LA CARTA

Se sitúa en su posición de poder y me lanza una mirada de “no sé si joderte vivo o perdonarte la vida”.
Es el hombre-ratonil, rondará la cincuentena y luce una cara afilada rematada por una nariz casi puntiaguda y un gesto adusto de roedor. Un polo de Lacoste claramente falso y una barriga globulosa me hacen sospechar de su afición al deporte rey, el Cruzcamp-ball es más que evidente.
La carta ha llegado tres días antes, es la famosa carta certificada que siempre me llega un viernes a última hora para joderme el fin de semana, en la que la administración me advierte de que puede meterme tal paquete que lo voy a flipar durante varios meses, pues al parecer he infringido diversas leyes, preceptos y reglamentos, todos ellos importantísimos.
—el deneí —me dice señor Ratón arrugando una frente claramente en la fase aguda de una dermatitis seborreica galopante.
Con un miedo casi reverencial deposito mi carnet sobre su mesa, él lo recoge con un manotazo y empieza a golpear el teclado con furia.
—Ajam —dice dirigiéndose a la pantalla— vaya, vaya.
—Me doy por jodido —pienso. Mis saberes de medicina son limitados, pero en temas de papeleo administrativo mis conocimientos son como los que puede tener una tortuga verde, y la cara de aquel señor me indicaba lo peor.  
Entonces llega una señora de aspecto marujil oliendo a tabaco, y posando su mano en la espalda de Ratonil empiezan a hablar de vacaciones, de días libres, asuntos propios, los jefes que nosequé, los políticos que nosécuantos y sobre todo lo quemados que están de aguantar gente.
—Hasta los güevos me tienen ya —dice Ratonil.
—Ni que lo digas hijo —responde asertiva Marujienta.
Sigo en silencio, convencido de tres cosas. Uno: Ratonil en su infancia era siempre el portero en los partidos del recreo,  Dos: recibió collejas hasta en el paladar, y lo más aterrador, tres: yo iba a pagar los platos rotos de una infancia traumática.
Marujienta se va y Ratonil vuelve al teclado, no sin antes dedicarme una mirada por encima de sus gafas plateadas que dejan claro que estoy a punto de ser sodomizado por la administración.
Clap, clap, clap. El tecleo furioso del funcionario me hace presagiar lo peor.
— ¿Ha traído el Certificado de empadronamiento?
—Sí —respondo.
—¿Fotocopia del deneí?
—Sí.
—¿Ha compulsado la fotocopia?
—Sí.
—¿Recibo del Impuesto de vehículos de tracción mecánica?
—Sí.
Entonces se dispone a darme el golpe de gracia:
—Y…¿ el libro de familia?
Tocado y hundido, se me ha olvidado el jodido libro de familia. En un intento desesperado de salvarme de la quema, le miro con cara de cordero degollado:
—¿No podría mirarme todos los papeles que necesito? —suplico— es para poder traerlo todo le próximo día.
Mirada furibunda, dejando claro que soy un inútil nivel 5, y nuevo ataque al teclado por parte de Ratonil.
Clap, clap, clap…entonces algo sucede. La cara pálido-seborreica empieza a tomar un tono verdoso como de vidrio de botella.
—Ejem —carraspea— vaya, que curioso.
Sigue tecleando durante unos minutos. Finalmente la cara verde botella ha pasado convertirse en un violeta de genciana y el señor Ratonil me mira ajustándose las gafas.
—Mire, resulta que ha habido un error —casi balbucea— estaba todo en orden, pero es curioso, que le hemos incluido en la lista equivocada y le hemos mandado la carta.

—¿Curioso? —pienso— curioso es que un colibrí amazónico venga a posarse sobre mi hombro, curioso es encontrarte una orquídea salvaje en mitad del campo. Esto no es curioso, es una simple y jodida chapuza burocrática como la copa de un pino; pero no dije nada, simplemente respiré aliviado al saberme libre de las fauces de una burocracia absurda, me levanté y di la espalda a don Ratonil, doña Marujienta y sus múltiples bondades.

1 comentario:

amelche dijo...

¡Ufff! Por casi, que decía mi hermano de pequeño, ¡ja, ja!