MANCHAS DE CAFÉ

-¿Me dice que le duele la pierna desde hace dos semanas? -Victor Bárcenas esa mañana no estaba de buen humor.
-Sí, pero es que... -el anciano tiene una mirada que es en sí una excusa.
-Vamos a ver señor -el médico mira la etiqueta identificativa  del paciente- Marcelo, usted sabrá que esto es un servicio de urgencias.
Ha recalcado la palabra urgencias de forma intencionada.
-Sí, ya lo sé, pero es que no pude venir antes.
-Marcelo, antes de venir aquí debe ir a  su médico de familia.
Víctor tiene una demora de casi tres horas, catorce pacientes a su cargo y casi la mitad sin ver. Está siendo una tarde verdaderamente horrible, y ahora tiene que lidiar con un señor con dolor de rodilla desde hace un mes.
Marcelo no parece mala persona, acaba de cumplir setenta y ocho años, tiene una cara amable y viste jersey azul sobre una camisa también azul. Un pantalón de pana marrón y unos zapatos pasados de moda completan el atuendo. Víctor nota unas manchas de café en el jersey. Acude solo y cojea ligeramente de la pierna derecha.
El joven médico no suele ser tan brusco con sus pacientes, pero acaba de discutir con la enfermera de triage, el ordenador se ha bloqueado en varias ocasiones y además un familiar de otro paciente amenaza con poner una reclamación si no lo atienden con celeridad.
-Venga, póngase en la camilla para que lo mire -le dice con aspereza.
-Gracias doctor -Marcelo parece tímido, también cansado.
-No me dé las gracias, lo que debe hacer es acudir a su médico para estas cosas -la somera exploración hace intuir que el dolor es provocado por la edad- esto es un dolor de artrosis, además seguro que lleva con este dolor meses, venga ya se puede levantar.
Cinco minutos más tarde Marcelo se dispone a abandonar la consulta con cautela, con el papel del alta en la mano se dirige al médico que sigue intentando desbloquear el ordenador.
-Gracias de todos modos doctor -le agradece de nuevo- ¿esto cree usted que me mejorará?
La gota que colma el vaso de la paciencia de Víctor.
-Oiga -le espeta levantando el tono de voz- si le he mandado esa medicación es porque creo que le mejorará, y si no mejora, debe ir a su médico.
-Es que...-Marcelo busca su mirada, pero el médico está centrado en el sistema operativo del ordenador- necesito mejorar.
-Y yo necesito unas vacaciones -piensa el joven, imaginando que Marcelo no acude a su médico porque debe jugar al dominó en el hogar del pensionista.
-Necesito mejorar doctor -repite Marcelo- no es por mí, es por Encarna.
El médico levanta la cabeza y por primera vez encuentra la mirada de aquel hombre del jersey azul.
-¿Encarna? -pregunta el médico.
-Es mi mujer -responde Marcelo- no tiene a nadie más que a mí. Tiene Alzheimer y la tengo que llevar todas las mañanas a pasear . Por las tardes se pone imposible y tengo que estar con ella. Aunque hay días que ni me conoce yo la sigo queriendo como siempre. Hoy me ha traído un vecino y he conseguido que una vecina se quede cuidándola. Es verdad que la pierna me duele hace meses. Usted disculpe, pero necesito estar bien, es por Encarna.
-Marcelo,  yo no quería...-el médico sabe que se ha equivocado. Se levanta, al menos acompañará a su paciente a la puerta- espero que todo salga bien
-Llevamos cincuenta y dos años casados -Marcelo sonríe- y yo ya sin ella no soy nada.
-Cuidese Marcelo -el médico acaricia la espalda del anciano.
-Gracias doctor, gracias y disculpe.
Y un anciano con pantalón de pana y jersey azul con manchas de café se aleja cojeando por el pasillo.

