EL PAÑUELO ROSA Y LA CARACOLA DE PAULA

Ha sido un día duro para Sara, una mierda de turno. No recuerda una jornada tan jodida desde hace meses. No sólo ha discutido con Fernando por el color que darían al salón, la cosa ha ido a más cuando las notas de Laurita no han conseguido las expectativas.
-Ya te dije que la profesora de apoyo de inglés no iba bien -le dijo Fernando en tono de reproche. 
Ha llorado y ha pensado que su vida, a los treintaytantos, es un pozo del que no encuentra salida; Sara ha decidido dormir en el sofá. 
El día siguiente no mejoró nada, una discusión con el jefe a primera hora. La cantaleta de siempre: no se están cumpliendo los objetivos y estamos a mitad de año, los contratos del próximo otoño vuelven a estar en el aire, el hospital posiblemente pasa a gestión privada en los próximos meses y nadie sabe qué pasará con las enfermeras del turno de noche.
No debería haber sido un turno malo, en verano Madrid es normalmente una balsa de aceite, pero este año la crisis ha dejado mucha gente en la capital, y las urgencias se resienten. 
Sara apenas ha descansado para tomar un bocadillo y una coca-cola en una madrugada de vértigo. Esa noche discutió con un paciente que pretendía saltarse el turno, discutió con un médico por un malentendido (siempre se llevó bien con Víctor Bárcenas, pero aquella no era su noche). En mitad de la madrugada había llegado una mujer casi de su misma edad. Ignoraba el diagnóstico pero el pañuelo rosa en la cabeza, la cara redondeada, la mirada cansada de aquella mujer le indicaban demasiadas cosas. Sara había sacado fuerzas de donde casi no quedaban, había sonreído a su paciente y conseguido sacar la analítica a la primera en un antebrazo sembrado de venas tortuosas y torturadas.
Por la mañana Sara ha vuelto a su sofá. No ha podido dormirse porque su vida es un torbellino: Fernando no la entiende, los contratos de otoño, la privatización del hospital, las notas de Laurita, el jefe y sus exigencias...

Ha sido un gran día para Josefa. No recuerda una jornada tan buena desde hace semanas. Por la mañana no ha tenido dolor y la temida fiebre no ha aparecido. Hoy iban a la playa, pero su falta de fuerzas ha hecho que prefiera quedarse en casa. Ha leído algo y ha dejado que el sol tibio de la mañana la acaricie. A mediodía han vuelto Juan y Paula. Traían un pollo asado; además Paula había encontrado una gran caracola  en la arena.
-Es mi regalo -le dijo su hija ilusionada- si la acercas al oído oirás el mar, así es como si hubieras venido con nosotros.
Han comido pollo y ensalada. Josefa se ha atrevido con una cerveza sin alcohol y ha dormido la siesta. Hoy apenas duele.
El susto ha llegado de madrugada. Se ha despertado empapada en sudor. Allí estaba: 38.5 grados han hecho saltar las alarmas. La orden era muy clara: si aparecía la fiebre debía acudir a urgencias.
Decidió coger el primer taxi y acudir sola. No tenían con quien dejar a Paula. Eran las cuatro y veintidós de la madrugada cuando Josefa daba sus datos.
Ha esperado muy poco, apenas unos minutos y la han pasado con prioridad. Comprueba que la enfermera ha discutido con alguien que se quejaba de que había colado a la señora del pañuelo rosa. Un médico joven  y cansado ha hablado con ella, la ha explorado y la ha pasado a un box. 
Josefa reza, no sabe si sirve, pero eso la hace sentir mejor.
Son las seis y catorce cuando el médico vuelve con los resultados. Se estudian; ella casi suplica con la mirada...
-Todo bien, Josefa -sonríe Víctor Bárcenas- las defensas están correctas y todo indica que es un proceso vírico sin importancia.
-Entonces, ¿a seguir luchando, no? -le devuelve la sonrisa.
-A seguir luchando, pero en casa.
Son las ocho y cinco minutos cuando Josefa llega a casa. Juan y Paula han preparado un desayuno y la pequeña le ha dedicado un dibujo precioso.
-Escuché que salías, y ya no me he podido dormir -dijo Paula. 
Es media mañana cuando Josefa reflexiona: a los treinteytantos, hoy no tiene dolor y la fiebre ha bajado. Tiene dos personas que la quieren y la necesitan. El médico le ha dicho que todo va bien, que puede seguir en la lucha, y ella está segura de que ganará la batalla. Entonces Josefa abraza a la pequeña Paula y se duerme con la gran caracola junto al oído soñando playas de espuma blanca y sabiendo que hoy ha sido un gran día, porque hay Esperanza.

6 comentarios:

amelche dijo...

La vida es así. Me alegro de que hayas vuelto.

Un abrazo.

Ana

Anónimo dijo...

me encanta, además la música de fondo es genial

ALEJANDRA dijo...

Gracias por hacerme llorar. Gracias por volver!.

amelche dijo...

Me he permitido la licencia de continuar o ampliar esta historia en mi blog. Espero que no te importe. Para ir a mi blog, pincha en "amelche" en este comentario y el enlace te llevará.

amelche dijo...

Después de "amelche" hay que pinchar "Más allá de las fronteras".

Sakura dijo...

enhorabuena por volver...echaba de menos leerte...