Era un hombre de unos setenta
años con abundante pelo canoso y ojos claros que resaltaban en una cara reseca
y estriada. Una mirada dura y a la vez dulce enmarcaba una nariz quizás demasiado
grande. Un bigote pasado de moda ocultaba la sonrisa amable de aquel hombre que
se sentaba en la silla destinada al paciente.
Víctor tecleaba con las prisas
de los lunes mientras preguntaba sin levantar la vista.
-¿Es usted alérgico a algo?
-No –respondió el paciente.
Así empezó un diálogo escueto
de preguntas cortas y respuestas más cortas aún.
Era lunes por la mañana y los
lunes no hay tiempo para demasiados diagnósticos. La prioridad es saber quien
está realmente enfermo, quién necesita asistencia urgente, y quién puede volver
a casa con sus dudas, sus dolores y sus esperanzas. Pero aquel hombre del bigote
gris…
Sigue tecleando. Clap, clap,
clap…
Paciente de setenta y dos años sin alergias
medicamentosas, hipertrofia de próstata en espera de cirugía, en tratamiento
con adiro y omnic ocas. No presenta otros antecedentes de interés. Clap, clap,
clap. Acude por…
-¿Y qué le sucede , Alfredo? –pregunta
el médico impaciente fijándose en el azul marino de los pantalones de pana, en
la camisa de cuadros azules y marrones, en la chaqueta de paño gris.
El hombre de ojos glaucos
calla y lo mira con seriedad. Víctor piensa que posiblemente se encuentra con
un enfermo psiquiátrico.
Lo que le faltaba; la
consulta a punto de reventar y ahora debería entretenerse con un chiflado que le
contaría algún tipo de complot masónico.
-¿Tiene usted familia?
-Soy soltero y vivo solo
doctor –se miran- Toda mi familia quedó en Galicia, pero eso tiene poca importancia.
-Bueno –replica el médico-
pero usted comprenderá que me tiene que decir qué le sucede. ¿Le duele algo?
¿tiene fiebre o vómitos?
El hombre de pelo gris lo
mira, una mueca en sus labios resecos indican que va a responder, pero de
pronto calla.
El joven médico empieza a
perder la poca paciencia que le queda.
-Alfredo, si no me dice nada,
no podré ayudarle.
-Mañana me opero de la
próstata –dice por fin el paciente- pero tengo un problemilla con la operación.
-Pero si tiene algún problema
con el tema de la operación lo tiene usted que hablar con el urólogo.
El hombre mueve la cabeza de
arriba abajo asintiendo.
Clap, clap, clap…sigue
tecleando:
…Acude por un problema en relación con su operación de
próstata. Remito a secretaría de urología.
Víctor Bárcenas llama al
celador a su consulta que acude en pocos segundos.
-Alfredo, tome este papel. Es
el alta de urgencias. Ahora lo van a acompañar a la secretaría de urología. Allí
podrá arreglar el tema de su operación.
La mirada del hombre es
serena, los ojos claros entregan una mirada profunda donde el médico descubre
algo que no esperaba, una especie de esperada resignación.
-Gracias doctor, pero…
-Aquí tiene el papelito.
Dígame, ¿alguna duda?
-No pasa nada, nada. Gracias
y disculpe mi torpeza.
-Buenos días Alfredo, y que
todo vaya bien.
El hombre del bigote gris se
levanta y se dirige hacia la puerta donde un celador espera. Víctor vuelve su
mirada a la pantalla donde ya esperan otras vidas. Entonces sucedió.
Un ruido en el pasillo hizo
que el médico levantara los ojos, en ese momento se cruzó la mirada blanca de
Alfredo.
Aquel hombre le había pedido
algo, pero…
La mañana de lunes pasó entre
nuevas vidas. Eso sí, el resto de pacientes tenían sus expectativas presentes.
Cada uno con sus dolores, sus fiebres o sus tristezas. La tarde, quizás algo más
tranquila, dio paso a una noche toledana en la que apenas durmieron.
Pudo dormir dos horas en una
madrugada furtiva. Una ducha rápida y un café cerraron aquella guardia de lunes.
Eran casi las once de la
mañana, ; estaba justamente en la puerta del hospital y tomó la decisión.
Con prisas se dio la vuelta y
se dirigió a los ascensores. Sexta planta, quirófanos generales.
Imaginó que era una tontería,
pero si no lo hacía no se sentiría bien consigo mismo.
Sala de espera de familiares,
una enfermera con pijama verde se asoma a la puerta:
-¿familia de Alfredo Galán?
Víctor Bárcenas se levanta y
se acerca a la sorprendida enfermera
-¿Es familia tuya? -pregunta la de verde al reconocer al médico
de urgencias, ahora vestido con vaqueros y camiseta.
-Bueno, puede decirse que sí –responde.
-Pues creíamos que nadie vendría
Minutos más tarde entra en la
sala donde descansa el hombre de pelo gris. El pijama lo hace parecer más indefenso y la falta de
dentadura postiza lo hace parecer más viejo.
El joven médico se acerca.
-¿Cómo se encuentra?
Entonces aquellos dos hombres
se sonríen.
Y aquella mañana un gallego
llamado Alfredo no se sintió solo frente al mundo.
4 comentarios:
fantastico...
kuca:
Impresionante, maravilloso, conmovedor...
....una vez mas una historia , una historia verdadera con la que nos encontramos cada dia y que me ha llegado muy adentro...cuantas veces deberiamos dejar a un lado el stress, las prisas, el que la gente esté protestando detrás de la puerta y preocuparnos sólo por esa persona que tenemos delante y de lo que realmente quiere decirnos a veces sin palabras, porque a veces se nos olvida, o no podemos , o la presión asistencial nos puede...pero hay que recordarlo cada dia y con cada paciente...
Una vez más muchas gracias , por estos relatos tan humanos .
Un saludo
....una vez mas una historia , una historia verdadera con la que nos encontramos cada dia y que me ha llegado muy adentro...cuantas veces deberiamos dejar a un lado el stress, las prisas, el que la gente esté protestando detrás de la puerta y preocuparnos sólo por esa persona que tenemos delante y de lo que realmente quiere decirnos a veces sin palabras, porque a veces se nos olvida, o no podemos , o la presión asistencial nos puede...pero hay que recordarlo cada dia y con cada paciente...
Una vez más muchas gracias , por estos relatos tan humanos .
Un saludo
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