TIEMPO DE PIRULETAS

Julia sigue en el recuerdo, porque setenta y cuatro años no son nada cuando de memoria se trata.
Ha pasado dos días en los sótanos de la cárcel  de las Ventas. Casi dos días sin ver el sol desde que la despertaron aquella madrugada de finales Julio.
La guerra había acabado y Madrid era una ciudad destruida, con un pueblo gris presa del miedo y el hambre. Julia vivía cerca de Atocha y apenas era una niña que en Agosto cumpliría diecinueve años. Aún recordaba las tardes de juego con su hermano Blas, las galletas de doña Amalia y las piruletas de caramelo rojo en el Retiro con Amadeo, el padre y su madre Marisa.
Aquello fue antes de la guerra que todo lo rompió. Hacía tres años que no habían piruletas rojas en la casa de Julia. Diez meses antes su padre había caído en una batalla junto al Ebro y ahora apenas tenían para subsistir con los seis duros al mes que Marisa ganaba como maestra.
Una tarde de verano la madre los había reunido:
—La guerra ha terminado —les dijo casi en un susurro.
—Entonces ¿ahora todo irá mejor? —respondió Blas sonriente.
—Hemos perdido… —dijo Julia.
—Sí, hemos perdido —Marisa estaba abatida— esperemos que al menos ahora que no hay guerra las cosas empiecen a mejorar.
Días más tarde Julia había encontrado trabajo ayudando en una sastrería cercana, y aunque no pasaban hambre, no siempre había para cenar. Una tarde la joven recibió una propina y con ella decidió comprar una gran piruleta roja; sería el regalo de cumpleaños de Blas.
Pero aquella noche llegaron unos hombres grises, la sacaron de la cama y la arrastraron hasta en un camión negro. Marisa intentó evitarlo y sólo consiguió que la molieran a palos.
En el camión había otras doce chicas, con el miedo dibujado en sus rostros.
—Esperame Blas, te traeré un regalo —le dijo justo antes de subir.
Han pasado dos días desde aquello. Dos días, dos mundos, dos vidas…
—Eres una hija de puta —fueron las primeras palabras del cabo Varela.
Julia no recuerda casi nada pero no borra de su mente aquellos ojos inyectados en ira. Tumbada en el suelo, su ropa son jirones de tela sucia, su alma intenta volar lejos, muy lejos. 
Huye con alas blancas atravesando las rejas, olvidando los golpes en la cara, busca praderas verdes donde no lleguen aquellas tenazas que destrozaron sus pechos. Tumbada en el suelo sueña con alas blancas que la elevan lejos de aquel sargento que destrozó su cuerpo mientras bebía aguardiente, de aquel carcelero apestoso y cobarde que la violó sin piedad  aprovechando la madrugada. 
Julia sueña unas alas blancas que la saquen del infierno porque ya nada importa, nada puede doler más. Han acabado con su alma en aquella celda oscura.
Ha asistido a un juicio donde el mismo sargento que la violó ha sido su abogado, su fiscal y su juez.
—Día cuatro de agosto del año del Señor de mil novecientos treinta y nueve, primer año de la victoria, reunido en Madrid el sumarísimo consejo de guerra permanente número nueve —escupió el sargento— fallamos que debemos condenar, y condenamos, a cada una de las trece acusadas a la pena capital por alto delito de colaboración con los marxistas.
—…por rojas y por putas —apostilló el cabo Varela.
Julia entonces lo supo: el tiempo de las piruletas rojas no volvería nunca; en aquel momento tomó una decisión.
—Quiero hablar con un cura —gritó mientras la arrastraban por el pasillo de vuelta a la celda.
Dicen que aquella noche alguien mandó a un sacerdote de cara pálida y rostro asustado a hablar con las trece condenadas. Dicen que ninguna de ellas necesitó confesarse, tampoco comulgaron. Dicen que una de ellas lo llamó cuando abandonaba las celdas, dicen que se volvió y hablaron unos minutos, dicen que aquella niña de apenas diecinueve años dijo algo de unas piruletas al sacerdote. Dicen que él recogió algo de sus manos destrozadas.

