MATER AMATISIMA

-¿Y puedes estar embarazada? -pregunta el médico a la joven de dieciséis años.
Al lado de la chica, una adolescente de pelo liso y mirada angelical, se sienta la madre; una señora de aspecto malencarado y mirada controladora que previamente ha colocado su bolso (Dolce & Gabana de nueve euros en la tienda de los chinos) sobre la mesa del médico.
La señora ha respondido a todas y cada una de las preguntas que el médico ha realizado a la joven: alergias, tratamientos, operaciones, enfermedades...
También ha respondido con diligencia acerca de cuando empezaron los vómitos de su hija, las características del mismo y si le dolía el abdomen...
-Es que tengo miedo, no se me vaya a deshidratar, o lo que es peor que sea una pendicitis y me pase como me pasó con la hermana.
-¿Qué pasó con la hermana? -Víctor acaba de caer en la trampa.

-Pues que la traje al menos cinco veces, hasta que al final fue una pendicitis pasada.
El médico le repite la pregunta a la paciente:
-¿Y puedes estar embarazada?
-¡No puede estarlo! -responde la madre- pero si ni siquiera tiene novio ¿verdad Vanesa?...
El médico mira a la joven paciente con curiosidad, ella evita sus ojos y mira hacia el suelo azorada.
-Señoras y señores, bienvenidos al show -piensa Víctor Bárcenas.

LOS BESOS PERDIDOS

-No se preocupe, lo haré -reponde Víctor Bárcenas sabiendo que miente.
Jordi Poset era el mejor y lo sabía...
Acababa de cumplir los cuarenta y dos años y estaba a punto de coronar la cima. Esa misma noche había firmado como vicepresidente primero del grupo de abogados Femasa y Asociados. Eso significaba dirigir de facto el bufete, diez mil euros netos al mes y entrar en el reparto de primas a fin de año.

Jordi Poset era el mejor y lo sabía...
Hacía diez años que se casó con Lucía, una guapísima recepcionista que conoció en sus años como becario. Fruto de la relación nació Laia, la niña más guapa del mundo, según la abuela Sira. Una niña de seis años con unos increíbles ojos azules y el pelo azabache. Precisamente ese día acababa de celebrar su cumpleaños. Jordi no pudo asistir por culpa de esta reunión de última hora. Cuando había podido llamarla ya era demasiado tarde y Laia dormía.
-¿Cuando llegarás? -preguntó Lucía.
-Acabo de terminar la reunión, tengo estupendas noticias -respondió Jordi.
-Laia te dejó un trozo de tarta en la nevera.
-Le compré un regalito -responde Jordi tocando la cajita verde que reposa en el bolsillo derecho de su chaqueta.
-No tardes.
-Prométamelo -enfermo 5 agarra la muñeca del médico...
Jordi Poset era el mejor, y lo sabía...
Sabía que imponía respeto y admiración cada vez que llegaba a las oficinas del bufete luciendo su sonrisa sincera y su corbata de Hermés. Siempre llevaba el pelo corto, casi como un militar, donde ya empezaban a aparacer algunas canas. De porte esbelto, su mandíbula marcada y el bronceado natural enmarcaban unos ojos verdes y una sonrisa permanente que lo convertían en un hombre realmente atractivo. El Chico Hermés, le llamaban las secretarias por su afición a las corbatas de lujo y los trajes de diseño.
Jordi Poset era el mejor y lo sabía...
hacía tres años que no viajaba con Lucía y Laia, también era cierto que siempre llegaba tarde a casa. Pero Laia lo adoraba y siempre le dejaba una nota en el frigorífico recordándole que ya sabía restar, que se había peleado en el recreo o simplemente que le deseaba buenas noches.
Algún día se irían de vacaciones lejos, muy lejos. Los tres...
Ahora lo importante era llegar a la cima, triunfar, asegurar la posición familiar, pagar el ático junto a la Plaza de Catalunya.

