MALETAS

Siempre había disfrutado con ese gesto, pero esa tarde llora mientras ordena con meticulosidad su ropa interior en la maleta. 
Laura nunca había sido una chica normal, porque no era normal que a una niña de doce años le gustase memorizar las partes del cuerpo. Tampoco era usual que a los trece años pasara las tardes enteras mirando por aquel microscopio de juguete ensimismada ante los movimientos de los gusanitos de agua.
Aquella niña de pelo encrespado tenía algo especial, le apasionaba la vida. Por eso nadie se extrañó cuando eligió ciencias durante el Bachillerato, tampoco sorprendieron sus extraordinarias notas en selectividad.
-Voy a coger medicina -dijo una tarde de Julio- y voy a ser la mejor.
Laura se enamoró de la que sería su profesión. Sus notas siguieron siendo muy buenas durante seis años, y sus veranos siempre los dedicó a hacer un viaje. Aquella joven de pelo rojo disfrutaba preparando su viaje, ordenando su maleta, anticipando las nuevas experiencias...
Acabó la carrera con 24 años y pudo obtener un buen puesto en el examen MIR. Ahora empezaba lo más duro. Fueron cuatro años alucinantes, en los que trabajó duro, se formó y finalmente se convirtió en una gran médica de familia. 
Una tarde de otoño había conocido a Javier, un chico de su edad que acababa de aprobar unas oposiciones como maestro.
Durante esos años Laura siguió viajando, conociendo, viviendo. Y deseando que llegara el momento de sacar del armario su vieja maleta color naranja para preparar un nuevo viaje.
En algún lugar había leído que el sistema se había gastado doscientos mil euros en formarla como médica de familia. No importaba, porque ella daría a la sociedad mucho más de lo recibido; estaba formada, tenía ganas y a sus veintinueve años estaba preparada para todo. Para casi todo...
Tras finalizar su formación trabajó durante dos meses haciendo sustituciones en un centro de salud cerca de Lugo. Después nada. 
Pasaron dos meses en los cuales vivió pegada a un teléfono que nunca sonaba. En Diciembre volvió a trabajar once días sueltos y volvió al paro.
Laura, aquella niña de pelo rojo, la niña que jugaba con microscopios  y estudiaba cada tarde hasta quemarse las pestañas, pasó seis meses esperando. Pero nadie la llamó.
El segundo verano no fue diferente, un contrato al cincuenta por ciento cubriendo diversos cupos en un centro de salud cerca de Pontevedra.
Hasta que una mañana sonó el teléfono. No era exactamente lo que ella esperaba, pero dos días más tarde todo estaba firmado.
Laura sigue ordenando la maleta mientras no para de llorar. Mañana partirá hacia Canadá. Un contrato de dos años con opción a renovar, un sueldo digno y un cupo de pacientes ha sido la oferta.
Laura no pedía más, simplemente poder trabajar en aquello que sabía hacer.
Algo le dice que no volverá, aunque espera no olvidar las tardes junto a Javier, las galletas de su madre o las eternas mañanas de verano memorizando aquello de martillo-yunque-estribo.
Mientras cierra la maleta, una voz distrae su atención. Un político de pelo engominado y corbata roja habla en un estrado de madera sobre presente y futuro del pueblo. Dice algo sobre arrimar el hombro y ajustarse el cinturón. Entonces la joven del pelo rojo se da cuenta de que la han estafado, termina de cerrar la maleta y sale de casa.

5 comentarios:

Irene y Umpa Lumpa dijo...

Sólo que en la realidad actual, Javier no podría haber aprobado unas oposiciones de maestro... porque no existen...

Triste, pero más real de lo que pueda parecer.

Remedios dijo...

Cuando yo terminé la carrera hace 25 años también había muchos médicos en paro y yo misma lo sufrí una temporada.
La sensación de sentirte ignorada a pesar de todo el esfuerzo es frustrante.
Esto es un expolio de talento.

Miriam dijo...


...tan real como la vida misma...

amelche dijo...

Yo también me siento estafada y me sentí cuando acabé la carrera. Pasé varios años dando clases particulares y en academias que no me pagaban bien. También hice la maleta y me fui dos años a vivir a Irlanda del Norte para poder ejercer mi profesión. Aunque, al final, pude volver y aprobar unas oposiciones.

Anónimo dijo...

Salva, hacía tiempo que no te leía, y una vez más has vuelto a engancharme. Qué bien plasmas lo que está ocurriendo, lástima que el momento sea tan desesperanzador.

A pesar de todo ello, yo creo que si todos salimos a la calle y nos plantamos podemos parar estas atrocidades, ¿por qué no lo hacemos?, ¿por qué dejamos que nos traten como a borregos?...