BUFANDAS ROJAS Y LÍNEAS ROSAS.

La Yeni mira con incredulidad el objeto que tiene entre sus manos. Ha comprobado que la puerta está bien cerrada y ha confiado, como siempre, en su buena suerte.
Fuera está el Ríchar, su hermano pequeño; como siempre armando jaleo y pidiendo dinero a la mama. Cuando quiere dinero siempre dice que se va a poner tó loco y la va a liar. La mama siempre le da un billete de veinte euros, el Ríchar deja de estar loco y se va para la calle.
La Yeni sabe que el Ríchar es buena gente. Hace apenas tres años que jugaban al escondite por el piso (siempre lo encontraba porque Manuel, es su nombre real aunque para todos es  el Ríchar, no podía aguantar la risa); y pasaban las tardes de verano juntos viendo los dibujos animados, la mama les preparaba el bocadillo de Revilla  mientras les decía que algún día serían grandes artistas como la Pantoja y el Camarón, y la abuela les tejía bufandas rojas del Atleti (tenéis que ser del Atleti, como el abuelo que en paz descanse).
Ahora todo ha cambiado. El Ríchar a sus catorce años se ha tatuado la espalda y brazos, está sorprendentemente musculado y luce una gran medalla dorada de la virgen en su pecho. Apenas para en casa, suele pasearse en el BMW M3 con los altavoces a toda potencia y canciones de La Húngara alegrando el ambientillo. A veces le da cien euros a la mama, y otras (la mayoría), le pide dinero porque se pone loco.
La joven de pelo amarillo sigue mirando el objeto entre sus manos. No sabe cómo ha podido pasar aquello.
El Rícha es amigo del Isra, el novio de la Yeni. Los dos son legales, pero ella está segura de que todo lo malo le viene de las junteras con el Juan de Dios, conocido como el Chori, dueño del BMW y del que dicen que incluso tiene una pistola.
La Yeni no quiere complicarse la vida, su ilusión es entrar en el Carreful como cajera (hace un año soñaba con ser cantante de flamenquito, luego pensó en entrar a trabajar en un Zara, pero la cosa está mumala), cogerse un pisito con el Isra y una semana de vacaciones al año para irse a un hotelito guapo de Torremolinos donde se lo pongan todo por delante. 
El Isra mola aunque no la deja vestir demasiado provocativa, porque dice que eso es de putillas.
La Yeni no sabe cómo ha podido ocurrir. La Vane se lo había explicado muy claro, y la Vane de eso entiende un taco porque ella lo lleva haciendo casi un año.
-No pasa nada Yeni -le dijo aquel domingo por la tarde en el parque mientras compartían un litro y unas caladas- hasta seis días tras la regla no te puedes quedar.
-¿Seguro? -Yeni parece confusa.
-Te lo digo yo canija. Además si lo hicisteis de pie, imposible. Y para más seguridad te tomaste como te dije, la aspirina con una cocacola sin gas.
-¿Y si voy al médico para lo de la pastilla?
-Claro canija, mu lista eres tú -una calada al Chester- que te tomen el nombre en el ambulatorio y lo apunten en los ordenadores. Eso queda ya ahi pa tó la vida grabao que lo sepas canija.
Desde aquella conversación han pasado siete semanas. 
La Yeni mira con terror, pero por ahora el predictor parece que no cambia de color.
Se oye más jaleo en el salón. El Ríchar grita.
-¡O me das algo o me llevo la tele y la vendo! 
Se oye un golpe, cristales rotos, alguien ha arrojado un vaso contra la pared, el Ríchar está tó loco de nuevo.
La Yeni empieza a llorar, recordando al Manuel y su risa al ser descubierto jugando al escondite, las tardes de pan con Revilla y dibujos animados, la mama y sus fantasías de artista, las bufandas rojas de la abuela Carmen.
Pide un deseo con toda su alma. Le pide a la Virgen que vuelva aquel tiempo de risas y bufandas rojas. Unos segundos más tarde aparece, como por arte de magia, una segunda línea rosa indicando muchas cosas van a cambiar para la Yeni dentro de siete meses.
La joven de pelo amarillo deja de llorar, se pone muy seria se asoma al ventanuco del servicio y piensa que esa segunda línea en el predictor es una señal de algo, aunque no sabe si es una venganza divina, una burla o una oportunidad.

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