Acababa de firmar el contrato de su vida, y en un par de años quizás todo sería perfecto.
Enfermo-5 acaba de entrar en el área de críticos. Aún ni siquiera tienen sus datos.

Unos minutos antes su Audi A6 se ha empotrado contra un tractor con la mala suerte de que una aguja de enganche ha destrozado el abdomen del conductor.Apenas tiene pulso; se hará lo humanamente posible, se intentará lo imposible...

Con prisas lo desnudan sobre la camilla, le aseguran dos vías periféricas, se avisa al cirujano de guardia, se prepara la intubación...

Enfermo 5 delira agarrado a la mano del médico de guardia:

-¿Es usted alérgico a algo? ¿recuerda qué le ha pasado? -le pregunta Víctor.
-Quiero que vaya a hablar con Lucía -dice enfermo 5.

-¿Pero qué dice? -el médico parece confuso.

-Pídale perdón en mi nombre -reponde- perdón por los besos que nunca le dí, por las noches que Laia se durmió esperándome. Pídale perdón por no contarle los mil cuentos que le prometí, por olvidar que había aprendido la tabla del tres, por el viaje que nunca haremos...

Enfermo 5 se apaga...

-Su regalo de cumpleaños está en una cajita verde, dígale que no lo he olvidado, dígale...

El resto fueron veinte minutos de reanimación, incontables ciclos de adrenalina, algunas descargas del desfibrilador y por fin la orden de parar.

Alguien trae la documentación de enfermo 5. Demasiado tarde quizás.

Víctor mira el reloj. Las doce y cincuenta y tres minutos. Mira al suelo y descubre una cajita verde junto a una chaqueta arrugada y a una corbata de Hermés.

Con mucho cuidado, el médico abre la caja y descubre dentro un colgante con la imagen de Bob Esponja.

Entonces Víctor Bárcenas abandona la sala sabiendo que aún queda algo que hacer por enfermo 5. Tiene una conversación pendiente...


PS: Dedicado a todos los que deben perderse la infancia de los suyos por una lucha a veces absurda. Y a todos los cuentos que no pude contarle a mi princesa de ojos miel.

MEARSE EN MITAD DE LA CALLE

Imaginemos amiguitos. Y hoy estoy con ganas de pensar porque anoche tuve una noche de perros, porque apenas dormí. Y sobre todo porque hay cosas que me ponen de los nervios.

Imaginate, querido lector o lectora, que vas caminando por la calle y un individuo pasea su perro salchicha junto a ti. Entonces el perrito en cuestión te mira con cara de “hola caracola” y suelta un mojoncete justo en mitad de la calle. No sería extraño que alguien diera un toque de atención al ciudadano por su falta de civismo (y al perro por lo feo). Por no hablar del caso en que un sujeto se dedicara a romper farolas, quemar cubos de basura, o hacer pis en los jardines. En ese caso el vándalo puede hasta acabar entre rejas.

-Oiga señor, que eso lo pagamos entre todos –le diríamos. En el fondo lo que hay en estas conductas es un abuso de la propia libertad que terminamos pagando con nuestros impuestos. Y eso jode.

