola Irina -sonrió- ya estás mejor .
-Dígame lo que pasa doctor.
-Está bien -esta vez él la miró a los ojos- ¿Has oído hablar del sida?
-Claro qué sí. Soy rumana pero no tonta doctor.
-Pues tienes una infección en el abdomen, además tus defensas están muy bajas, parece que puedes tener el virus del sida. Pero hoy en día es una enfermedad que tiene trat...
-Doctor -interrumpió ella- ¿Eso me ha pasado por ser puta?
-No exactamente Irina...pero debes entrar en quirófano. Tu barriga no está bien.
-Doctor, estoy sola. Mi amiga Yulemay no vuelve hasta dentro de seis días.
Los ojos de dos personas se vuelven a cruzar en una noche fría. Ella agarra la mano del médico y le pide algo.
-Doctor, tengo una hija en Rumanía. Sólo le pido que le haga llegar esto -entonces entrega dos papeles al joven de ojos azules.
Uno era un cheque por valor de seiscientos euros. El otro una frase: Nunca te olvidaré Rania.
-¿Se llama Rania tu nena?
-Sí, es preciosa. Tiene once años y cree que trabajo de recepcionista de hotel. Algún día, cuando deje esto, me la traeré a España. Ese día la llevaré a misa, porque ya podré entrar.
-No puedo coger nada de los pacientes, son las normas, lo siento de verdad.
-Doctor, no lo haga por mí, hágalo por la niña.
Unas horas más tarde Irina entraba en el quirófano y Víctor Bárcenas abandonaba el hospital. Jamás había sentido tanto frío, nunca se sintió tan vacío, tan débil, tan cansado, tan solo...
Quizás debería hacer alguna llamada.
Dos meses más tarde:
Rania Ylipova y la abuela Marita depositan unas flores en el cementerio de Bellu. Allí descansan los restos de Irina.
La abuela guarda el cheque de dos mil euros que asegura el futuro inmediato de la familia.
La niña viste de negro. En su mano derecha un arrugado papel con cuatro palabras: nunca te olvidaré Rania.
En la mano izquierda una carta del director del hotel Ritz Madrid expresando su pésame a la familia de la recepcionista recientemente fallecida Irina Ylipova, una de las mejores profesionales que habían pasado por el hotel.
A miles de kilómetros Víctor Bárcenas siente un frío atroz. Pero no queda otra que seguir.

CLOE Y LA PARTIDA DE PÓQUER

Fabio había decidido que esta vez la cosa iba en serio. No tenía ni la más mínima duda al respecto.
Tantos años a sus espaldas, tantas caricias, tantos cuerpos, tantas camas ajenas. Y al fin tenía la plena seguridad de que ella era la mujer de su vida.
Se habían conocido una tarde de lluvia a la salida del inmenso bloque de oficinas y lo que empezó con un paraguas compartido acabó con unos croissants mezclados con chocolate y risas.
Aquella noche descubrieron una habitación en un hotel de sueños robados y palabras secretas. Esa noche le regaló un trozo de luna llena.
Habían pasado tres meses y ahora no concebía la vida sin Cloe. Ella era su aire, su risa, su placer. Era su droga, su sueño, su mañana. Su vida.
Noche parisina...
Esa noche era una más, pero él no quería que lo fuera. Ésa iba a ser la noche más importante de su vida.
El reloj a punto de marcar la medianoche cuando Cloe y él miraban una escurridiza luna mientras apuraban la botella de Château Petrus. La había invitado a un fin de semana en París y ahora descansaban en la gran habitación del Champs Elysées Plaza. Desde la gran ventana veían cómo la ciudad de la luz titilaba a sus pies.
Entonces sucedió.
-Cloe quiero que sepas que jamás encontré a nadie como tú -le dijo mirándola a los ojos- y que estoy convencido de que jamás encontraré a nadie igual. Eres todo cuanto necesito, me colmas, me llenas y me haces completamente feliz. Cloe, en unas semanas has pasado a serlo todo en mi vida.
Dos horas más tarde Fabio compraba el primer billete para Madrid.
-¿Viaja solo el señor? -preguntaba la empleada de Spanair.
-Sí, un billete por favor -respondió sin poder olvidar aquella mirada.
Fabio siempre había jugado con las cartas marcadas, siempre había pisado sobre seguro. Hasta esa noche. Por primera vez había puesto su juego sobre la mesa, había enseñado sus cartas.
Y dos segundos más tarde de descubrir su jugada comprobó que llevaba las cartas perdedoras. Cloe lo miró con cara indecisa, luego sonrió y con la mano derecha acarició su mejilla:
-Fabio, necesito tiempo -le respondió- además, sabes que...
Mientras el Airbus A310 despegaba pesadamente Fabio sabía que dejaba atrás a Cloe para siempre, que posiblemente se equivocaba, que quizás se arrepentiría, que volverían las noches de camas ajenas, de labios extraños y caricias prestadas. Pero también sabía que quien lo da todo no puede conformarse con recibir una duda.
Así vienen a veces las cartas en la vida, y quizás es así como debe ser. Lo más triste es que hay partidas donde todos pierden.