PENÉLOPE...

Me acordaría de tanta gente en este día...
Cuando se trata de felicitar el nuevo año, todos queremos aportar un poco de originalidad, algo nuevo, divertido o emocionante.
Todos, y especialmente los que escribimos para los demás, querríamos dirigirnos a cada uno de los que, como tú, estais leyendo al otro lado de la pantalla, para desearos algo, para haceros alguna dedicatoria personal, para deciros simplemente hola.
No puede ser. De hecho no conozco a la mayoría de mis lectores. Pero sí sé que estás ahí, que si sigues de alguna manera mi blog, aunque sea una vez cada dos meses, es porque algo tenemos en común. Y eso es importante.
Y por ello no voy a desear nada especial a ninguno de vosotros. Se lo voy a dedicar a alguien con quien únicamente compartí dos palabras.
El caso es que desconozco su nombre. No sé ni siquiera su nacionalidad, su edad o su situación laboral.
Sucedió hace apenas veinticuatro horas en el aeropuerto de Barcelona. Suelen ser los aeropuertos una zona de miradas anónimas, donde los trabajadores se limitan a ejecutar su trabajo de forma aséptica e impersonal. Un sitio donde siempre caminamos con prisa, donde jamás recordamos una cara.
Sucedió antes de embarcar, justo antes de pasar las maletas por el control de equipajes. Cuando estás preparándote para depojarte de cinturón, llaves y pistolas debes enseñar tu tarjeta de embarque a un operario que confirme que no vas a la zona equivocada.
Tendría unos cuarenta años, y sin duda era sudamericano. Delgado, muy delgado, y moreno. Tenía el pelo corto y los ojos negros. Nos recibió con una sonrisa que dejaba ver dos filas de dientes blancos, inmaculados.
-¿me dejan sus tarjetas de embarque? -el acento me sonó como de Colombia, pero igual era venezolano-.
-Aquí tiene. -me fijé en su nariz, larga y afilada.
Con rapidez comprobó las tarjeta de embarque, pero al comprobar la tercera tarjeta algo sucedió.
Son cosas de las que nadie suele darse cuenta, pero la cara de aquel hombre cambió en apenas un segundo. La sonrisa, inicialmente profesional y amable, se tornó infinitamente tierna.
-¿Te llamas Penélope? -le dijo a mi pequeña.
La niña asintió con la cabeza, los ojos del hombre de piel morena brillaron en aquella inmensidad de maletas y prisas.
-Penélope, el nombre más bonito del mundo... -entonces acarició la cabeza de la pequeña mientras pasaba-. Mi Penélope está bien lejos. Buen viaje.
La niña sonrió tímida y sorprendida por la amabilidad de aquel hombre uniformado.
Nos cruzamos una mirada, nos sonreimos y seguimos nuestras vidas.
Sucedió ayer, tal y como lo cuento.
No le conozco, ni probablemente volveremos a vernos, no conozco su nombre, ni su nacionalidad. No sé nada de su vida, hasta ignoro a quién se refería, pero para el 2011 sólo desearé una cosa: Deseo que aquel hombre del control de equipajes del Prat vuelva a estar junto a su Penélope.
Ojalá mi deseo se convierta en realidad.

LA NAVIDAD EXISTE. ¿O NO?

Estaba siendo éste un fin de año especialmente raro, se avecinaba una Navidad extraña. Hacía tiempo que no me lo planteaba, pero este año se acercaban unas fechas que no me hacían sentir nada especial.
Busqué en la ciudad iluminada y me encontré observando millones de bombillas de colores, gente cantando villancicos, calles decoradas. Pero no sentí nada.
Pasaron los días y monté un árbol precioso. Uno de esos que ahora se llevan, con bolas plateadas y grandes lazos, y tras una agotadora tarde sólo vi una imitación de plástico con bolas colgando. Monté el Belén mientras la tele emitía los mismos anuncios de siempre y acabé pensando que las figuritas no tenían vida, que la chica de Freixenet es espectacular y que me encantan los anuncios de perfumes. Pero nada especial sucedió esa tarde.
