-Y yo le digo que esto ya no es normal -asegura la madre ofuscada- mi niño no suelta la bronquitis desde hace dos meses, y así no puede seguir.
El tono de voz en la doña Purificación denota una mezcla de enfado, reproche y acusación hacia el médico.
-Y que sepa usted -prosigue alzando la voz- que es la tercera vez que lo traigo por lo mismo. Algo tendrá el niño digo yo, porque ya lleva ventolín , pulmicor, lastilsona y nada de mejoría, al contrario, va de mal en peor. Y yo de esto entiendo, pues vaya calvario que llevamos pasado.
-Señora, ya compruebo que ha acudido a este servicio en tres ocasiones esta semana -dice el médico armándose de paciencia mientras observa a Pablo.
-Sí, y la doctora de ayer me lo echó sin hacerle ni una radiografía. Pero es que su pediatra, bueno digo pediatra pero creo que no es ni pediatra, me dice que no tiene nada. Y el niño tiene algo, porque además no me come.
Pablo, sentado en su silla, observa con atención a su señora madre.
Pablo Quintana está enfermo. No es que naciera enfermo, es que ya lo estaba en el santo útero que lo cobijaba.
Doña Purificación Marchena, afortunadamente lo había detectado bien pronto; y así lo había comunicado a don Romualdo Frastillas, el Ginecólogo de la familia.
-Don Romualdo -le dijo en su última revisión- para mí que el niño viene malito, si apenas se mueve. ¿no tendría usted unas vitaminas?
El parto de Pablito no fue complicado, tampoco podemos calificarlo de traumático, fue simplemente una escena de la matanza de Texas gracias a un proverbial ataque de pánico de la madre que intentó salir corriendo en mitad del expulsivo y a un oportuno ataque de furia del padre intentando dirigir el parto cámara en mano.
A los tres meses Pablito fue diagnosticado de dermatitis atópica. Semanas más tarde el oftalmólogo Paulino Piernas le trataba una dacriocistitis y cuando el bebé cumplía seis meses fue diagnosticado de una oportuna intolerancia a la lactosa gracias a un milagroso análisis prescrito por el digestólogo pediátrico don Facundino Molins.
Definitivamente Pablo era un niño con suerte, porque a los dos años y medio su madre decidió visitar a don Jaculino Berceiro, el neumólogo infantil más reputado de la Comarca que diagnosticó un asma incipiente.
-Este niño tiene una bronquitis asmática señora -sentenció don Jaculino mientras pensaba que la señora Purificación bien pasaría por un percebe gigante.
Pero si eso era buena suerte, definitivamente podemos calificar a Pablito tocado por la mano de Dios, porque un día el tío Blas observó que Pablito andaba zambo. Pero la probervial fortuna de Pablito hizo que don Vernáculo Cifuentes le recetara un par de zapatos ortopédicos que eran mano de santo.
Y si esto había sido buena fortuna, de cuasi milagro podemos considerar el precoz diagnóstico de miopía incipiente que había hecho don Félix Cantueso cuando el niño tenía cinco años.
Doña Purificación estaba feliz y contenta. El niño le había salido malito, pero siempre tuvo grandes médicos que estaban salvando a Pablito de una vida de padecimientos y torturas.
Víctor termina de oír los antecedentes médicos de Pablo. Es un niño de nueve años delgado, muy delgado. La palidez de su piel contrasta con unos ojos azules grandes y expresivos que lo miran con miedo detrás de unas gafas de pasta verde. Sus manos, delgadas y huesudas muestran un temblor casi imperceptible. Viste una blusa azul y un pantalón corto. Calza unos zapatos ortopédicos y unos calcetines blancos hasta la rodilla.
El joven médico explora al niño y únicamente le encuentra una faringe algo enrojecida.
-Señora, Pablo no tiene nada grave ni fuera de lo normal -intenta explicar el médico. En ese instante nota cómo el rostro del niño se relaja.
-¿Me lo va usted a decir a mí? -responde doña Purificación ofuscada- a ver si va usted a saber más que don Jaculino. El niño está cogido al pecho y que sepa que si no lo llevo a don Jaculino es porque es sábado.
-Me parece muy bien señora, pero...
-Además, el niño está para análisis, radiografía y antibiótico, se le ve en la cara.
Entonces Víctor Bárcenas se fija en las manos temblorosas de Pablo y toma una decisión. Nunca hasta ese momento lo ha hecho, sabe que se la va a jugar, pero está decidido.
El médico gira la cabeza y mira fijamente a Pablo Quintana, ignorando a doña Pura.
-Pablo -le dice al niño que lo mira fijamente- no te preocupes que no tienes nada malo. Me parece que tú eres un niño normal.
El médico se levanta y acaricia la cabeza del niño.
-¿Entonces no me va a pinchar?
-No te voy a pinchar porque no estás tan malo. No te voy a pinchar porque casi seguro que te vas a curar muy pronto. Y ahora te voy a contar un secreto-y entonces acerca su boca al oído del niño- no tengas miedo, nunca vuelvas a tener miedo.
Luego mira a su izquierda y encuentra la cara congestionada de doña Purificación
-Pues espero por su bien que al niño no le pase nada -amenaza la señora a la vez que se levanta y coge al niño de la mano para salir.
El joven médico se queda en su silla mientras madre e hijo abandonan la consulta. En un último segundo, justo antes de salir, Pablo gira su cabeza y lo mira. El niño le sonríe.
Entonces Víctor se da cuenta de que todo mereció la pena.