LA LUZ

El silencio recorría los inmensos pasillos. Todos dormían aquella noche de finales de octubre, y casi nadie tenía ya esperanzas.
Un otoño desastroso en casi todos los planos iba a desembocar en un nuevo invierno sembrado de incertidumbre y miedos laborales. 
Silencio en la eterna noche azul. Al final del pasillo la luz espectral parecía una invitación. Sabías que era tu turno de descanso, pero aquella luz...
Había sido un día duro, porque desde hacía unos meses la enfermedad no venía sola. Ahora era una sentencia más y sabías que unas veces eras el verdugo, otras el testigo. Otras, las menos, intentabas salvar algunos muebles del naufragio general. Y eso te hacía sentir terriblemente cansado.
Pero esa noche algo pasaba al final del pasillo, al final de aquel turno de noche.
Te acercaste con una mezcla de curiosidad y casi miedo. Un señor se mordía las uñas a la entrada de aquella puerta, detrás de la cual brillaba la luz amarillenta.
Empujaste la puerta porque sabías que nadie te reprocharía el gesto. 
La puerta te condujo a un nuevo pasillo, y al final  una nueva puerta te descubrió la escena: aquella joven apenas tendría veinte años, recostada sobre la mesa de partos intentaba acompasar su dolor mientras un joven asustado sujetaba su mano. 
La matrona, una enfermera pelirroja de unos treinta años animaba a la embarazada mientras esperaba en tensión la evolución del niño.
Una residente de Ginecología ayudaba y dos auxiliares esperaban atentos. 
En ese momento se paró el mundo
Son unos minutos en los que el tiempo parece ralentizarse a pesar de que todo sucede realmente rápido. En apenas unos segundos se completa la salida, la matrona deposita el bebé sobre el pecho de la madre justo justo para arrancarle una sonrisa.
-Clara, se llama Clara -dice la joven orgullosa.
Unos instantes después un llanto fuerte recorre los pasillos en penumbra. Clara respira.
Sabes que eres un intruso, que nadie te ha llamado y que nadie te esperaba, pero te das cuenta de que estás sonriendo.
Alguien se da cuenta de tu presencia, es la matrona que te mira sorprendida y te saluda con un gesto.
Y en ese preciso instante, esa madrugada en la que estabas a punto de arrojar la toalla, lo entiendes todo: aún queda esperanza.

YA HACE FRÍO EN GRANADA

El hombre gris ha cogido el periódico de la mañana. Hace meses que apenas concilia unas horas de sueño, por eso siempre se levanta a las cinco, y pasea el Albaicín esperando la llegada de Carlos, el chico de los periódicos. La decisión está tomada.
Ya empieza a hacer fresco por las mañanas.  El citroen del juzgado se arrastra cansino entre las callejas del centro. Granada duerme.
El hombre gris ha entrado en el viejo bar de calle Veleta. Saluda con una sonrisa y se sienta en la mesa del fondo. Pide su café, el mejor café del mundo, y hojea las páginas donde se habla de gesta histórica en el fútbol, de políticos corruptos y bodas de lujo.
Han aparcado el vehículo oficial a pocos metros del bar, es la hora del primer café. Alguien les ha recomendado el pequeño bar de calle Veleta. Han saludado al camarero y a un señor que se sienta al fondo leyendo el periódico.
El hombre gris se levanta, saluda a los dos hombres que desayunan en la barra y sale a la calle. Ya refresca. Recuerda las palabras de su madre (Antonio abrígate o cogerás una pulmonía que las mañanas granaínas son mu puñeteras), sonríe y decide que hoy no se abrigará. No va a coger ninguna pulmonía esa mañana.
Han acabado su desayuno y han vuelto al coche oficial. Son casi las ocho y media cuando recogen  del vehículo toda la documentación. A las diez de la mañana deben hacer acto de presencia.
El hombre gris ha llegado a su destino. Dobla el periódico con pulcritud y lo deposita sobre una mesa. La decisión está tomada.
Hace frío en Granada cuando el hombre gris se sube a la silla de madera. Reza un padrenuestro y salta.
Son las diez y tres minutos cuando los dos funcionarios se presentan en el pequeño local de La Chana. Un grupo de personas se concentra en la puerta del local. Hay un par de coches de policía,   una señora mayor llora en el hombro de alguien más joven y un perro mira curioso.
Ya hace frío en Granada cuando los dos funcionarios encargados del desahucio entran en el pequeño local. Un policía hace fotos mientras el forense ordena a los operarios que ya pueden bajar el cadáver. Un periódico perfectamente doblado reposa sobre una mesa de madera dejando ver una portada donde se cuenta que la culpa de todo es de aquellos que vivieron por encima de sus posibilidades.