Y logré sobrevivir a tres comidas de empresa, incluidos chuletón, villancicos y mantecados. Pasaron los días y mi facebook se fue llenado de felicitaciones, tarjetitas, papanoeles y postales virtuales. Mi mail se llenó de mensajes navideños y el Corte Inglés volvió a mandarme su tarjeta por correo postal. Incluso mi banco me mandó una carta decorada con hojitas verdes.
Busqué el espíritu navideño en otra gente, pero no encontré nada más que personas forzando el ritmo de su alma como quien ríe sin ganas, como quien se siente feliz simplemente porque toca.
Ayer fue 23 de diciembre…
La vida en urgencias tiene un ritmo ajeno al resto del universo. Allí el tiempo pasa de otra forma, la vida se vive de otra manera difícil de explicar. Muy difícil. Fuera soplaba un viento rabioso azotando la puerta de entrada. Dentro los pasillos se llenaban de verdes y blancos, de pacientes de última hora, de prisas robadas, de gente huyendo de la enfermedad.
Eran casi las doce cuando pensé que un café me animaría la mañana. Salí de mi consulta y atravesé el largo pasillo, al final del cual se encuentra el área de pediatría. Mientras caminaba saqué los cincuenta céntimos del bolsillo, con tan mala suerte que la moneda cayó al suelo y salió rodando por el pasillo hasta tropezar contra la pared. Me agaché a recogerla…
-Hola médico –oí una voz y levanté la cabeza.
-Hola –respondí aún agachado- ¿y tú quién eres?
Frente a mí encontré la cara de una niña de unos seis años. La cara plagada de pecas, los pelos rojos y las trencitas me recordaron a Pipi Calzas largas. Tenía unos ojos enormes y expresivos que brillaban como sólo brillan los ojos de un niño cuando acaban de llorar.
-Me llamo Andraperezfuentes –los niños a esa edad dan su nombre y apellidos de corrido, imagino que es una forma de demostrar que van siendo mayores.
-Hola Andreaperezfuentes.
-¿Tú eres médico?
-Sí, soy médico –le sonreí.
-Es que la Merche me ha dicho que la navidad es tontería, y que los reyes son los padres – ella me miraba curiosa- y como los médicos son muy listos, a lo mejor tú sabes si eso es verdad.
-A mí también me dijeron lo mismo y me lo creí –le dije- pero el año pasado estuvo aquí el rey Melchor porque se había caído del camello. De eso sí estoy completamente seguro. Y en la puerta lo esperaron los otros reyes con los camellos a tope de juguetes. Y te lo digo porque lo vi.
Entonces la mirada de la niña volvió a relucir y una gran sonrisa dejó al descubierto que le faltaba un diente.
En ese momento me di cuenta. Allí estaba la navidad. La había buscado durante quince días sin resultados y estaba allí delante en forma de gran sonrisa iluminada.
Parecía algo irreal, el mundo se había parado durante unos segundos; las camillas seguían rodando, las batas blancas volaban, las prisas, la megafonía…todo parecía haberse ralentizado mientras un médico de verde hablaba con una niña pelirroja.
-¡Andrea deja de molestar a los médicos! –sonó una voz de mujer a su espalda.
-Adiós médico –dijo, se dio media vuelta y volvió dando saltitos al área de pediatría.
-Adiós –dije mientras recogía mi moneda.
Hoy es veinticuatro de diciembre. Estoy de guardia y me perderé la comida familiar. No importa porque estoy contento. He descubierto que las bombillas de colores, las calles adornadas, los anuncios de cava y perfumes, los papanoeles por las calles, los regalos, las cenas y los árboles tienen un sentido: hacer que los niños sigan teniendo la ilusión de que existe un mundo fantástico donde los Reyes magos se lesionan la pierna al caer del camello. Gracias Andreaperezfuentes.
PS: ¿acaso no es posible que ese mundo exista? Feliz Navidad.

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO Y LA SEMANA MÁGICA DE CARREFOUR

Hay ocasiones en las que debes pedir que paren el tren porque tienes ganas de apearte. Ocasiones en las que no comprendes, no entiendes, o simplemente quizás no sabes.
Hoy me haré una serie de reflexiones a ver si me aclaro o finalmente llego a la conclusión de que soy cortito de luces.
En primer lugar asumiré que nos encontramos en un país civilizado, donde un montón de gente trabaja (más o menos a gusto) para pagar a unos políticos que gestionen o gobiernen, para que pongan orden. Si los gobernantes deben gestionar es porque asumimos que los ciudadanos (votantes, usuarios o clientes), debemos ser gobernados, pues es imposible una autogestión de los sistemas humanos, eso ya lo sabían hasta los atenienses. Hasta ahí llegamos todos. Es necesario poner guardias en las calles, cajeros en los bancos, porteros en los cines, etc... pues si no existieran sería un caos.
Imaginemos una situación: El Carrefour decide crear la semana mágica, siete días en los cuales elimina vigilantes, elimina cajeras, y pone todos los productos gratis. La quiebra sería completa en menos de cinco días, o bien se acabarían los productos, eso nadie lo duda. Por tanto llegamos a
Conclusión 1: Los ciudadanos necesitamos de la existencia de unas normas comunes y unos elementos reguladores, que gestionen la vida pública y los recursos. Esto es de segundo de primaria.
Y de la frase anterior me quedo con unos elementos: Normas comunes obligatorias (leyes, reglamentos...), reguladores (precio, vigilantes...) y recursos.
Y lo más interesante es que normas, reguladores y recursos deben estar en equilibrio. No podemos concebir que una norma prohibiera entrar a los feos en el Mercadona, que los precios fueran abusivos, que las cajeras maltrataran a los clientes o que faltaran alimentos, debe haber una estabilidad, un equilibrio.
Y así llegamos a la
Conclusión 2: Cualquier sistema humano para funcionar necesita un equilibrio entre las normas comunes, los elementos de control y los recursos.
Otra pregunta tonta. En la situación previa del supermercado de puertas abiertas, ¿Alguien que pasara por la puerta y cogiera una caja de leche, podría ser considerado culpable? No infringe normas, no hay vigilantes ni le piden nada a cambio. Por tanto actúa correctamente.
Conclusión 3: No podemos culpar al ciudadano que usa un servicio si lo hace de forma acorde con las leyes.
Por último me pregunto. ¿Sería posible y viable la creación de un producto o sistema humano que obviara estos tres elementos? Un sistema sin normas obligatorias, sin nadie que controlara el uso y disfrute y cuyos recursos fueran inacabables. Un Carrefour sin control de acceso, todo-gratis, sin que se acaben los productos...
Y ahora cambiaremos el supermercado por el sistema sanitario, donde a fin de cuentas tenemos usuarios (clientes/pacientes), recursos (personal, hospitales, centros sanitarios...) y normas de control (...? ) y analicemos las tres conclusiones previas:
Conclusión 1: ¿Existe alguna ley, norma o elemento que controle el acceso, uso y disfrute de las urgencias sanitarias en nuestro santo católico y apostólico país? ¿Puedo ir a un hospital de primer, segundo o tercer nivel a que el médico de urgencias me valore una verruga de dos años de evuloción? ¿Puedo llevar a un niño por un catarro de una semana cuatro veces al pediatra, cuatro a las urgencias de atención primaria y tres al hospital? Respuesta: sí.
Conclusión 2: ¿Existe un equilibrio entre los tres elementos normas, elementos de control y recursos? No hay normas que controlen el uso del sistema de urgencias, no hay elementos que puedan aplicar unas normas que no existen. Todo el peso recae en los recursos. En resumen: hay que atender a todo el que llega, primero a los más graves y después a los menos, pero a todos por igual. Sin parar, sin descanso, sin pausa hasta que revientes o el sistema se vaya al carajo.