El Capital y la comadreja

Mis conocimietos de economía van parejos a mi capacidad para pilotar naves Jedi. No considero, al menos actualmente, el dinero una de mis prioridades vitales; de hecho supongo que podría ganar más de lo que actualmente gano si me dedicara a hacer cositas en la medicina privada. Por suerte puedo elegir y no sacrifico una mañana de sol, una tarde junto a la chimenea o simplemente ver un capítulo de Aída por ganar algo más. Es cuestión de prioridades.
Mi concepto de Banco era el de un lugar para sentarse o bien un sitio donde pongo mi dinero y me lo guardan, que tienen cajeros para sacar dinero y donde una vez tuve una hipoteca  y me clavaron a base de bien. Es su derecho, pues nadie me obligó a pedirles un préstamo. De hecho tengo la misma cuenta desde que mi padre me la abrió con 13 años.
A pesar de todo, y gracias a que no me gustan los Mercedes ni los BMW, a que solemos llevar una vida bastante espartana y una bombilla sigue alumbrando mi dormitorio, hemos conseguido tener algunos ahorrillos.
-¡rinnn, rinnng! -sonó mi teléfono a las 4 de la tarde.
Descolgué dispuesto a mandar a quien me llamaba a tomar por donde amargan los pepinos.
-Hola señor -acento del norte- le llamo del banco.
-Ostras -pensé- si es del banco, esto hay que tenerlo en cuenta.
Cuando me llaman del banco es como cuando me cruzo con la Guardia Civil, tengo el repentino convencimiento de que hice algo delectivo.
-Hemos comprobado sus cuentas -prosiguió la señorita del banco- y tiene un capital que no le está rindiendo nada.
Después de media hora hablándome de cosas sumamente extrañas, me convenció para que fuese a la sucursal al día siguiente a sacarle "rendimiento" a mi "capital".
Nos recibió una chica con cara de comadreja que en menos de quince minutos intentó vendernos unas sartenes (lo consiguió), un seguro de coche  y de hogar (casi lo consigue) y nos convenció de que estábamos perdiendo dinero al tener el "capital" en mi cuenta, una miserable cuenta de ahorro. Me sentía como una especie de Paco Martínez Soria. Con lo de oportunidades que me daba "el mercado", y yo haciendo el tonto con mi cuenta de cromañón.
-Oye -le dije- que queremos algo seguro cien por cien, tampoco es cuestión de especular o arriesgar.
-Os aseguro -prometió con su mejor sonrisa de roedor-  que estas acciones son 100% seguras, son acciones preferentes. Dan mucho rendimiento y cuando querais las vendeis y "el capital" lo teneis asegurado.
Un año más tarde...
Alguien me llama por teléfono y me dice que las acciones preferentes están bajando a cascoporro. Alarmado me dirijo a "mi banco de toda la vida".
-Que quiero vender las acciones y volver a recuperar mi dinero, como me prometieron -le dije.
-Es que... -comadreja esquivó la mirada- resulta que las condiciones han cambiado.
-¿quéeeee? -mi expresión no dejaba lugar a dudas, afotunadamente no tenía a mano una pistola y un pasamontañas
-Resulta que salió una ley en Junio del año pasado que hace que ya no tengas "el capital" garantizado. Ahora tienes acciones en el mercado libre.
No la estrangulé porque no era el sitio ni el lugar...
-Pero -acerté a decir- eso no es lo que me dijiste hace un año, además nadie me avisó de nada...
-Ya lo sé -se excusó- pero nadie preveía esto...de todas formas, puedes mantener las acciones, son tuyas, y esperar a ver qué pasa.
-Quiero Mi Dinero, y lo quiero Ya -pensé.
No hubo nada que hacer. "El Capital" ya no era Mi dinero, eran acciones cuyo valor se decidía cada día en bolsa. Tomamos una decisión:
-Queremos el dinero, queremos vender todo.
-Pero ahora no es el momento -insistía comadreja- además si insistís, las pondremos a la venta, pero habrá que esperar a ver si alguien las compra.
-¿Y si no se venden? -mi cara era de pánico.
-Bueno, esperemos que se vendan -dijo ella.
Después de dos semanas, han vendido las acciones y sólo hemos perdido 70 eurazos. Pero después de esta experiencia puedo decir, sin miedo a equivocarme que no sé si todos son iguales, pero en mi banco me han engañado, han jugado con Mi Dinero y me han tratado como lo que quizás soy, un pardillo. Imagino que no soy el único.
Quien se aprovecha de esa manera de la buena voluntad y desconocimiento de su cliente sólo tiene un nombre: sinvergüenzas.

