SEGUNDA CARTA EN UNA BOTELLA

Ayer me di cuenta de que es hora de hacerlo. Hace unos años fue la primera vez, y esta noche tormentosa, de un otoño recién nacido, ha llegado el momento de hacerlo nuevamente.
Te despiertas con un humor de perros, me sonríes y me abrazas porque sabes que te adoro. 
No te das cuenta de que cada noche beso tu pelo a la vez que inspiro tu olor a sueño infantil. Es muy difícil de explicar, supongo que es algo primigenio, instintivo, pero ese gesto me alimenta, me da una energía extraña y vital.
Te enfadas cuando hago el tonto, porque a los diez años las niñas no quieren que sus padres digan payasadas.
 —Papi, déjate de tonterías —me dices muy seria.
Ya crees saber más que yo de muchas cosas, porque es ley de vida. Los hijos siempre creemos saber más que los padres.
  —Papi, de eso entiendo yo más que tú —me dices convencida.
Tienes carácter, estás cambiando y debo dejarte crecer fuerte y libre. 
Anoche te quedaste dormida en mi cama, al cogerte me di cuenta que ya no eres la niña de cinco años, y algo se encogió dentro de mí.
Pensé que en unos meses no me pedirás que los viernes sean el día internacional de la pizza, no querrás contarme las cosas que te pasaron en el cole, en unos meses tu mayor ilusión no será volver a Disney, o saltar sobre las piedras del río.
Volví a respirar tu pelo, tu olor a sueño de niña, me di cuenta de que es hora de volver a dejarte un mensaje, cual naufrago que arroja una botella para que sea leída algún día.

Naciste niña de fuego y arte 
Niña de viento y agua
Niña libre de ojos grandes
Niña de tierra y arcilla roja
Naciste libre como tus padres.

Crece feliz y lucha
Crece libre y hazte grande
Nunca odies nunca olvides 
Nunca uses malas artes.

Mi niña de fuego y arte
Mi viento mi agua
 Mi tierra. 
Mi cante.

ANDALUCIA

Andalucía no sólo es playa, paellas, toros y flamenco. Porque andaluzas son las espaldas que se curten al sol de la vendimia, andaluz es el niño que estudia, andaluces los lomos que se parten en las campiñas, andaluz es un médico que emigra, una mujer que limpia casas a precio de saldo porque no la quieren asegurar. Andaluces los aceituneros, los parados que desesperan en plazas sin nombre, los que rompen barrancos cultivando vides, andaluces los que pescan, los que cada mañana miran al cielo pidiendo lluvias. Andalucía es un padre que se levanta a las seis de la mañana y trabaja doce horas para ganar seiscientos euros con los que mantener a su familia.
Andaluces, es lo que somos, y cuando nos demos cuenta quizás nos levantemos y pidamos lo que es nuestro.

EL ÚLTIMO CANTAOR

El escribiente siempre busca la magia. Pueden pasar semanas, incluso meses, sin tropezarse con ella, pero siempre aparece.
Él no es lo que se dice un buen aficionado, quizás porque no bebió en las fuentes acertadas, quizás porque nunca encontró el momento adecuado.
Era una de las últimas noches del verano cuando el escribiente visitó una vieja plaza, era una de esas plazas antiguas de pueblo, rodeada de casas blancas y vigilada por la eterna y milenaria iglesia.
Aquel pueblo celebraba sus fiestas y miles de personas abarrotaban aquella placita del viejo Sur. La normalmente tranquila zona de paseo para ancianos y desocupados era aquella noche un hervidero de gentes, conversaciones y encuentros. Un escenario escueto y sencillo, iluminado por un simple foco de luz, cerraba el espacio en su cara este.
El escribiente había tomado algún vino de la tierra, néctar arrancado a los arcillosos montes de la zona, buscó un sitio cómodo y miró la luna. Estaba cansado, y prestó atención a los cantes en el escenario. Uno tras otro fueron pasando los cantaores por las tablas. Unos con más éxito que otros, fueron desgranando las soleares, los fandangos, las bulerías y los tarantos correspondientes; el público aplaudía a los artistas y la noche avanzaba suave, plácida, lúcida.
La gran campana golpeó dos veces señalando la madrugada cuando llegó el turno del último cantaor. El escribiente se levantó para abandonar aquella plaza del Sur cuando algo llamó su atención. El último cantaor, un joven de pelo negro y cara redonda, adelantó unos pasos sobre las tablas. El guitarrista, serio y espigado, rasgó las cuerdas con arte. El escribiente dudó, pero finalmente decidió concederle unos minutos.
—…y ahora unos cantes por Vallejo —dijo el cantaor tras tocar varios palos— porque mucha gente no lo sabe, pero Vallejo era rojo.
El ruido de conversaciones cruzadas dio paso a cierta perplejidad del público, el escribiente vio algún gesto de sorpresa, otro de desagrado y alguna protesta breve entre el público sorprendido. Un hombre, ya anciano y asido a un viejo bastón de olivo, movió la cabeza de forma desaprobadora junto al escribiente.
—Porque el flamenco surge del pueblo —prosiguió el cantaor— de la queja, del dolor, de la protesta contra lo injusto.
El escribiente notó que el ruido de conversaciones bajó levemente, la guitarra atronó los primeros acordes de un fandango. Entonces el escribiente lo notó, lo supo, tuvo la completa seguridad de que algo iba a suceder.
La voz del cantaor rompió la noche, una queja limpia, rotunda y cabal atravesó la plaza como un rayo fulminante. El quejío de aquel hombre de cara redonda y ojos profundos, acompasado por una guitarra rotunda, clara y tajante, hizo que todas las miradas se centraran en aquel escenario.  Varias estrofas de un fandango recio y sin miedos en las letras rasgaron la luz de una sorprendida luna del Sur.
Silencio…
Cientos de personas callaron, envueltos en las estrofas de aquel fandango mágico. Y entonces el cantaor decidió desnudar su voz. El escribiente lo supo al instante, allí estaba la magia, el joven de ojos negros abandonó la seguridad del micrófono y encaró a las cientos de personas, las últimas dos estrofas no fueron sólo cante, fueron expresión, alma y sentimiento, fue el llanto de un pueblo entregado al pueblo, unas estrofas que impregnaron la piel de los presentes como una lluvia de verano.
El joven de ojos negros soltó el último suspiro que remata el fandango y su pie golpeó el suelo con rabia. Fue apenas un segundo, el silencio envolvió los últimos ecos de aquel cante, luego la plaza estalló en aplausos.
El escribiente entonces se dio cuenta de que llevaba varios segundos aguantando la respiración, miró al público y vio cientos de personas aplaudiendo; miro a su lado, allí estaba el anciano del garrote con lágrimas en los ojos.
El escribiente no es buen aficionado. Quizás porque no bebió en las fuentes acertadas, quizás porque nunca encontró el momento adecuado, pero estuvo seguro de que había asistido a uno de esos momentos en los que la pasión se mezcla con la emoción primigenia para expresar Arte con mayúsculas.



PS: El pasado 7 de septiembre tuve la inmensa suerte de disfrutar unos cantes por Vallejo del maestro Juan Pinilla, descubriendo unos momentos de magia realmente sorprendentes.