Conclusión 3: ¿Son los usuarios los culpables? En mi opinión no, por los motivos arriba expuestos. Si algo no es ilegal ni va contra las normas, si nadie lo controla el ciudadano no es culpable. Ciudadano que roba a Hacienda es el que incumple sus normas. El ciudadano que despilfarra servicios sanitarios no roba aunque el daño para el sistema es equivalente.
En mi opinión tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Pero estoy plenamente convencido de que está cojo, no hay equilibrio, pues le fallan dos patas al banco. Y el problema de no tener equilibrio es evidente: te caes. Vamos a matar a la gallina de los huevos de oro y nos importa un rábano verde siempre que consigamos nuestra radiografía, nuestra analítica y la cita para el traumatólogo.
El Carrefour no aguantaría una semana. La sanidad lleva años , pero a veces tengo la impresión de que este sistema, como dicen en La Comarca, "va a pegar un explotío" que lo vamos a flipar. Ojalá me equivoque.
Quizás el problema es que los políticos encargados de decidir ciertas cuestiones están asustados pues temen perder el voto de sus queridísimos clientes/usuarios/VOTANTES. Porque la otra opción que me queda pensar es que son tontinabos o que les importa un pimiento el sistema, y eso no va a ser... ¿verdad?
Hasta aquí el problema. Mi solución en otro post que éste me salió un poco espeso para las fechas en que estamos.

LA RADIOGRAFÍA

-¡Maldita sea! -piensa el joven médico- debí haberle prestado más atención.
La paciente le había dicho minutos antes que tenía un dolor en forma de pinchazos en el pecho desde hacía dos semanas, ahogos, palpitaciones, cansancio y falta de apetito.
Se trataba de una mujer de mediana edad, con cierto sobrepeso, fumadora, depresiva, insomne, histerectomizada tres años antes y diagnosticada de fibromiálgica recalcitrante. A ello se unía un exceso de perfume barato y un continuo ay, ay ay que provocó que Víctor relajara sus alarmas mentales (mode piloto automático: On).
La exploración fue completamente normal, destacando un corazón que latía como una locomotora, dos pulmones que ventilaban como molinos y dos piernas convenientemente adornadas de pelos como alambres.
Víctor estaba convencido de que la paciente no tenía nada grave. Una convicción apoyada por un electrocardiograma de trazo limpio y ritmo normal con unos complejos exquisitamente dibujados y una analítica que sería la envidia del mismísimo Adán. Ni azúcar ni creatinina ni alteraciones de los iones. Ni troponinas ni hemoglobinas, nada. Ni una sola -ina que llevarse a la historia. Hasta los leucocitos eran normales, cosa harto sospechosa por otra parte.
Por último quedaba la radiografía...
Víctor sabía que siempre debía pedir "el completo" en los dolores torácicos porque a veces se llevaba alguna sorpresa. En esta ocasión sucedió.
Allí estaba, en el pulmón derecho. Exactamente a nivel de la sexta costilla derecha. Era una masa redondeada y siniestra que sin duda cambiaría la vida de aquella mujer alegremente diagnosticada como fibromiálgica-depresiva-insomne-histérica.
Nadie le había realizado una radiografía pese a haber acudido en varias ocasiones con el mismo dolor, y ahora era él, Víctor Bárcenas, el que debía enfrentarse a la cruda verdad, a comunicar la noticia.
Antes de informar a la paciente y familia decidió pedir el informe radiológico de la masa pulmonar, solicitando una orientación diagnóstica que le ayudara a decir a la paciente el tipo de tumor que sufría.
17.32 horas. Solicitud de informe. Paciente de 37 años sin antecedentes previos que presenta dolor en hemitórax derecho desde hace meses. En radiografía se aprecia nódulo a nivel de lóbulo medio de pulmón derecho. Ruego informe. Firmado: Doctor Bárcenas. Médico de Familia.
Pasaron casi dos horas eternas en las que el médico esperó con ansiedad el informe final del radiólogo.
-¿Me falta mucho doctor? -le preguntó la mujer intranquila.
-No se preocupe, he mandado a informar sus radiografías -el médico intentó aparentar seguridad- luego hablamos.
