LA GENTE Y EL ALMA

...esta mañana he sentido un frío irreal y doloroso que me ha recorrido atravesándome como un rayo. 
(No me considero alguien especialmente bueno; creo que soy una persona bastante normal, con mis intereses, mis ilusiones y mis egoísmos. Sin duda no soy un héroe ni una persona con una bondad extrema. 
Si bien es cierto que no puedo soportar el sufrimiento de un niño, eso no me convierte en alguien bondadoso.)
Esta mañana no tenía nada de especial. Una de esas mañanas de otoño que empiezan con una tostada, un café con leche, y algo de sueño atrasado con la radio de fondo.
(No soy el más sensible, ni el más solidario. Lloro en el cine  cuando las películas son de llorar, me río cuando son de reír y me aburro cuando son de directores iraníes.) 
La tostada estaba casi acabada y el café se enfriaba cuando una periodista de voz neutra anunciaba la entrevista al presidente de un gran banco.
La voz de aquel hombre sonaba gélida, casi glacial, mientras desgranaba cifras multimillonarias.
(No soy un héroe, tampoco un villano, pero aquellas palabras...)
-Sin duda debemos ganar en competitividad -la voz sonaba eléctrica, impersonal, sin alma- y eso lo conseguiremos redimensionando las plantillas.
-¿cuanta gente? -la voz de la periodista sonaba sin tono.
-Estimamos que unas seis mil personas.
He apagado la radio, acabado el café y he salido a la terraza. 
En ese momento he pensado en seis mil familias y en muchos miles de vidas, he pensado en un tipo con corbata firmando sin vacilar miles de despidos para ser competitivos...entonces he sentido un frío irreal y doloroso que me ha recorrido atravesándome como un rayo al pensar que estamos en manos de gente sin alma. 

LA BATALLA

No ha pedido nada durante el largo turno de mañana. Apenas ha dicho unas palabras a la enfermera para solicitar un poco de agua.
La enfermedad casi lo ha devorado sin piedad ni escrúpulos. En unos meses ha convertido a aquel hombre fuerte de grandes ojos negros en el paciente de la cama 7 en espera de pruebas. 
Las analíticas volverán a confirmar lo que todos saben, es la  crónica de una guerra perdida a base de batallas sin esperanza.
La cama se hace un mar para aquel cuerpo de piel apergaminada y huesos. Ojos grandes y dolor.
La Medicina, aquella magia que salió de las cuevas para convertirse en ciencia dará treguas sin frutos, alargará las batallas hasta el paroxismo, aunque sabes que nada impedirá la caída de aquel hombre de ojos negros.
-¿Como se encuentra? -no te atreverás a tutearle.
-Me duele mucho- te dirá.
Se acercará la hora de la visita de los familiares y el hombre de ojos negros te solicitará algo. Será apenas un susurro en tu oído.
-¿está usted seguro? -le dirás
Te responderá asintiendo con un gesto cansado; escribirás la orden de enfermería y volverás a otras batallas.
Minutos más tarde un enfermera de pijama blanco y sonrisa neutra empujará el émbolo de una jeringa de plástico estéril y ajeno. 
Veinte segundos para contraer sus pupilas. Dos minutos para mejorar su respiración. Seis minutos para calmar los dolores. Diez minutos, es la hora de la visita: sonrisa.
Una mujer de pelo blanco y luto precoz se acercará a la gran cama. Junto a ella caminará una joven de ojos vidriosos y mirada aterrada.
-¿Cómo te encuentras esta tarde papá? Parece que estás mejorcillo -el acento delatará su origen del Sur.
-Estoy mejor, ahora no me duele casi nada -sonreirá el hombre de ojos negros.
Entonces pensarás que has conseguido una tregua, y aunque sabrás que todos perderéis la batalla, has luchado al menos para arrancar tres sonrisas en una tarde de otoño.

LA HUELGA NO SIRVE PARA NADA...


No lo voy a negar, tenía mis dudas. Cuando alguien con cierta solvencia intelectual, amigo para más INRI,  te dice eso (que todos hemos oído) de que “la huelga general no va a arreglar las cosas”, debes ponerte a pensar un poco.
Y sí, querido amigo, te voy a dar la razón. Pero sólo te pido que me leas y luego pienses durante cinco minutos. Luego puedes mandarme a tomar por saco.
Si hoy vas a la huelga no vas a arreglar las cosas. No impedirás que el sistema sanitario público se desmantele, que la educación pública degenere. No vas a devolver sus casas a miles de personas expulsadas a la calle como perros. Si hoy te movilizas no vas a devolver el trabajo a tu vecino, tampoco por ello dejarán los más ricos de llevarse el dinero a paraísos fiscales, ni los corruptos dejarán de robar.
Si hoy protestas no dejarán las madres de buscar entre la basura, no devolverán todo lo que robaron los de arriba.

Pero quizás algún día, dentro de muchos años, tu hijo te preguntará dónde estabas cuando acabaron con todo. Ese día le dirás con orgullo que todo se perdió, pero que tú luchaste en las calles. Le podrás decir que perdisteis la batalla, pero que tú no te rendiste, que no te quedaste sentado en tu maldita silla pensando si lo que tenías bajo tu culo era tu gordo trasero o simplemente estabas cagado de miedo. Quizás no sirva para nada, pero también es posible que tu ejemplo sirva para que tu hijo no doble la cerviz

GRAN VÍA

Llueve desde hace tres días, una lluvia de esas que acarician la cara y te dejan los calcetines empapados.
Un chico negro vende paraguas en la esquina, alguien duerme junto a un cajero automático. Pienso que seguramente ambos tendrán una historia, una vida que contar.
Comida japonesa, Mc Donalds  y luces de neón.
Recorro la plaza mojada donde un loco grita cosas sobre mundos que se acabarán en breve, los jóvenes fuman bajo la mirada del gran oso de bronce y un señor de gran barriga devora un bocadillo de calamares. 
Mido mis pasos por tu Gran Vía y decido que eres eterno. Madrid, odiada ciudad de mis sueños.

MI PREGUNTA

Queridos, estimados y amados políticos:
Hoy quiero demostraros mi ignorancia porque, sinceramente hablando, hay muchas cosas que no logro entender. 
Ante todo os diré que creo que los políticos son, más que necesarios, imprescindibles para la democracia, pues debéis representarnos. Me niego a creer que un gobierno de tecnócratas o caudillos sea la solución a nada.
También os digo que no critico vuestros sueldos. Un político que trabaje por su gente debería cobrar un sueldo digno, lo contrario dejaría la política en manos de los más ricos o de los corruptos.
Tampoco quiero ser demagogo, pues soy consciente que lo fácil que en estos tiempos convulsos y ciertamente extraños es echar la culpa de todo a los políticos y quedarse tan ancho. 
Como no pretendo ser más listo que vosotros ni éste es un blog de economía, no voy a debatir acerca de vuestros recortes, vuestros gastos o vuestras decisiones.
Tan sólo os voy a pedir una explicación. Con ella volvería a creer en muchas cosas: 
Cuando casi seis millones de personas están en paro en nuestro país, la sanidad pública a punto de desaparecer, miles de personas pierden sus viviendas diariamente, cuando las condiciones laborales cada día nos acercan más al siglo XIX, cuando desaparecen ayudas a las personas dependientes y mucha más gente de la que pensáis está en la pura miseria...
¿Por qué hostias tenéis de desplazaros en un maldito Audi A8?
Imagino que ningún político profesional responderá a mi pregunta. Pero a lo mejor si la red funciona...