DEBERES

Debe salir, buscar un sitio adecuado, reunir a las personas exactas y decirlo todo.
Debe mirar a los ojos de alguno de ellos, no dudar ni un segundo, no expresar miedos o inseguridades, porque no es lo que esperan de él en ese momento.
Debe dar la dosis exacta de esperanza, si la hay, a todos y cada uno de los que le oyen bebiendo de sus palabras, debe decir exactamente la verdad sin derrotismos absurdos, pero sin ilusiones vanas.
Apenas cinco minutos para resumir toda la situación, para dar la información justa, la necesaria. Y esperar mirando a los ojos.
La mente humana procesa los datos en menos de treinta segundos, y luego reacciona:
rabia contenida unas veces, violencia o amenazas sin sentido las otras; llanto, incredulidad o negación en ocasiones. Preguntas, dudas, miedos y quizás lo peor: silencios, silencios que duelen.
Debe aguantar la presión porque ellos necesitan saber que alguien está a cargo de todo, que se han hecho las cosas bien, creer que aquella persona de blanco les ofreció todo lo que la medicina podía ofrecer, que se preocupó por luchar junto a ellos, que la batalla se perdió con coraje. 
Y debe dar un último consuelo, esperar que las aguas reposen y dejarlos digerir la información.
Y entonces debe volver a empezar, porque hay otra persona, otra batalla, otra familia esperando que alguien de blanco les dé la esperanza que necesitan.

PS: La información a familiares y pacientes es, en mi opinión, una de las partes más importantes en la gestión de nuestro trabajo diario.

DESPERTAR

Y desperté. Estaba tumbado y no recordaba nada de lo sucedido, no supe donde estaba al recuperar la conciencia.
Pasaron unos segundos y ni siquiera me atreví a abrir los ojos, intentando recordar qué había pasado, donde me encontraba. Nada.
Me raspaba la garganta, tuve la extraña sensación de que tenía algo metido en la nariz que entraba hasta la faringe adentrándose en mi estómago, o quizás era la sequedad de las mucosas, esa sequedad ácida que aparece tras haber vomitado; entonces sentí una sed apremiante, sensación que aumentaba por los labios resecos y agrietados. Pensé que quizás estaba en un desierto.
Decidí que era el momento de abrir los ojos, quizás eso me ayudaría a saber donde me encontraba. Oía ruidos a mi alrededor, gente que caminaba con pasos presurosos, alguna conversación en susurros, una especie de silbido metálico y alguien a lo lejos que se quejaba de forma monótona.
Sed, sensación urente y casi dolorosa en la garganta. Algo me decía que alguien se encontraba muy cerca de mí. No lo había oído, pero habría apostado cualquier cosa que al abrir los ojos vería la cara de alguien cerca, muy cerca de mi rostro. Eso me produjo desazón, también cierto miedo.
Abrí los ojos y vi su cara redonda, sus ojos grises enmarcados en unas gafas de pasta azul. Era un hombre joven, de cejas pobladas y tez morena que me miraba con gesto adusto apenas a medio metro de mi rostro.
—Buenos días —dijo con seriedad— ¿cómo te encuentras?
Intenté responder pero mi voz fue una especie de gruñido que me confirmó que algo sólido y molesto entraba por la nariz y se alojaba en mi garganta. Levanté la mano para quitarme aquella molestia y comprobé que estaba atado; mis muñecas y tobillos estaban sujetos a unos fuertes correajes.
Entonces tuve miedo, ese pánico cerval nacido de la inseguridad por no saber si estás soñando o… decidí volver a cerrar los ojos. Al abrirlos ya no estaba el hombre de las gafas, pero seguía la sed, la sensación de la garganta, los miembros inmovilizados. Grité; y lo hice con todas mis fuerzas, pero sólo conseguí exhalar una especie de  graznido. Quería pedir socorro, pero sonó algo así como
—¡augógoglo!
Alguien acudió a mi llamada, una joven de ojos claros y mirada asustada se asomó a mi campo de visión.
—¡Está diciéndonos cabrones! —dijo.


Entonces Víctor Bárcenas, el doctor de gafas azules, prescribió que al loco de la camilla ocho se le administrara una nueva dosis de neurolépticos y benzodiazepinas

EL PREMIO

Martina camina por el amplio pasillo del palacio guiada por un conserje. Sus ojos verdes, abiertos como dos ventanas al mundo, retienen cada cuadro, cada ventana, cada nota de color.
Un señor gordo los guía a través de aquel edificio laberíntico hasta llegar a una gran puerta de madera labrada; detrás se encuentra el salón principal del palacio, donde van a acudir a la recepción oficial. Martina está nerviosa.
Los niños aguardan con impaciencia junto al enjuto don Alfredo. Ellos cinco y el maestro son los representantes del colegio La Adelfas y han recorrido más de quinientos kilómetros para estar allí. Su trabajo sobre reciclaje ha ganado el concurso nacional de proyectos sobre medio ambiente en las escuelas y hoy van a recoger el diploma de manos del mismísimo Príncipe.
Martina tiene doce años y ya es casi una mujercita de unos impresionantes ojos verdes y una sonrisa eterna, mamá se ha empeñado en que lleve un horrible vestido amarillo que además le produce un insoportable picor en la barriga.
Un oscuro funcionario abre las puertas unos centímetros y dice algo al hombre que les sirve de guía.
—Va a tardar unos minutos —les dice el conserje que ha recibido el mensaje— parece que Su Alteza va con algo de retraso.
El conserje es un hombre de baja estatura, regordete y de cuello corto. Tiene unos ojos pequeños y una nariz achatada en el centro de su cara redonda que le dan un contradictorio aire infantil. Camina con cierta dificultad y viste un ajustado traje que le hace sudar de forma profusa.
—¿Vamos a esperar mucho? —pregunta don Alfredo.
—Eso nunca se sabe —responde el bedel.
Tras quince minutos los niños deciden sentarse en el suelo, el conserje se les acerca cojeando con cierta dificultad.
—No podéis estar en el suelo pequeños —les dice con suavidad.
Martina lo mira desde abajo, al bajar la mirada observa algo extraño en su pierna.
—¿Qué le pasa en la pierna señor? —pregunta la niña de forma algo descarada.
— ¿Te has dado cuenta? —Responde el hombre de cara regordeta— es una prótesis. Perdí la pierna hace seis años en un accidente.
Entonces aquel hombre saca algo de su bolsillo.
—Mira —enseña una foto a Martina— se llamaba Laura, ahora tendría tu edad y también se quedó en aquel accidente.
—Lo siento, no quería…
—No te preocupes pequeña —el hombre acaricia su pelo.
Ha pasado casi una hora cuando se abre la gran puerta y los niños entran al gigantesco salón.
Todo pasó muy rápido, el Príncipe leyó un discurso, la Princesa les dio un beso en la mejilla y el ministro les dio un diploma. Luego se quedaron en la gran sala junto al resto de galardonados: allí estaban varios futbolistas de la selección, el mejor tenista del país y los actores de una famosa serie de televisión.
Todo ha terminado, los fotógrafos abandonan el salón y empiezan las despedidas. Entonces el Príncipe se fija en los cinco niños, se acerca al micrófono y hace una petición.
—Antes de iros —dice— me gustaría pediros que podáis saludar a estos cinco niños, al menos que cada chico pueda saludar a quien más admire.
Julia pidió un autógrafo al tenista, Pablo optó por el capitán de la selección. Paula se acercó a la princesa y le pidió un pañuelo. Ana María consiguió un autógrafo de la famosa actriz, y llegó el turno de Martina.
La niña de ojos verdes se alejó del grupo y buscó la gran puerta de madera. Allí esperaba el conserje regordete con gesto serio. Entonces la niña se puso de puntillas, hasta alcanzar la mejilla del hombre…
—Mucha suerte señor —le susurró al oído.
—Muchas gracias pequeña —respondió.



PS: Quizás no es digno de admiración quien más alto logra llegar, sino quien logra levantarse desde abajo.