JUAN PULEYO, UN TIPO LEGAL

Mi nombre en Juan Puleyo, y estoy a punto de dar el campanazo, porque soy un tipo listo. Pero listo, listo de verdad. No tienes ni puta idea de lo listo que soy.
Lo primero que debes saber es que lo sucedido con la urbanización de Villarrubias de Carluengo no fue culpa mía. Aquello era un chollo de primera, y todo legal por supuesto. Era coser y cantar, lo habíamos hecho mil veces y esta vez también debía haber funcionado. La estrategia era siempre la misma: Comprar terrenos, convencer adecuadamente a   un par de políticos, construir a cascoporro, vender de prisa y forrarnos. Calculábamos tres milloncejos limpios para cada uno de los socios. 
No contamos con la crisis. 
Una buena tarde, el consejo de administración decidimos retirar unos milloncetes a Andorra y echar el cierre. Se quedaron quinientos trabajadores en la calle y la mitad de las casas sin terminar, pero no fue mal del todo la jugada; y todo legal por supuesto. 
Pudimos salvar los muebles, aunque ahora la cosa del ladrillo está jodida. 
Pero hay que vivir queridos amigos. Mi abogado me decía que eso de tener el dinerito en Andorra estaba muy bien, pero que había que ir moviendo la cosa si quería seguir con la casa en Palma, el piso en La Castellana, el Hummer y el palacete de Marbella.
La cosa parecía estar jodida, pero por suerte no era para tanto. Estamos en un sistema de libertad de mercado, donde todo se compra y se vende. Simplemente es cuestión de encontrar el negocio; y ser legal, por supuesto.
Hace dos semanas nos volvimos a reunir los del desaparecido consejo de administración y me dieron la buena noticia: hay negocio.
Vamos a hacerlo como siempre, como marcan las pautas de la vieja escuela: montar el chiringuito, dar buenos argumentos a los políticos y recoger los frutos de forma  legal, por supuesto.
Esta vez estuve un poco torpe, porque cuando llegué a la reunión del consejo la cosa resulta que estaba muy avanzada.
-Esta vez vamos a asegurarnos de no fallar como en el tema del ladrillo -me dijo Pedro Arresmendiazuga- ya tenemos la idea y el apoyo de los políticos, pero necesitamos inversores.
-¿Estarán todos en el negocio? -pregunté suspicaz
-Cada uno ha puesto dos millones, incluso Abiols i Ferrugell, y ya sabes que esta gente no se meten en cualquier asunto.
El compromiso de los políticos ha sido claro: y el negocio será limpio y legal, por supuesto.
En pocos años van a desmontar el sistema sanitario público. La excusa será perfecta: no hay dinero, la gente ha vivido por encima de sus posibilidades y hay que ahorrar para pagar a los bancos las deudas anteriores.
La idea es tan sencilla como brillante; despedir sanitarios, cerrar centros y dejar de prestar servicios. En unos meses el que quiera sanidad, tendrá que pagar su seguro privado, y ahí entramos nosotros. Vamos a montar una gran aseguradora médica privada.
-¿Y la gente no va a montar un cirio con esto? -pregunté sin estar convencido del todo.
-La gente no se enterará -respondió don José Wassling, el conocido empresario blandiendo la portada del periódico- ¿en serio crees que el pueblo se preocupa por esto más que  por los resultados de la Champions? Además el debate político será si españolizamos a los niños, los catalanizamos o les enseñamos a hablar búlgaro. No seas iluso amigo.
Y por eso yo, Juan Puleyo, conocido como Juan "el ganzúa" en mis años de juventud, brindo con todos ustedes, y les animo a seguir confiando en nuestro extraordinario sistema donde todo se compra y se vende. Y siempre de forma legal, por supuesto.

Evidentemente todo lo reflejado en este post es imaginado, basado en personajes imaginados de un país que sólo existe en mi retorcida mente y en un tiempo muy, muy lejano...

