LEYRE NUNCA SE HA ENAMORADO


Leyre nunca se ha enamorado, nunca tuvo amigos de verdad, nunca entendió aquellas historias que contaban los maestros. Leyre no entiende el mundo de los otros, porque ella tiene su propio mundo. Leyre nunca llora, Leire nunca ríe. Tampoco permite que nadie le dé besos.
Nació una tarde de primavera de hace casi veinte años, y su madre adoraba las canciones de desamor de Los Secretos.
Hace diez años que Leyre oye voces. Sabe que esas voces no le pertenecen. Son unas voces ajenas y tóxicas que le ordenan cosas absurdas. Lo peor es que sólo callan cuando ella les hace caso. Una vez intentó ignorarlas y todo fue un desastre. Acabó ingresada suplicando que aquellas malditas voces callaran de una vez.
Leyre no canta. Tampoco sonríe por las mañanas cuando el sol naciente baña su dormitorio blanco.
Leyre no recuerda casi nada. Las malditas cápsulas verdes embotan su mente convirtiendo su vida en una especie de sueño nebuloso. A veces recuerda aquel día que la sacaron del colegio con apenas diez años. Se golpeaba la cabeza mientras suplicaba a gritos que las voces callaran de una vez. Los niños de su clase la miraron con miedo y  nunca más volvieron a tratarla como antes porque Leyre estaba loca.
A veces su madre le canta canciones de Los Secretos, o le narra cuentos antiguos. Eso la ayuda a dormirse. En esas escasas noches azules, cuando Leyre duerme plácidamente, su madre aprovecha para abrazarla y besar su frente una y mil veces.
Ahora se sienta frente a Víctor Bárcenas. Algo ha vuelto a ir mal en la complicada mente de esa chica de ojos grises. Es terriblemente difícil poder ni tan siquiera imaginar lo que sufre alguien que es capaz de arrancarse los pelos a tirones. Pide ayuda porque no aguanta más las malditas voces. A su lado una mujer prematuramente envejecida,  pelo gris y grandes ojeras, se aferra al bolso de mercadillo. Tiene sus mismos ojos grises.
-Que la ingresen, que la duerman, porque no puede más –suplica su mirada.
-¿me puede ayudar, doctor? –dice ella con una voz gutural hija de la Clotiapina.
Y por primera vez desde hace muchos meses, el médico es consciente de dos cosas: que le gustaría poder ayudar a aquella chica de ojos grises pero poco más que una sonrisa puede regalarle, y que la sociedad casi nada  ofrece a Leyre aparte de un puñado de cápsulas verdes.

Hoy, diez de Octubre, es el día mundial de la Salud Mental. Millones de personas como Leyre siguen sufriendo, además de su enfermedad, nuestra indiferencia, nuestro miedo y sobre todo nuestro rechazo.

2 comentarios:

Irene y Umpa Lumpa dijo...

Estoy rotando por psiquiatría... Son mis primeros contactos con la psiquiatría. Me estoy dando cuenta de la cantidad de prejuicios que tenía sobre la salud mental sin yo siquiera saberlo.

Son enfermos. Con la diferencia de que cuando a alguien le diagnostican un cáncer, la familia se vuelca, los vecinos se vuelcan, todo el mundo está pendiente. Cuando lo que se diagnostica es una enfermedad mental... con suerte algún familiar se preocupa y alguna vez se vuelca.
La mayoría de las veces, la familia se cansa. La sociedad les da la espalda y a veces hasta el sistema sanitario les da la espalda.

Anónimo dijo...

A la hermana mayor de mi mejor amiga le diagnosticaron esquizofrenia en la adolescencia. Fue horrible. Pero con el apoyo de su familia, salió adelante. Era buena en los estudios, los retomó, estudió una carrera universitaria, aprobó unas oposiciones del grupo A, y lleva una vida "normal" con su medicación y el apoyo de los que la queremos un montón.
Conocer este caso de cerca me hizo perder mis prejuicios sobre la enfermedad mental. Ojalá nuestra sociedad no tuviera tantos prejuicios...