-¿Es que ha visto algo raro? -se cruzan las miradas.
19.17 horas: Informe radiológico. Radiografía de tórax en proyección PA. Corazón dentro de límites normales. No se aprecian lesiones óseas ni pleurales. Mediastino Normal. A nivel de sexta costilla derecha apreciamos imagen redondeada. Igualmente apreciamos dos lesiones más, similares a la previamente descrita, a nivel de segunda y cuarta costillas. Las características radiológicas de los nódulos descritos, junto con la existencia de imágenes hiperclaras en su interior, nos llevan a concluir sin lugar a dudas de que se tratan de tres botones de la bata de la paciente. Nota: rogamos desnudar a la paciente previamente a realizar las radiografías y realizar proyección lateral antes de meterse en mayores berengenales. Firmado: Dra. Cifuentes. Radióloga.

EL ARCO IRIS

Alicia da un nuevo sorbo al café amargo. Normalmente le gusta con un poco de leche y mucho azúcar, pero hoy es diferente. Hace dos años que no lo tomaba solo. Le apetece notar el sabor rasposo y duro del café arañando su garganta. Hoy es distinto a otros días. Si no estuviera trabajando incluso se tomaría un whisky. Hace meses que no bebe, y cuando lo hace suele tomarse un poquito de ron con mucha Coca cola, pero hoy…hoy ha vuelto a cambiar su vida, y se odia por ello.
Alicia había tomado una decisión hacía varios meses. Estaba convencida y lo había meditado durante semanas. Hoy vuelve a replantearse todo. No hay cosa que le dé más rabia que tener un pensamiento intruso. Son esos pensamientos que no se puede quitar de la cabeza por más que lo intente. Esos que la despiertan a las tres de la madrugada y hacen que pase horas mirando el techo, dando vueltas en la cama o mirando de reojo la lucecita de un eterno despertador que nunca llega a las siete. Ese pensamiento que se empeña en decirle que no, que no puede ser feliz porque él está ahí para que le dé mil y una vueltas al tema, para que analice cada detalle y lo multiplique hasta provocarle la punzada que tan bien conoce, para joderla como sólo saben hacerlo los pensamientos tóxicos. Por eso necesita algo que la dañe físicamente, algo que vuelva a ponerle los pies sobre la tierra. Notar el alcohol quemándole la garganta, seguido de esa sensación de irrealidad de la embriaguez irremediable. Por eso quiere castigarse, porque se siente imbécil.
Se habían conocido un sábado de madrugada. Alicia había salido con unas amigas y acababan de cortar la música en el último pub abierto. Es ese momento en el que se encienden las luces y un tipo con malas pulgas te invita a salir del local; ese instante en el que la luz descubre las caras de cansancio, los ojos enrojecidos y los maquillajes dejan de serlo para convertirse en curiosas máscaras en la madrugada. La hora en la que intentas salir con cierta compostura de un local donde minutos antes bailabas como si con Rafaella Carrá se acabara el mundo (para hacer bien el amor hay que venir al sur…).
-Disculpa –le dijo alguien- ¿sabes como puedo llegar al NH Zentrum?
-Pues, creo que te pilla un poco lejos –Alicia cruzó su mirada con unos ojos que brillaban en la noche. Los ojos más expresivos que jamás había visto.
Tres horas más tarde compartían desayuno en un bar con vistas a la bahía. Contemplaron cómo las brumas de la playa daban paso a una mañana de lluvia inclemente, compartieron risas y se mojaron por la calle de aquella ciudad junto al mar. Compartieron la habitación 709 del hotel NH Zentrum durante horas. Allí se comieron a besos, allí gozaron de sus cuerpos, allí durmieron a ratos. Allí compartieron secretos. Allí Alicia comprendió que se acababa de enamorar.
Se separaron dos días más tarde. Él debía volver a Madrid y ella debería seguir su vida. Se intercambiaron los números de teléfono, los mails y la promesa de seguir en contacto.
Alicia se había enamorado como sólo se debe enamorar a los diecisiete, con una única diferencia: había cumplido los treinta y dos.