LA LUZ

El silencio recorría los inmensos pasillos. Todos dormían aquella noche de finales de octubre, y casi nadie tenía ya esperanzas.
Un otoño desastroso en casi todos los planos iba a desembocar en un nuevo invierno sembrado de incertidumbre y miedos laborales. 
Silencio en la eterna noche azul. Al final del pasillo la luz espectral parecía una invitación. Sabías que era tu turno de descanso, pero aquella luz...
Había sido un día duro, porque desde hacía unos meses la enfermedad no venía sola. Ahora era una sentencia más y sabías que unas veces eras el verdugo, otras el testigo. Otras, las menos, intentabas salvar algunos muebles del naufragio general. Y eso te hacía sentir terriblemente cansado.
Pero esa noche algo pasaba al final del pasillo, al final de aquel turno de noche.
Te acercaste con una mezcla de curiosidad y casi miedo. Un señor se mordía las uñas a la entrada de aquella puerta, detrás de la cual brillaba la luz amarillenta.
Empujaste la puerta porque sabías que nadie te reprocharía el gesto. 
La puerta te condujo a un nuevo pasillo, y al final  una nueva puerta te descubrió la escena: aquella joven apenas tendría veinte años, recostada sobre la mesa de partos intentaba acompasar su dolor mientras un joven asustado sujetaba su mano. 
La matrona, una enfermera pelirroja de unos treinta años animaba a la embarazada mientras esperaba en tensión la evolución del niño.
Una residente de Ginecología ayudaba y dos auxiliares esperaban atentos. 
En ese momento se paró el mundo
Son unos minutos en los que el tiempo parece ralentizarse a pesar de que todo sucede realmente rápido. En apenas unos segundos se completa la salida, la matrona deposita el bebé sobre el pecho de la madre justo justo para arrancarle una sonrisa.
-Clara, se llama Clara -dice la joven orgullosa.
Unos instantes después un llanto fuerte recorre los pasillos en penumbra. Clara respira.
Sabes que eres un intruso, que nadie te ha llamado y que nadie te esperaba, pero te das cuenta de que estás sonriendo.
Alguien se da cuenta de tu presencia, es la matrona que te mira sorprendida y te saluda con un gesto.
Y en ese preciso instante, esa madrugada en la que estabas a punto de arrojar la toalla, lo entiendes todo: aún queda esperanza.

YA HACE FRÍO EN GRANADA

El hombre gris ha cogido el periódico de la mañana. Hace meses que apenas concilia unas horas de sueño, por eso siempre se levanta a las cinco, y pasea el Albaicín esperando la llegada de Carlos, el chico de los periódicos. La decisión está tomada.
Ya empieza a hacer fresco por las mañanas.  El citroen del juzgado se arrastra cansino entre las callejas del centro. Granada duerme.
El hombre gris ha entrado en el viejo bar de calle Veleta. Saluda con una sonrisa y se sienta en la mesa del fondo. Pide su café, el mejor café del mundo, y hojea las páginas donde se habla de gesta histórica en el fútbol, de políticos corruptos y bodas de lujo.
Han aparcado el vehículo oficial a pocos metros del bar, es la hora del primer café. Alguien les ha recomendado el pequeño bar de calle Veleta. Han saludado al camarero y a un señor que se sienta al fondo leyendo el periódico.
El hombre gris se levanta, saluda a los dos hombres que desayunan en la barra y sale a la calle. Ya refresca. Recuerda las palabras de su madre (Antonio abrígate o cogerás una pulmonía que las mañanas granaínas son mu puñeteras), sonríe y decide que hoy no se abrigará. No va a coger ninguna pulmonía esa mañana.
Han acabado su desayuno y han vuelto al coche oficial. Son casi las ocho y media cuando recogen  del vehículo toda la documentación. A las diez de la mañana deben hacer acto de presencia.
El hombre gris ha llegado a su destino. Dobla el periódico con pulcritud y lo deposita sobre una mesa. La decisión está tomada.
Hace frío en Granada cuando el hombre gris se sube a la silla de madera. Reza un padrenuestro y salta.
Son las diez y tres minutos cuando los dos funcionarios se presentan en el pequeño local de La Chana. Un grupo de personas se concentra en la puerta del local. Hay un par de coches de policía,   una señora mayor llora en el hombro de alguien más joven y un perro mira curioso.
Ya hace frío en Granada cuando los dos funcionarios encargados del desahucio entran en el pequeño local. Un policía hace fotos mientras el forense ordena a los operarios que ya pueden bajar el cadáver. Un periódico perfectamente doblado reposa sobre una mesa de madera dejando ver una portada donde se cuenta que la culpa de todo es de aquellos que vivieron por encima de sus posibilidades.

JUAN PULEYO, UN TIPO LEGAL

Mi nombre en Juan Puleyo, y estoy a punto de dar el campanazo, porque soy un tipo listo. Pero listo, listo de verdad. No tienes ni puta idea de lo listo que soy.
Lo primero que debes saber es que lo sucedido con la urbanización de Villarrubias de Carluengo no fue culpa mía. Aquello era un chollo de primera, y todo legal por supuesto. Era coser y cantar, lo habíamos hecho mil veces y esta vez también debía haber funcionado. La estrategia era siempre la misma: Comprar terrenos, convencer adecuadamente a   un par de políticos, construir a cascoporro, vender de prisa y forrarnos. Calculábamos tres milloncejos limpios para cada uno de los socios. 
No contamos con la crisis. 
Una buena tarde, el consejo de administración decidimos retirar unos milloncetes a Andorra y echar el cierre. Se quedaron quinientos trabajadores en la calle y la mitad de las casas sin terminar, pero no fue mal del todo la jugada; y todo legal por supuesto. 
Pudimos salvar los muebles, aunque ahora la cosa del ladrillo está jodida. 
Pero hay que vivir queridos amigos. Mi abogado me decía que eso de tener el dinerito en Andorra estaba muy bien, pero que había que ir moviendo la cosa si quería seguir con la casa en Palma, el piso en La Castellana, el Hummer y el palacete de Marbella.
La cosa parecía estar jodida, pero por suerte no era para tanto. Estamos en un sistema de libertad de mercado, donde todo se compra y se vende. Simplemente es cuestión de encontrar el negocio; y ser legal, por supuesto.
Hace dos semanas nos volvimos a reunir los del desaparecido consejo de administración y me dieron la buena noticia: hay negocio.
Vamos a hacerlo como siempre, como marcan las pautas de la vieja escuela: montar el chiringuito, dar buenos argumentos a los políticos y recoger los frutos de forma  legal, por supuesto.
Esta vez estuve un poco torpe, porque cuando llegué a la reunión del consejo la cosa resulta que estaba muy avanzada.
-Esta vez vamos a asegurarnos de no fallar como en el tema del ladrillo -me dijo Pedro Arresmendiazuga- ya tenemos la idea y el apoyo de los políticos, pero necesitamos inversores.
-¿Estarán todos en el negocio? -pregunté suspicaz
-Cada uno ha puesto dos millones, incluso Abiols i Ferrugell, y ya sabes que esta gente no se meten en cualquier asunto.
El compromiso de los políticos ha sido claro: y el negocio será limpio y legal, por supuesto.
En pocos años van a desmontar el sistema sanitario público. La excusa será perfecta: no hay dinero, la gente ha vivido por encima de sus posibilidades y hay que ahorrar para pagar a los bancos las deudas anteriores.
La idea es tan sencilla como brillante; despedir sanitarios, cerrar centros y dejar de prestar servicios. En unos meses el que quiera sanidad, tendrá que pagar su seguro privado, y ahí entramos nosotros. Vamos a montar una gran aseguradora médica privada.
-¿Y la gente no va a montar un cirio con esto? -pregunté sin estar convencido del todo.
-La gente no se enterará -respondió don José Wassling, el conocido empresario blandiendo la portada del periódico- ¿en serio crees que el pueblo se preocupa por esto más que  por los resultados de la Champions? Además el debate político será si españolizamos a los niños, los catalanizamos o les enseñamos a hablar búlgaro. No seas iluso amigo.
Y por eso yo, Juan Puleyo, conocido como Juan "el ganzúa" en mis años de juventud, brindo con todos ustedes, y les animo a seguir confiando en nuestro extraordinario sistema donde todo se compra y se vende. Y siempre de forma legal, por supuesto.