PIENSA, PIENSA...COSAS DE VIEJOS

No lo conoces de nada, no sabes nada de él pero ahí está, mirándote desde la camilla con desesperación; con esa forma que tienen de mirarte quienes saben que están muriéndose.
Llegó hace apenas cinco minutos y alguien de azul te cuenta la historia de forma apresurada.
-Ochenta y seis años, con buena calidad de vida. No tiene alergias, únicamente es diabético bien controlado en tratamiento con pastillas -recita la médica de urgencias-  no fuma y  dice la mujer que en mitad de la noche se ha empezado a ahogar.
Es el box de reanimación, la sala de pacientes críticos. Una gran habitación azul donde se alinea infinidad de tecnología con una sola finalidad: salvar vidas.
Un coro de personas pasea la mirada entre el paciente, la doctora de la ambulancia y tú.
Te acercas y coges su mano derecha. Es una manía cogerle el pulso a todos los pacientes, pero crees que eso les tranquiliza (y a tí también, no te engañes).
Dos celadores, tres enfermeras, un auxiliar, dos médicos residentes (ya no eres residente, no te escondas ahora no tienes escapatoria), la médica de la ambulancia, el técnico y alguien que pasaba por allí. Mucha gente, y Tú
Sabes que no hay otra, es tu hora y tú decides. Te pagan bien, y sabes que te pagan para esto ("maldita sea, debería haberme metido en Económicas, ahora estáría en mi cama en lugar de comiéndome este marronazo" piensas en ese instante).
Tienes suerte, hoy las enfermeras son experimentadas y se saben su trabajo; eso te salva de los primeros treinta segundos. Sabes que ellas cogerán la vía, cursarán las analíticas, empezarán a hacerle un electrocardiograma, pero debes decidir, para eso estás, para eso te formaron.
El paciente apenas puede levantar la caja torácica, te mira muy fijamente pues se ha dado cuenta de que eres tú el encargado de sacarlo de allí.
Pum-pum...pum-pum...casi oyes tu corazón bombeando adrenalina a cada poro de tu piel. Debes empezar, debes empezar...
-¿Le duele el pecho Antonio? -no se te ocurre otra forma de empezar (ya le cogiste el pulso listillo).
Antonio gira la cabeza negando. No puede hablar, sabes que eso indica que la cosa está jodidamente mal.
Piensas, piensas....
Te aferras al fonendo en espera de alguna solución, pero debes empezar a dar órdenes. Todos esperan algo de ti. Piensas, piensas...
-Ponedle la mascarilla con reservorio, carga una perfusión de Solinitrina, prepara una ampolla de mórfico, vamos monitorizándolo y sondándolo.
Sabes que has ganado dos minutos, los justos para oír lo que hay en el pecho de Antonio. Auscultas. Y mientras piensas, piensas...luego exploras mientras piensas.
El residente de segundo año ha cursado la analítica (pidele de todo, le recuerdas) y cursado una petición de radiografía urgente. Piensas que cuando eras residente te tocaba a ti, ahora estás en primera línea.
Antonio está monitorizado. Miras el monitor (otra manía, mirar el monitor constantemente esperando que en lugar de líneas y números salga un listado de diagnósticos y tratamientos). Saturación, frecuencia, ritmo, tensión...
-Ya lo tienes todo campeón -piensas que con los antecedentes, los síntomas, la exploración, el electro, y la radiografía debes tomar decisiones. Antonio se apaga.
Se te ocurren tres opciones: llamas a la UCI para que te rescaten, sales corriendo para no volver o empiezas a dar órdenes. Y te da la impresión de que las dos primeras no son viables por ahora.
Alguien te sugiere la frase del día:  "¿has pensado en intubarlo?". Piensas, piensas...
Antonio no te mira.
-Joder, joder joder -piensas. Antonio pone los ojos en blanco y parece desconectarse.
-Preparad también el tubo -dices.
Alguien llega corriendo y te entrega un papel. Son los resultados de la analítica.
Miras al cielo y te acuerdas de San Páncrito de Beocia . La analítica tampoco te ayuda demasiado. Por ello aporovechas para acordarte también de toda la familia del santo en cuestión.
Casi puedes sentir tus neuronas trabajando, buscando la solución...piensa, piensa...
Todos te miran, pues ahora no tienes salida. O decides o...
-Preparamos la Cpap, le ponemos dos ampollas de seguril, media ampolla de mórfico, un clexane y empezamos con la perfusión de solinitrina -has decidido y ya no hay vuelta atrás. Te acercas a Antonio y le explicas al oído  algo que sólo él entiende.
Miras a tu alrededor y percibes que la maquinaria funciona engrasada; cada uno realiza su parte en las órdenes recibidas.
Una hora más tarde te acercas a la cama tres (por la derecha del paciente) y coges la muñeca de Antonio (la curiosa manía de tomar el pulso a los pacientes). Él gira la cara y te mira desde detrás de una extraña máscara.
-¿Mejor? -gritas.
Esboza una sonrisa y asiente con la cabeza.
Entonces empiezas a relajarte y notas un terrible dolor en cada una de tus articulaciones.
Mañana subirá a planta y posiblemente nunca más volverás a ver a Antonio. En el desayuno comentarás a tu relevo que tuviste un crítico y que te tuvo liado toda la noche, que ha sido una guardia de perros.
Nunca te darás cuenta pero una semana después te reconocerán mientras desayunas; no te dirá nada por no molestar, pero un anciano de pelo gris sonreirá al recordar que tú estabas allí aquella noche.
Y es posible que te cruces con él, apoyado para caminar en una mujer de mediana edad asida a su brazo.
-Oiga...¿me recuerda usted? -te dirá.
-Pues, la verdad, no caigo -te excusarás, aunque su mirada te será familiar- es que vemos tantos pacientes. 
-Mira niña este joven de verde es el médico que estaba la noche que me puse a morir. Ella es mi hija -dirá con orgullo-, ha venido de Bilbao. Por lo del corazón, ya sabe.
-Venga, deja de molestar al médico y vámonos para casa -dirá la hija.
-Me dijo algo al oído que me salvó cuando estaba a punto de morirme -le dice  la hija.
-No le haga caso -excusará ella al anciano- son cosas de viejos.
Y se alejarán por el pasillo perdiéndose entre la gente.
En ese momento sabrás dos cosas:
Que hiciste bien al no coger Económicas y que tus palabras sirvieron para salvar una vida.

