EL CORAZÓN DESBOCADO

Ella era casi una mujercita. Quizás tendría trece años y...
Víctor no solía recordar las caras de los pacientes, pero aquella niña lo había acompañado en los últimos seis años. Quizás casualidad, quizás magia, pero la niña había acudido cinco veces en los últimos años y siempre había sido atendida por el mismo médico.
La primera vez él era un residente asustado y ella una niña de siete años de ojos profundamente marrones, pelo rojo y pecas alrededor de una naricilla pequeña y respingona.
-Abre la boca ojos de miel -le dijo aquella vez en broma.
La segunda vez se reconocieron al instante, la niña volvía a los tres días con la misma tos de perro. La madre estaba intranquila por la falta de mejoría, y el médico residente asustado por el miedo al error. Los primeros meses el joven médico percibía cada paciente que reingresaba en urgencias como un fracaso estrepitoso.
Víctor recordaba que le acarició el pelo a la salida. Le había ajustado el tratamiento con un corticoide oral. Ojalá no volviera
Meses más tarde fue un dolor en la muñeca, y el joven médico ya era un residente de tercer año, con cientos de horas de trinchera a sus espaldas. A pesar de todo reconoció a la niña de las pecas.
-Oye, pero si tú eres la niña de los ojos de miel -le dijo al reconocerla- ¿ y aquella tos perruna del invierno?
-Ya pasó, con el jarabe mejoró bastante -sonrió la madre sorprendida.
Pasaron dos años hasta que la niña volvía por urgencias. En esa ocasión el paciente era su hermano de seis meses con fiebre.
Fue algo inexplicable, pero Víctor, a pesar de su mala memoria, recordó la cara.
-Hola ojos de miel -le dijo sonriendo- veo que ya tienes un hermano pequeño.
-Sí, se llama Pablo -respondió la niña sonriendo al pensar que aquel hombre de verde posiblemente vivía en el hospital, pues estaba a todas horas.
Dos años más tarde fue un corte en la pierna tras una caída en la playa. Fue una de esas tardes de Julio en las que la zona de espera de pediatría rebosa de niños vomitosos, padres acalorados y abuelas exigentes. Uno de esos turnos infernales en los que el médico de pediatría debe administrar el tiempo, exprimirlo y dilatarlo para poder conjugar los conceptos de asistencia médica digna con "dese prisa que me cierran el mercadona".
Apenas coincidieron dos minutos, lo justo para valorar la herida y mandarla a enfermería.
La niña había llorado y unos surcos de lágrimas marcaban su cara.
-Toma ojos de miel -le dijo- limpiate esa cara, que no se te ven las pecas.
Y pasó el tiempo. No volvieron a verse.
En realidad una vez se cruzaron en el centro comercial. Víctor curioseaba entre libros y los vio pasar por el pasillo cercano. Los padres delante, con un carrito, y la niña un poco rezagada mirando los lápices.
-Venga Julia -gritó la madre- siempre te quedas atrás.
El médico tuvo cierto reparo de saludarlos. En definitiva estaban fuera de su espacio natural, y ni siquiera se conocían. De hecho no recordaba que se llamara Julia.
Víctor acabó su periodo de formación, pasaron tres años y la vida siguió su camino.
Ella era casi una mujercita. Quizás tendría trece años y... e
sa tarde el turno estaba siendo tranquilo, hasta que sonó la alarma de paciente con prioridad uno.
No es algo usual que un niño tenga una taquicardia a doscientos setenta latidos por minuto. Pero ella no se había quejado. Únicamente refería de cansancio desde esa misma mañana.

Ya no era la niña de siete años con tos, tampoco él era el médico asustado ante la posibilidad del error. Era una jovencita de pelo rojo que miraba asustada a todos los que la rodeaban mientras el monitor marcaba el ritmo frenético de su corazón. Tendida sobre la camilla , una mascarilla ocultaba su boca. El joven médico se acercó a la cabecera y tocó el pelo rojo.

-Hola ojos de miel -le sonrió- ¿pero qué te ha pasado esta vez?

-No sé -intentó sonreir sin conserguirlo- creo que es mi corazón. Menos mal que tú siempre estás aquí, porque si no...

El joven médico limpió con un pañuelo la lágrima que salía bajo la mascarilla de la joven surcando una mejilla plagada de pecas.

Siete personas rodeaban la camilla, pero nadie hablaba. Únicamente el pitido rítmico del monitor y el silbido del oxígeno.

Entonces la joven miró a su alrededor y lo dijo:

-Perdonadme -dijo con timidez- perdonadme, yo no quería...

Dedicado a esos pacientes que se cruzan de forma intermitente en nuestra vida creando unos lazos llenos de magia. También a los que recuerdan la cara de sus pacientes, porque debemos saber que ellos nunca olvidan la nuestra.