Evidentemente todo lo reflejado en este post es imaginado, basado en personajes imaginados de un país que sólo existe en mi retorcida mente y en un tiempo muy, muy lejano...

LEYRE NUNCA SE HA ENAMORADO


Leyre nunca se ha enamorado, nunca tuvo amigos de verdad, nunca entendió aquellas historias que contaban los maestros. Leyre no entiende el mundo de los otros, porque ella tiene su propio mundo. Leyre nunca llora, Leire nunca ríe. Tampoco permite que nadie le dé besos.
Nació una tarde de primavera de hace casi veinte años, y su madre adoraba las canciones de desamor de Los Secretos.
Hace diez años que Leyre oye voces. Sabe que esas voces no le pertenecen. Son unas voces ajenas y tóxicas que le ordenan cosas absurdas. Lo peor es que sólo callan cuando ella les hace caso. Una vez intentó ignorarlas y todo fue un desastre. Acabó ingresada suplicando que aquellas malditas voces callaran de una vez.
Leyre no canta. Tampoco sonríe por las mañanas cuando el sol naciente baña su dormitorio blanco.
Leyre no recuerda casi nada. Las malditas cápsulas verdes embotan su mente convirtiendo su vida en una especie de sueño nebuloso. A veces recuerda aquel día que la sacaron del colegio con apenas diez años. Se golpeaba la cabeza mientras suplicaba a gritos que las voces callaran de una vez. Los niños de su clase la miraron con miedo y  nunca más volvieron a tratarla como antes porque Leyre estaba loca.
A veces su madre le canta canciones de Los Secretos, o le narra cuentos antiguos. Eso la ayuda a dormirse. En esas escasas noches azules, cuando Leyre duerme plácidamente, su madre aprovecha para abrazarla y besar su frente una y mil veces.
Ahora se sienta frente a Víctor Bárcenas. Algo ha vuelto a ir mal en la complicada mente de esa chica de ojos grises. Es terriblemente difícil poder ni tan siquiera imaginar lo que sufre alguien que es capaz de arrancarse los pelos a tirones. Pide ayuda porque no aguanta más las malditas voces. A su lado una mujer prematuramente envejecida,  pelo gris y grandes ojeras, se aferra al bolso de mercadillo. Tiene sus mismos ojos grises.
-Que la ingresen, que la duerman, porque no puede más –suplica su mirada.
-¿me puede ayudar, doctor? –dice ella con una voz gutural hija de la Clotiapina.
Y por primera vez desde hace muchos meses, el médico es consciente de dos cosas: que le gustaría poder ayudar a aquella chica de ojos grises pero poco más que una sonrisa puede regalarle, y que la sociedad casi nada  ofrece a Leyre aparte de un puñado de cápsulas verdes.

Hoy, diez de Octubre, es el día mundial de la Salud Mental. Millones de personas como Leyre siguen sufriendo, además de su enfermedad, nuestra indiferencia, nuestro miedo y sobre todo nuestro rechazo.

LOS ABUELOS SIEMPRE MIENTEN

Los abuelos siempre mienten. Imagino que lo hacen para asustarte, para que seas precavida y no cometas errores en tu vida. Igual lo hacen para que seas feliz. Pero mienten.
Me llamo  Adela y ya cumplí los trece años. Me gustan las gominolas de fresa, las películas de fantasmas y el pan con paté.
Mi abuelo se llama Antonio, siempre huele a tabaco y a veces habla con el señor que presenta telediario (yo creo que se está volviendo loco).
Hace muchos años me dijo que los Reyes Magos existían; hasta que un día descubrí que eran Papá y Mamá. No dije nada , pues imagino que el abuelo se sentía bien con esa mentira.
También me dijo lo del ratón Pérez hasta que descubrí a Mamá poniéndome una moneda bajo la almohada.
El abuelo vive solo desde hace seis años. Yo creo que está un poco loco porque siempre dice que  Abuela Encarna no murió, que la mató Reinaldo. Casi no recuerdo a  Abuela Encarna, pero a veces me viene a la cabeza cuando íbamos a su casa y nos regalaba unas galletas con azúcar y vainilla.
El abuelo dice cosas absurdas. Un día me llamó a su lado y me dijo que cuando él era joven, si enfermabas, podías ir a un médico cuando necesitaras, que los hospitales estaban abiertos todos los días y que no te pedían la tarjeta de crédito para curarte. 
El abuelo miente porque dice que incluso las ambulancias venían a casa gratis si hacía falta.
El abuelo está loco, porque dice que hace muchos años hubo una gran crisis y las cosas cambiaron. El abuelo está loco, porque dice que no había dinero para médicos y hospitales, pero los que mandaban siguieron pagando a los equipos de fútbol, que se siguieron gastando el dinero en construir aviones de guerra y dar dinero para los religiosos. Y dice que un día los poderosos dijeron que no había dinero para curar a la gente.
Eso es mentira, porque estoy segura de que nunca hubieron hospitales gratis para todo el mundo.
Abuela murió hace muchos años, creo que en el 2025. No habían pagado la póliza del seguro privado y no tenían dinero para pagar la operación , así que nadie quiso operarla, es lo normal. Abuelo dice que ese año el Madrid fichó a Reinaldo y que casi un millón de personas festejaron en Cibeles que habíamos ganado nuestro quinto Mundial de fútbol.
Mi abuelo Antonio, un loco que siempre me ha mentido, pero yo lo entiendo y lo quiero, imagino que  son las cosas que tienen los abuelos.

LA TECLA

A Marcelo le tiembla el pulso. Sabe que si sigue adelante aquel hombre está condenado. Por otra parte también es consciente de que su obligación es  pulsar la maldita tecla.Tiene una sensación amarga que surge del estómago y terminaba casi bloqueando su respiración. 
Él era inocente, un simple funcionario, un peón más en aquel engranaje.
-No tengo la culpa de toda esta mierda -pensó.
Miguel lo miraba desde una silla absurdamente impersonal. Era un hombre de unos cincuenta años, mirada dura y un pelo aún fuerte. Sobre unos vaqueros pasados de moda sujetaba una capeta de cartón azul. Aquel hombre clavaba sus ojos en el médico.
-Nunca imaginé que iba a pedir esto, pero es usted el único que me puede ayudar -dijo Miguel.
-No me mires así, maldita sea -pensó el doctor.
-Si me firma el alta será el final, se lo pido por lo que más quiera, piense en mis niños al menos.
Marcelo sabía que aquel hombre estaba perdiendo la dignidad porque ya nada le quedaba.
-Yo soy un simple funcionario, ¿o no? -sigue pensando sin ser capaz de levantar la mirada.
-Durante la baja me han cortado el contrato, y ya no me pertenece desempleo y sin "lo de la baja" estaremos en la calle. 
Marcelo no podía prorrogar un día más aquella situación, una hemorragia digestiva no daba para más semanas de baja, y lo sabía 
-Maldita sea, me siento como un verdugo del sistema -piensa de nuevo. 
-Miguel, debo darle el alta, y usted lo sabe, no me queda otra.
Entonces se levanta intentando dar por acabada la visita. Aquel orgulloso hombretón de ojos claros y manos sembradas de callos intenta coger su mano, casi poniéndose de rodillas.
El médico tiembla, sabe que es el encargado de arrojar a aquel hombre al abismo. Cuando pulse la tecla se pondrá en marcha el mecanismo que ya no tendrá marcha atrás.
Sabe que Miguel no merece esa suerte, y que él no es culpable de ser la mano ejecutora de un sistema que tritura sin piedad a los más débiles.
Entonces decide levantar el dedo del teclado. No puede hacerlo, no va a condenar a nadie esa mañana. Con un gesto cansado, levanta la mirada, se encuentra con unos ojos suplicantes y suspira.
-Vuelva la próxima semana, Miguel.

