EL PREMIO

Martina camina por el amplio pasillo del palacio guiada por un conserje. Sus ojos verdes, abiertos como dos ventanas al mundo, retienen cada cuadro, cada ventana, cada nota de color.
Un señor gordo los guía a través de aquel edificio laberíntico hasta llegar a una gran puerta de madera labrada; detrás se encuentra el salón principal del palacio, donde van a acudir a la recepción oficial. Martina está nerviosa.
Los niños aguardan con impaciencia junto al enjuto don Alfredo. Ellos cinco y el maestro son los representantes del colegio La Adelfas y han recorrido más de quinientos kilómetros para estar allí. Su trabajo sobre reciclaje ha ganado el concurso nacional de proyectos sobre medio ambiente en las escuelas y hoy van a recoger el diploma de manos del mismísimo Príncipe.
Martina tiene doce años y ya es casi una mujercita de unos impresionantes ojos verdes y una sonrisa eterna, mamá se ha empeñado en que lleve un horrible vestido amarillo que además le produce un insoportable picor en la barriga.
Un oscuro funcionario abre las puertas unos centímetros y dice algo al hombre que les sirve de guía.
—Va a tardar unos minutos —les dice el conserje que ha recibido el mensaje— parece que Su Alteza va con algo de retraso.
El conserje es un hombre de baja estatura, regordete y de cuello corto. Tiene unos ojos pequeños y una nariz achatada en el centro de su cara redonda que le dan un contradictorio aire infantil. Camina con cierta dificultad y viste un ajustado traje que le hace sudar de forma profusa.
—¿Vamos a esperar mucho? —pregunta don Alfredo.
—Eso nunca se sabe —responde el bedel.
Tras quince minutos los niños deciden sentarse en el suelo, el conserje se les acerca cojeando con cierta dificultad.
—No podéis estar en el suelo pequeños —les dice con suavidad.
Martina lo mira desde abajo, al bajar la mirada observa algo extraño en su pierna.
—¿Qué le pasa en la pierna señor? —pregunta la niña de forma algo descarada.
— ¿Te has dado cuenta? —Responde el hombre de cara regordeta— es una prótesis. Perdí la pierna hace seis años en un accidente.
Entonces aquel hombre saca algo de su bolsillo.
—Mira —enseña una foto a Martina— se llamaba Laura, ahora tendría tu edad y también se quedó en aquel accidente.
—Lo siento, no quería…
—No te preocupes pequeña —el hombre acaricia su pelo.
Ha pasado casi una hora cuando se abre la gran puerta y los niños entran al gigantesco salón.
Todo pasó muy rápido, el Príncipe leyó un discurso, la Princesa les dio un beso en la mejilla y el ministro les dio un diploma. Luego se quedaron en la gran sala junto al resto de galardonados: allí estaban varios futbolistas de la selección, el mejor tenista del país y los actores de una famosa serie de televisión.
Todo ha terminado, los fotógrafos abandonan el salón y empiezan las despedidas. Entonces el Príncipe se fija en los cinco niños, se acerca al micrófono y hace una petición.
—Antes de iros —dice— me gustaría pediros que podáis saludar a estos cinco niños, al menos que cada chico pueda saludar a quien más admire.
Julia pidió un autógrafo al tenista, Pablo optó por el capitán de la selección. Paula se acercó a la princesa y le pidió un pañuelo. Ana María consiguió un autógrafo de la famosa actriz, y llegó el turno de Martina.
La niña de ojos verdes se alejó del grupo y buscó la gran puerta de madera. Allí esperaba el conserje regordete con gesto serio. Entonces la niña se puso de puntillas, hasta alcanzar la mejilla del hombre…
—Mucha suerte señor —le susurró al oído.
—Muchas gracias pequeña —respondió.



PS: Quizás no es digno de admiración quien más alto logra llegar, sino quien logra levantarse desde abajo.