DE MALAGUEÑAS

Era fácil, podías haber hablado de verdiales y fandangos, de malagueñas guapas, de cenacheros y pescaítos. Haber sembrado tu discurso de biznagas, Cristos cautivos y espetos en la playa. 
También podías haber loado con facilidad el rebujito, la manquita o la alcazaba milenaria.
Miles de personas te miraban desde abajo, esperaban tus palabras envueltas en la noche. Luego empezaría una semana de fiesta para todos; pero antes escucharían tus palabras.
Podías haber hablado de ojos negros y guitarras, de moscateles y azumbres; de señoritos y gitanas.
Y hablaste:
«Que el disfrute no nos haga olvidar que casi una cuarta parte de los malagueños están en riesgo de pobreza y no pueden costearse una feria, algo que también le va a costar esfuerzo al 35 por ciento de parados que tenemos en la provincia. Siete de cada diez malagueños menores de 25 años seguís buscando trabajo. La feria debe ser una buena ocasión para mostrar nuestra solidaridad e invitar en el amplio sentido de la palabra al que no pueda, a disfrutar, al menos por unos días, como los demás. Porque la Feria para mí, es como la sanidad y la educación: siempre pública. Sin ninguna exclusión»
Podías haber dicho otras palabras, pero dijiste éstas que a mí me emocionaron. 
Me quito el sombrero ante usted.

PS: Antonio de la Torre pregonó la feria de Málaga el 16 de agosto de 20113


TODO ES NORMAL

Todo es normal en este país. Me levanto por la mañana y leo que los empresarios consiguen prebendas untando a políticos corruptos. No pasa nada, porque así se lleva haciendo cinco siglos y seguimos respirando.
Todo es normal en este país aunque compruebo que las arcas del estado están vacías porque los poderosos se llevaron todo a paraísos fiscales; pero nada pasa porque así se hacía en tiempos de Felipe II y seguimos vivos.
Todo es normal en este país porque tenemos la mejor liga del mundo y somos capaces de pagar millones para tener a los mejores jugadores, pero no pasa nada porque nos lo merecemos.

Y entonces abro el ordenador y veo una foto:

Un anciano estafado por las preferentes protestaba ayer ante los poderosos. La respuesta de un grupo de jóvenes fue la mofa, la risa y el desprecio.
Entonces sentí un escalofrío al darme cuenta de que esta gente serán en pocos años los de arriba; nuestros concejales, alcaldes y diputados. Sentí miedo por los míos, porque en este, mi país, todo seguirá siendo normal, nunca pasará nada mientras la respuesta ante el que lucha, el que alza su voz, sea la indiferencia.

PS: Seguramente aquel viejo perderá sus ahorros y los chicos volverán con los papás a sus chalets en la sierra. Él caerá con su dignidad y su rabia, ellos vencerán con su dinero. 
Es posible que los de abajo perdamos todas y cada una de las batallas planteadas, pero siempre tendremos la dignidad de saber que peleamos, y la fuerza para seguir luchando por nuestros sueños. 

Hombre pequeño. Gran hombre

Partió hace años sin prometer que volvería. Porque quizás hay gente que no necesita volver. Nunca se fueron.
Apenas era algo más alto que un niño de doce años, con algún kilo de más y algunos pelos de menos. Su cara redonda enmarcaba unos ojos pequeños y vivaces, una nariz achatada y una boca que siempre dibujaba una sonrisa. Su caminar, con el cuerpo inclinado hacia delante, las manos cruzadas a la espalda y separando un poco las piernas, lo hacían inconfundible incluso visto de lejos.
Aquel hombre bajito y de sonrisa fácil fue uno más de aquellos que pasaron hambre en un mundo duro de postguerra, uno de aquellos hombres de tierra que lograron arrancar frutos en unas lomas arcillosas e imposibles. Pero aquel hombre tenía algo especial. Tenía chispa.
Cada primavera, el hombrecillo de la sonrisa eterna se transformaba para vivir con intensidad. Durante las fiestas del pueblo aquel hombre de sesenta años corría tras el balón en el partido de casados contra solteros, cantaba en las calles y bailaba tras las exuberantes caderas de las mulatas de turno. Eran apenas unas horas al año, pero jamás faltaba intentando coger el jamón que colgaba en un tronco, nunca perdía el pie en la larga conga y siempre estaba presto para saltar al escenario en improvisados karaokes. Sin duda no era el protagonista de las fiestas, pero pasado algunos años el hombrecillo del pantalón de pana y camisa de rayas pasó a formar parte de ellas. Nadie concebía ya la feria sin sus saltos, sus cantes y sus risas entre las miradas perplejas de los visitantes, que no entendían la extremada vitalidad de aquel hombrecillo de ojos negros, que no comprendían qué motivos lo animaban a la fiesta.
La vida no fue justa con él, normalmente nunca suele serlo con nadie, y una primavera decidió cortar sus alas, segar su fuerza, callar sus cantes, parar sus bailes. Se apagó en silencio y con una última sonrisa, como sólo lo saben hacer los hombres del Sur, hombres de tierra y arcilla. 
Aquella primavera también hubo fiesta, bailes, partido de fútbol y mulatas de grandes traseros. Algunos nos dimos cuenta de que algo faltaba, todos callaron porque es ley de vida seguir adelante.
Han pasado más de treinta años de aquellas primaveras y hoy todo es diferente. Ya pocos se acuerdan de Antonio el de la Chatica. Pero nadie sabe que en las noches de primavera, cuando los músicos abandonan el escenario y todos duermen, cuando la luna baña aquella plaza desierta, una figura bajita con pantalón de pana, camisa a rayas y pelos alborotados sube a las tablas y se marca unos pasos de baile para su pueblo.

PS: In memoriam de un gran señor. Antonio Fernández, conocido como Antonio el de la Chatica vivió las fiestas como nadie en un tiempo difícil. Algunos criticaron sus saltos y sus bailes que hoy serían vistos como algo normal. Quizás vivió en un tiempo equivocado.

Quizás las fiestas de hoy son  más metódicas, más tradicionales, más religiosas o más modernas. Nunca serán tan divertidas.