LEYRE NUNCA SE HA ENAMORADO


Leyre nunca se ha enamorado, nunca tuvo amigos de verdad, nunca entendió aquellas historias que contaban los maestros. Leyre no entiende el mundo de los otros, porque ella tiene su propio mundo. Leyre nunca llora, Leire nunca ríe. Tampoco permite que nadie le dé besos.
Nació una tarde de primavera de hace casi veinte años, y su madre adoraba las canciones de desamor de Los Secretos.
Hace diez años que Leyre oye voces. Sabe que esas voces no le pertenecen. Son unas voces ajenas y tóxicas que le ordenan cosas absurdas. Lo peor es que sólo callan cuando ella les hace caso. Una vez intentó ignorarlas y todo fue un desastre. Acabó ingresada suplicando que aquellas malditas voces callaran de una vez.
Leyre no canta. Tampoco sonríe por las mañanas cuando el sol naciente baña su dormitorio blanco.
Leyre no recuerda casi nada. Las malditas cápsulas verdes embotan su mente convirtiendo su vida en una especie de sueño nebuloso. A veces recuerda aquel día que la sacaron del colegio con apenas diez años. Se golpeaba la cabeza mientras suplicaba a gritos que las voces callaran de una vez. Los niños de su clase la miraron con miedo y  nunca más volvieron a tratarla como antes porque Leyre estaba loca.
A veces su madre le canta canciones de Los Secretos, o le narra cuentos antiguos. Eso la ayuda a dormirse. En esas escasas noches azules, cuando Leyre duerme plácidamente, su madre aprovecha para abrazarla y besar su frente una y mil veces.
Ahora se sienta frente a Víctor Bárcenas. Algo ha vuelto a ir mal en la complicada mente de esa chica de ojos grises. Es terriblemente difícil poder ni tan siquiera imaginar lo que sufre alguien que es capaz de arrancarse los pelos a tirones. Pide ayuda porque no aguanta más las malditas voces. A su lado una mujer prematuramente envejecida,  pelo gris y grandes ojeras, se aferra al bolso de mercadillo. Tiene sus mismos ojos grises.
-Que la ingresen, que la duerman, porque no puede más –suplica su mirada.
-¿me puede ayudar, doctor? –dice ella con una voz gutural hija de la Clotiapina.
Y por primera vez desde hace muchos meses, el médico es consciente de dos cosas: que le gustaría poder ayudar a aquella chica de ojos grises pero poco más que una sonrisa puede regalarle, y que la sociedad casi nada  ofrece a Leyre aparte de un puñado de cápsulas verdes.

Hoy, diez de Octubre, es el día mundial de la Salud Mental. Millones de personas como Leyre siguen sufriendo, además de su enfermedad, nuestra indiferencia, nuestro miedo y sobre todo nuestro rechazo.

LOS ABUELOS SIEMPRE MIENTEN

Los abuelos siempre mienten. Imagino que lo hacen para asustarte, para que seas precavida y no cometas errores en tu vida. Igual lo hacen para que seas feliz. Pero mienten.
Me llamo  Adela y ya cumplí los trece años. Me gustan las gominolas de fresa, las películas de fantasmas y el pan con paté.
Mi abuelo se llama Antonio, siempre huele a tabaco y a veces habla con el señor que presenta telediario (yo creo que se está volviendo loco).
Hace muchos años me dijo que los Reyes Magos existían; hasta que un día descubrí que eran Papá y Mamá. No dije nada , pues imagino que el abuelo se sentía bien con esa mentira.
También me dijo lo del ratón Pérez hasta que descubrí a Mamá poniéndome una moneda bajo la almohada.
El abuelo vive solo desde hace seis años. Yo creo que está un poco loco porque siempre dice que  Abuela Encarna no murió, que la mató Reinaldo. Casi no recuerdo a  Abuela Encarna, pero a veces me viene a la cabeza cuando íbamos a su casa y nos regalaba unas galletas con azúcar y vainilla.
El abuelo dice cosas absurdas. Un día me llamó a su lado y me dijo que cuando él era joven, si enfermabas, podías ir a un médico cuando necesitaras, que los hospitales estaban abiertos todos los días y que no te pedían la tarjeta de crédito para curarte. 
El abuelo miente porque dice que incluso las ambulancias venían a casa gratis si hacía falta.
El abuelo está loco, porque dice que hace muchos años hubo una gran crisis y las cosas cambiaron. El abuelo está loco, porque dice que no había dinero para médicos y hospitales, pero los que mandaban siguieron pagando a los equipos de fútbol, que se siguieron gastando el dinero en construir aviones de guerra y dar dinero para los religiosos. Y dice que un día los poderosos dijeron que no había dinero para curar a la gente.
Eso es mentira, porque estoy segura de que nunca hubieron hospitales gratis para todo el mundo.
Abuela murió hace muchos años, creo que en el 2025. No habían pagado la póliza del seguro privado y no tenían dinero para pagar la operación , así que nadie quiso operarla, es lo normal. Abuelo dice que ese año el Madrid fichó a Reinaldo y que casi un millón de personas festejaron en Cibeles que habíamos ganado nuestro quinto Mundial de fútbol.
Mi abuelo Antonio, un loco que siempre me ha mentido, pero yo lo entiendo y lo quiero, imagino que  son las cosas que tienen los abuelos.