MALETAS

Siempre había disfrutado con ese gesto, pero esa tarde llora mientras ordena con meticulosidad su ropa interior en la maleta. 
Laura nunca había sido una chica normal, porque no era normal que a una niña de doce años le gustase memorizar las partes del cuerpo. Tampoco era usual que a los trece años pasara las tardes enteras mirando por aquel microscopio de juguete ensimismada ante los movimientos de los gusanitos de agua.
Aquella niña de pelo encrespado tenía algo especial, le apasionaba la vida. Por eso nadie se extrañó cuando eligió ciencias durante el Bachillerato, tampoco sorprendieron sus extraordinarias notas en selectividad.
-Voy a coger medicina -dijo una tarde de Julio- y voy a ser la mejor.
Laura se enamoró de la que sería su profesión. Sus notas siguieron siendo muy buenas durante seis años, y sus veranos siempre los dedicó a hacer un viaje. Aquella joven de pelo rojo disfrutaba preparando su viaje, ordenando su maleta, anticipando las nuevas experiencias...
Acabó la carrera con 24 años y pudo obtener un buen puesto en el examen MIR. Ahora empezaba lo más duro. Fueron cuatro años alucinantes, en los que trabajó duro, se formó y finalmente se convirtió en una gran médica de familia. 
Una tarde de otoño había conocido a Javier, un chico de su edad que acababa de aprobar unas oposiciones como maestro.
Durante esos años Laura siguió viajando, conociendo, viviendo. Y deseando que llegara el momento de sacar del armario su vieja maleta color naranja para preparar un nuevo viaje.
En algún lugar había leído que el sistema se había gastado doscientos mil euros en formarla como médica de familia. No importaba, porque ella daría a la sociedad mucho más de lo recibido; estaba formada, tenía ganas y a sus veintinueve años estaba preparada para todo. Para casi todo...
Tras finalizar su formación trabajó durante dos meses haciendo sustituciones en un centro de salud cerca de Lugo. Después nada. 
Pasaron dos meses en los cuales vivió pegada a un teléfono que nunca sonaba. En Diciembre volvió a trabajar once días sueltos y volvió al paro.
Laura, aquella niña de pelo rojo, la niña que jugaba con microscopios  y estudiaba cada tarde hasta quemarse las pestañas, pasó seis meses esperando. Pero nadie la llamó.
El segundo verano no fue diferente, un contrato al cincuenta por ciento cubriendo diversos cupos en un centro de salud cerca de Pontevedra.
Hasta que una mañana sonó el teléfono. No era exactamente lo que ella esperaba, pero dos días más tarde todo estaba firmado.
Laura sigue ordenando la maleta mientras no para de llorar. Mañana partirá hacia Canadá. Un contrato de dos años con opción a renovar, un sueldo digno y un cupo de pacientes ha sido la oferta.
Laura no pedía más, simplemente poder trabajar en aquello que sabía hacer.
Algo le dice que no volverá, aunque espera no olvidar las tardes junto a Javier, las galletas de su madre o las eternas mañanas de verano memorizando aquello de martillo-yunque-estribo.
Mientras cierra la maleta, una voz distrae su atención. Un político de pelo engominado y corbata roja habla en un estrado de madera sobre presente y futuro del pueblo. Dice algo sobre arrimar el hombro y ajustarse el cinturón. Entonces la joven del pelo rojo se da cuenta de que la han estafado, termina de cerrar la maleta y sale de casa.

LA VIDA FRENTE AL ABISMO

Sabes que debes ser tú porque nadie más puede hacerlo, sabes que por ello te pagan, que es tu obligación y que se espera que tú lo hagas. 
Lo has hecho unas cien veces, pero esta vez es especial. Tan especial como lo fueron las noventa y nueve veces anteriores. Cada una de ellas con su rostro, sus ojos y su expresión de sorpresa. 
Ella te mirará esperando que suceda lo que suele suceder casi siempre (maldito casi), esperando la frase mágica: "las pruebas son todas normales". 
Pero esta vez no podrás darle tregua. Las pruebas son concluyentes y no puedes, ni debes, engañar. No hay espacio para medias verdades, porque sólo hay una desgarradora verdad en este caso.
Caminas por el pasillo azul, que te parece irreal a esas horas de la madrugada, y te acercas a una puerta gris plomo.
Sabes que tras aquella puerta te espera alguien a quien debes decir   que su vida tendrá un antes y un después de esa noche, que a partir de ese momento va a conocer el infierno de la enfermedad y el dolor. Quizás te callarás lo que intuyes, porque intentarás dejar alguna ventana abierta a la esperanza, aún sabiendo que las esperanzas son casi nulas.
Te temblará la voz, sabes que así será porque siempre te tiembla, pero le dirás que confíe en el sistema, porque vamos a ir a por todas.
Tendrás miedo, un miedo cerval y agudo. Un pánico irracional y terrible porque sabes que te estás asomando al acantilado de la vida. Porque sabes que hoy es aquella chica de ojos negros, igual podrías ser tú o tu gente, y eso, no intentes mentirte, te acojona.
Y te sentirás mal durante varios días, recordarás sus ojos incrédulos antes de dormirte, su cara de sorpresa al no escuchar aquello de "todas las pruebas son normales".
Llegas al final del pasillo, respiras, giras el pomo de la puerta, y entras en la consulta para encontrarte con aquellos ojos. El resto es historia. 
Mucha suerte chica de los ojos negros.

LA CAMA 12

A pesar de haber terminado su turno Víctor Bárcenas no puede conciliar el sueño. Tumbado en su cama contempla imágenes irreales en el techo de su habitación. Algo ha fallado...
Su edad rondaba los ochenta, y la delgadez extrema de sus brazos recordaba aquellos campos de exterminio que salían en los documentales en blanco y negro.
Desde que ingresó en la cama 12 apenas había abierto los ojos, y sus palabras, escasas a lo largo de las quince horas que llevaba ingresado, reflejaban una serenidad y una lucidez no habituales en personas de su edad. Era un hombre de pueblo que sin duda había trabajado la tierra durante años como atestiguaban las profundas arrugas en su cara y los callos, aun presentes en sus manos sembradas de nudos artríticos.
Víctor Bárcenas sigue recordando aquellos ojos enterrados en una faz curtida por el terral que sólo sopla al Sur del Sur.
Una bronquitis crónica extremadamente severa lo ataba a la botella de oxígeno desde hacía tres años, y desde que ingresó se había limitado a solicitar agua en un par de ocasiones, sonreír al médico de guardia y pedir una pastilla para poder dormir.
Y no recordaba su nombre...
La conversación apenas había durado treinta segundos, pero el médico seguía teniendo la seguridad de que algo había ido absolutamente mal:
-Doctor -le dijo aquel paciente desde detrás de su mascarilla verde- ¿le puedo hacer una pregunta?
-Dígame -respondió el médico esperando la temida solicitud de botella para orinar.
-¿me podría decir qué es una persona terminal? -el paciente lo miraba con intensidad
-Bueno, realmente es alguien a quien le queda poco tiempo de vida -dijo Víctor sorprendido.
-Esta mañana escuché que el enfermo de la cama 12 era terminal, y me acabo de dar cuenta que hay un número 12 sobre mi cabecero. 
El resto fueron tímidas excusas en un esfuerzo inútil por salvar los muebles. 
Una luna acuchillada se asoma a la ventana  como mudo testigo de algo que debería reconocer: se había equivocado, y ni siquiera recordaba  el nombre de aquel paciente de la cama 12.