TIEMPO DE PIRULETAS

Julia sigue en el recuerdo, porque setenta y cuatro años no son nada cuando de memoria se trata.
Ha pasado dos días en los sótanos de la cárcel  de las Ventas. Casi dos días sin ver el sol desde que la despertaron aquella madrugada de finales Julio.
La guerra había acabado y Madrid era una ciudad destruida, con un pueblo gris presa del miedo y el hambre. Julia vivía cerca de Atocha y apenas era una niña que en Agosto cumpliría diecinueve años. Aún recordaba las tardes de juego con su hermano Blas, las galletas de doña Amalia y las piruletas de caramelo rojo en el Retiro con Amadeo, el padre y su madre Marisa.
Aquello fue antes de la guerra que todo lo rompió. Hacía tres años que no habían piruletas rojas en la casa de Julia. Diez meses antes su padre había caído en una batalla junto al Ebro y ahora apenas tenían para subsistir con los seis duros al mes que Marisa ganaba como maestra.
Una tarde de verano la madre los había reunido:
—La guerra ha terminado —les dijo casi en un susurro.
—Entonces ¿ahora todo irá mejor? —respondió Blas sonriente.
—Hemos perdido… —dijo Julia.
—Sí, hemos perdido —Marisa estaba abatida— esperemos que al menos ahora que no hay guerra las cosas empiecen a mejorar.
Días más tarde Julia había encontrado trabajo ayudando en una sastrería cercana, y aunque no pasaban hambre, no siempre había para cenar. Una tarde la joven recibió una propina y con ella decidió comprar una gran piruleta roja; sería el regalo de cumpleaños de Blas.
Pero aquella noche llegaron unos hombres grises, la sacaron de la cama y la arrastraron hasta en un camión negro. Marisa intentó evitarlo y sólo consiguió que la molieran a palos.
En el camión había otras doce chicas, con el miedo dibujado en sus rostros.
—Esperame Blas, te traeré un regalo —le dijo justo antes de subir.
Han pasado dos días desde aquello. Dos días, dos mundos, dos vidas…
—Eres una hija de puta —fueron las primeras palabras del cabo Varela.
Julia no recuerda casi nada pero no borra de su mente aquellos ojos inyectados en ira. Tumbada en el suelo, su ropa son jirones de tela sucia, su alma intenta volar lejos, muy lejos. 
Huye con alas blancas atravesando las rejas, olvidando los golpes en la cara, busca praderas verdes donde no lleguen aquellas tenazas que destrozaron sus pechos. Tumbada en el suelo sueña con alas blancas que la elevan lejos de aquel sargento que destrozó su cuerpo mientras bebía aguardiente, de aquel carcelero apestoso y cobarde que la violó sin piedad  aprovechando la madrugada. 
Julia sueña unas alas blancas que la saquen del infierno porque ya nada importa, nada puede doler más. Han acabado con su alma en aquella celda oscura.
Ha asistido a un juicio donde el mismo sargento que la violó ha sido su abogado, su fiscal y su juez.
—Día cuatro de agosto del año del Señor de mil novecientos treinta y nueve, primer año de la victoria, reunido en Madrid el sumarísimo consejo de guerra permanente número nueve —escupió el sargento— fallamos que debemos condenar, y condenamos, a cada una de las trece acusadas a la pena capital por alto delito de colaboración con los marxistas.
—…por rojas y por putas —apostilló el cabo Varela.
Julia entonces lo supo: el tiempo de las piruletas rojas no volvería nunca; en aquel momento tomó una decisión.
—Quiero hablar con un cura —gritó mientras la arrastraban por el pasillo de vuelta a la celda.
Dicen que aquella noche alguien mandó a un sacerdote de cara pálida y rostro asustado a hablar con las trece condenadas. Dicen que ninguna de ellas necesitó confesarse, tampoco comulgaron. Dicen que una de ellas lo llamó cuando abandonaba las celdas, dicen que se volvió y hablaron unos minutos, dicen que aquella niña de apenas diecinueve años dijo algo de unas piruletas al sacerdote. Dicen que él recogió algo de sus manos destrozadas.

Post Scriptum. Historia de éste, mi país:
El día 5 de agosto de 1939 Julia Conesa, de diecinueve años, fue fusilada junto a las tapias de Cementerio del Este en Madrid. Junto a ella fueron asesinadas doce jóvenes, seis de ellas menores de edad. Solamente una de ellas logró sacar un mensaje de aquellas celdas de muerte y tortura:
“Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá pero ten presente que muero por ser persona honrada. Adiós madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que no me lloréis, y que mi nombre no se borre de la historia”.

Aquellas trece jóvenes fueron fusiladas por rojas, por ello las llamaron las trece rosas rojas. Gracias a Julia todas y cada una de ellas siguen en el recuerdo; mientras quede dignidad, no se borrarán sus nombres de la historia, porque setenta y cuatro años no son nada cuando de justicia se trata. 

NOCHES EXTRAÑAS

Fue un momento de lucidez absoluta , y todo sucedió a una hora indeterminada de la noche, en un verano cualquiera de un año voraz y rapaz.
No había sucedido nada en especial, pero algo me despertó en mitad de una oscuridad rota por la luna, perezosa y mora, aquella madrugada revoltosa, amable, cálida.
Abandoné la cama con sigilo, salí a la terraza y mojé mi cara con agua fresca.
Me senté en una vieja silla de madera mientras un grupo de perros discutía a lo lejos y el último grillo me regalaba unas notas sedantes e impagables.
Respiré el aroma dulzón y empalagoso de un jazmín vecino y pensé en mis cosas. 
Entonces me di cuenta de que no necesito un coche de alta gama, ni el Iphone 5, tampoco visitar los mejores restaurantes, asistir a grandes eventos o vestir la ropa más lujosa. Fueron apenas cinco segundos, pero más que suficientes para descubrir que mi felicidad se esconde tras una madrugada, una luna burlona y una vieja silla de madera.

MOMENTOS

Aunque todos sabemos de la infalibilidad cardenalicia de los eminentes doctores, de la sapiencia supina y la estabilidad emocional de los herederos de Galeno, os voy a contar un secreto: Existen ciertos momentos en los que la cosa se pone realmente peliaguda.
1.-Momento "yaquetepillo": Cuando vuelves a encontrarte con una amiga tras varios meses sin verla, te apetece tomar un café y hablar un rato, pero justo después de los dos besitos de rigor, te relata a bocajarro y sin ningún tipo de piedad, los problemas de adenoiditis y catarros de repetición de su hijita, seguido de una detallada explicación acerca de la fercuencia, consistencia, color, olor y aspecto de sus caquitas. 
2.-Momento "avercopinas" Una señora a la que apenas conoces de haberla saludado tres veces en la cola del super, te solicita tu opinión acerca de su exceso de peso. Cuando vas a darle algún consejo te refiere que "eso ya lo sabe ella", pues ya ha consultado a un endocrino, un internista, dos médicos de familia, un cardiólogo y un nutricionista, pero aprovechando que estás en la cola del Mercadona, pues te solicita una interconsulta a ver qué opinas.
3.- Momento "tucaramesuena" La recepcionista del taller mecánico te reconoce cuando le llevas el coche y te suelta eso de: yo le conozco a usted... su cara me suena, me parece que usted fue quien vio a mi padre hace un año. Instantes después inicias un padrenuestro y le preguntas:¿y qué, cómo está tu padre? temiéndote lo peor.
4.- Momento "masalíunbultillo", que suele coincidir con fiestas entrañables, bodas, comuniones y reencuentros con familiares y conocidos. Tras las correspondientes copas y un acercamiento estratégico hay personas que insisten en explicarte , justo cuando vas a descabezar una gamba del quince, que su médico de familia no le hace caso, y pasa a describirte y enseñarte si es preciso, sus agradables golondrinos, hernias inguinales, caries dolorosas, zonas extrañamente peludas o juanetes evolucionados.
Imagino que son gages del oficio, por ello, espero encontrarme con algún mecánico la próxima vez que salga para que le eche un ojo al radiador de mi coche tras tomarnos unas copas, o quizás con algo de suerte me cruzo con un asesor que me solucione unas dudillas con la declaración de la renta o un profesor que me recuerde la lista de los reyes godos.


PS: El presente post es una reflexión jocosa e irónica acerca de ciertas situaciones que se suelen dar en la vida cotidiana de los médicos fuera de su trabajo, que nada tienen que ver con el desarrollo diario de nuestra profesión ni mucho menos con situaciones en las que se produce un problema médico de gravedad, donde solemos actuar sin importarnos el sitio ni el momento.