LA TECLA

A Marcelo le tiembla el pulso. Sabe que si sigue adelante aquel hombre está condenado. Por otra parte también es consciente de que su obligación es  pulsar la maldita tecla.Tiene una sensación amarga que surge del estómago y terminaba casi bloqueando su respiración. 
Él era inocente, un simple funcionario, un peón más en aquel engranaje.
-No tengo la culpa de toda esta mierda -pensó.
Miguel lo miraba desde una silla absurdamente impersonal. Era un hombre de unos cincuenta años, mirada dura y un pelo aún fuerte. Sobre unos vaqueros pasados de moda sujetaba una capeta de cartón azul. Aquel hombre clavaba sus ojos en el médico.
-Nunca imaginé que iba a pedir esto, pero es usted el único que me puede ayudar -dijo Miguel.
-No me mires así, maldita sea -pensó el doctor.
-Si me firma el alta será el final, se lo pido por lo que más quiera, piense en mis niños al menos.
Marcelo sabía que aquel hombre estaba perdiendo la dignidad porque ya nada le quedaba.
-Yo soy un simple funcionario, ¿o no? -sigue pensando sin ser capaz de levantar la mirada.
-Durante la baja me han cortado el contrato, y ya no me pertenece desempleo y sin "lo de la baja" estaremos en la calle. 
Marcelo no podía prorrogar un día más aquella situación, una hemorragia digestiva no daba para más semanas de baja, y lo sabía 
-Maldita sea, me siento como un verdugo del sistema -piensa de nuevo. 
-Miguel, debo darle el alta, y usted lo sabe, no me queda otra.
Entonces se levanta intentando dar por acabada la visita. Aquel orgulloso hombretón de ojos claros y manos sembradas de callos intenta coger su mano, casi poniéndose de rodillas.
El médico tiembla, sabe que es el encargado de arrojar a aquel hombre al abismo. Cuando pulse la tecla se pondrá en marcha el mecanismo que ya no tendrá marcha atrás.
Sabe que Miguel no merece esa suerte, y que él no es culpable de ser la mano ejecutora de un sistema que tritura sin piedad a los más débiles.
Entonces decide levantar el dedo del teclado. No puede hacerlo, no va a condenar a nadie esa mañana. Con un gesto cansado, levanta la mirada, se encuentra con unos ojos suplicantes y suspira.
-Vuelva la próxima semana, Miguel.