EL FIN DEL CAMINO

La habitación huele a blanco y la brisa fresca mueve una rudimentaria cortina de cuadros verdes y rojos. 
Remedios entra con cautela y sonríe al mirar a Blas; éste la espera sentado en el borde de la cama.
-¿me esperabas? -dice la anciana acercándose con dificultad. Hace tres años que necesita usar un bastón.
-Yo me valgo solo, no soy ningún niño -responde él suspicaz. 
-Venga, te ayudo a ponerte la camisa, no seas cascarrabias -Remedios acaricia con infinita dulzura las canas de su Blas. Porque aquel anciano gruñón siempre será su Blas.
El viejo despertador marca un eterno tic tac mientras se miran en silencio.
-Sesenta y dos años juntos -susurra ella.
Entonces aquel viejo de pelo blanco rompe a llorar en silencio.
-¿Qué te pasa chiquillo? -pregunta ella.
-Mis zapatillas -responde él con cara de miedo.
-¿Tus zapatillas?
-Abrázame, porque no recuerdo cual se pone en la derecha y cual en el otro pie.
Y aquella mañana de Junio, en aquella casita al Sur del Sur una mujer con bastón acuna en sus brazos a un  hombre de pelo blanco, sabiendo ambos que están al final del camino.

ALPARGATAS

Nunca pensé escribir estas líneas.
Existió una vez un político, creo que aún subsiste por esas campiñas sevillanas, al que se le atribuye una frase ciertamente espectacular. Este docto señor, amante de la música clásica y el teatro se llamaba don Alfonso Guerra, y llegó a ser vicepresidente de un gobierno cuyo presidente, otro ilustre sevillano, también subsiste a duras penas entre fiestas chillout y canapés de membrillo asturiano.
A este ilustre hijo de nuestra dolorida Andalucía se le atribuye una frasecilla lapidaria y propia de una persona de rancio abolengo: "No descansaré hasta conseguir que el médico lleve alpargatas".
Pero es evidente que este señor se equivocó de la pé a la pá, pues bien es sabido que en este próspero reino de todas las Españas, aquél que dedicó su infancia a estudiar, su adolescencia a romperse los codos ante un pupitre, su juventud a quemar neuronas como un mono, su madurez a preparar un examen MIR, sus días libres a machacarse los sesos y sus noches a intentar salvar alguna vida, tiene una recompensa social y económica mucho mayor que aquel que dedicó su tiempo a dar patadas a una lata. Es cierto que en nuestra ilustre España, antaño Imperio Español, el Doctor, Médico o Galeno suele poseer extensas propiedades inmobiliarias, pasearse en Mercedes de lujo y es una persona respetada por la sociedad, admirada y tenida como ejemplo.
Qué iluso el señor Guerra, pensar que iba a vernos en alpargatas...
Eso soñaba yo a las 4 de la madrugada mientras echaba una cabezada sobre la mesa de mi consulta. Minutos más tarde un señor de apenas veinte años me paraba por el pasillo y muy amablemente me decía:
-joé tío a ver cuando me toca que estoy talogüevo de esperar.
Aquellas palabras me han hecho reflexionar.
Hoy somos miles los médicos de todo este católico, apostólico y romano país que, después de media vida en este oficio de curar gentes, debemos felicitar al insigne político de Híspalis:
Señor Guerra: le informamos que, cautivo y desarmado el colectivo médico, estamos en chanclas, en posición de genuflexión y con la correspondiente dosis de vaselina aplicada en sálvese la parte.
Proceda y luego ya puede irse a descansar tranquilo.

ESPAÑA: ¡PO-DE-MOS! ¿PODEMOS?

Creo que los españoles no somos genéticamente mejores ni peores que otros pueblos, pero también hay algo objetivo: existen países que están en mejores condiciones que nosotros, y en algún lugar debe estar el problema.
Lo fácil es ponernos la venda culpando a los políticos, a los banqueros a los jueces, a los de hacienda  y a todos menos nosotros.
Yo tengo una teoría: creo que los españoles no tenemos conciencia como pueblo, no tenemos un objetivo común a cumplir.
Únicamente somos capaces de unirnos en una cosa: el fútbol, ahí si que somos una piña: 
-Podemos, a por ellos, soy españó-españó-españó -gritan todos con los ojos desencajados.
Pero la realidad es que no existe una épica como país, un pensamiento común de decir: "Esto lo sacamos adelante", porque el sentimiento es "no hay dos sin tres"; eso lo saben bien los publicistas.
Tenemos, o quizás debería decir teníamos, un sistema sanitario público, una educación pública y un sistema de protección social mejorables pero entre los mejores del mundo.
Delante de nuestras narices va a desaparecer casi todo sin que nadie mueva un dedo por el sistema como tal.
El sistema sanitario público se desmantelará en unos años. ¿Cual será la reacción? Los médicos, enfermeras y demás sanitarios se movilizarán sin duda si les siguen tocando el bolsillo, pero ¿callaremos si se respetan nuestras nóminas? ¿Apoyarán los funcionarios fijos a los interinos? ¿y los interinos a los contratados? ¿apoyarán los médicos a los enfermeros y viceversa? ¿nos movilizaremos contra el copago de medicamentos? ¿saldremos a la calle cuando los enfermos deban pagar por un traslado en ambulancia? ¿Apoyarán los pacientes a los médicos o simplemente exigirán que alguien les vea su rodilla? ¿Los profesores y padres unirán para mantener el sistema educativo? 
El sentimiento épico como pueblo no siempre se tiene. Nuestros padres lo vivieron hace 30 años: querían salir de la dictadura, terminar el aislamiento, entrar en Europa. Aquello se llamó transición y con sus errores y aciertos en quince años recuperaron dos siglos de atrasos.
Hoy me sigo preguntando ¿tenemos algún objetivo? ¿vamos a luchar todos juntos por algo? ¿Hay motivos, fuerzas y personas para sacar esto adelante? Por desgracia estoy convencido de que los españolitos pelearemos cada uno por nuestra madriguera, patalearemos cuando nos toquen nuestra hucha, seguiremos encapsulados en nuestro problema sectorial, protestando de los políticos y uniendo nuestras fuerzas para que el niño Torres no vuelva a tener una mala tarde. Ojalá me equivoque.

OCHO BALAS

Miedo:
Alicia está asustada. Acabó sus estudios de enfermería hace dos años y desde hace seis meses es interina. Se dice que vienen recortes y tiene miedo de perder su puesto, de volver a cobrar el desempleo, de volver a las sustituciones. Sólo pide a su Dios que respeten su interinidad.

Ahmed está asustado. Su madre salió esta mañana en busca de comida, ya es de noche y aún no ha vuelto. Se dice que una bomba ha vuelto a matar a mucha gente en la zona de Makhdar. Sólo pide a su Dios que vuelva mamá.

Odio:
Pedro odia a todos los políticos. Después de cinco años preparando unas oposiciones y otros tantos trabajando en escuelas rurales, ha conseguido un puesto en el colegio de Santa Marta del Camino. Y ahora los políticos cabrones le vuelven a bajar el sueldo. Este año va a tener que cancelar el viaje a Disneyland. Pedro odia a todos los políticos.

Amaira Do Santos odia a las cucarachas. Especialmente a las que se arrastran por su cama durante la noche. También odia las pulgas que cada mañana convierten su cuerpo de once años en un mapa de montañitas rojas. Algún día abandonará aquella chabola junto al río, pero mientras tanto odia a los insectos.

Valor
Juan es un valiente. Hace unos días culminaron su expedición al Everest. Han tenido que enfrentarse a mil dificultades, y estuvo a punto de morir en un perdido glacial a cuarenta grados bajo cero. Pero Juan y su equipo pudieron con todo y culminaron la cima.

