EL FIN DEL CAMINO

La habitación huele a blanco y la brisa fresca mueve una rudimentaria cortina de cuadros verdes y rojos. 
Remedios entra con cautela y sonríe al mirar a Blas; éste la espera sentado en el borde de la cama.
-¿me esperabas? -dice la anciana acercándose con dificultad. Hace tres años que necesita usar un bastón.
-Yo me valgo solo, no soy ningún niño -responde él suspicaz. 
-Venga, te ayudo a ponerte la camisa, no seas cascarrabias -Remedios acaricia con infinita dulzura las canas de su Blas. Porque aquel anciano gruñón siempre será su Blas.
El viejo despertador marca un eterno tic tac mientras se miran en silencio.
-Sesenta y dos años juntos -susurra ella.
Entonces aquel viejo de pelo blanco rompe a llorar en silencio.
-¿Qué te pasa chiquillo? -pregunta ella.
-Mis zapatillas -responde él con cara de miedo.
-¿Tus zapatillas?
-Abrázame, porque no recuerdo cual se pone en la derecha y cual en el otro pie.
Y aquella mañana de Junio, en aquella casita al Sur del Sur una mujer con bastón acuna en sus brazos a un  hombre de pelo blanco, sabiendo ambos que están al final del camino.

1 comentario:

Anónimo dijo...

estremecedor. En un minutos me arrancaste una sonrisa y una lágrima