Imaginate ahora que vamos a las urgencias de un hospital. Aunque no lo creamos, en ese sitio lleno de pasillos y cristales hay un número de profesionales limitado y que, en razón de la universalidad de la asistencia (todo gratis, siempre gratis y para lo que sea), los que ahí estamos debemos atender a todo el que “se saque una ficha”. Si somos ocho médicos y debemos atenderlos a todos, la calidad de la asistencia mermará si en lugar de 100 pacientes atendemos a 500 (eso lo entiende hasta mi niña de 8 años). Por mera curiosidad miro los últimos motivos de consulta en pacientes atendidos en un hospital: catarro, dolor cuello tras accidente hace una semana, dolor esternal, Epigastralgia hace una semana, presíncope y mareos, dolor de muelas, síndrome catarral que no mejora, cefalea hace 24 horas, sinusitis, dolor hipogastrio hace meses, herida en pierna, mancha en la pierna, resfriado, tos y mocos, ronquera, dolor torácico, dolor de oido, necrosis pie diabético, fiebre de un día de evolución ahora sin fiebre, dificultad respiratoria saturación 96%, torcedura de tobillo, tos y mocos (dos fichas, pues se trata de los dos hermanos). Y así hasta el infinito y más allá. Cuando llegue el paciente realmente grave muy probablemente cogerá al médico cansado, mirando la enésima garganta o simplemente saturado. Lo peor del caso es que, si pongo el oído en la sala de espera, nadie se avergonzará de saturar un servicio sanitario con síntomas leves, nadie acusará de falta de civismo a nadie, únicamente se oirán quejas acerca de la tardanza en ser atendidos o al diagnóstico poco específico que le han dado. No creo que el pago por los servicios sea la solución. Imagino que el día en que los ciudadanos seamos conscientes de que usar un servicio sanitario de forma abusiva es equivalente a mearse en mitad de la calle algunas cosas empezarán a cambiar. Mientras tanto, vayan sacando su ficha y sean bienvenidos a este divertido espectáculo.

MECÁNICA VERSUS MEDICINA

Quizás es cierto que soy un quejica. Eso no lo dudo. Sin embargo hay ocasiones en las que me parece que me estoy perdiendo algo, o quizás es que soy directamente gilipollas. Hace dos días llevé mi cutre-coche kinkillero al doscientómetro. Así llamo yo al Taller de reparaciones, donde cada vez que me ven asomar por la puerta suenan las fanfarrias, la recepcionista se pone a hacer el pino y empiezan a marcar los doscientos eurazos en la factura. Pero en esta ocasión yo llevaba las de ganar. El simple cambio de una bombilla, cambio de aceite y el piloto trasero con un agujerito no debía ser demasiado doloroso para mis mermadas arcas.

-No te preocupes –me dijo sonriente la encargada de los clavos facturísticos- mañana por la tarde te lo tenemos listo.

Cuando oí eso de "te lo tenemos listo", me dí cuenta de que no quería decir "te lo tenemos, listo", pues para listos ya están ellos. Además percibí claramente un sonido como de caja registradora en su tono de voz. Mi pensamiento se fue directamente a la ración de langostinos que se iban a zampar a cuenta de mi visa.

Ayer, cuando iba a recoger mi troncomóvil, notaba que mi tarjeta de crédito vibraba de puro pánico ante el cepillado que se podía avecinar.

-Doscientos treinta y cuatro con ochenta y dos -me dijo muy sonriente la señorita de rojo.

Inicialmente pensé que, como son fechas próximas a la semana santa, querían mantener la tradición de los doscientos euros, luego mi cara cambió de un color azulado berengenoide a coger un tinte pajizo que me asustó, sobre todo al leer el detalle de la factura:

-Mano de Obra: 1 hora y 30 minutos empleados en cambiar el aceite, poner una bombilla y cambiar un piloto. Me cobran cada hora de trabajo a 41 euros, más un 18% de IVA se me pone en 48.38 eurípides la hora. Por mera curiosidad me dispongo a mirar mi nómina y compruebo que apenas llego a ganar 16 euros la hora como médico especialista en Medicina familiar y Comunitaria. A fin de mes gano algo más debido a que echo más horas que un reloj en urgencias, incluidas noches, festivos y fiestas de guardar.

Para colmo me cobran 3.18 euritos por ponerme agua destilada y liquido de limpiaparabrisas sin consultarme ni pedirme mi opinión (la propina, imagino).

En definitiva, que me vine para casita con 234 euros menos y más feliz que una lombriz. Eso sí, también pensando en lo bien que me iría haber montado un taller de mecánico en lugar de estar 10 años estudiando esta carrerita de mediquillo de medio pelo (lo de mediquillo es tema de otro post, que explicaré más adelante, y que hoy me reservo para no hacer mala sangre).