Armando Pereira es un valiente. Acaba de cumplir quince años y ya tiene su propio Webley de ocho balas, y eso no lo tiene cualquiera en el barrio. Un revólver ligero y de carga rápida con el que ha matado ya a tres guachupines. Doscientos dólares por trabajo no están nada mal. Armando es un valiente, hace quince días que dejó el pegamento, ha descubierto la cocaína base. 

Hambre:
Paula llora y su madre acerca el pecho, pero parece que Paula necesita más. Una enfermera sonriente le acerca un biberón de leche caliente. Paula nació hace quince horas, mañana será otro día.

Mahla llora y su madre le acerca el pezón a la boca sedienta. No hay leche en el escuálido pecho de la madre. Miles de moscas vuelan en torno a ambas, silencio en la choza. Mahla nació hace quince horas, morirá dentro de seis rodeada de moscas y su madre ni siquiera podrá llorarla porque ni lágrimas le quedan.


Algún día los de abajo, aquellos cuyas vidas y cuyas muertes ni siquiera podemos imaginar, aquellos cuyo dolor no podemos imaginar ni en la peor de nuestras pesadillas, levantarán la mano, y ese día conoceremos su miedo, su odio, su valor. Y su hambre...

LOS POLÍTICOS Y NOSOTROS

Estoy un poco cansado de oír todos los días lo mismo. Gente que se cree original dictando el evangelio y diciendo que tiene la solución a la crisis, que la culpa de todo es de los políticos que son unos chorizos, y que lo arreglaban todo en tres patadas bajando el sueldo a los políticos y echándolos a la calle. Y entre políticos y banqueros, todos culpables.
Otros, más listos, apostillan moviendo la cabeza arriba y abajo diciendo que esto no pasa en Islandia, Alemania o Suiza, que allí están felices y contentos creciendo como leones.
Y todos estos argumentos esgrimidos por gente solvente; aunque yo me pregunto:
¿Acaso en Alemania, Suiza o Islandia no hay políticos? ¿Quien, si no nosotros, hemos puesto a nuestros políticos donde están? ¿Estamos hablando de sustituir a los políticos que tenemos por gestores económicos? Si quitamos a los políticos, elegidos por nosotros, ¿ponemos a abogados, a empresarios, a sindicalistas o a Belén  Esteban? ¿Y quien elige y controla a estos gestores?
Es cierto que estamos en una situación que es la pera limonera, pero este país que tanto dolía a Unamuno tiene una enfermedad, y ésa es la ceguera.
Ceguera es decir "todos los políticos son iguales" y creer que con eso se arregla todo. Esa misma ceguera la tuvo el pueblo alemán en 1931 y llegó un enano calvo para abrirles los ojos (si estudiamos algo de Historia veremos que Hitler o Franco siempre predicaban contra los políticos).
Ceguera social es pensar que "los políticos" tienen la culpa de todo para calmar nuestra conciencia, en lugar de pensar que algunos políticos tienen la culpa de muchas cosas y plantearnos elegir. Porque para eso hay que leer, pensar y razonar.
Ceguera es quedarse en casa quejándose y esperando la llegada de un caudillo salvador; ceguera es pensar que "los políticos son los malos", mientras contratamos a la señora de la limpieza sin asegurar, trabajamos en negro, pedimos que nos quiten el iva de la factura o fumamos en sitios prohibidos porque somos más listos que nadie. Ceguera es abusar de los servicios sanitarios porque son gratis, ir de mariscada con los laboratorios o conducir borracho.
Porque en esos países también hay políticos, pero no son políticos españoles. Aunque igualmente hay ciudadanos que no necesitan un torno en el metro, porque simplemente no se cuelan, que no necesitan tanta policía, que no incumplen sistemáticamente las normas, son tan raros que ni siquiera tiran chicles por la calle. 
Nuestra ceguera es pensar que somos mejores que nuestros políticos. Porque ellos, igual que nuestros banqueros, nuestros empresarios, nuestros sindicalistas, nuestros fontaneros y nuestras limpiadoras se parecen demasiado a nosotros mismos. Y eso no lo vemos porque estamos ciegos.
Si queremos buenos políticos necesitamos buenos ciudadanos, y eso hay que cultivarlo desde la infancia.

LEYRE Y CLEO DE NILE


La niña mira al médico solicitando algo, él imagina que simplemente le pide que no le haga daño.
Leyre no ha llorado, porque las niñas mayores no lloran en el médico. Sin embargo le duele, y le duele mucho.
-Te vas a portar como una mujercita –le había pedido su madre mientras esperaban en la sala de espera.

A Mamá no le dolía, así era muy fácil decir las cosas. Mami jugaba con ventaja porque a ella no le ardía la garganta, ella no tenía agujas clavándose en sus oídos y su cabeza no palpitaba como una de esas calabazas que estallan en las pelis de la tele.
Esperamos en una sala llena de madres y niños; Recuerdo que unos corrían y otros lloraban. Un bebé luchaba para que no le pusieran una mascarilla con aerosoles y una señora de pelo rojo hablaba del gobierno con mi madre. Pero yo tenía dolor, y casi nada a mi alrededor importaba, únicamente pensaba en que no podría llorar con el médico. No debía, porque ya tenía ocho años, y con mi edad las niñas no lloran.
Entramos en una consulta donde casi todo era de color azul, y un médico con gafas negras y mirada cansada nos miró con ojos curiosos mientras hacía algunas preguntas a Mamá acerca de mis alergias y vacunas.

Aquella niña había llorado antes de entrar en la consulta. Tenía el pelo rubio recogido en unas coletas y unos ojos azules que lo miraban con una mezcla de miedo y súplica. Mientras la madre desgranaba los síntomas ella intentó sonreír sin conseguirlo.
-¿Te llamas Leyre? –preguntó Víctor Bárcenas; ella asintió moviendo la cabeza.

Me dijo si me llamaba Leyre, y no pude hablar, porque si lo hubiera hecho habría empezado a llorar como una tonta. Moví la cabeza y entonces me di cuenta de que ahora sí que parecía una tonta de remate moviendo la cabeza como uno de esos muñecos de madera que tiene el abuelo en su casa. El médico me preguntó si me dolía mucho y luego me pidió que me pusiera en la camilla para mirarme.

La niña se sentó en la camilla, su labio inferior temblaba y una lágrima resbaló por su mejilla. Jamás lo había pensado, pero aquella niña estaba aterrada por la presencia del médico; entonces ocurrió algo.
-Creo que te gustan mucho las Monster High –dijo el joven médico, sin saber muy bien donde le llevaría aquella frase.
-¿Cómo lo sabes? –habló por fin Leyre.
-Porque aquí en el ordenador salen esas cosas. Los médicos no sólo apuntamos cosas malas  –respondió- pero no tengo apuntada cuales son las Monster que te gustan.
-Draculaura –respondió sin dudar.
-Buena elección –opinó Víctor poniendo cara de de interés- ¿sabías que es la hija de un conde vampiro?
-Claro, eso lo sabe todo el mundo –Leyre sonrió.
-Vamos a hacer un pacto, me dejas mirarte la garganta y te cuento algo de Cleo de Nile.

Vaya médico más raro. En lugar de ponerme el hierro frío en la espalda y pedirme que respirara empezó a hablarme de las Monster. La verdad es que sabía un montón, nunca había conocido un adulto que supiera tantas cosas de las Monster. Luego me puso el hierro en la espalda y me miró la boca con ese palo de madera asqueroso. Aguanté porque me prometió contarme algo acerca de Cleo.
Cuando acabó la exploración el médico se acercó al oído de Leyre y le susurró algo, la madre los miraba con curiosidad. Unos minutos más tarde la niña de ojos verdes abandonaba la consulta azul de la mano de su madre.
-Adiós Leyre.
-Adiós Médico.
Minutos más tarde el joven médico había olvidado a la niña de las coletas. Aquella tarde de Mayo no tuvo nada de especial para nadie. O mejor diríamos que para casi nadie.