LA CARTA

Se sitúa en su posición de poder y me lanza una mirada de “no sé si joderte vivo o perdonarte la vida”.
Es el hombre-ratonil, rondará la cincuentena y luce una cara afilada rematada por una nariz casi puntiaguda y un gesto adusto de roedor. Un polo de Lacoste claramente falso y una barriga globulosa me hacen sospechar de su afición al deporte rey, el Cruzcamp-ball es más que evidente.
La carta ha llegado tres días antes, es la famosa carta certificada que siempre me llega un viernes a última hora para joderme el fin de semana, en la que la administración me advierte de que puede meterme tal paquete que lo voy a flipar durante varios meses, pues al parecer he infringido diversas leyes, preceptos y reglamentos, todos ellos importantísimos.
—el deneí —me dice señor Ratón arrugando una frente claramente en la fase aguda de una dermatitis seborreica galopante.
Con un miedo casi reverencial deposito mi carnet sobre su mesa, él lo recoge con un manotazo y empieza a golpear el teclado con furia.
—Ajam —dice dirigiéndose a la pantalla— vaya, vaya.
—Me doy por jodido —pienso. Mis saberes de medicina son limitados, pero en temas de papeleo administrativo mis conocimientos son como los que puede tener una tortuga verde, y la cara de aquel señor me indicaba lo peor.  
Entonces llega una señora de aspecto marujil oliendo a tabaco, y posando su mano en la espalda de Ratonil empiezan a hablar de vacaciones, de días libres, asuntos propios, los jefes que nosequé, los políticos que nosécuantos y sobre todo lo quemados que están de aguantar gente.
—Hasta los güevos me tienen ya —dice Ratonil.
—Ni que lo digas hijo —responde asertiva Marujienta.
Sigo en silencio, convencido de tres cosas. Uno: Ratonil en su infancia era siempre el portero en los partidos del recreo,  Dos: recibió collejas hasta en el paladar, y lo más aterrador, tres: yo iba a pagar los platos rotos de una infancia traumática.
Marujienta se va y Ratonil vuelve al teclado, no sin antes dedicarme una mirada por encima de sus gafas plateadas que dejan claro que estoy a punto de ser sodomizado por la administración.
Clap, clap, clap. El tecleo furioso del funcionario me hace presagiar lo peor.
— ¿Ha traído el Certificado de empadronamiento?
—Sí —respondo.
—¿Fotocopia del deneí?
—Sí.
—¿Ha compulsado la fotocopia?
—Sí.
—¿Recibo del Impuesto de vehículos de tracción mecánica?
—Sí.
Entonces se dispone a darme el golpe de gracia:
—Y…¿ el libro de familia?
Tocado y hundido, se me ha olvidado el jodido libro de familia. En un intento desesperado de salvarme de la quema, le miro con cara de cordero degollado:
—¿No podría mirarme todos los papeles que necesito? —suplico— es para poder traerlo todo le próximo día.
Mirada furibunda, dejando claro que soy un inútil nivel 5, y nuevo ataque al teclado por parte de Ratonil.
Clap, clap, clap…entonces algo sucede. La cara pálido-seborreica empieza a tomar un tono verdoso como de vidrio de botella.
—Ejem —carraspea— vaya, que curioso.
Sigue tecleando durante unos minutos. Finalmente la cara verde botella ha pasado convertirse en un violeta de genciana y el señor Ratonil me mira ajustándose las gafas.
—Mire, resulta que ha habido un error —casi balbucea— estaba todo en orden, pero es curioso, que le hemos incluido en la lista equivocada y le hemos mandado la carta.

—¿Curioso? —pienso— curioso es que un colibrí amazónico venga a posarse sobre mi hombro, curioso es encontrarte una orquídea salvaje en mitad del campo. Esto no es curioso, es una simple y jodida chapuza burocrática como la copa de un pino; pero no dije nada, simplemente respiré aliviado al saberme libre de las fauces de una burocracia absurda, me levanté y di la espalda a don Ratonil, doña Marujienta y sus múltiples bondades.

LAS DOS MARÍAS

Era domingo por la mañana cuando esto pasó, y aunque hoy es viernes, todo sucedió ayer.
Creo que rondaba el mediodía y estaba siendo una mañana calurosa. Se trataba de una mera intuición al ver las ropas y los abanicos en ristre de mis pacientes, pues el aire acondicionado me permitía olvidar las inclemencias del verano.
La mañana de domingo estaba siendo extraña. Me daba la impresión de que los pasillos eran más anchos, la luz más intensa, los movimientos más suaves. Pero allí estaba yo, viendo a mis pacientes uno tras otro con una sensación de tranquilidad quizás derivada de que había poca gente que atender.
Casi era la hora de comer cuando decidí asomarme a la zona de espera de pacientes; la intención era hacerme una idea global de la situación antes de irme a almorzar. 
Entonces las vi. Estaban en un rincón, al fondo a la derecha, habían esperado sin decir nada, seguramente por no importunar, pero allí estaban.
—¡Vaya sorpresa! —les dije— pero, ¿qué hacéis aquí?
—Hemos venido a una revisión —me dijo ella.
Ella es María.
María no es otra que la hija de la Molinera, una mujer morena, delgada, de ojos profundos y tranquilos. A sus casi setenta años sigue conservando una pose esbelta y una sonrisa amable, cálida. Ha luchado con la vida, y la pelea le ha dibujado un rostro sereno aunque alerta; noble diría yo. Está de pie, viste una sencilla camisa verde y una falda marrón; posa su mano izquierda en el hombro de una anciana de pelo blanco, también es María.
La otra María es María la Molinera. Luto riguroso desde hace algunos años, cuando se apagó la tele en aquella casita blanca, el día que su hombre dejó de existir. Tiene una cara redonda y morena; muy morena, con una nariz aguileña y una sonrisa traviesa a pesar de sus casi noventa años. Es una mujer pequeña, entrada en carnes que me sonríe y me mira de abajo arriba, sentada en el carrito. Su piel oscura, los ojos azabache y su pelo blanco recogido en un moño evocan aires mestizos. Calla, sonríe.
—Hace algunas semanas que apenas puede caminar —me dice María hija.
—Ven, que te voy a dar una cosa —me dice María madre.
Me agacho hasta enfrentar nuestras caras, me acerco con delicadeza, aspiro su olor a colonia fresca y ella me planta dos besos en cada mejilla. Mi cara dibuja una sonrisa, Entonces noto que algo no va bien, una lágrima baja por mi cara y aquello no debería pasar.
Aquella mujer de pelo blanco coge mi mano y me da una moneda. Pero no de cualquier manera. Deposita la moneda en mi mano y luego me cierra el puño con fuerza, apretándolo con sus dos manos.
—No vayas a perderla nunca —me dice sonriendo— y sobre todo no vayas a metértela en la boca.
Abro la palma de mi mano y veo una moneda de cinco duros. Sonrío y vuelvo a levantar la mirada. María la Molinera ya no está, tampoco su hija. Las busco entre la gente, pero no las encuentro.
Grito sus nombres, entonces despierto. Son casi las diez de la mañana y un rayo de sol pinta mi cama de luz.
Me incorporo hasta sentarme, busco mis gafas y me retiro una lágrima de la mejilla. Entonces me doy cuenta de algo, respiro profundamente y sonrío. Empieza un nuevo día para Salva, el nieto de María. María la Molinera.


PS: Mi abuela María, conocida como la Molinera, falleció hace unos meses. Los cuerpos se van, las vidas pasan, pero hay recuerdos, vivencias, momentos y experiencias que quedan grabadas a fuego para despertarnos una cálida mañana de Julio, arrancarnos una lágrima y una sonrisa. Gracias.

Y ENTONCES TODO CAMBIÓ

Te convencieron de que vivías en un país de Rinconetes y Urdangarines, una nación donde los gobernantes robaban a manos llenas y de forma impune, porque nadie creía ya en casi nada. Llegaste a creer que todo estaba perdido en ése, tu pobre y cansado país. Porque casi todo estaba destrozado, porque aquel pueblo, sabio y viejo, estaba de rodillas ante los de siempre.
Tuviste casi la completa seguridad de que no valía la pena seguir en la pelea, porque aquella gente sólo quería el sedante pan y circo, el sueño dulce que le ofrecían unas televisiones anestesiadas y unos gobernantes ajenos y lejanos.
Entonces pasó aquello. Nadie lo esperaba, porque no debía haber pasado. Fue una absurda y calurosa tarde de Julio cuando la tragedia pintó de sangre aquella ciudad milenaria. 
Nadie lo esperaba, pero todo cambió aquella tarde.
Anxó había sido despedido de su centro de salud hacía tres días, pero no dudó en presentarse a las puertas de aquel hospital con su fonendo y todas sus ganas. Mariña había sido estafada con unas acciones preferentes hacía dos años, lo había perdido todo y ahora esperaba su turno para donar en el banco de sangre.
Antón apenas cobra cuatrocientos veinte euros al mes, está a punto de ser desahuciado, y lucha entre el amasijo de hierros y sangre para sacar gente de aquel infierno. Ana no trabaja desde hace tres años, y se ha ofrecido para lo que haga falta. Y está Xavier, también Xacob, y Noa, Iria y Cristina. Cientos de personas que han dejado todo para ofrecerse sin condiciones.

