ANÓNIMOS

Viernes de madrugada. Enero. Año dos mil doce.
Se llama Emilia. No sabe leer porque a los diez años ya trabajaba en los campos. De niña adoraba comer piruletas de caramelo y las sopas de ajo de su madre. Se casó con Antonio y tuvieron siete hijos. Hoy todos están en la capital, ella vive compartiendo sus tardes de soledad con las novelas de la primera cadena. Antonio murió hace unos años. Toda la vida trabajando y su corazón se partió cuando aún no había cobrado su primera paga como jubilado. El tabaco, le dijeron. Se llama Emilia....
Se llama Carlos. De niño jugaba con una caja de cartón atada a una cuerda. Siempre deseó tener una casa llena de niños, un perro grande y conducir un coche. Sólo consiguió uno de sus deseos. Por las mañanas juega al dominó en el hogar del jubilado; las tardes pasea con Lobo, su perro. Cuando nadie los ve, Carlos habla con Lobo y le cuenta historias inventadas. Siempre sonríe a los niños que juegan en el parque. Se llama Carlos...
Se llama Juana, y su hijo asegura que nadie jamás hará unos callos como los suyos. Se casó muy joven y su viaje de novios duró dos días. Fueron a la capital. Sólo tenían diez pesetas, pero con ellas pasaron una noche mágica en un hostal barato, comieron pescado frito en una fonda junto al mercado y vieron Casablanca. Nunca volvió al cine, pero aún recuerda que él le dijo a ella que siempre les quedaría París. Las noches de luna, cuando nadie la ve, ella se acerca con dificultad a la ventana y suspira pensando en París. Jamás dijo nada porque sabe que a nadie importan esas tonterías de viejos. Se llama Juana...
Viernes de madrugada. Enero. Año dos mil doce.
Víctor Bárcenas sale a respirar un poco de aire fresco en la noche. Un café amargo en la mano derecha le ayuda a conjurar el frío. Mira el cielo y descubre que la luna esa noche está de luto.
Piensa en sus pacientes de área de observación. No recuerda sus nombres, ni siquiera ha logrado comunicarse con ninguno de ellos.
Cama uno, paciente de 81 años con una hemorragia cerebral. No susceptible de cirugía; en espera de evolución. Adoraba las piruletas de caramelo y se llama Emilia.
Cama tres, paciente de 79 años, vive solo y sufre una deshidratación severa. Su riñon apenas funciona y nadie ha preguntado por él. Dice cosas incoherentes sobre un perro y se llama Carlos.
Cama cinco, paciente de 85 años con mala calidad de vida previa que sufre un tromboembolismo pulmonar masivo. Se informa a la familia de mal pronóstico. Nunca visitará Paris y se llama Juana.
-¿Por qué no te pones una bata? -le pregunta una enfermera que salió como él a respirar- te vas a coger un resfriado del quince.
-Me molesta la bata -reconoce el médico- yo con el pijama verde me muevo mejor.
Minutos más tarde el joven médico se sienta frente al ordenador y se da cuenta de que aquellas tres personas se irán de forma anónima. Tan anónima que ni siquiera él, su médico en ese momento, recuerda sus nombres.
Entonces escribe unas palabras...

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Eres un ser muy grande.....

Miriam dijo...

Muy duro...

Marilis González dijo...

Muy duro, muy triste, a veces muy cierto, y muy hermosamente expresado. Gracias.

Anónimo dijo...

Sabes acariciar el alma.Tienes un gran corazón.Hoy me has hecho llorar...

Dra. Boix dijo...

Muchas gracias de parte de una R1...

Irene dijo...

Duele...
A veces me pregunto si no tendremos un puntito masoquista los que decidimos dedicarnos a las personas...
Gracias, por recordarnos a los que aún estamos en camino que esto es mucho más que conseguir aprenderte listas interminables de síntomas y tratamientos...
(bienvenido de nuevo, a nuestro día a día)

Irene y Umpa Lumpa dijo...

Jope... estas cosas me hacen llorar. Y me deja claro es de: jamás jamás jamás... llamar a un paciente por el número de cama que ocupa o por la patología que lo tiene atado a esa habitación =(

Nos abres los ojos a los que aún no hemos llegado

amelche dijo...

Una vez mi profesora de latín dijo: "A veces lo médicos, como nosotros, los profesores, olvidamos que trabajamos con personas". Por eso, desde que soy profesora, intento que no se me olvide nunca.

Un abrazo.