EL ÚLTIMO CANTAOR

El escribiente siempre busca la magia. Pueden pasar semanas, incluso meses, sin tropezarse con ella, pero siempre aparece.
Él no es lo que se dice un buen aficionado, quizás porque no bebió en las fuentes acertadas, quizás porque nunca encontró el momento adecuado.
Era una de las últimas noches del verano cuando el escribiente visitó una vieja plaza, era una de esas plazas antiguas de pueblo, rodeada de casas blancas y vigilada por la eterna y milenaria iglesia.
Aquel pueblo celebraba sus fiestas y miles de personas abarrotaban aquella placita del viejo Sur. La normalmente tranquila zona de paseo para ancianos y desocupados era aquella noche un hervidero de gentes, conversaciones y encuentros. Un escenario escueto y sencillo, iluminado por un simple foco de luz, cerraba el espacio en su cara este.
El escribiente había tomado algún vino de la tierra, néctar arrancado a los arcillosos montes de la zona, buscó un sitio cómodo y miró la luna. Estaba cansado, y prestó atención a los cantes en el escenario. Uno tras otro fueron pasando los cantaores por las tablas. Unos con más éxito que otros, fueron desgranando las soleares, los fandangos, las bulerías y los tarantos correspondientes; el público aplaudía a los artistas y la noche avanzaba suave, plácida, lúcida.
La gran campana golpeó dos veces señalando la madrugada cuando llegó el turno del último cantaor. El escribiente se levantó para abandonar aquella plaza del Sur cuando algo llamó su atención. El último cantaor, un joven de pelo negro y cara redonda, adelantó unos pasos sobre las tablas. El guitarrista, serio y espigado, rasgó las cuerdas con arte. El escribiente dudó, pero finalmente decidió concederle unos minutos.
—…y ahora unos cantes por Vallejo —dijo el cantaor tras tocar varios palos— porque mucha gente no lo sabe, pero Vallejo era rojo.
El ruido de conversaciones cruzadas dio paso a cierta perplejidad del público, el escribiente vio algún gesto de sorpresa, otro de desagrado y alguna protesta breve entre el público sorprendido. Un hombre, ya anciano y asido a un viejo bastón de olivo, movió la cabeza de forma desaprobadora junto al escribiente.
—Porque el flamenco surge del pueblo —prosiguió el cantaor— de la queja, del dolor, de la protesta contra lo injusto.
El escribiente notó que el ruido de conversaciones bajó levemente, la guitarra atronó los primeros acordes de un fandango. Entonces el escribiente lo notó, lo supo, tuvo la completa seguridad de que algo iba a suceder.
La voz del cantaor rompió la noche, una queja limpia, rotunda y cabal atravesó la plaza como un rayo fulminante. El quejío de aquel hombre de cara redonda y ojos profundos, acompasado por una guitarra rotunda, clara y tajante, hizo que todas las miradas se centraran en aquel escenario.  Varias estrofas de un fandango recio y sin miedos en las letras rasgaron la luz de una sorprendida luna del Sur.
Silencio…
Cientos de personas callaron, envueltos en las estrofas de aquel fandango mágico. Y entonces el cantaor decidió desnudar su voz. El escribiente lo supo al instante, allí estaba la magia, el joven de ojos negros abandonó la seguridad del micrófono y encaró a las cientos de personas, las últimas dos estrofas no fueron sólo cante, fueron expresión, alma y sentimiento, fue el llanto de un pueblo entregado al pueblo, unas estrofas que impregnaron la piel de los presentes como una lluvia de verano.
El joven de ojos negros soltó el último suspiro que remata el fandango y su pie golpeó el suelo con rabia. Fue apenas un segundo, el silencio envolvió los últimos ecos de aquel cante, luego la plaza estalló en aplausos.
El escribiente entonces se dio cuenta de que llevaba varios segundos aguantando la respiración, miró al público y vio cientos de personas aplaudiendo; miro a su lado, allí estaba el anciano del garrote con lágrimas en los ojos.
El escribiente no es buen aficionado. Quizás porque no bebió en las fuentes acertadas, quizás porque nunca encontró el momento adecuado, pero estuvo seguro de que había asistido a uno de esos momentos en los que la pasión se mezcla con la emoción primigenia para expresar Arte con mayúsculas.



PS: El pasado 7 de septiembre tuve la inmensa suerte de disfrutar unos cantes por Vallejo del maestro Juan Pinilla, descubriendo unos momentos de magia realmente sorprendentes.


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