Ha sido una tarde trágica, una noche negra; y serán unos días de dolor, pero algo ha pasado en Santiago, cuna de un viejo y maltratado país, un pueblo dolido, triste y herido; el mismo pueblo que asiste incrédulo al banquete de los poderosos, ha decidido moverse por los suyos, quizás al saber que ya nadie nos defenderá si no somos nosotros mismos. Quizás porque aún nos queda dignidad como pueblo, quizás porque no somos tan malos como los de arriba nos quieren pintar, puede que por puro instinto.
Y entonces, en plena madrugada de Julio, a muchos kilómetros de distancia, me siento gallego, abro mi libreta y escribo:
Este tarde negra me ha vuelto a mostrar que quizás siguen existiendo motivos para sentirnos orgullosos de ser quienes somos.

ALFONSO, MARÍA Y PÉREZ.

Ratón Pérez jamás había fallado en el tercero B. Alfonso y María lo sabían. Pérez nunca les dejaba tirados porque ellos siempre cumplían como buenos hermanos.
María acababa de cumplir ocho años y sus grandes ojos azabache presagiaban que sería una belleza natural y serena en pocos años. Alfonso tenía cinco años, un  poco delgaducho y quizás demasiado bajo para su edad, su risa fácil y la cara redondeada le daban el aspecto de un pequeño gnomo.
Ambos conocían a Pérez desde hacía algunos años; siempre que se caía un diente, el ratoncito les retiraba la pieza y les dejaba una moneda.
—Algún día lo pillaremos —se conjuraban cada vez que sucedía. Pero la noche los abatía y la mañana siguiente encontraban la moneda bajo la almohada, pero ni rastro de Pérez.
—Es porque no se deja ver —les decía su madre— pero Pérez nunca falla.
Los dos hermanos sabían que Ratón Pérez no era un ratón normal; era algo mayor que los demás, podía caminar sobre dos patas y correr a una velocidad tal que dejaba miles de monedas cada noche por todo el mundo; las monedas iban dentro de una mochila mágica de color rojo, cada vez que sacaba una, otra moneda ocupaba su lugar.
Últimamente las cosas van regular en casa, María y Alfonso se dan cuenta de que algo sucede. Papá se llama Pedro; sale cada mañana temprano y vuelve con cara triste, apenas bromea y ya casi nunca juega. Ellos saben que está buscando un nuevo trabajo porque lo despidieron del taller hace unos meses.
Mamá se llama Elena y sigue trabajando; limpia las escaleras del bloque, cuida de la abuela Carmen por las tardes. Tampoco tiene buen humor y siempre les está peleando.
La semana pasada discutieron. Los padres creían que María y Alfonso dormían, pero no era así. Habían oído como gritaban en el salón, los habían oído llorar y decirse cosas horribles.
—Esto no puede seguir así —dijo la madre tras varios minutos de discusión.
—Me iré de casa, buscaré algo en el extranjero, igual así mejoramos algo —dijo él— pero te juro por Dios que no encuentro nada.
—Debemos tres meses de hipoteca —respondió ella casi en un susurro— y si no pagamos nos echan como a perros.
Era verano y hacía calor, pero María y Alfonso durmieron abrazados esa noche.
Pasaron los días y aquello se olvidó, aunque los padres habían perdido la alegría del pasado verano.
Ayer fue uno de los días más calurosos del año; a pesar de que este mes de Julio está haciendo fresco, los termómetros han rozado los cuarenta grados. María y Alfonso estaban jugando en el salón cuando el niño ha notado que algo pasaba en su boca. 
—Tata, me parece que se mueve un diente —le dijo a su hermana.
—A ver déjame, abre la boca —respondió María.
—Ahhhh…
—Alaaaa ¡mira enano, si tenías el diente casi caído! —la jovencita exhibía el diente de su hermano que le sonreía con la boca mellada.
Ambos niños se miraron. Silencio en el tercero B.

Cae la noche, espesa y húmeda en aquella ciudad del sur,  las manillas del oscuro reloj acarician las doce cuando Elena y Pedro se acercan a la cama de Alfonso. El pequeño de pelos revueltos duerme ajeno a todo. Sonríe en sueños.
La madre levanta con cuidado la almohada en busca del dientecito, lo retira y en su lugar deposita una moneda. El padre besa la frente del pequeño, ambos se retiran y la oscuridad envuelve a las cuatro vidas.
Los niños se han levantado temprano, Elena está preparando el desayuno en la cocina.
—¿Qué tal se portó el ratón Pérez este año? —pregunta ella sonriente.
—Qué raro, esta noche no me han traído regalo —responde el pequeño Alfonso cuya cara mezcla la sorpresa y el enfado.
—No puede ser —responde— seguro que no has mirado bien. Recuerda que Pérez nunca falla a los niños buenos.
Corren a buscar bajo la almohada y no aparece la moneda. Han mirado bajo la cama, en la alfombra de los Simpson, incluso bajo la cómoda. Nada.
La madre tiene una idea, aún está a tiempo. Seguramente la moneda ha rodado bajo algún mueble. Elena decide devolver el diente a Alfonso con cualquier excusa, y la próxima noche repetirán la jugada. Mientras los niños siguen buscando Elena se dirige al aparador del salón, abre la puertecita de cristal y coge la taza donde guardó el diente.
Algo sucede entonces: un vértigo extraño sacude a Elena, una sensación de irrealidad la envuelve. Sabe que no puede ser, que es imposible, ella sabe que estas cosas no pasan cuando tienes treinta y cinco años: la taza está vacía. Atraviesa el salón casi aguantando la respiración, cruza el pasillo y llega a su dormitorio donde Pedro sigue durmiendo. La mujer levanta la almohada. Allí encuentra una moneda dorada, junto a ella una nota “Pérez nunca falla”.
Elena despierta a Pedro, llama a los dos pequeños que acuden a toda prisa.
Ella cubre de besos a los sorprendidos niños y al somnoliento padre.
—Gracias —les dice con los ojos empañados.
Aún no lo saben pero dos días más tarde Pedro encontrará trabajo en un taller y los problemas con la hipoteca pasarán a la historia de un caluroso y extraño verano en el que sucedieron cosas que nunca olvidarían. 
Son las diez y siete minutos en el tercero B; empieza a hacer calor en la ciudad del Sur, algo se mueve sobre el gran armario del dormitorio: es un ratón algo mayor de lo habitual, camina sobre las patas traseras y porta una mochila roja a la espalda. Pérez sonríe mientras observa cómo  cuatro personas se abrazan con fuerza sabiendo que van a superarlo todo porque juntos son invencibles.