P.S.: Es fundamental explicar al paciente al cual vamos a colocar una Ventilación Mecánica No Invasiva, la importancia que tiene el colaborar con la máquina que le va a ayudar a respirar, pues es lo que le salvará la vida. 

EL MÉDICO EXTRATERRESTRE

Los médicos no somos personas; muchos lo suponen, pero yo lo confirmo. En realidad somos humanos, pero durante la carrera, unos seres provenientes del planeta Sirio nos otorgan unos poderes que lo fliparía el capitán América.  Existe una serie de mitos en torno a los superpoderes de los médicos. Yo puedo confirmar que la única leyenda urbana que es falsa es la propagada por las series de médicos de la tele según la cual toda enfermera que entra en el cuarto de las escobas es automáticamente asaltada por un médico en celo. En primer lugar en los hospitales no hay cuarto de las escobas, tampoco enfermeras con minifalda, médicos que se parezcan a George Clooney y si pillas una cama a las 4 de la madrugada sólo se te ocurre dormir como un bendito.
Pero los superpoderes que os explico a continuación son algo común en todos los médicos:
-Xenografia: todos saben de la capacidad del galeno para escribir en un idioma marciano con unas claves que sólo conocen los farmacéuticos más avezados. Eso nos da la capacidad de que un punto, dos rayas, una cruz y un garabato con forma de churro signifique Augmentine 500. 
-Omnilingüismo: hablamos todos los idiomas imaginables (incluídos algunos dialectos locales del chino), eso hace que los señores alemanes que habitan en nuestra tierra desde hace dos décadas no necesiten hablar ni una sola palabra de castellano aparte de "Otja cejvessa".
-Premonición: capacidad de ver sucesos futuros. Eso nos permite saber con toda seguridad si el paciente evolucionará de forma positiva en los próximos días. Gracias a ello todos saben que si damos un alta estamos completamente convencidos de que ese paciente no tiene nada, ni lo tendrá en las próximas semanas.
-Multiprognosis: es una capacidad que viene derivada de la anterior y nos permite decir con total exactitud el número de meses de vida que le quedan a los pacientes tras diagnosticarles una enfermedad.
-Sanación acelerada: Si los síntomas de la gripe duran 7 días en los mortales, en el médico la gripe suele durar 6-7 minutos. Simplemente se trata de ingerir de forma seriada un nolotil, un enantyum, un omeprazol dos paracetamoles y un zumo de naranja.
-Anosmia: Los médicos carecemos de sentido del olfato, esa propiedad es conocida por un elevado número de pacientes, por ello no es necesario cambiarse de calcetines ni asearse un poco antes de acudir a consulta.
-Colomnesia: conocemos todas las pastillas habidas y por haber, sabemos su forma, color y sabor. Por ello no es necesario que usted conozca nada acerca de su enfermedad, basta con decirnos que toma unas pastillas gordas azules con forma de rombo.
-Tetrikinesis: tenemos la habilidad de coger un cuadrante de guardias mensuales y estar estudiándolo durante horas, de tal forma que para cogernos un sábado libre seamos capaces de realizar hasta dieciseis cambios de turno entre los diversos compañeros.
-Supervelocidad: aunque parezca extraño somos capaces de imprimir un informe de alta a la vez que preguntamos a otro paciente por sus sintomas, llamamos por el interfono al celador por quinta vez para que nos traiga papel, cogemos el teléfono para llamar al cirujano y miramos una radiografía.
-Politoxemia: Durante la comida, se juntan tres médicos y en apenas media hora somos capaces de arreglar todos los problemas de España, la crisis mundial, decidir la selección de fútbol ideal, arreglar la sanidad española, resolver el tema de la deuda con los bonos alemanes y de camino contarnos varios casos clínicos que, casualmente, evidencian lo listos que somos.
-Asomnia: es proverbialmente conocida la habilidad que tenemos los médicos de trabajar 24 horas sin descansar, manteniendo todas nuestras facultades intelectuales íntegras a lo largo de este periodo. Por suerte la administración es sabedora de estos superpoderes, por eso trabajamos 24 horas y descansamos un día mientras que el resto de personas humanas del hospital hacen turnos de 8 horas.
Pero a pesar de todos los superpoderes no he podido averiguar algo ¿Por qué muchos pacientes cuando les preguntas sin son alérgicos te responden que sí toman unas pastillas para la tensión?

