Hombre pequeño. Gran hombre

Partió hace años sin prometer que volvería. Porque quizás hay gente que no necesita volver. Nunca se fueron.
Apenas era algo más alto que un niño de doce años, con algún kilo de más y algunos pelos de menos. Su cara redonda enmarcaba unos ojos pequeños y vivaces, una nariz achatada y una boca que siempre dibujaba una sonrisa. Su caminar, con el cuerpo inclinado hacia delante, las manos cruzadas a la espalda y separando un poco las piernas, lo hacían inconfundible incluso visto de lejos.
Aquel hombre bajito y de sonrisa fácil fue uno más de aquellos que pasaron hambre en un mundo duro de postguerra, uno de aquellos hombres de tierra que lograron arrancar frutos en unas lomas arcillosas e imposibles. Pero aquel hombre tenía algo especial. Tenía chispa.
Cada primavera, el hombrecillo de la sonrisa eterna se transformaba para vivir con intensidad. Durante las fiestas del pueblo aquel hombre de sesenta años corría tras el balón en el partido de casados contra solteros, cantaba en las calles y bailaba tras las exuberantes caderas de las mulatas de turno. Eran apenas unas horas al año, pero jamás faltaba intentando coger el jamón que colgaba en un tronco, nunca perdía el pie en la larga conga y siempre estaba presto para saltar al escenario en improvisados karaokes. Sin duda no era el protagonista de las fiestas, pero pasado algunos años el hombrecillo del pantalón de pana y camisa de rayas pasó a formar parte de ellas. Nadie concebía ya la feria sin sus saltos, sus cantes y sus risas entre las miradas perplejas de los visitantes, que no entendían la extremada vitalidad de aquel hombrecillo de ojos negros, que no comprendían qué motivos lo animaban a la fiesta.
La vida no fue justa con él, normalmente nunca suele serlo con nadie, y una primavera decidió cortar sus alas, segar su fuerza, callar sus cantes, parar sus bailes. Se apagó en silencio y con una última sonrisa, como sólo lo saben hacer los hombres del Sur, hombres de tierra y arcilla. 
Aquella primavera también hubo fiesta, bailes, partido de fútbol y mulatas de grandes traseros. Algunos nos dimos cuenta de que algo faltaba, todos callaron porque es ley de vida seguir adelante.
Han pasado más de treinta años de aquellas primaveras y hoy todo es diferente. Ya pocos se acuerdan de Antonio el de la Chatica. Pero nadie sabe que en las noches de primavera, cuando los músicos abandonan el escenario y todos duermen, cuando la luna baña aquella plaza desierta, una figura bajita con pantalón de pana, camisa a rayas y pelos alborotados sube a las tablas y se marca unos pasos de baile para su pueblo.

PS: In memoriam de un gran señor. Antonio Fernández, conocido como Antonio el de la Chatica vivió las fiestas como nadie en un tiempo difícil. Algunos criticaron sus saltos y sus bailes que hoy serían vistos como algo normal. Quizás vivió en un tiempo equivocado.

Quizás las fiestas de hoy son  más metódicas, más tradicionales, más religiosas o más modernas. Nunca serán tan divertidas.

No hay comentarios: