PRUDENCIO Y EL CLÁSICO

Soy muy listo. Claro, como tengo tengo una carrera, soy más listillo que nadie. Tal es mi nivel intelectual que puedo mearme directamente en lo que pueda pensar el resto del universo. Porque soy listísimo, tanto que casi lo sé todo acerca de la vida. Por eso puedo tachar de ceporros a aquellos que se emocionan con un deporte en el que unos millonarios corren tras un balón, o calificar de analfabetos funcionales a los que siguen las correrías de Belén Esteban. Soy listo, muy listo...
Sábado 21 de Abril año dos mil doce:
Víctor Bárcenas estaba de guardia, una guardia extrañamente tranquila. Mientras lo usual a las seis de la tarde era un área de policlínica abarrotada, aquella tarde apenas cinco personas esperaban sus resultados.
-Es el fútbol -le dijo el enfermero.
-¿Hoy juega alguien importante? -preguntó el médico curioso.
-Es el clásico, el Madrid-Barça, así que tendremos una tarde tranquilita.
En efecto, la siguiente hora apenas dos nuevos pacientes entraron al servicio de urgencias; uno de ellos era Prudencio, un hombre de 62 años víctima de la mala suerte. Una transfusión en los años ochenta le transmitió un virus C que poco a poco fue consumiendo su hígado. De ojos grandes y cara afilada, su piel tiene un color céreo y una apariencia apergaminada que lo envejecen de una forma extraña. Una mirada infinitamente triste delata que la vida no ha sido justa con él.
El joven médico consulta los datos de la historia digital: Cirrosis en estadío avanzado, anemia multifactorial que necesita de frecuentes transfusiones. Dificultad respiratoria de origen en una cardiopatía dilatada con baja fracción de eyección.
-¿Cómo se encuentra Prudencio? -empezó preguntando a aquel hombre delgadísimo y pálido que lo miraba desde detrás de una mascarilla de oxígeno.
-Otra vez mal doctor, me canso mucho -la mirada de aquel hombre reflejaba la resignación de los condenados- es que me ahogo con dar un paso.
-Bueno Prudencio, a ver si va a ser otra vez la anemia. Voy a explorarle y luego le pediré unas pruebas a ver si lo mejoramos. ¿Qué es eso que tiene en el bolsillo?
-Un pequeño transistor -respondió  Prudencio, su voz denotaba timidez- es que hoy es el clásico, y lo eché por si acaso...
-Aquí no se puede poner la radio, lo siento -respondió el médico en tono seco.
-De joven jugué mucho, y no era malo del todo, de ahí me viene la afición. Casi no sé leer, pero decían que tenía la mejor cabeza de la comarca, por eso de los remates -el paciente sonríe evocando años pasados.
-Sí, pero debe entender que éste no es sitio para esas cosas.
-Me traje unos auriculares, así no molesto -la timidez parecía convertirse en súplica.
-Bueno, ya veremos. Ahora voy a pedirle las pruebas.
Ha pasado más de una hora, y las analíticas han vuelto a confirmar que  Prudencio necesita transfundirse. Son casi las diez de la noche cuando el joven médico observa a su paciente.
Ocupa el sillón cinco, el de la esquina. Sigue siendo el paciente cirrótico de siempre, el de la anemia refractaria, el de la insuficiencia cardiaca, el paciente anónimo conectado a su bolsa de sangre. Pero algo ha cambiado.  Prudencio apenas se mueve, con los ojos cerrados, parece concentrado, da la impresión de estar muy lejos de aquellas urgencias azules. Víctor entonces se da cuenta de que su paciente ha conectado el transistor, conectado los auriculares y  de vez en cuando mueve nervioso el pie derecho. 
-¡Gol! - Luis no ha podido reprimir una exclamación que apenas nadie oye. Abre los ojos y comprueba que el médico lo estaba observando- lo siento doctor, ya sé que me dijo que no se podía, pero...
El joven médico se acerca al sillón cinco, busca un taburete y se sienta junto a Luis.
-¿Y quien ha marcado? -pregunta sonriente.
-Ronaldo, ha sido Ronaldo -el paciente sonríe- pero aún queda un rato, ¿puedo seguir oyendo?
-Con la condición de que me avise si hay más goles.
Minutos más tarde miles de personas festejaban en las calles un resultado deportivo, cientos de periodistas gritaban y contaban histerias colectivas, cientos de listillos como yo dijeron que se trataba de una tontería absurda, pero aquella misma noche, durante noventa minutos, aquel paciente del sillón cinco, el de la cirrosis terminal, el de las transfusiones semanales, el del corazón destrozado recuperó la sonrisa, durante noventa minutos corrió el césped buscando un balón imposible y yo apostaría cualquier cosa a que Prudencio volvió a ser aquel jovencito de pelo rubio que remataba los corners como nadie en la comarca.
PS: Dedicado a todos aquellos pacientes que cada día me dan una lección de Vida, aquellos que me hacen darme cuenta de que no soy más listo que nadie por el simple hecho de tener un título. Gracias.

5 comentarios:

ALEJANDRA dijo...

Cuando casi dejaste el blog, publicaste una entrada de lo que parecía ser una serie muy interesante.¿ Puedes por favor decirme qué pasa con esto?. ¡Gracias!.

Irene y Umpa Lumpa dijo...

Precioso

Mar dijo...

Real como la vida misma, soy auxiliar y trabajo en un hospital, el día que hay partido,digamos que importante, no suena un timbre, nadie necesita nada, los pasillos están vacíos. El día de la final del mundial trabajé de noche, y bueno eso ya fue lo nunca visto, las visitas que no se habían ido ya,pues estaban todas en las habitaciones y había un silencio increíble en el hospital, ah, y trabajo en un hospital en Bilbao. Son momentos buenos, todo el mundo es feliz por un rato.Y no sólo el fútbol, que aquí con el ciclismo pasa lo mismo.

Mar dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
amelche dijo...

Vaya, no sabía que el fútbol fuera tan importante. Pensaba que era una tontería.