EL BERNARDO Y LAS DOCE PERRAS GORDAS

Los pies descalzos de aquel hombre levantaban el polvo gris cada  vez que apoyaba la zancada por el camino de tierra. Era apenas una senda de cabras por donde transitaba guiando a Pancho, el mulo del señorito.
Esa mañana se había levantado con las primeras luces del alba y apenas había probado un bocado de pan duro mojado en leche de la cabra que los niños habían bautizado como Canela.
María se quedó lavando la ropa y los tres niños aún dormían cuando el hombre descalzo salió de la choza junto al arroyo.
-El Bernardo se está quejando de la barriga -le dijo antes de partir.
-No será nada, de todas formas hablaré con el señorito -respondió disimulando cierta preocupación. 
Hacía quince años que habían conseguido un permiso de don Guillermo, el padre del señorito, para construir una choza de cañas y adelfas junto al arroyo. Allí dormían los cinco, María cocinaba junto a la cabaña y hacían sus necesidades en el campo. A cambio el hombre descalzo trabajaría para el señorito cuando éste lo necesitara. Le pagaría doce perras gordas los días de jornal.
-En total son treinta y seis pesetas al mes, julandrón -le dijo el padre del señorito, sabedor de que un pan valía casi una peseta.
Había completado sus doce horas de trabajo cargando y acarreando uvas y se disponía a entregar a Pancho en las cuadras cuando el hombre descalzo se cruzó con el señorito.
-Don Antonio, si me hace usted el favor -se acercó con timidez- me gustaría pedirle algo.
-Ya estamos pidiendo -dijo aquel joven de apenas treinta años y fino bigote al estilo Alfonso XIII- no me entretengas jodío, que tengo cosas pendientes.
-Es mi Bernardo señorito -el hombre descalzo levantó la mirada- que dice mi mujer que está de la barriga y como aquí no hay médico hasta la semana que viene quiere llevarlo al sanatorio de la capital. Ya sabe usted, cosas de mujeres. Necesitaría un adelanto de veinte reales si no es mucho pedir.
-Te doy un sueldo, te dimos una casa -la voz sonaba altiva, metálica- la vendimia está siendo mala, y encima me vienes con caprichos de mujeres histéricas.
-Pero el Bernardo... -lo miró.
-Ni peros ni peras -le cortó don Antonio- para que veas que tengo corazón, vas a ir a las cocinas y dile a la Pepa de mi parte que te dé un poco de aceite de ricino en un frasco, seguro que con una buena purga se pone bien el niño. Por cierto, tranquiliza a la madre.
Corría el 30 de agosto de 1912 cuando sucedieron estos hechos; el Bernardo murió tres días más tarde por un cólico miserere. Lo vistieron con unos pantalones prestados y Clarita, la mujer de don Antonio, les dio unos zapatos blancos; lo metieron en una caja de madera y pintaron su nicho de azul .
El señor cura dijo una misa que sería recordada durante meses, casi todos lloraron salvo el hombre descalzo.
Todo el pueblo pasó delante de aquella familia para darles el pésame, hasta los señoritos acudieron a consolarlos. 
Eran las siete de la tarde y el sol ya se perdía por Santopítar cuando don Antonio puso su mano en el hombro del padre del Bernardo.
-Lo siento mucho -le dijo- seguro que Dios lo tiene en su gloria al angelito.
Entonces el hombre descalzo levantó su mirada cargada de furia, sus ojos inyectados en el dolor más profundo, se encontró con la mirada glacial de don Antonio y...
recordó que nada podía hacer ya por el Bernardo, pero quedaban María y las dos pequeñas, quedaba la choza junto al arroyo, la cabra Canela y las doce perras gordas. Entonces apretó los puños hasta notar que sus palmas sangraban.
-Muchas gracias don Antonio -pudo responder.
Aquella noche de principios de septiembre de 1912 el hombre descalzo lloró a solas al saber que había perdido y juró que nunca más alguien de los suyos moriría por falta de un puñado de perras gordas.

Nota 1: El sueldo de un jornalero andaluz a principios del siglo XX apenas daba para comprar un pan al día.
Nota 2: Un verano de principios del siglo pasado falleció un hermano de mi bisabuelo a causa de un abdomen agudo tras esperar varios días antes de acudir al sanatorio por falta de dinero. Murió en el que hoy es conocido como Camino de los Limones.

3 comentarios:

PAQUI dijo...

Hasta lo mas profundo del alma.
Gracias por volver.

Miriam dijo...

Encantada de leerte de nuevo

amelche dijo...

Lo peor es que volverá a pasar a menudo (igual está pasando ya y aún no nos hemos enterado) como sigan recortando tanto la Sanidad pública mientras los señoritos se llevan el dinero a Suiza.