DANIELA


Me duele. Y me duele mucho...
Me llamo Daniela. Ya sé que no es un nombre para una vieja. Tengo casi noventa años y con mi edad lo normal sería llamarme María, Dolores, Concepción o Ana. Pero Padre siempre fue así de moderno y me puso el nombre de una camarera que conoció en uno de sus viajes a Argentina.
Me duele, sólo Dios sabe cuánto me duele.
-Daniela Racua, para servir a Dios y a usted –me insistía doña Angustias, la maestra del pueblo. 
Sólo fui unos meses a la escuela. Eran tiempos malos aquellos. Padre siempre embarcado, Madre servía en casa de unos señores y nosotros, siete hermanos, compartíamos la sopa ajo, la muñeca de cartón (se llamaba Lala) y una cama llena de chinches.
Padre no era muy religioso, pero Madre me explicó que hay un cielo, y un Dios que te recompensa si eres buena persona.
-Aunque a veces verás cosas difíciles de comprender –me decía Madre.
Me duele mucho, ojalá esto pase pronto.
Empecé a trabajar con siete años, y estuve diez años sirviendo en casa de los Montiel. Fueron unos tiempos muy buenos; hasta que una mala mañana el señorito don Álvaro se intentó propasar. Me dijo que o me dejaba hacer o me volvía para el pueblo. Esa misma tarde me dieron tres reales y me pusieron en la calle. En aquellos años aprendí a hacer todas las cosas de la casa, las cuatro cuentas y descubrí que la Virgen siempre vela por nosotros (bueno, casi siempre, sobre todo si le rezas con devoción).
Vaya si me duele, esta vez no se me pasa…
Volví al pueblo, y siete meses más tarde vinieron a casa buscando a Padre. Al parecer estaba en el bando equivocado. Hasta para la guerra hay que tener suerte. Se llevaron a Alberto y a Natalia, mis dos hermanos mayores. No he vuelto a verlos; tampoco a Padre. A Madre le pelaron la cabeza. Fueron muy malos años aquellos. Pasamos hambre. Mucha hambre.
Una tarde, al salir de la iglesia me encontré con el señorito don Álvaro. Él había elegido bando mejor que Padre. Volvió a repetirme la proposición. Fuimos a una fonda. No volvimos a pasar hambre durante varios años, hasta que el señorito don Álvaro se buscó otra. Imagino que no estuvo bien aquello que hice, pero había que hacerlo y hecho se queda. Nunca lo he contado a nadie más que a ti.
Me duele mucho, si alguien me ayudara…
Me casé con veinte años y tuve seis hijos, uno se me murió de anginas con seis años. Manolillo le decíamos al pobre. Mi marido, Antonio se llamaba,  fue el mejor hombre del mundo. No era hombre de letras, pero se mató a trabajar para sacarnos adelante. Nunca supo lo que me hizo el señorito don Álvaro. Se hubiera buscado una ruina, y la familia Montiel eran gente de calidad. Gracias a la Virgen María, mis otros cinco hijos crecieron sanos.
Me duele tanto la barriga, además el hierro de la camilla me hace daño en la mano…
Tengo quince nietos y tres bisnietos. A mi Antonio se lo llevó Dios una tarde del mes de Mayo de hace seis años. Se le paró el corazón mientras regaba las plantas de tomates. Dios lo tendrá en su gloria, con Madre y Padre. Con mis hermanos y con mi Manolillo.
Aún puedo caminar con un bastón y siempre hay alguien que me ayuda. El viernes es la fiesta del Carnaval, y quieren que vaya a ver a mi bisnieta. Se llama Daniela, y tiene siete años. Daniela, como yo. Hoy ya no es un nombre raro. Hace dos días me trajo una máscara y un gorrito para que me lo ponga en la fiesta.
Le dije que yo ya soy muy vieja para estas cosas, pero quien sabe, igual me pongo el gorrito, le hace ilusión. Daniela es guapísima; tiene los ojos de Padre.
Pero desde hace una semana tengo este dolor, por fin esta mañana me trajeron al hospital y ahora estoy en esta camilla. Me duele, me duele mucho…
Llevo varias horas aquí. Imagino que es normal. Hay mucha gente que pasa de un sitio para otro. De vez en cuando viene un chico vestido de verde y me pregunta si necesito algo. Me sonríe y me alisa el pelo. Le pedí agua pero me dijo que nada de beber ni comer, luego le dijo a una jovencita que me mojara los labios con una gasa.
El viernes será una gran mañana. Decidido, me pondré el gorrito y el antifaz. Seguro que Daniela se monda de la risa.
Me duele, me duele mucho…
Víctor Bárcenas sigue hablando por teléfono:
-…ochenta y nueve años y buena calidad de vida previa.
-Pero sabes que poco arreglo tiene con lo que me acabas de contar -responde alguien al otro lado de la línea.
-Ya, pero quizás se podría intentar algo.
-Además con casi noventa años –recalca el cirujano- no tiene ni una posibilidad entre mil de salir adelante. Como no sea un milagro…
Me duele, aunque me duele menos. El chico de verde ha vuelto. Me ha sonreído, pero su mirada parecía triste. Ahora ha sido él quién me ha mojado los labios.
Tengo sueño. Qué tontería; ahora me acuerdo de Lala. Era una muñeca de trapo preciosa, tenía una camisetita rosa con sus botones y todo. También me acuerdo de Padre, siempre me besaba la frente cuando volvía de sus viajes. Tengo sueño; no sé si estaré mejor para el viernes. Ojalá la Virgen quiera.
Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Siempre me he imaginado que sería lo último que se me pase por la cabeza al morir.
Lamentablemente cuando tuve que lidiar con una situación parecida por primera vez, mi concepto de la muerte cambió por completo. Nunca jamás se me podrá olvidar aquella señora.
Es una pena, pero hay que estar en las duras y en las maduras.
Fdo: Estudiante de Medicina en sus últimos años.

Irene y Umpa Lumpa dijo...

¿Se podría hacer algo más por Daniela?... Yo también me lo he preguntado...
Hoy, por primera vez... lo he visto pasar por delante de mis ojos... http://defutbolydemedicina.blogspot.com/2012/02/y-manuel-paro-y-yo-tambien.html

Poco a poco... =)
Gracias por tus entradas. Me sirven para pensar muchas cosas.