LAS DOS MARÍAS

Era domingo por la mañana cuando esto pasó, y aunque hoy es viernes, todo sucedió ayer.
Creo que rondaba el mediodía y estaba siendo una mañana calurosa. Se trataba de una mera intuición al ver las ropas y los abanicos en ristre de mis pacientes, pues el aire acondicionado me permitía olvidar las inclemencias del verano.
La mañana de domingo estaba siendo extraña. Me daba la impresión de que los pasillos eran más anchos, la luz más intensa, los movimientos más suaves. Pero allí estaba yo, viendo a mis pacientes uno tras otro con una sensación de tranquilidad quizás derivada de que había poca gente que atender.
Casi era la hora de comer cuando decidí asomarme a la zona de espera de pacientes; la intención era hacerme una idea global de la situación antes de irme a almorzar. 
Entonces las vi. Estaban en un rincón, al fondo a la derecha, habían esperado sin decir nada, seguramente por no importunar, pero allí estaban.
—¡Vaya sorpresa! —les dije— pero, ¿qué hacéis aquí?
—Hemos venido a una revisión —me dijo ella.
Ella es María.
María no es otra que la hija de la Molinera, una mujer morena, delgada, de ojos profundos y tranquilos. A sus casi setenta años sigue conservando una pose esbelta y una sonrisa amable, cálida. Ha luchado con la vida, y la pelea le ha dibujado un rostro sereno aunque alerta; noble diría yo. Está de pie, viste una sencilla camisa verde y una falda marrón; posa su mano izquierda en el hombro de una anciana de pelo blanco, también es María.
La otra María es María la Molinera. Luto riguroso desde hace algunos años, cuando se apagó la tele en aquella casita blanca, el día que su hombre dejó de existir. Tiene una cara redonda y morena; muy morena, con una nariz aguileña y una sonrisa traviesa a pesar de sus casi noventa años. Es una mujer pequeña, entrada en carnes que me sonríe y me mira de abajo arriba, sentada en el carrito. Su piel oscura, los ojos azabache y su pelo blanco recogido en un moño evocan aires mestizos. Calla, sonríe.
—Hace algunas semanas que apenas puede caminar —me dice María hija.
—Ven, que te voy a dar una cosa —me dice María madre.
Me agacho hasta enfrentar nuestras caras, me acerco con delicadeza, aspiro su olor a colonia fresca y ella me planta dos besos en cada mejilla. Mi cara dibuja una sonrisa, Entonces noto que algo no va bien, una lágrima baja por mi cara y aquello no debería pasar.
Aquella mujer de pelo blanco coge mi mano y me da una moneda. Pero no de cualquier manera. Deposita la moneda en mi mano y luego me cierra el puño con fuerza, apretándolo con sus dos manos.
—No vayas a perderla nunca —me dice sonriendo— y sobre todo no vayas a metértela en la boca.
Abro la palma de mi mano y veo una moneda de cinco duros. Sonrío y vuelvo a levantar la mirada. María la Molinera ya no está, tampoco su hija. Las busco entre la gente, pero no las encuentro.
Grito sus nombres, entonces despierto. Son casi las diez de la mañana y un rayo de sol pinta mi cama de luz.
Me incorporo hasta sentarme, busco mis gafas y me retiro una lágrima de la mejilla. Entonces me doy cuenta de algo, respiro profundamente y sonrío. Empieza un nuevo día para Salva, el nieto de María. María la Molinera.


PS: Mi abuela María, conocida como la Molinera, falleció hace unos meses. Los cuerpos se van, las vidas pasan, pero hay recuerdos, vivencias, momentos y experiencias que quedan grabadas a fuego para despertarnos una cálida mañana de Julio, arrancarnos una lágrima y una sonrisa. Gracias.

2 comentarios:

J. dijo...

Que bonito. Sin más palabras.

Anónimo dijo...

Recuerdos para siempre...