LA PREGUNTA

El joven médico sigue mirando el techo de su habitación. A pesar de estar físicamente extenuado no consigue dormirse. Aquella pregunta, aquella imagen vuelve sin remisión a su circuito de neuronas en una especie de cortocircuito demencial. La luna juega entre nubes iluminando retazos del dormitorio donde Víctor Bárcenas descansa buscando un sueño que se oculta entre sombras. No entiende qué ha pasado.
Lo había hecho cientos de veces. Conocía el proceso porque casi siempre era el mismo. Una situación mil veces estudiada por sesudos intelectuales, mil veces repetida y no por ello menos temida por los médicos. Los seres humanos solemos ser mucho menos complejos de lo que suponemos, especialmente en situaciones en las que se juega algo tan singular como la vida.
Llegó a una hora extraña, pues las diez de la noche es tiempo de pedir la cena, de organizar la situación en urgencias, de despedir a familiares rezagados, de cambios de turnos. No es hora de pacientes críticos.
Su edad rondaría la cincuentena  y venía en ambulancia.
-Paciente de cuarenta y siete años -recitó la médico de la ambulancia- sin antecedentes de interés. Trabaja en la caja de un parking. Los compañeros de trabajo lo han encontrado  en  la oficina inconsciente hace una hora. Las constantes son todas normales, pero no responde a estímulos...
La cosa parecía bastante clara, el Scanner sólo confirmó la situación: hemorragia cerebral masiva.
Víctor había vivido esta situación muchas veces y sabía que le dolería. También sabía que la posibilidad de sobrevivir a este tipo de lesiones era nula. Sólo quedaba esperar...pero había que dar la noticia.
Ella tendría unos cuarenta años, cara morena y grandes ojos negros. Era una mujer guapa, vestía una camisa verde y unos leggins marrones, rematados con unas botas de ante marrón. Miraba a los ojos del joven doctor como quien flota en un sueño absurdo.
-Perdona -dijo la mujer- pero es la primera vez que piso un hospital- imagino que Pedro estará mejor.
Víctor sabía que así empezaba siempre este tipo de entrevistas. Y aquí no valían las mentiras, las medias verdades o las huidas. Únicamente quedaba mirar a la cara y decir la verdad.
-¿Es tu pareja? -el joven médico creyó que podía tutear a la mujer de grandes ojos negros.
-Sí -respondió ella -bueno, no estamos casados pero somos pareja- imagino que habrá sido una bajada de azúcar o la tensión baja...¿verdad?
-Bueno -Víctor sabía que ya no quedaba tregua, que en aquel preciso momento iba a destrozar la vida de una persona- la cosa es más grave.
Durante los siguientes diez minutos el joven médico explicó a aquella mujer de ojos negros que la cosa venía mal, que aquello era un Ictus y de una hemorragia cerebral de aquellas características no se salva casi nadie, aquello era la vida en directo y sin piedad.
Ella lo miraba con ojos incrédulos. Él Intentó mantener la mirada de aquella mujer de ojos negros, esperando las preguntas de siempre. Pero ella no preguntó; se limitó a mirar a su alrededor buscando algo donde apoyarse.
-Me estás diciendo que... -no pudo acabar.
-Lo siento mucho, lo siento...
-¿Y quién cuidará de Paula? -dijo la mujer- nacerá en Julio, ¿quien cuidará de Paula?
-Lo siento mucho -volvió a responder. No esperaba la pregunta y no tenía respuesta.
Eran dos seres humanos en una consulta de veinte metros cuadrados. Hubiera dado cualquier cosa por tener una respuesta, por poder ayudar, pero la vida en ocasiones es así de perra.
-¿Quién criará a Paula? -repetía la mujer de ojos negros tocando su abdomen en actitud protectora.
Han pasado siete horas. Son las seis de la mañana y Víctor debería estar durmiendo. Se levanta y decide salir a la calle, donde un Marzo rebelde sigue castigando madrugadas de frío cruel como la vida.
El joven médico siente que el aire frío lo arropa. Respira y mira la luna que se esconde entre nubes harapientas. En un rincón, apartada de todo, la mujer de ojos negros fuma un pitillo y se esfuerza en sonreirle sin apenas fuerzas.
-¿Te pasa algo? -le pregunta una enfermera que se acerca y que también aguarda el final del turno .
El joven médico mira a la enfermera y sonríe. 
-Hace un frío de cojones -le responde.
-Sí, pero a ti te pasa algo, te brillan los ojos -insiste la joven enfermera.
Entonces Víctor Bárcenas, galeno por devoción y médico de urgencias por su mala cabeza, esboza un sonrisa triste y calla porque esa helada noche de Marzo se ha dado cuenta de que hay preguntas imposibles de responder.


PS: Dedicado a todos y todas los que alguna vez les dolió su trabajo.

2 comentarios:

Miriam dijo...

....y cuanto cuesta remontar esas guardias, esas horas y los recuerdos que vuelven cuando termina la jornada aunque intentes no llevártelos a casa...

Jorge dijo...

Grande, muy grande. Al leerte, me gusta pensar en cuánta gente se sentirá, al igual que yo, identificada en la persona de Víctor Bárcenas. Consuela pensar que esas situaciones o similares, las vivimos todos, en todas partes. Sin saberlo, somos una gran familia. Gracias por compartirlo en el blog.

Un médico de familia recién terminado el MIR (vamos, un V. Bárcenas cualquiera).