Cinco mensajes al móvil, tres llamadas sin respuesta, tres correos electrónicos. Nada. Lo buscó en facebook, en tuenti, en twitter. Llegó a teclear su nombre en Google. Nada.
Entonces empezó el sufrimiento. Dolor por la duda, por no saber si debía buscarlo, si debía esperarlo, o simplemente olvidarlo.
Hubiera dado todo por un simple desplante, por un abandono. Por una negación de todo, por un olvido. Tardó casi dos años en darse cuenta, dos años plagados de dudas, de noches sin fin, de pensamientos tóxicos, de incertidumbre.
Hasta que una mañana decidió que ya no quedaba tiempo para la espera, empezaba el tiempo de olvido, y así empezó a limpiar su mente de aquel día de lluvia.
El proceso fue rápido. Una vez asumida la pérdida todo se limitó a seguir viviendo. Encontrar nuevas ilusiones, descubrir nuevas sensaciones, navegar nuevos cuerpos, vivir…
Hasta esta mañana. Alicia conducía como cada día hacia el bufete de abogados. Llovía de forma torrencial sobre la ciudad, en el CD del coche sonaba un adagio de Mozart y la joven abogada sonreía mientras seguía las notas. Tenía nuevas ilusiones, nuevos proyectos. Si todo iba bien la mandarían a Londres en unas semanas a cerrar un importante acuerdo. Luego vacaciones en Tokio, luego…Un taxi paró junto a su Audi A3, Alicia dirigió una mirada curiosa al ocupante del asiento trasero. Allí estaba él. Dos años y siete meses más tarde. Hablaba por teléfono mientras escribía algo en un bloc de notas. Fueron apenas diez segundos, el tiempo de cambiar a verde el color del semáforo, pero estaba completamente segura de que era él; los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo pelo. Él no la vio, pero en aquel preciso instante la vida de Alicia volvió a cambiar. La abogada de éxito segura e impetuosa, la considerada mejor negociadora del país, la mujer de los nervios de acero temblaba como una niña asustada a la vez que apretaba los puños con rabia al darse cuenta de que sabía que habían sido exactamente 875 días esperando.
Tres horas y varios cafés más tarde Alicia huye del gran edificio donde trabaja. Llueve como nunca sobre su ciudad junto a la playa. Alicia camina bajo la lluvia hasta llegar a la orilla y deja que las olas acaricien sus pies. Piensa que quizás debería haberle llamado, haberle gritado, haber salido del coche para pedirle explicaciones. O no… Está completamente segura de que nuevamente los pensamientos tóxicos se alojarán en su alma durante unos meses.
Sigue lloviendo, pero a lo lejos se abre un claro entre las nubes. Y entonces lo ve. Un arco iris espectacular, de esos con los siete los colores que nace en el horizonte imposible donde acaba el mar, para atravesar todo el paisaje y anclarse al otro lado del océano. Entonces lo comprende todo, se da cuenta de que no ha sufrido por su pérdida, sino porque durante dos años lo había estado esperando sin darse cuenta. Alicia se sienta frente al inmenso arco de colores, enciende un cigarrillo y sonríe.

CAMBALACHE

Siglo veinte cambalache, problematico y febril... decía el viejo tango que ahora suena en sus oidos de esa forma que sólo los argentinos saben decir: arrastrando las sílabas, recreándose, adornando las vocales, imaginando acentos imposibles.
El joven Víctor Bárcenas tiene la impresión de que se ha perdido algo...Conduce de vuelta a casa y en la radio suena el viejo tango. Siglo veinte cambalache...
Ramiro siempre insistía en que su acento no era argentino. Él era uruguayo, pero para todos era el enfermero argentino. A sus cuarenta y cinco años y más de veinte años en España trabajando como enfermero sumaba su participación en campañas de lucha contra el SIDA en Kenia, las colaboraciones en equipos quirúrgicos en los campos de refugiados y su experiencia en socorrismo acuático. Moreno, aunque de pelo escaso y con algunas canas. Grandes ojos marrones, expresivos y directos. Alto y espigado gracias a interminables horas de gimnasio, tenía tres pasiones: Su compañera Lara, una guapísima cordobesa; su hijo Leo, diez años de vitalidad y pelos alborotados. Y el tango...