Nunca más volví a llorar en el médico, porque siempre que Mamá me volvió a llevar a aquella consulta de color azul esperaba encontrarme con aquel médico de las gafas negras. Nunca más volvía  verlo, pero tampoco le dije a nadie que había sido él quien me contó aquel increíble secreto de Cleo de Nile.
  
PS: Puedo aguantar mucho, una vez incluso creí que podía con cualquier cosa. Hace unos días supe que no puedo aguantar ver el sufrimiento de un niño. Imagino que todos tenemos nuestros límites. 

ROSA

Dicen que los médicos tienen callos en el alma, y  cuando cuelgan la bata vuelven a su vida.
Aquella noche de martes todos dormían. La primavera estaba cercana y la madrugada calmaba mi ánimo.
Todos dormían porque a esa hora no se debe hacer otra cosa que dormir; pero allí estaba yo, mirando una luna naranja y oronda, oyendo los sonidos de la noche y pensando, siempre pensando...
Dicen que los médicos somos unos privilegiados en esta sociedad en eterna crisis, pero aquella noche sólo estábamos mi alma y yo frente a un mar de estrellas.
Rosa tenía diez años, unos ojos verde s y una camiseta de las Monster High. Había sido un relevo más, una paciente de esas que no pasan a la historia. Se había dado un golpe en el colegio y venía por dolor en la cadera.
-No va a ser nada -dijo el médico que me dio el relevo- pero le pedí una radiografía por si acaso.
La exploración fue anodina, pero en la radiografía apareció algo que no debería estar ahí.
Había que llamar a la madre y explicarle que Rosa, aquella niña de ojos verdes, iba a empezar un calvario. 
-¿La radiografía ha salido bien, verdad? -pregunta la madre.
Dicen que los médicos pueden, pero esa tarde no pude. 
-Un segundo, ahora vuelvo -respondí.
Y busqué un sitio donde respirar en soledad, un sitio donde encontrar las fuerzas para mirar a aquella mujer y decirle que la vida no es un juego de niños.
Aquella tarde no pude porque demasiadas cosas me recordaban mi propia vida.
Dicen que los médicos tenemos callos en el alma. Ojalá...

LOS DE ABAJO

Tened cuidado poderosos, porque quizás algún día dejarán de miraros con los brazos cruzados. 
No es nada personal pero aquí hay demasiadas cosas que huelen mal. 
Tened cuidado porque los de abajo están hartos de pagar vuestros yates, cansados de que se les culpe de vuestros errores, hastiados de pagar con su miseria vuestras villas de lujo.
Tened cuidado porque los de abajo no pueden más, porque ya os entregaron sus casas,  sus empleos y sus anémicos ahorros. Cuidado porque no podéis quitarlo todo a los de abajo.
Tened cuidado poderosos porque algún día se hartarán de fútbol y Sávame de Luxe, y muchos pedirán lo que se les debe. Porque detrás de cada víctima que dejáis en el camino hay un ser humano.
Y tened cuidado porque cada día hay más gente sin nada más que sus manos desnudas, sin nada más que perder que su dignidad. Y tened cuidado porque quitar la dignidad a un hombre es quitárselo todo.
Y debéis saber que a los de abajo ya no les valen vuestras mentirosas reglas de juego. Porque habéis hecho trampas, porque ellos no son culpables pues siempre estuvieron abajo, porque sois vosotros los que siempre habéis controlado el sistema, esa gran máquina que ahora lo va a destruir todo en nombre de vuestros mercados sin rostro.
Tened cuidado porque los de abajo se cansarán de bodas reales y duquesas de plástico, y algún día los muertos de hambre se levantarán para pedir lo que es suyo. Porque van a recortar su sanidad, su educación y el futuro de sus hijos en nombre de vuestras leyes del mercado.
Porque debéis saber que vuestros sueldos millonarios, vuestras primas, vuestras jubilaciones y vuestras malditas visa-platino se pagan con el sudor de los de abajo.
Tened cuidado porque algún día la gente puede darse cuenta de que todo fue una estafa donde ellos pusieron el trabajo y vosotros el bolsillo.
Y algún día los de abajo dejarán de doblar la rodilla y a lo mejor pedirán justicia, porque hasta ahora se conformaban, pero les habéis quitado todo. Y hay pocas cosas más crueles que dejar sin nada a los de abajo.

DISEÑO GRÁFICO

La empatía en mi profesión es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, el intento por conocer  cuales son los sentimientos, motivaciones y pulsiones que mueven la vida de la persona que entrevistamos. 
A través de la entrevista, analizando la forma de vestir,  moverse, hablar, expresarse o manejar los silencios, podemos conocer a las personas, y a veces llegar incluso a diagnósticos bastante afinados.
Es por ello, que haciendo un esfuerzo titánico, y empleando la observación clínica, mis profundos conocimientos médicos y una empatía del copón, .
 Juicio clínico: Daltonismo progresivo severo. Lo mejor de esta portada es el subtitulito: "Madre soy cristiano homosexual". Por otra parte, esos calcetines morados son propios de Ralph Lauren. ¿Y ese jarrón Micénico qué pinta?

Juicio clínico: Estrabismo divergente, o sea que ya sabemos que el tal Roger es bizco, pero no hace falta fardar de ello. No sé si prefiero la camisa, o los pelillos del pecho.
Juicio clínico:  Duelo patológico. Genial el tipejo con pinta de testigo de Jehová un domingo por la mañana, delante de una tumba. ¡Alegría, alegría!
 Juicio clínico: Dislexia mental Estilismo impecable, sonrisa bucólica y una tía buena despampanante, elementos indispensables para dar el pelotazo. 
 Juicio clínico: Parto gemelar complicado de evolución tórpida. Los gemelos Amason y sus cosillas...
 Juicio clínico: dolor abdominal en flanco izquierdo. Efectivamente, este es el chico de Parchís con pose de "comemelo todo".
 Juicio clínico: Síndorme de Rendo (luxación de cadera derecha y mandíbula). Este señor creo que acabó de camarero en un chiringuito de playa, al menos su cara me suena.
 Juicio clínico: no hay diagnóstico, creo que estos dos aún siguen por las playas de Malibú.
 Juicio clínico: síndrome del español medio: calvo, peludo y todo el día con la flauta en la mano.
 Juicio clínico: alopecia galopante hábilmente corregida con unas peluquillas que no se notan en absoluto. Además los cinco padecen una clara imposibilidad para cerrar los párpados.
 Juicio clínico: fiebre del heno.En realidad se trata de una momia de Ramsés III.
 Juicio clínico: Politoxicomanía severa, gran éxito en las gasolineras  en 1982 y siguientes. 
 Juicio clínico: Hidrocefalia galopante idiopática. Estas señoras derivaron al porno blando a finales de los setenta, con gran éxito por cierto.
 Juicio clínico: depresión severa o síndrome de Julián Muñoz


 Juicio clínico: no puedor, no puedor...
 Ojo, volumen 5, o sea, que había 4 antes.


 Juicio clínico: Gastroenteritis aguda. Sin comentarios... 
 Fashion y eurovisivo Heino cinco minutos antes de ser detenido por el FBI sospechoso de ser un ente marciano. 
 Quiero esa camisaaaaaaaaaaaaa.
 Yunga Yunga, Wako wako...
 Gran traje de lentejuelas. Impecable....
Y...¿éstos de dónde han salido?