MALETAS

Siempre había disfrutado con ese gesto, pero esa tarde llora mientras ordena con meticulosidad su ropa interior en la maleta. 
Laura nunca había sido una chica normal, porque no era normal que a una niña de doce años le gustase memorizar las partes del cuerpo. Tampoco era usual que a los trece años pasara las tardes enteras mirando por aquel microscopio de juguete ensimismada ante los movimientos de los gusanitos de agua.
Aquella niña de pelo encrespado tenía algo especial, le apasionaba la vida. Por eso nadie se extrañó cuando eligió ciencias durante el Bachillerato, tampoco sorprendieron sus extraordinarias notas en selectividad.
-Voy a coger medicina -dijo una tarde de Julio- y voy a ser la mejor.
Laura se enamoró de la que sería su profesión. Sus notas siguieron siendo muy buenas durante seis años, y sus veranos siempre los dedicó a hacer un viaje. Aquella joven de pelo rojo disfrutaba preparando su viaje, ordenando su maleta, anticipando las nuevas experiencias...
Acabó la carrera con 24 años y pudo obtener un buen puesto en el examen MIR. Ahora empezaba lo más duro. Fueron cuatro años alucinantes, en los que trabajó duro, se formó y finalmente se convirtió en una gran médica de familia. 
Una tarde de otoño había conocido a Javier, un chico de su edad que acababa de aprobar unas oposiciones como maestro.
Durante esos años Laura siguió viajando, conociendo, viviendo. Y deseando que llegara el momento de sacar del armario su vieja maleta color naranja para preparar un nuevo viaje.
En algún lugar había leído que el sistema se había gastado doscientos mil euros en formarla como médica de familia. No importaba, porque ella daría a la sociedad mucho más de lo recibido; estaba formada, tenía ganas y a sus veintinueve años estaba preparada para todo. Para casi todo...
Tras finalizar su formación trabajó durante dos meses haciendo sustituciones en un centro de salud cerca de Lugo. Después nada. 
Pasaron dos meses en los cuales vivió pegada a un teléfono que nunca sonaba. En Diciembre volvió a trabajar once días sueltos y volvió al paro.
Laura, aquella niña de pelo rojo, la niña que jugaba con microscopios  y estudiaba cada tarde hasta quemarse las pestañas, pasó seis meses esperando. Pero nadie la llamó.
El segundo verano no fue diferente, un contrato al cincuenta por ciento cubriendo diversos cupos en un centro de salud cerca de Pontevedra.
Hasta que una mañana sonó el teléfono. No era exactamente lo que ella esperaba, pero dos días más tarde todo estaba firmado.
Laura sigue ordenando la maleta mientras no para de llorar. Mañana partirá hacia Canadá. Un contrato de dos años con opción a renovar, un sueldo digno y un cupo de pacientes ha sido la oferta.
Laura no pedía más, simplemente poder trabajar en aquello que sabía hacer.
Algo le dice que no volverá, aunque espera no olvidar las tardes junto a Javier, las galletas de su madre o las eternas mañanas de verano memorizando aquello de martillo-yunque-estribo.
Mientras cierra la maleta, una voz distrae su atención. Un político de pelo engominado y corbata roja habla en un estrado de madera sobre presente y futuro del pueblo. Dice algo sobre arrimar el hombro y ajustarse el cinturón. Entonces la joven del pelo rojo se da cuenta de que la han estafado, termina de cerrar la maleta y sale de casa.

LA VIDA FRENTE AL ABISMO

Sabes que debes ser tú porque nadie más puede hacerlo, sabes que por ello te pagan, que es tu obligación y que se espera que tú lo hagas. 
Lo has hecho unas cien veces, pero esta vez es especial. Tan especial como lo fueron las noventa y nueve veces anteriores. Cada una de ellas con su rostro, sus ojos y su expresión de sorpresa. 
Ella te mirará esperando que suceda lo que suele suceder casi siempre (maldito casi), esperando la frase mágica: "las pruebas son todas normales". 
Pero esta vez no podrás darle tregua. Las pruebas son concluyentes y no puedes, ni debes, engañar. No hay espacio para medias verdades, porque sólo hay una desgarradora verdad en este caso.
Caminas por el pasillo azul, que te parece irreal a esas horas de la madrugada, y te acercas a una puerta gris plomo.
Sabes que tras aquella puerta te espera alguien a quien debes decir   que su vida tendrá un antes y un después de esa noche, que a partir de ese momento va a conocer el infierno de la enfermedad y el dolor. Quizás te callarás lo que intuyes, porque intentarás dejar alguna ventana abierta a la esperanza, aún sabiendo que las esperanzas son casi nulas.
Te temblará la voz, sabes que así será porque siempre te tiembla, pero le dirás que confíe en el sistema, porque vamos a ir a por todas.
Tendrás miedo, un miedo cerval y agudo. Un pánico irracional y terrible porque sabes que te estás asomando al acantilado de la vida. Porque sabes que hoy es aquella chica de ojos negros, igual podrías ser tú o tu gente, y eso, no intentes mentirte, te acojona.
Y te sentirás mal durante varios días, recordarás sus ojos incrédulos antes de dormirte, su cara de sorpresa al no escuchar aquello de "todas las pruebas son normales".
Llegas al final del pasillo, respiras, giras el pomo de la puerta, y entras en la consulta para encontrarte con aquellos ojos. El resto es historia. 
Mucha suerte chica de los ojos negros.