ANÓNIMOS

Viernes de madrugada. Enero. Año dos mil doce.
Se llama Emilia. No sabe leer porque a los diez años ya trabajaba en los campos. De niña adoraba comer piruletas de caramelo y las sopas de ajo de su madre. Se casó con Antonio y tuvieron siete hijos. Hoy todos están en la capital, ella vive compartiendo sus tardes de soledad con las novelas de la primera cadena. Antonio murió hace unos años. Toda la vida trabajando y su corazón se partió cuando aún no había cobrado su primera paga como jubilado. El tabaco, le dijeron. Se llama Emilia....
Se llama Carlos. De niño jugaba con una caja de cartón atada a una cuerda. Siempre deseó tener una casa llena de niños, un perro grande y conducir un coche. Sólo consiguió uno de sus deseos. Por las mañanas juega al dominó en el hogar del jubilado; las tardes pasea con Lobo, su perro. Cuando nadie los ve, Carlos habla con Lobo y le cuenta historias inventadas. Siempre sonríe a los niños que juegan en el parque. Se llama Carlos...
Se llama Juana, y su hijo asegura que nadie jamás hará unos callos como los suyos. Se casó muy joven y su viaje de novios duró dos días. Fueron a la capital. Sólo tenían diez pesetas, pero con ellas pasaron una noche mágica en un hostal barato, comieron pescado frito en una fonda junto al mercado y vieron Casablanca. Nunca volvió al cine, pero aún recuerda que él le dijo a ella que siempre les quedaría París. Las noches de luna, cuando nadie la ve, ella se acerca con dificultad a la ventana y suspira pensando en París. Jamás dijo nada porque sabe que a nadie importan esas tonterías de viejos. Se llama Juana...
Viernes de madrugada. Enero. Año dos mil doce.
Víctor Bárcenas sale a respirar un poco de aire fresco en la noche. Un café amargo en la mano derecha le ayuda a conjurar el frío. Mira el cielo y descubre que la luna esa noche está de luto.
Piensa en sus pacientes de área de observación. No recuerda sus nombres, ni siquiera ha logrado comunicarse con ninguno de ellos.
Cama uno, paciente de 81 años con una hemorragia cerebral. No susceptible de cirugía; en espera de evolución. Adoraba las piruletas de caramelo y se llama Emilia.
Cama tres, paciente de 79 años, vive solo y sufre una deshidratación severa. Su riñon apenas funciona y nadie ha preguntado por él. Dice cosas incoherentes sobre un perro y se llama Carlos.
Cama cinco, paciente de 85 años con mala calidad de vida previa que sufre un tromboembolismo pulmonar masivo. Se informa a la familia de mal pronóstico. Nunca visitará Paris y se llama Juana.
-¿Por qué no te pones una bata? -le pregunta una enfermera que salió como él a respirar- te vas a coger un resfriado del quince.
-Me molesta la bata -reconoce el médico- yo con el pijama verde me muevo mejor.
Minutos más tarde el joven médico se sienta frente al ordenador y se da cuenta de que aquellas tres personas se irán de forma anónima. Tan anónima que ni siquiera él, su médico en ese momento, recuerda sus nombres.
Entonces escribe unas palabras...