PRUDENCIO Y EL CLÁSICO

Soy muy listo. Claro, como tengo tengo una carrera, soy más listillo que nadie. Tal es mi nivel intelectual que puedo mearme directamente en lo que pueda pensar el resto del universo. Porque soy listísimo, tanto que casi lo sé todo acerca de la vida. Por eso puedo tachar de ceporros a aquellos que se emocionan con un deporte en el que unos millonarios corren tras un balón, o calificar de analfabetos funcionales a los que siguen las correrías de Belén Esteban. Soy listo, muy listo...
Sábado 21 de Abril año dos mil doce:
Víctor Bárcenas estaba de guardia, una guardia extrañamente tranquila. Mientras lo usual a las seis de la tarde era un área de policlínica abarrotada, aquella tarde apenas cinco personas esperaban sus resultados.
-Es el fútbol -le dijo el enfermero.
-¿Hoy juega alguien importante? -preguntó el médico curioso.
-Es el clásico, el Madrid-Barça, así que tendremos una tarde tranquilita.
En efecto, la siguiente hora apenas dos nuevos pacientes entraron al servicio de urgencias; uno de ellos era Prudencio, un hombre de 62 años víctima de la mala suerte. Una transfusión en los años ochenta le transmitió un virus C que poco a poco fue consumiendo su hígado. De ojos grandes y cara afilada, su piel tiene un color céreo y una apariencia apergaminada que lo envejecen de una forma extraña. Una mirada infinitamente triste delata que la vida no ha sido justa con él.
El joven médico consulta los datos de la historia digital: Cirrosis en estadío avanzado, anemia multifactorial que necesita de frecuentes transfusiones. Dificultad respiratoria de origen en una cardiopatía dilatada con baja fracción de eyección.
-¿Cómo se encuentra Prudencio? -empezó preguntando a aquel hombre delgadísimo y pálido que lo miraba desde detrás de una mascarilla de oxígeno.
-Otra vez mal doctor, me canso mucho -la mirada de aquel hombre reflejaba la resignación de los condenados- es que me ahogo con dar un paso.
-Bueno Prudencio, a ver si va a ser otra vez la anemia. Voy a explorarle y luego le pediré unas pruebas a ver si lo mejoramos. ¿Qué es eso que tiene en el bolsillo?
-Un pequeño transistor -respondió  Prudencio, su voz denotaba timidez- es que hoy es el clásico, y lo eché por si acaso...
-Aquí no se puede poner la radio, lo siento -respondió el médico en tono seco.
-De joven jugué mucho, y no era malo del todo, de ahí me viene la afición. Casi no sé leer, pero decían que tenía la mejor cabeza de la comarca, por eso de los remates -el paciente sonríe evocando años pasados.
-Sí, pero debe entender que éste no es sitio para esas cosas.
-Me traje unos auriculares, así no molesto -la timidez parecía convertirse en súplica.
-Bueno, ya veremos. Ahora voy a pedirle las pruebas.
Ha pasado más de una hora, y las analíticas han vuelto a confirmar que  Prudencio necesita transfundirse. Son casi las diez de la noche cuando el joven médico observa a su paciente.
Ocupa el sillón cinco, el de la esquina. Sigue siendo el paciente cirrótico de siempre, el de la anemia refractaria, el de la insuficiencia cardiaca, el paciente anónimo conectado a su bolsa de sangre. Pero algo ha cambiado.  Prudencio apenas se mueve, con los ojos cerrados, parece concentrado, da la impresión de estar muy lejos de aquellas urgencias azules. Víctor entonces se da cuenta de que su paciente ha conectado el transistor, conectado los auriculares y  de vez en cuando mueve nervioso el pie derecho. 
-¡Gol! - Luis no ha podido reprimir una exclamación que apenas nadie oye. Abre los ojos y comprueba que el médico lo estaba observando- lo siento doctor, ya sé que me dijo que no se podía, pero...
El joven médico se acerca al sillón cinco, busca un taburete y se sienta junto a Luis.
-¿Y quien ha marcado? -pregunta sonriente.
-Ronaldo, ha sido Ronaldo -el paciente sonríe- pero aún queda un rato, ¿puedo seguir oyendo?
-Con la condición de que me avise si hay más goles.
Minutos más tarde miles de personas festejaban en las calles un resultado deportivo, cientos de periodistas gritaban y contaban histerias colectivas, cientos de listillos como yo dijeron que se trataba de una tontería absurda, pero aquella misma noche, durante noventa minutos, aquel paciente del sillón cinco, el de la cirrosis terminal, el de las transfusiones semanales, el del corazón destrozado recuperó la sonrisa, durante noventa minutos corrió el césped buscando un balón imposible y yo apostaría cualquier cosa a que Prudencio volvió a ser aquel jovencito de pelo rubio que remataba los corners como nadie en la comarca.
PS: Dedicado a todos aquellos pacientes que cada día me dan una lección de Vida, aquellos que me hacen darme cuenta de que no soy más listo que nadie por el simple hecho de tener un título. Gracias.

MIS ABUELAS Y LA PUTA SALCHICHA

¿Cómo decirle algo a mi abuela María "la molinera"?. Ella, que a sus 91 años apenas me conoce; ella que no podrá quejarse porque su mundo se limita a una cama, una mesa camilla y una butaca roja. La abuela que me preparaba los mejores guisos de arroz, aquella mujer que trabajó toda su vida para poder morir en paz. Ella que ni siquiera sabe qué es "el internet".
¿Cómo decirle algo a mi abuela María "la pitoña"?. Ella que ha trabajado desde que quedó huérfana siendo una niña, aquella  mujer que nos ayudaba a coger almendras en los meses de Julio. Alguien cuyas rodillas se convirtieron en nudos de artrosis a base de trabajar la tierra seca. María, que ya ni siquiera puede leer porque hasta la vista le falta, María que aún conserva una memoria prodigiosa.
¿Cómo decirle algo a todos los que se partieron los lomos trabajando de sol a sol para levantar un país destrozado por la guerra?, aquellos que emigraron a países lejanos para mantener familias y engañar el hambre, aquellos que únicamente tuvieron un objetivo en la vida: que sus hijos tuvieran la vida que ellos no pudieron tener. 
Han pasado muchos años, quizás demasiados. Y nosotros, los que hemos heredado este sistema de comodidades y bienestar, hemos olvidado.
Somos tan miserables que nos hemos instalado en nuestros sofás, con nuestros televisores japoneses, nuestros partidos de Champion  y nuestro maldito plato de salchichas con mayonesa olvidando a aquellos viejos que, podemos estar seguros, no se quejarán. Y olvidamos que fueron ellos los que trabajaron a temperaturas bajo cero para poder darnos unos estudios, que son ellos los que quemaron sus pulmones en las fábricas alemanas, ellos los que se mataron en las obras trabajando en condiciones inhumanas, los que arañaron la tierra para sacar algo de donde nada había, los que quemaron su juventud para que no conociéramos su miseria. Hemos olvidado a los que consiguieron dejarnos una sociedad donde la Sanidad, la Educación y la cobertura social estaban garantizadas, una sociedad donde nadie pasara hambre.
Y hemos sido tan torpes que todo lo dilapidamos hasta el límite de poner en peligro todo el sistema que heredamos, pero somos tan desagradecidos que ahora le pediremos a María "la pitoña" que pague nuestra puta salchicha con mayonesa, tan miserables que haremos que María "la molinera" pague sus paracetamoles para que nosotros sigamos viendo la Champion en HD. Somos tan egoístas que dejaremos un sistema tocado de muerte a nuestros hijos. 
Y lo peor de todo, dejaremos que nuestros gobernantes y nuestros mercados metan la mano en el monedero de quienes todo nos lo dieron porque tan cobardes somos que ni siquiera seríamos capaces de sentarnos frente a nuestros abuelos a decirles que no les dejaremos descansar en paz ni siquiera en sus tumbas, porque aquí lo importante es ver la Champions en HD.
PS: Al leer la noticia de que vamos a recurrir a los pensionistas para que paguen el déficit sanitario, inicialmente sentí incredulidad, luego rabia, hoy vergüenza.