LA CAMA 12

A pesar de haber terminado su turno Víctor Bárcenas no puede conciliar el sueño. Tumbado en su cama contempla imágenes irreales en el techo de su habitación. Algo ha fallado...
Su edad rondaba los ochenta, y la delgadez extrema de sus brazos recordaba aquellos campos de exterminio que salían en los documentales en blanco y negro.
Desde que ingresó en la cama 12 apenas había abierto los ojos, y sus palabras, escasas a lo largo de las quince horas que llevaba ingresado, reflejaban una serenidad y una lucidez no habituales en personas de su edad. Era un hombre de pueblo que sin duda había trabajado la tierra durante años como atestiguaban las profundas arrugas en su cara y los callos, aun presentes en sus manos sembradas de nudos artríticos.
Víctor Bárcenas sigue recordando aquellos ojos enterrados en una faz curtida por el terral que sólo sopla al Sur del Sur.
Una bronquitis crónica extremadamente severa lo ataba a la botella de oxígeno desde hacía tres años, y desde que ingresó se había limitado a solicitar agua en un par de ocasiones, sonreír al médico de guardia y pedir una pastilla para poder dormir.
Y no recordaba su nombre...
La conversación apenas había durado treinta segundos, pero el médico seguía teniendo la seguridad de que algo había ido absolutamente mal:
-Doctor -le dijo aquel paciente desde detrás de su mascarilla verde- ¿le puedo hacer una pregunta?
-Dígame -respondió el médico esperando la temida solicitud de botella para orinar.
-¿me podría decir qué es una persona terminal? -el paciente lo miraba con intensidad
-Bueno, realmente es alguien a quien le queda poco tiempo de vida -dijo Víctor sorprendido.
-Esta mañana escuché que el enfermo de la cama 12 era terminal, y me acabo de dar cuenta que hay un número 12 sobre mi cabecero. 
El resto fueron tímidas excusas en un esfuerzo inútil por salvar los muebles. 
Una luna acuchillada se asoma a la ventana  como mudo testigo de algo que debería reconocer: se había equivocado, y ni siquiera recordaba  el nombre de aquel paciente de la cama 12.

4 comentarios:

Sir Enry Baskerville dijo...

Hay que ser muy prudente en esta profesión, pues el grado de susceptibilidad es más elevado cuando se es "paciente" o se está "al otro lado" de los profesionales.

Si me permites, hace años, en un hospital de mi ciudad, abrí la puerta de urgencias y :
_ ¿que busca señora?
_busco a fulanito,contesté
_ ¡ah si!.... es el que acaba de fallecer...
_y usted ¿quien es?
- soy su hija, respondí.
Así me enteré de la muerte de mi padre.

Me pareció una tremenda imprudencia la forma de hablar de aquella profesional sanitaria.

Te leo desde hace un tiempo y me gustan tus historias.

Recibe un saludo.
Anna Jorba Ricart

Sandra Montes dijo...

Hola
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Remedios dijo...

Hola Salva.
Echo de menos tus historias.
¿Por qué no escribes desde junio?

Tamara Sancho dijo...

Emocionante tu relato.
Nos debería hacer reflexionar.

www.tamarasancho.es