Víctor lo había conocido tres años atrás cuando aún era residente. Siempre con una sonrisa, siempre con las cosas muy claras, siempre tarareando alguna canción de Gardel, Goyeneche o Alfredo Belusi mientras cogía una vía o curaba una herida.
-¿Por qué siempre cantas tangos? -le preguntó un día
-Sirven para espantar los malos espítritus -le respondió- además en las letras del tango se dicen las cinco verdades de la vida: amor, pasión, venganza, traición y dinero.
Desde esa noche ambos se habían hecho grandes amigos. En las madrugadas imposibles en las que todos dormían, Ramiro traía viejas grabaciones y las comentaba con Víctor. Hablaban de la vida, del amor, del dolor.
Una noche habían comentado el gran dilema: hasta donde estarían dispuestos a luchar en caso de enfermar.
-No sé hasta donde llegaría -dijo Víctor.
-Yo lo tengo muy claro -respondio el uruguayo- el día que sepa que la parca viene a por mí, no de daré chance de regodearse. Me quito de enemedio y punto.
Pasaron los meses. Y el dolor llegó a la vida de Ramiro. Como casi siempre, la enfermedad decide marcar con su mano siniestra de la forma más vil y rastrera. Como siempre sucede, la muerte decidió jugar al escondite y el invitado era Ramiro Mendoza. Una leucemia aguda, debilitante y progresiva que lo mataría en menos de un año. Sin esperanzas...Ninguna esperanza, y ambos lo sabían.
Y entonces el enfermero de ojos marrones pasó al otro lado de la trinchera. Ahora no compartían cigarrillos en la puerta, ni cenaban bocatas de mortadela mientras comentaban las letras tremendas de Cátulo Castillo.
La muerte venía de frente, y ambos sabían que la cosa no tenía arreglo. Pero Ramiro seguía tarareando viejos tangos mientras esperaba el fin de la enésima analítica, mientras recibía una nueva transfusión. Siglo veinte, problemático y febril...
El hombre atlético y ágil pasó a ser un amasijo de huesos pálido y ojeroso que se desplazaba en silla de ruedas con su mantita a cuadros sobre el regazo y su sonrisa a modo de excusa vital.
Aquella noche había sido especialmente rara. Quedaban dos pacientes en la zona de observación: Un chico que dormía su inquieta borrachera y Ramiro.
Casi todos dormitaban en la tranquilidad de esas escasas noches apacibles.
Ramiro llamó a Víctor y estuvieron compartiendo unas letras. Esa noche el joven médico notó que a su amigo le faltaba luz en la mirada.
-¿Te pasa algo? -le preguntó.
-Creo que llegué al final del camino mi amigo.
-Te voy a preguntar algo, porque creo que puedo hacerlo.
-Dime.
-Siempre dijiste que si enfermabas así te quitarías antes de enmedio, que...
-Que no dejaría que la enfermedad jugara con mis depojos -repuso- si siempre lo dije.
-¿Y por qué luchas?
-No lucho -repuso el uruguayo- No lo hago por creencias religiosas. No lo hago por la esperanza de curarme, pues sé como viene esto. No lo hago por seguir vivo, pues sé que el camino se acabó hace meses para mí. Únicamente lo hago para que mi hijo nunca me vea derrotado. Para que nunca piense que a su viejo lo vencieron, para que siempre me recuerde luchando. Ahora ya lo sabes...
Quince días más tarde Víctor Bárcenas acudía al funeral del que fuera su amigo. Llovía con fuerza. Ramiro se había ido. Seguía la vida, una cordobesa de ojos profundos caminaba con un niño de pelo azabache. Ambos se mojaban, ambos miraban al frente. Entonces Víctor empezó a tararear una vieja canción.
Siglo veinte cambalache, problematico y febril...