ALFONSO, MARÍA Y PÉREZ.

Ratón Pérez jamás había fallado en el tercero B. Alfonso y María lo sabían. Pérez nunca les dejaba tirados porque ellos siempre cumplían como buenos hermanos.
María acababa de cumplir ocho años y sus grandes ojos azabache presagiaban que sería una belleza natural y serena en pocos años. Alfonso tenía cinco años, un  poco delgaducho y quizás demasiado bajo para su edad, su risa fácil y la cara redondeada le daban el aspecto de un pequeño gnomo.
Ambos conocían a Pérez desde hacía algunos años; siempre que se caía un diente, el ratoncito les retiraba la pieza y les dejaba una moneda.
—Algún día lo pillaremos —se conjuraban cada vez que sucedía. Pero la noche los abatía y la mañana siguiente encontraban la moneda bajo la almohada, pero ni rastro de Pérez.
—Es porque no se deja ver —les decía su madre— pero Pérez nunca falla.
Los dos hermanos sabían que Ratón Pérez no era un ratón normal; era algo mayor que los demás, podía caminar sobre dos patas y correr a una velocidad tal que dejaba miles de monedas cada noche por todo el mundo; las monedas iban dentro de una mochila mágica de color rojo, cada vez que sacaba una, otra moneda ocupaba su lugar.
Últimamente las cosas van regular en casa, María y Alfonso se dan cuenta de que algo sucede. Papá se llama Pedro; sale cada mañana temprano y vuelve con cara triste, apenas bromea y ya casi nunca juega. Ellos saben que está buscando un nuevo trabajo porque lo despidieron del taller hace unos meses.
Mamá se llama Elena y sigue trabajando; limpia las escaleras del bloque, cuida de la abuela Carmen por las tardes. Tampoco tiene buen humor y siempre les está peleando.
La semana pasada discutieron. Los padres creían que María y Alfonso dormían, pero no era así. Habían oído como gritaban en el salón, los habían oído llorar y decirse cosas horribles.
—Esto no puede seguir así —dijo la madre tras varios minutos de discusión.
—Me iré de casa, buscaré algo en el extranjero, igual así mejoramos algo —dijo él— pero te juro por Dios que no encuentro nada.
—Debemos tres meses de hipoteca —respondió ella casi en un susurro— y si no pagamos nos echan como a perros.
Era verano y hacía calor, pero María y Alfonso durmieron abrazados esa noche.
Pasaron los días y aquello se olvidó, aunque los padres habían perdido la alegría del pasado verano.
Ayer fue uno de los días más calurosos del año; a pesar de que este mes de Julio está haciendo fresco, los termómetros han rozado los cuarenta grados. María y Alfonso estaban jugando en el salón cuando el niño ha notado que algo pasaba en su boca. 
—Tata, me parece que se mueve un diente —le dijo a su hermana.
—A ver déjame, abre la boca —respondió María.
—Ahhhh…
—Alaaaa ¡mira enano, si tenías el diente casi caído! —la jovencita exhibía el diente de su hermano que le sonreía con la boca mellada.
Ambos niños se miraron. Silencio en el tercero B.

Cae la noche, espesa y húmeda en aquella ciudad del sur,  las manillas del oscuro reloj acarician las doce cuando Elena y Pedro se acercan a la cama de Alfonso. El pequeño de pelos revueltos duerme ajeno a todo. Sonríe en sueños.
La madre levanta con cuidado la almohada en busca del dientecito, lo retira y en su lugar deposita una moneda. El padre besa la frente del pequeño, ambos se retiran y la oscuridad envuelve a las cuatro vidas.
Los niños se han levantado temprano, Elena está preparando el desayuno en la cocina.
—¿Qué tal se portó el ratón Pérez este año? —pregunta ella sonriente.
—Qué raro, esta noche no me han traído regalo —responde el pequeño Alfonso cuya cara mezcla la sorpresa y el enfado.
—No puede ser —responde— seguro que no has mirado bien. Recuerda que Pérez nunca falla a los niños buenos.
Corren a buscar bajo la almohada y no aparece la moneda. Han mirado bajo la cama, en la alfombra de los Simpson, incluso bajo la cómoda. Nada.
La madre tiene una idea, aún está a tiempo. Seguramente la moneda ha rodado bajo algún mueble. Elena decide devolver el diente a Alfonso con cualquier excusa, y la próxima noche repetirán la jugada. Mientras los niños siguen buscando Elena se dirige al aparador del salón, abre la puertecita de cristal y coge la taza donde guardó el diente.
Algo sucede entonces: un vértigo extraño sacude a Elena, una sensación de irrealidad la envuelve. Sabe que no puede ser, que es imposible, ella sabe que estas cosas no pasan cuando tienes treinta y cinco años: la taza está vacía. Atraviesa el salón casi aguantando la respiración, cruza el pasillo y llega a su dormitorio donde Pedro sigue durmiendo. La mujer levanta la almohada. Allí encuentra una moneda dorada, junto a ella una nota “Pérez nunca falla”.
Elena despierta a Pedro, llama a los dos pequeños que acuden a toda prisa.
Ella cubre de besos a los sorprendidos niños y al somnoliento padre.
—Gracias —les dice con los ojos empañados.
Aún no lo saben pero dos días más tarde Pedro encontrará trabajo en un taller y los problemas con la hipoteca pasarán a la historia de un caluroso y extraño verano en el que sucedieron cosas que nunca olvidarían. 
Son las diez y siete minutos en el tercero B; empieza a hacer calor en la ciudad del Sur, algo se mueve sobre el gran armario del dormitorio: es un ratón algo mayor de lo habitual, camina sobre las patas traseras y porta una mochila roja a la espalda. Pérez sonríe mientras observa cómo  cuatro personas se abrazan con fuerza sabiendo que van a superarlo todo porque juntos son invencibles.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ufff. gracias

amelche dijo...

Ojalá llegue pronto ese ratón a muchos hogares.