PABLITO Y EL TEMBLOR

-Y yo le digo que esto ya no es normal -asegura la madre ofuscada- mi niño no suelta la bronquitis desde hace dos meses, y así no puede seguir.

El tono de voz en la doña Purificación denota una mezcla de enfado, reproche y acusación hacia el médico.

-Y que sepa usted -prosigue alzando la voz- que es la tercera vez que lo traigo por lo mismo. Algo tendrá el niño digo yo, porque ya lleva ventolín , pulmicor, lastilsona y nada de mejoría, al contrario, va de mal en peor. Y yo de esto entiendo, pues vaya calvario que llevamos pasado.

-Señora, ya compruebo que ha acudido a este servicio en tres ocasiones esta semana -dice el médico armándose de paciencia mientras observa a Pablo.

-Sí, y la doctora de ayer me lo echó sin hacerle ni una radiografía. Pero es que su pediatra, bueno digo pediatra pero creo que no es ni pediatra, me dice que no tiene nada. Y el niño tiene algo, porque además no me come.

Pablo, sentado en su silla, observa con atención a su señora madre.

Pablo Quintana está enfermo. No es que naciera enfermo, es que ya lo estaba en el santo útero que lo cobijaba.

Doña Purificación Marchena, afortunadamente lo había detectado bien pronto; y así lo había comunicado a don Romualdo Frastillas, el Ginecólogo de la familia.

-Don Romualdo -le dijo en su última revisión- para mí que el niño viene malito, si apenas se mueve. ¿no tendría usted unas vitaminas?

El parto de Pablito no fue complicado, tampoco podemos calificarlo de traumático, fue simplemente una escena de la matanza de Texas gracias a un proverbial ataque de pánico de la madre que intentó salir corriendo en mitad del expulsivo y a un oportuno ataque de furia del padre intentando dirigir el parto cámara en mano.

A los tres meses Pablito fue diagnosticado de dermatitis atópica. Semanas más tarde el oftalmólogo Paulino Piernas le trataba una dacriocistitis y cuando el bebé cumplía seis meses fue diagnosticado de una oportuna intolerancia a la lactosa gracias a un milagroso análisis prescrito por el digestólogo pediátrico don Facundino Molins.

Definitivamente Pablo era un niño con suerte, porque a los dos años y medio su madre decidió visitar a don Jaculino Berceiro, el neumólogo infantil más reputado de la Comarca que diagnosticó un asma incipiente.

-Este niño tiene una bronquitis asmática señora -sentenció don Jaculino mientras pensaba que la señora Purificación bien pasaría por un percebe gigante.

Pero si eso era buena suerte, definitivamente podemos calificar a Pablito tocado por la mano de Dios, porque un día el tío Blas observó que Pablito andaba zambo. Pero la probervial fortuna de Pablito hizo que don Vernáculo Cifuentes le recetara un par de zapatos ortopédicos que eran mano de santo.

Y si esto había sido buena fortuna, de cuasi milagro podemos considerar el precoz diagnóstico de miopía incipiente que había hecho don Félix Cantueso cuando el niño tenía cinco años.

Doña Purificación estaba feliz y contenta. El niño le había salido malito, pero siempre tuvo grandes médicos que estaban salvando a Pablito de una vida de padecimientos y torturas.

Víctor termina de oír los antecedentes médicos de Pablo. Es un niño de nueve años delgado, muy delgado. La palidez de su piel contrasta con unos ojos azules grandes y expresivos que lo miran con miedo detrás de unas gafas de pasta verde. Sus manos, delgadas y huesudas muestran un temblor casi imperceptible. Viste una blusa azul y un pantalón corto. Calza unos zapatos ortopédicos y unos calcetines blancos hasta la rodilla.

El joven médico explora al niño y únicamente le encuentra una faringe algo enrojecida.

-Señora, Pablo no tiene nada grave ni fuera de lo normal -intenta explicar el médico. En ese instante nota cómo el rostro del niño se relaja.