ÉRASE UNA VEZ...UN MUNDO AL REVÉS

No soy un dechado de virtudes, tampoco un ejemplo para nadie, pero hoy me estoy mosqueando un poco.
Alguna vez pegué un chicle bajo el pupitre y con doce años me pillaron robando un libro en El Corte Inglés (asunto que dará para un post próximamente). Pero hay cosas que no logro explicarme:
- Hace unas semanas leía que señor Rey había dicho que todos los españoles somos iguales ante la ley. Pero si lo pienso bien resulta que él es uno de los que precisamente no es igual al resto de españoles ante la ley. De su yerno, el alto directivo de Telefónica, ni hablamos (mientras tanto cada mes le sigo pagando mis euritos a don Movistar).
-Pero no desfallecí y seguí leyendo las noticias. Entonces  encuentro a un señor Obispo de Córdoba hablando de fornicación a sus fieles, y diciéndoles qué deben hacer con sus pasiones y deseos. O soy medio tonto o resulta que unos señores que no tienen (teóricamente) relaciones sexuales, que no se han casado ni se preve que vayan a hacerlo dicen al resto cómo desarrollar sus vidas sexuales y matrimoniales; imagino que la semana que viene en la hoja parroquial de Fresnadillo de Luerma nos obsequiarán con una selección de posturas aconsejadas o un listado de agujeros prohibidos. Bien.
-Sigo mi amena lectura del periódico postguardia y compruebo que tenemos nuevos ministros, y resulta que a una señora que es médica y con experiencia previa como ministra de Sanidad la nombran ministra de Fomento; en cambio la nueva ministra de Sanidad es licenciada en sociología. O sea, que a lo mejor voy para ministtro de Defensa o de Agricultura y yo sin saberlo.
-En la páginas centrales sale un tipo diciendo muy ufano él que el dinero destinado a ayudar los parados  se lo ventilaba junto a su su jefe en cocaína, putas y fiestas varias. Sólo se me ocurrre un comentario: estos dos eran unos como el Pepe Gotera y Otilio, pero en política.
-Para agrandar mi úlcera leo que el señor hijo de la señora duquesa de Alba (hija predilecta de esta santa Andalucía de toros, flamenco y semanasantas) dice que en esta tierra a los  jóvenes no les gusta trabajar, mientras él se zumba 3 millones de eurazos de subvenciones y un "joven" médico residente andaluz gana por hora de guardia menos de la mitad que un mecánico, trabajando 24 horas seguidas como un verdadero mulo.
-Cuando estoy a punto de convulsionar me encuentro con que a un juez que está investigando unos casos de corrupción lo tienen empurado los mismos a los que él mismo estaba investigando. El Juez en el banquillo y los otros de rositas.
Y por último leo que un lector de mi blog me solicita literalmente: "cambia el fondo es triste". .
Ante todo este mundo al revés se me ocurre pensar que soy bobo, que no me entero de nada y que mejor dejar que los políticos se encarguen de todo esto. De todas formas, por si acaso, provisionalmente he decidido seguir sin ir a misa, no creer demasiado en reyes, nobles y políticos varios, así como mantenerme alejado de juzgados y leguleyos. También me voy a asomar a mirar a ver si veo elefantes de color rosa volando, porque visto lo visto casi nada me sorprendería.
Por cierto quizás deba recurrir a colores como el fucsia, el rosa palo o el amarillo pollo para alegrar este triste blog, pero por ahora, querido lector ( o lectora), se queda como estaba.