EL LIBRO HUÉRFANO

Como miembro de la comunidad científica debo renunciar a la magia. Mi papel en la sociedad es creer en lo mensurable, lo reproducible, lo palpable y lo visible. Mililitros, gramos, metros, segundos, grados, porcentajes, números... el problema es que creo que soy de letras.
Lo que hoy me ha sucedido entra dentro del terreno exclusivo de lo que llamo momentos mágicos en los que la vida se pinta de colores.
Pasaba junto a un contenedor de basuras cuando vi un par de bolsas de las que sobresalían algunos libros. Estaban en el suelo, quizás el pudor hizo que su dueño no las arrojara para reciclar. 
No pude evitar parar el coche, sabía que debía parar y bajar a echar un ojo a aquellos libros huérfanos. Llámame friki, quizás tengas razón.
Me acerqué con cierta vergüenza por si alguien me estuviera viendo mientras rebuscaba en basuras ajenas, y con cuidado me arrodille junto a las bolsas.
La primera  contenía varios libros amarillentos, novelas policiacas casi todas y algunos best sellers americanos editados en rústica de los años sesenta. 
-Nada especial -pensé- esta vez me falló la intuición.
La segunda bolsa parecía tener el mismo tipo de libros, pero no pude evitar echar un ojo.
Más novelas de misterio, un callejero de Madrid, una recopilación de cuentos infantiles; y cuando casi me levantaba vi un trozo de tela envolviendo algo.
Esperando encontrarme unas novelas de Corín Tellado, separé la tela y encontré dos libros: Federico García Lorca y su romancero gitano de 1946; y debajo un ejemplar ajado de hojas amarillentas: Marinero en tierra de Rafael Alberti, un ejemplar de 1956. Ambos editados en Argentina.
Entonces lo noté, algo estaba a punto de suceder.
Con cuidado, casi con mimo, abrí el libro de Lorca y leí algún poema. Decidí quedármelo.
Luego abrí el libro de Alberti, y allí estaba. No me lo podía creer pero en las guardas, esas páginas iniciales que nadie mira encontré un autógrafo y un dibujo del genio Rafael Alberti. Ejecutado con trazo firme estaba su firma y un precioso pez. 
No me preguntes cuanto ni cuando, no me preguntes por cantidad o velocidad, tampoco por porcentajes o intensidad, pero allí, en el sucio suelo junto a un contenedor de basura y envuelto en un trozo de tela gris, encontré la magia de colorea mis días, un viejo libro firmado por un genio de la naturaleza al que admiro y que desde hoy figura con honores como el mejor libro de mi biblioteca.



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BUFANDAS ROJAS Y LÍNEAS ROSAS.

La Yeni mira con incredulidad el objeto que tiene entre sus manos. Ha comprobado que la puerta está bien cerrada y ha confiado, como siempre, en su buena suerte.
Fuera está el Ríchar, su hermano pequeño; como siempre armando jaleo y pidiendo dinero a la mama. Cuando quiere dinero siempre dice que se va a poner tó loco y la va a liar. La mama siempre le da un billete de veinte euros, el Ríchar deja de estar loco y se va para la calle.
La Yeni sabe que el Ríchar es buena gente. Hace apenas tres años que jugaban al escondite por el piso (siempre lo encontraba porque Manuel, es su nombre real aunque para todos es  el Ríchar, no podía aguantar la risa); y pasaban las tardes de verano juntos viendo los dibujos animados, la mama les preparaba el bocadillo de Revilla  mientras les decía que algún día serían grandes artistas como la Pantoja y el Camarón, y la abuela les tejía bufandas rojas del Atleti (tenéis que ser del Atleti, como el abuelo que en paz descanse).
Ahora todo ha cambiado. El Ríchar a sus catorce años se ha tatuado la espalda y brazos, está sorprendentemente musculado y luce una gran medalla dorada de la virgen en su pecho. Apenas para en casa, suele pasearse en el BMW M3 con los altavoces a toda potencia y canciones de La Húngara alegrando el ambientillo. A veces le da cien euros a la mama, y otras (la mayoría), le pide dinero porque se pone loco.
La joven de pelo amarillo sigue mirando el objeto entre sus manos. No sabe cómo ha podido pasar aquello.
El Rícha es amigo del Isra, el novio de la Yeni. Los dos son legales, pero ella está segura de que todo lo malo le viene de las junteras con el Juan de Dios, conocido como el Chori, dueño del BMW y del que dicen que incluso tiene una pistola.
La Yeni no quiere complicarse la vida, su ilusión es entrar en el Carreful como cajera (hace un año soñaba con ser cantante de flamenquito, luego pensó en entrar a trabajar en un Zara, pero la cosa está mumala), cogerse un pisito con el Isra y una semana de vacaciones al año para irse a un hotelito guapo de Torremolinos donde se lo pongan todo por delante. 
El Isra mola aunque no la deja vestir demasiado provocativa, porque dice que eso es de putillas.
La Yeni no sabe cómo ha podido ocurrir. La Vane se lo había explicado muy claro, y la Vane de eso entiende un taco porque ella lo lleva haciendo casi un año.
-No pasa nada Yeni -le dijo aquel domingo por la tarde en el parque mientras compartían un litro y unas caladas- hasta seis días tras la regla no te puedes quedar.
-¿Seguro? -Yeni parece confusa.
-Te lo digo yo canija. Además si lo hicisteis de pie, imposible. Y para más seguridad te tomaste como te dije, la aspirina con una cocacola sin gas.
-¿Y si voy al médico para lo de la pastilla?
-Claro canija, mu lista eres tú -una calada al Chester- que te tomen el nombre en el ambulatorio y lo apunten en los ordenadores. Eso queda ya ahi pa tó la vida grabao que lo sepas canija.
Desde aquella conversación han pasado siete semanas. 
La Yeni mira con terror, pero por ahora el predictor parece que no cambia de color.
Se oye más jaleo en el salón. El Ríchar grita.
-¡O me das algo o me llevo la tele y la vendo! 
Se oye un golpe, cristales rotos, alguien ha arrojado un vaso contra la pared, el Ríchar está tó loco de nuevo.
La Yeni empieza a llorar, recordando al Manuel y su risa al ser descubierto jugando al escondite, las tardes de pan con Revilla y dibujos animados, la mama y sus fantasías de artista, las bufandas rojas de la abuela Carmen.
Pide un deseo con toda su alma. Le pide a la Virgen que vuelva aquel tiempo de risas y bufandas rojas. Unos segundos más tarde aparece, como por arte de magia, una segunda línea rosa indicando muchas cosas van a cambiar para la Yeni dentro de siete meses.
La joven de pelo amarillo deja de llorar, se pone muy seria se asoma al ventanuco del servicio y piensa que esa segunda línea en el predictor es una señal de algo, aunque no sabe si es una venganza divina, una burla o una oportunidad.