-¿Me lo va usted a decir a mí? -responde doña Purificación ofuscada- a ver si va usted a saber más que don Jaculino. El niño está cogido al pecho y que sepa que si no lo llevo a don Jaculino es porque es sábado.

-Me parece muy bien señora, pero...

-Además, el niño está para análisis, radiografía y antibiótico, se le ve en la cara.

Entonces Víctor Bárcenas se fija en las manos temblorosas de Pablo y toma una decisión. Nunca hasta ese momento lo ha hecho, sabe que se la va a jugar, pero está decidido.

El médico gira la cabeza y mira fijamente a Pablo Quintana, ignorando a doña Pura.

-Pablo -le dice al niño que lo mira fijamente- no te preocupes que no tienes nada malo. Me parece que tú eres un niño normal.

El médico se levanta y acaricia la cabeza del niño.

-¿Entonces no me va a pinchar?

-No te voy a pinchar porque no estás tan malo. No te voy a pinchar porque casi seguro que te vas a curar muy pronto. Y ahora te voy a contar un secreto-y entonces acerca su boca al oído del niño- no tengas miedo, nunca vuelvas a tener miedo.

Luego mira a su izquierda y encuentra la cara congestionada de doña Purificación

-Pues espero por su bien que al niño no le pase nada -amenaza la señora a la vez que se levanta y coge al niño de la mano para salir.

El joven médico se queda en su silla mientras madre e hijo abandonan la consulta. En un último segundo, justo antes de salir, Pablo gira su cabeza y lo mira. El niño le sonríe.

Entonces Víctor se da cuenta de que todo mereció la pena.

DORMITORIO

Se cumplen veintidós horas y seis minutos de trabajo continuado. He subido al dormitorio en busca de apenas dos horas de sueño robado y abrupto. Sueño sembrado de pacientes y miradas. El sueño furtivo durante la guardia, en el que no te quitas el pijama verde, no sé si por falta de fuerzas o por miedo a la llamada urgente que casi seguro te levantará. Apenas dos minutos adorando la noche de seda antes de dejarme caer sobre el colchón. Quince segundos antes de caer en un mundo cercano a la inconsciencia. Sé que el politono de Nokia que tanto odio me dará el susto en cualquier momento, pero no puedo evitar que el cansancio me doblegue. Ha sido un día extenuente, porque no puede ser de otra manera. Sé que dentro de unos minutos dormiré, pero antes doy un último repaso a las mil caras que pasaron ante mí creando una especie de collage fantasmagórico. Un rápido recorrido mental evoca en mi mente la cara de aquel hombre de bastón que buscaba a su mujer entre las camas, la mano suave de una enfermera acariciando la cabeza rala de aquella mujer del pijama blanco. Y mi boca dibuja una sonrisa de terciopelo al evocar la cara de sorpresa de todos cuando aquel señor del sillón 3 nos dijo que practicaba trucos de magia y nos regaló uno de ellos mientras esperaba su mejoría. Cientos de caras pasaron ante mí en esta guardia llena de dolor y temor. A mi mente acude la cara de la señora de la cama 6. No recuerdo si le dejé pedida analítica para mañana. La mirada de aquella mujer que no quería ingresar por miedo a no volver a ver su casa, el acento del anciano de Gijón que, de vacaciones en nuestras playas, había empezado a morirse aquel sábado por la tarde. Entonces me siento, susurro unas letras de la Carmen de Bizet. Un pensamiento extraño me asalta:

-¿Quién me mandaba meterme en este lío? -pienso. Entonces respiro profundo y doy gracias a la vida por colocarme en este preciso punto que ahora vivo, y a mis pacientes por hacerme sentir vivo en mi trabajo, eso es lo realmente importante. Dentro de unos segundos dormiré.

Entonces pienso que sería bonito compartir este instante mágico contigo, que vives al otro lado de la pantalla. También eres importante pues al leerme pasas a formar parte del Universo de este blog absurdo y multicolor. Mañana sérá otro día.

Buenas noches mundo...