SONRISA PROFIDENT

Víctor Bárcenas es una persona. A pesar de que a veces ha llegado a dudarlo. De hecho este mes había conseguido poner una sonrisa amable a un elevado porcentaje de pacientes/clientes/usuarios por muy peregrinas que fuesen sus solicitudes (incluyendo verrugas en la madrugada).
Pero aquella mañana la situación era especialmente peliaguda. La tarde anterior, en un golpe de suerte sin precedentes había logrado arreglar la grapadora unicamente clavándose dos grapas en el dedo gordo, algo que no le sucedía desde que tenía 13 años. Por otra parte su zapatilla de cuadritos marrones del pie izquierdo seguía en paradero desconocido y a la hora de cenar comprobó con alborozo que la mortadela estaba cubierta de una pelusa blanquecina y el queso por la misma pelusa, pero de color verde.
Después de ver dos episodios de la  quinta temporada de Primeval, y cuando estaba a punto de caer en brazos de Morfeo el cruel destino decidió que a sus vecinos les tocaba noche de pasión. Normalmente tocaba los viernes por la noche, pero aquel martes todo estaba en su contra.
Las noches tórridas de don Crespo y doña Luinda consistían en una serie de sonidos polifónicos. Todo empezaba con un wink-wink-wink procedente de los muelles del somier, que a los pocos segundos se acompasaban perfectamente con el clonk-clonk-clonk del cabecero contra la pared. Minutos más tarde, y entrando en clave de sol empezaba don Crespo con unos gruñidos como de jabalí (oñg-oñg-oñg) que se sincronizaban con los gemidos lastimeros de doña Luinda (ay-ay-ay). Finalmente, en una especie de allegro ma non troppo, la sinfonía encajaba algo así como wink-clonk-clonk-oñggg-ay-ay... y vuelta a empezar.
Víctor imaginaba a la pareja de profesores de instituto en plena faena mientras pensaba dónde había puesto su zapatilla de felpa. Normalmente este recital conseguía que Víctor dejara de pensar en sexo durante varios días.
Pero todo iba a cambiar en el ascensor. Allí se había cruzado con una chica de pelo rubio y mirada seductora. Se habían saludado y ella había sonreido, durante dos segundos, pues a continuación su cara se convirtió en una mueca de asco que sorprendió al joven médico. Al llegar a los servicios comprobó que un enorme y reseco moco verde asomaba amenazante y orgulloso por su orificio nasal derecho.
Pero esa mañana, a pesar de todo, iba a empezar con amabilidad y respeto, con cariño y una sonrisa, a pesar de su dedo, su zapatilla, su mortadela, su moco, don Crespo y su esposa.
La primera paciente acudía con el uniforme oficial de batalla: pijama azul, zapatillas rosas. Su acompañante con unos pantalones tan estrechos que sin duda quedaría impotente para el resto de sus días de seguir dos minutos más enfundado en esos vaqueros, unas botas blancas a lo cocodrilo dundee y el correspondiente palillo mondadientes a la oreja.
Motivo de consulta: Dolor cervical tras accidente de trafico hace dos meses. Es la quinta vez que consulta. 
-Buenos días -intenta sonreír el doctor aún con dificultades para quitarse de su cabeza el wink-clonk-clonk-oñggg-ay-ay.
-Buenos dias dostor -responde el chico desde su camiseta de Camarón Vive -la parienta que sigue con sus dolores y que dise la abogada que lo ponga todo en "lopapele".
-Bien -el médico respira dos veces antes de proseguir- ¿y es alérgica a algo?.
-No -responde el chico con los testículos estrangulados- "quesesepa", pero eso ya verá usté que para eso es médico.
El médico los observa, luego mira su dedo con los cuatro agujeritos de las grapas del día anterior, sonríe. Y sigue...