EL BERNARDO Y LAS DOCE PERRAS GORDAS

Los pies descalzos de aquel hombre levantaban el polvo gris cada  vez que apoyaba la zancada por el camino de tierra. Era apenas una senda de cabras por donde transitaba guiando a Pancho, el mulo del señorito.
Esa mañana se había levantado con las primeras luces del alba y apenas había probado un bocado de pan duro mojado en leche de la cabra que los niños habían bautizado como Canela.
María se quedó lavando la ropa y los tres niños aún dormían cuando el hombre descalzo salió de la choza junto al arroyo.
-El Bernardo se está quejando de la barriga -le dijo antes de partir.
-No será nada, de todas formas hablaré con el señorito -respondió disimulando cierta preocupación. 
Hacía quince años que habían conseguido un permiso de don Guillermo, el padre del señorito, para construir una choza de cañas y adelfas junto al arroyo. Allí dormían los cinco, María cocinaba junto a la cabaña y hacían sus necesidades en el campo. A cambio el hombre descalzo trabajaría para el señorito cuando éste lo necesitara. Le pagaría doce perras gordas los días de jornal.
-En total son treinta y seis pesetas al mes, julandrón -le dijo el padre del señorito, sabedor de que un pan valía casi una peseta.
Había completado sus doce horas de trabajo cargando y acarreando uvas y se disponía a entregar a Pancho en las cuadras cuando el hombre descalzo se cruzó con el señorito.
-Don Antonio, si me hace usted el favor -se acercó con timidez- me gustaría pedirle algo.
-Ya estamos pidiendo -dijo aquel joven de apenas treinta años y fino bigote al estilo Alfonso XIII- no me entretengas jodío, que tengo cosas pendientes.
-Es mi Bernardo señorito -el hombre descalzo levantó la mirada- que dice mi mujer que está de la barriga y como aquí no hay médico hasta la semana que viene quiere llevarlo al sanatorio de la capital. Ya sabe usted, cosas de mujeres. Necesitaría un adelanto de veinte reales si no es mucho pedir.
-Te doy un sueldo, te dimos una casa -la voz sonaba altiva, metálica- la vendimia está siendo mala, y encima me vienes con caprichos de mujeres histéricas.
-Pero el Bernardo... -lo miró.
-Ni peros ni peras -le cortó don Antonio- para que veas que tengo corazón, vas a ir a las cocinas y dile a la Pepa de mi parte que te dé un poco de aceite de ricino en un frasco, seguro que con una buena purga se pone bien el niño. Por cierto, tranquiliza a la madre.
Corría el 30 de agosto de 1912 cuando sucedieron estos hechos; el Bernardo murió tres días más tarde por un cólico miserere. Lo vistieron con unos pantalones prestados y Clarita, la mujer de don Antonio, les dio unos zapatos blancos; lo metieron en una caja de madera y pintaron su nicho de azul .
El señor cura dijo una misa que sería recordada durante meses, casi todos lloraron salvo el hombre descalzo.
Todo el pueblo pasó delante de aquella familia para darles el pésame, hasta los señoritos acudieron a consolarlos. 
Eran las siete de la tarde y el sol ya se perdía por Santopítar cuando don Antonio puso su mano en el hombro del padre del Bernardo.
-Lo siento mucho -le dijo- seguro que Dios lo tiene en su gloria al angelito.
Entonces el hombre descalzo levantó su mirada cargada de furia, sus ojos inyectados en el dolor más profundo, se encontró con la mirada glacial de don Antonio y...
recordó que nada podía hacer ya por el Bernardo, pero quedaban María y las dos pequeñas, quedaba la choza junto al arroyo, la cabra Canela y las doce perras gordas. Entonces apretó los puños hasta notar que sus palmas sangraban.
-Muchas gracias don Antonio -pudo responder.
Aquella noche de principios de septiembre de 1912 el hombre descalzo lloró a solas al saber que había perdido y juró que nunca más alguien de los suyos moriría por falta de un puñado de perras gordas.

Nota 1: El sueldo de un jornalero andaluz a principios del siglo XX apenas daba para comprar un pan al día.
Nota 2: Un verano de principios del siglo pasado falleció un hermano de mi bisabuelo a causa de un abdomen agudo tras esperar varios días antes de acudir al sanatorio por falta de dinero. Murió en el que hoy es conocido como Camino de los Limones.

EL PAÑUELO ROSA Y LA CARACOLA DE PAULA

Ha sido un día duro para Sara, una mierda de turno. No recuerda una jornada tan jodida desde hace meses. No sólo ha discutido con Fernando por el color que darían al salón, la cosa ha ido a más cuando las notas de Laurita no han conseguido las expectativas.
-Ya te dije que la profesora de apoyo de inglés no iba bien -le dijo Fernando en tono de reproche. 
Ha llorado y ha pensado que su vida, a los treintaytantos, es un pozo del que no encuentra salida; Sara ha decidido dormir en el sofá. 
El día siguiente no mejoró nada, una discusión con el jefe a primera hora. La cantaleta de siempre: no se están cumpliendo los objetivos y estamos a mitad de año, los contratos del próximo otoño vuelven a estar en el aire, el hospital posiblemente pasa a gestión privada en los próximos meses y nadie sabe qué pasará con las enfermeras del turno de noche.
No debería haber sido un turno malo, en verano Madrid es normalmente una balsa de aceite, pero este año la crisis ha dejado mucha gente en la capital, y las urgencias se resienten. 
Sara apenas ha descansado para tomar un bocadillo y una coca-cola en una madrugada de vértigo. Esa noche discutió con un paciente que pretendía saltarse el turno, discutió con un médico por un malentendido (siempre se llevó bien con Víctor Bárcenas, pero aquella no era su noche). En mitad de la madrugada había llegado una mujer casi de su misma edad. Ignoraba el diagnóstico pero el pañuelo rosa en la cabeza, la cara redondeada, la mirada cansada de aquella mujer le indicaban demasiadas cosas. Sara había sacado fuerzas de donde casi no quedaban, había sonreído a su paciente y conseguido sacar la analítica a la primera en un antebrazo sembrado de venas tortuosas y torturadas.
Por la mañana Sara ha vuelto a su sofá. No ha podido dormirse porque su vida es un torbellino: Fernando no la entiende, los contratos de otoño, la privatización del hospital, las notas de Laurita, el jefe y sus exigencias...

Ha sido un gran día para Josefa. No recuerda una jornada tan buena desde hace semanas. Por la mañana no ha tenido dolor y la temida fiebre no ha aparecido. Hoy iban a la playa, pero su falta de fuerzas ha hecho que prefiera quedarse en casa. Ha leído algo y ha dejado que el sol tibio de la mañana la acaricie. A mediodía han vuelto Juan y Paula. Traían un pollo asado; además Paula había encontrado una gran caracola  en la arena.
-Es mi regalo -le dijo su hija ilusionada- si la acercas al oído oirás el mar, así es como si hubieras venido con nosotros.
Han comido pollo y ensalada. Josefa se ha atrevido con una cerveza sin alcohol y ha dormido la siesta. Hoy apenas duele.
El susto ha llegado de madrugada. Se ha despertado empapada en sudor. Allí estaba: 38.5 grados han hecho saltar las alarmas. La orden era muy clara: si aparecía la fiebre debía acudir a urgencias.
Decidió coger el primer taxi y acudir sola. No tenían con quien dejar a Paula. Eran las cuatro y veintidós de la madrugada cuando Josefa daba sus datos.
Ha esperado muy poco, apenas unos minutos y la han pasado con prioridad. Comprueba que la enfermera ha discutido con alguien que se quejaba de que había colado a la señora del pañuelo rosa. Un médico joven  y cansado ha hablado con ella, la ha explorado y la ha pasado a un box. 
Josefa reza, no sabe si sirve, pero eso la hace sentir mejor.
Son las seis y catorce cuando el médico vuelve con los resultados. Se estudian; ella casi suplica con la mirada...
-Todo bien, Josefa -sonríe Víctor Bárcenas- las defensas están correctas y todo indica que es un proceso vírico sin importancia.
-Entonces, ¿a seguir luchando, no? -le devuelve la sonrisa.
-A seguir luchando, pero en casa.
Son las ocho y cinco minutos cuando Josefa llega a casa. Juan y Paula han preparado un desayuno y la pequeña le ha dedicado un dibujo precioso.
-Escuché que salías, y ya no me he podido dormir -dijo Paula. 
Es media mañana cuando Josefa reflexiona: a los treinteytantos, hoy no tiene dolor y la fiebre ha bajado. Tiene dos personas que la quieren y la necesitan. El médico le ha dicho que todo va bien, que puede seguir en la lucha, y ella está segura de que ganará la batalla. Entonces Josefa abraza a la pequeña Paula y se duerme con la gran caracola junto al oído soñando playas de espuma blanca y sabiendo que hoy ha sido un gran día, porque hay Esperanza.