LA VIDA FRENTE AL ABISMO

Sabes que debes ser tú porque nadie más puede hacerlo, sabes que por ello te pagan, que es tu obligación y que se espera que tú lo hagas. 
Lo has hecho unas cien veces, pero esta vez es especial. Tan especial como lo fueron las noventa y nueve veces anteriores. Cada una de ellas con su rostro, sus ojos y su expresión de sorpresa. 
Ella te mirará esperando que suceda lo que suele suceder casi siempre (maldito casi), esperando la frase mágica: "las pruebas son todas normales". 
Pero esta vez no podrás darle tregua. Las pruebas son concluyentes y no puedes, ni debes, engañar. No hay espacio para medias verdades, porque sólo hay una desgarradora verdad en este caso.
Caminas por el pasillo azul, que te parece irreal a esas horas de la madrugada, y te acercas a una puerta gris plomo.
Sabes que tras aquella puerta te espera alguien a quien debes decir   que su vida tendrá un antes y un después de esa noche, que a partir de ese momento va a conocer el infierno de la enfermedad y el dolor. Quizás te callarás lo que intuyes, porque intentarás dejar alguna ventana abierta a la esperanza, aún sabiendo que las esperanzas son casi nulas.
Te temblará la voz, sabes que así será porque siempre te tiembla, pero le dirás que confíe en el sistema, porque vamos a ir a por todas.
Tendrás miedo, un miedo cerval y agudo. Un pánico irracional y terrible porque sabes que te estás asomando al acantilado de la vida. Porque sabes que hoy es aquella chica de ojos negros, igual podrías ser tú o tu gente, y eso, no intentes mentirte, te acojona.
Y te sentirás mal durante varios días, recordarás sus ojos incrédulos antes de dormirte, su cara de sorpresa al no escuchar aquello de "todas las pruebas son normales".
Llegas al final del pasillo, respiras, giras el pomo de la puerta, y entras en la consulta para encontrarte con aquellos ojos. El resto es historia. 
Mucha suerte chica de los ojos negros.

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