SMARTPHONES

Reconozco que a veces soy más simple que el mecanismo de un lápiz, pero hace unos días una chica me dejó un poco perplejo.
Mi factura telefónica es lo que yo, hasta hace unos días, creía un gasto normal tirando a alto: unos 25-30 euros al mes.
La verdad es que estoy planteándome que me estoy quedando atrás con las nuevas tecnologías pues mi concepto de telefóno móvil es casi Neanderthal "cacharro que sirve para hablar, mandar sms, oir música y hacer fotos". Reconozco, aún a riesgo de que me imputen como analfabeto digital, que no tengo internet en el móvil (ya tengo en el trabajo y en casa), que no tengo una pantalla táctil, ni wifi. Mea culpa, mi móvil no tiene GPS y mi incultura digital llega a tal punto que no sé lo que significa Spotify ni android o smartphone. Además nunca he tenido la sublime experiencia de whatsapear.
En definitiva, que mis aspiraciones movilísticas pasaban por "algo que sea pequeñito y con una batería que le dure". Hasta hace una semana...
Hace unos días me acordé de que ya habían pasado los meses reglamentarios que me ataban a mi querido movistar (cuyas llamadas publicitarias a las 4 de la tarde tanto adoro), así que cándidamente me dirigí a una tienda donde una cola de adolescentes esperaba pacientemente su turno.
La chica que me atendió rozaría los veinte años y me miró con gesto aburrido...
-Que quería ver...los puntos -le dije.
-A ver, dame "eso" -dijo refiriéndose a mi querido Nokia cutre y salchichero.
La joven cogió mi móvil casi con asco y se puso a teclear.
Unos segundos más tarde se iluminó su cara, y me miró con alegría...
-Tienes seis mil  puntos -asumí que la chica tuteaba a todos sus clientes.
-¿Eso son muchos puntos no? -pregunté con alegría, viéndome con un flamante Iphone4 en mis manos.
-Pues la verdad -entonces su sonrisa se amplió- no tienes para nada, mejor te quedas con el que tienes.
En definitiva, me quedo por ahora con mi troncophone a la espera de nuevas noticias.

MAMBRÚ SE FUE...

Dicen que los soldados no lloran; para eso están sus mujeres.
Estaba siendo un Enero atípico, plagado de mañanas de sol y tardes en calma. Uno de esos meses que no pasan a la historia. Pero aquella mañana el sol estaba escondido y el frío había ocupado su espacio natural.
Asumir la violencia entre personas desconocidas en nombre de una misión es difícil, algo impactante, pero Soldado estaba dispuesto. El ser humano llevaba miles de años en guerra, y esta vez le había tocado a él.
Iban a cruzar el planeta en La Misión; era su trabajo, para ello se había estado preparando durante meses y todo debería salir bien. Sabía que podía arrepentirse en cualquier momento, incluso pensó en renunciar a última hora; pero estaba decidido y él no solía echarse atrás.
Tras las despedidas de rigor Soldado cogió el pesado macuto y se alejó con paso firme; alguien a su lado dijo algo:
-¿Como se dice beso en árabe?
-Ni idea -responde.
-Salivava salivaviene -el que le habla es un chico bajo de pelo rojo- tío casi lloro de la emoción al despedirme.
-Yo igual, pero los soldados no lloramos.
-Para eso están nuestras mujeres -responde el pelirrojo, con acento de Granada.
Ambos se ríen. Soldado no lo sabe pero acaba de conocer al que se convertirá en su amigo durante el resto de su vida.
Minutos más tarde el avión levanta vuelo y Soldado se atreve a mirar por la ventanilla buscando a los suyos que quedaron atrás. Sabe que es imposible verlos, pero los imagina volviendo a casa. Recuerda su infancia plagada de carreras, tardes de tulipán y cabañas secretas en el río. Entonces sonríe.
En mitad de la noche casi todos duermen mientras el gran avión entra en territorio asiático. Soldado oye canciones que le recuerdan cálidas noches de feria en un pueblo blanco del Sur.
En un gesto inconsciente Soldado se toca la frente, entonces recuerda algo; se lleva las manos a la cara y descubre que aún conserva en ellas el olor a perfume de su madre. Entonces se levanta, y busca un sitio donde nadie lo vea. Allí llora en silencio, porque los soldados no lloran; para eso están sus mujeres. Él no lo sabe, pero esas lágrimas lo hacen grande.
Mucha suerte Soldado.

HOLA

Hola...¿hay alguien?

Imagino que no. Abandoné este blog, en el fondo mi casa espiritual, hace algunos meses. Ignoro si alguien habrá seguido visitándome.

Dejé mi tarjeta de despedida y me fui.

He decidido volver. Me la encuentro vacía con ese agradable olor que tienen las casas cuando te reciben tras la ausencia.

Sonrío y paseo por sus estancias. No queda nadie; me gusta.

Cojo un papel amarilleado por el tiempo y me siento junto a la mesa de madera.

Entonces sonrío al notar que sí, que aún sigues ahí; que aún es posible comunicar mis tonterías al resto del mundo. Que desde un pequeño pueblo al Sur del Sur, es posible seguir mandando mis mensajes absurdos y contradictorios.

Entonces grité una de las palabras más bellas ¡Hola!