Post Scriptum. Historia de éste, mi país:
El día 5 de agosto de 1939 Julia Conesa, de diecinueve años, fue fusilada junto a las tapias de Cementerio del Este en Madrid. Junto a ella fueron asesinadas doce jóvenes, seis de ellas menores de edad. Solamente una de ellas logró sacar un mensaje de aquellas celdas de muerte y tortura:
“Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá pero ten presente que muero por ser persona honrada. Adiós madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que no me lloréis, y que mi nombre no se borre de la historia”.

Aquellas trece jóvenes fueron fusiladas por rojas, por ello las llamaron las trece rosas rojas. Gracias a Julia todas y cada una de ellas siguen en el recuerdo; mientras quede dignidad, no se borrarán sus nombres de la historia, porque setenta y cuatro años no son nada cuando de justicia se trata. 

5 comentarios:

amelche dijo...

Espero que no se borren nunca de la historia, a pesar de que haya quién aún se atreva a afirmar públicamente que murieron porque se lo merecían. ¿Cómo se puede seguir en un cargo público tras afirmar algo así?

Anónimo dijo...

Hubo crímenes y criminales en los dos bandos. Después de tanto tiempo ¿ no es hora ya de pasar página?, joder, que pareces el cine español erre que erre siempre con lo mismo!.¿Y la gran cantidad de curas a quienes se les arrastró tras castrarlos a lo vivo, colgando sus cosas de un palo como acompañamiento del arrastre? ¿ y la de monjas violadas, también muy jóvenes,sin ningún delito mas que el de su fe?. Ya está bien!. Dejemos a los muertos con los muertos y vivamos el presente, o definitivamente no tendremos futuro. Julia.

salva dijo...

Estimada Julia: Qué pena comprobar que sigue habiendo gente con la teoría del "y tú más" y "que se sigan pudriendo en las cunetas". Yo simplemente describo un relato de lo que pasó, si tienes inquietudes acerca de otras historias te invito a crear tu propio blog y contarlas. Evidentemente este blog es mi blog, un sitio personal, donde escribo las cosas que siento, tal y como las veo. No voy a pasar página simplemente porque no me da la gana mientras esté en un país libre. En este país aún existen muchos miles de personas pudriéndose en cunetas sin nombre y no voy a ser yo quien olvide, muchas personas condenadas injustamente en juicios sumarísimos y mucha gente que fue injustamente condenada a muerte. de hecho existe incluso una ley de memoria histórica que muchos querrían olvidar. Quienes olvidan su pasado están condenado a repetirlo, por eso no hay que olvidar. Mi abuela fue torturada durante la guerra, vivió callada y asustada durante 40 años y aún vive, ni olvida ni perdona toda una vida amordazada. Yo tampoco. Si te molestan las cosas que escribo tienes una gran oportunidad de dejar de leerme. Y como este blog no es un sitio de debate, sino un sitio de reflexión personal, te invito a identificarte si quieres seguir con el debate, te invito a identificarte en caso de querer debatir cualquier aspecto relacionado con este tema, igual que yto me identifico, pues en caso contrrario estaríamos en desiguales condiciones; así sí podremos hablar largo y tendido de cuantas cosas quieras, en caso contrario doy por cerrado el debate.

amelche dijo...

Aunque no haya debate, creo que precisamente para tener futuro hay que saber lo que ocurrió en el pasado. Por ejemplo, enterarme de que mi abuelo estuvo en un campo de concentración y en un batallón de trabajadores, cosa que he descubierto casualmente 14 años después de su muerte porque él nunca lo contó. Y pienso seguir de archivo en archivo hasta que complete todo lo posible de la historia, con los documentos que queden. No pienso pasar página hasta enterarme de mi historia. De esa historia que no me contaron jamás en los libros de historia.

amelche dijo...

Si te interesa el tema, igual te gusta este blog que a mí me encanta:

http://www.paurubio.es/lascartasdej/info/

Su autor, Pau Rubio, dice: "Sé que a mucha gente eso de la “memoria histórica” les suena a desenterrar esqueletos con agujeros de bala o a juzgar crímenes cometidos por muertos. Da la sensación de que los que nos interesamos por estos temas todavía queremos ganar una guerra que nuestros antepasados perdieron hace más de 70 años. Yo mismo me he preguntado muchas veces por qué insisto. Creo que no es porque me sienta heredero de los combatientes. Es porque me siento responsable. Porque sólo medio yo entre los míos y el olvido."