LEYRE Y CLEO DE NILE


La niña mira al médico solicitando algo, él imagina que simplemente le pide que no le haga daño.
Leyre no ha llorado, porque las niñas mayores no lloran en el médico. Sin embargo le duele, y le duele mucho.
-Te vas a portar como una mujercita –le había pedido su madre mientras esperaban en la sala de espera.

A Mamá no le dolía, así era muy fácil decir las cosas. Mami jugaba con ventaja porque a ella no le ardía la garganta, ella no tenía agujas clavándose en sus oídos y su cabeza no palpitaba como una de esas calabazas que estallan en las pelis de la tele.
Esperamos en una sala llena de madres y niños; Recuerdo que unos corrían y otros lloraban. Un bebé luchaba para que no le pusieran una mascarilla con aerosoles y una señora de pelo rojo hablaba del gobierno con mi madre. Pero yo tenía dolor, y casi nada a mi alrededor importaba, únicamente pensaba en que no podría llorar con el médico. No debía, porque ya tenía ocho años, y con mi edad las niñas no lloran.
Entramos en una consulta donde casi todo era de color azul, y un médico con gafas negras y mirada cansada nos miró con ojos curiosos mientras hacía algunas preguntas a Mamá acerca de mis alergias y vacunas.

Aquella niña había llorado antes de entrar en la consulta. Tenía el pelo rubio recogido en unas coletas y unos ojos azules que lo miraban con una mezcla de miedo y súplica. Mientras la madre desgranaba los síntomas ella intentó sonreír sin conseguirlo.
-¿Te llamas Leyre? –preguntó Víctor Bárcenas; ella asintió moviendo la cabeza.

Me dijo si me llamaba Leyre, y no pude hablar, porque si lo hubiera hecho habría empezado a llorar como una tonta. Moví la cabeza y entonces me di cuenta de que ahora sí que parecía una tonta de remate moviendo la cabeza como uno de esos muñecos de madera que tiene el abuelo en su casa. El médico me preguntó si me dolía mucho y luego me pidió que me pusiera en la camilla para mirarme.

La niña se sentó en la camilla, su labio inferior temblaba y una lágrima resbaló por su mejilla. Jamás lo había pensado, pero aquella niña estaba aterrada por la presencia del médico; entonces ocurrió algo.
-Creo que te gustan mucho las Monster High –dijo el joven médico, sin saber muy bien donde le llevaría aquella frase.
-¿Cómo lo sabes? –habló por fin Leyre.
-Porque aquí en el ordenador salen esas cosas. Los médicos no sólo apuntamos cosas malas  –respondió- pero no tengo apuntada cuales son las Monster que te gustan.
-Draculaura –respondió sin dudar.
-Buena elección –opinó Víctor poniendo cara de de interés- ¿sabías que es la hija de un conde vampiro?
-Claro, eso lo sabe todo el mundo –Leyre sonrió.
-Vamos a hacer un pacto, me dejas mirarte la garganta y te cuento algo de Cleo de Nile.

Vaya médico más raro. En lugar de ponerme el hierro frío en la espalda y pedirme que respirara empezó a hablarme de las Monster. La verdad es que sabía un montón, nunca había conocido un adulto que supiera tantas cosas de las Monster. Luego me puso el hierro en la espalda y me miró la boca con ese palo de madera asqueroso. Aguanté porque me prometió contarme algo acerca de Cleo.
Cuando acabó la exploración el médico se acercó al oído de Leyre y le susurró algo, la madre los miraba con curiosidad. Unos minutos más tarde la niña de ojos verdes abandonaba la consulta azul de la mano de su madre.
-Adiós Leyre.
-Adiós Médico.
Minutos más tarde el joven médico había olvidado a la niña de las coletas. Aquella tarde de Mayo no tuvo nada de especial para nadie. O mejor diríamos que para casi nadie.

Nunca más volví a llorar en el médico, porque siempre que Mamá me volvió a llevar a aquella consulta de color azul esperaba encontrarme con aquel médico de las gafas negras. Nunca más volvía  verlo, pero tampoco le dije a nadie que había sido él quien me contó aquel increíble secreto de Cleo de Nile.
  
PS: Puedo aguantar mucho, una vez incluso creí que podía con cualquier cosa. Hace unos días supe que no puedo aguantar ver el sufrimiento de un niño. Imagino que todos tenemos nuestros límites. 

1 comentario:

Miriam dijo...

:) Genial... como siempre.