LA CARTA

Se sitúa en su posición de poder y me lanza una mirada de “no sé si joderte vivo o perdonarte la vida”.
Es el hombre-ratonil, rondará la cincuentena y luce una cara afilada rematada por una nariz casi puntiaguda y un gesto adusto de roedor. Un polo de Lacoste claramente falso y una barriga globulosa me hacen sospechar de su afición al deporte rey, el Cruzcamp-ball es más que evidente.
La carta ha llegado tres días antes, es la famosa carta certificada que siempre me llega un viernes a última hora para joderme el fin de semana, en la que la administración me advierte de que puede meterme tal paquete que lo voy a flipar durante varios meses, pues al parecer he infringido diversas leyes, preceptos y reglamentos, todos ellos importantísimos.
—el deneí —me dice señor Ratón arrugando una frente claramente en la fase aguda de una dermatitis seborreica galopante.
Con un miedo casi reverencial deposito mi carnet sobre su mesa, él lo recoge con un manotazo y empieza a golpear el teclado con furia.
—Ajam —dice dirigiéndose a la pantalla— vaya, vaya.
—Me doy por jodido —pienso. Mis saberes de medicina son limitados, pero en temas de papeleo administrativo mis conocimientos son como los que puede tener una tortuga verde, y la cara de aquel señor me indicaba lo peor.  
Entonces llega una señora de aspecto marujil oliendo a tabaco, y posando su mano en la espalda de Ratonil empiezan a hablar de vacaciones, de días libres, asuntos propios, los jefes que nosequé, los políticos que nosécuantos y sobre todo lo quemados que están de aguantar gente.
—Hasta los güevos me tienen ya —dice Ratonil.
—Ni que lo digas hijo —responde asertiva Marujienta.
Sigo en silencio, convencido de tres cosas. Uno: Ratonil en su infancia era siempre el portero en los partidos del recreo,  Dos: recibió collejas hasta en el paladar, y lo más aterrador, tres: yo iba a pagar los platos rotos de una infancia traumática.
Marujienta se va y Ratonil vuelve al teclado, no sin antes dedicarme una mirada por encima de sus gafas plateadas que dejan claro que estoy a punto de ser sodomizado por la administración.
Clap, clap, clap. El tecleo furioso del funcionario me hace presagiar lo peor.
— ¿Ha traído el Certificado de empadronamiento?
—Sí —respondo.
—¿Fotocopia del deneí?
—Sí.
—¿Ha compulsado la fotocopia?
—Sí.
—¿Recibo del Impuesto de vehículos de tracción mecánica?
—Sí.
Entonces se dispone a darme el golpe de gracia:
—Y…¿ el libro de familia?
Tocado y hundido, se me ha olvidado el jodido libro de familia. En un intento desesperado de salvarme de la quema, le miro con cara de cordero degollado:
—¿No podría mirarme todos los papeles que necesito? —suplico— es para poder traerlo todo le próximo día.
Mirada furibunda, dejando claro que soy un inútil nivel 5, y nuevo ataque al teclado por parte de Ratonil.
Clap, clap, clap…entonces algo sucede. La cara pálido-seborreica empieza a tomar un tono verdoso como de vidrio de botella.
—Ejem —carraspea— vaya, que curioso.
Sigue tecleando durante unos minutos. Finalmente la cara verde botella ha pasado convertirse en un violeta de genciana y el señor Ratonil me mira ajustándose las gafas.
—Mire, resulta que ha habido un error —casi balbucea— estaba todo en orden, pero es curioso, que le hemos incluido en la lista equivocada y le hemos mandado la carta.

—¿Curioso? —pienso— curioso es que un colibrí amazónico venga a posarse sobre mi hombro, curioso es encontrarte una orquídea salvaje en mitad del campo. Esto no es curioso, es una simple y jodida chapuza burocrática como la copa de un pino; pero no dije nada, simplemente respiré aliviado al saberme libre de las fauces de una burocracia absurda, me levanté y di la espalda a don Ratonil, doña Marujienta y sus múltiples bondades.

LAS DOS MARÍAS

Era domingo por la mañana cuando esto pasó, y aunque hoy es viernes, todo sucedió ayer.
Creo que rondaba el mediodía y estaba siendo una mañana calurosa. Se trataba de una mera intuición al ver las ropas y los abanicos en ristre de mis pacientes, pues el aire acondicionado me permitía olvidar las inclemencias del verano.
La mañana de domingo estaba siendo extraña. Me daba la impresión de que los pasillos eran más anchos, la luz más intensa, los movimientos más suaves. Pero allí estaba yo, viendo a mis pacientes uno tras otro con una sensación de tranquilidad quizás derivada de que había poca gente que atender.
Casi era la hora de comer cuando decidí asomarme a la zona de espera de pacientes; la intención era hacerme una idea global de la situación antes de irme a almorzar. 
Entonces las vi. Estaban en un rincón, al fondo a la derecha, habían esperado sin decir nada, seguramente por no importunar, pero allí estaban.
—¡Vaya sorpresa! —les dije— pero, ¿qué hacéis aquí?
—Hemos venido a una revisión —me dijo ella.
Ella es María.
María no es otra que la hija de la Molinera, una mujer morena, delgada, de ojos profundos y tranquilos. A sus casi setenta años sigue conservando una pose esbelta y una sonrisa amable, cálida. Ha luchado con la vida, y la pelea le ha dibujado un rostro sereno aunque alerta; noble diría yo. Está de pie, viste una sencilla camisa verde y una falda marrón; posa su mano izquierda en el hombro de una anciana de pelo blanco, también es María.
La otra María es María la Molinera. Luto riguroso desde hace algunos años, cuando se apagó la tele en aquella casita blanca, el día que su hombre dejó de existir. Tiene una cara redonda y morena; muy morena, con una nariz aguileña y una sonrisa traviesa a pesar de sus casi noventa años. Es una mujer pequeña, entrada en carnes que me sonríe y me mira de abajo arriba, sentada en el carrito. Su piel oscura, los ojos azabache y su pelo blanco recogido en un moño evocan aires mestizos. Calla, sonríe.
—Hace algunas semanas que apenas puede caminar —me dice María hija.
—Ven, que te voy a dar una cosa —me dice María madre.
Me agacho hasta enfrentar nuestras caras, me acerco con delicadeza, aspiro su olor a colonia fresca y ella me planta dos besos en cada mejilla. Mi cara dibuja una sonrisa, Entonces noto que algo no va bien, una lágrima baja por mi cara y aquello no debería pasar.
Aquella mujer de pelo blanco coge mi mano y me da una moneda. Pero no de cualquier manera. Deposita la moneda en mi mano y luego me cierra el puño con fuerza, apretándolo con sus dos manos.
—No vayas a perderla nunca —me dice sonriendo— y sobre todo no vayas a metértela en la boca.
Abro la palma de mi mano y veo una moneda de cinco duros. Sonrío y vuelvo a levantar la mirada. María la Molinera ya no está, tampoco su hija. Las busco entre la gente, pero no las encuentro.
Grito sus nombres, entonces despierto. Son casi las diez de la mañana y un rayo de sol pinta mi cama de luz.
Me incorporo hasta sentarme, busco mis gafas y me retiro una lágrima de la mejilla. Entonces me doy cuenta de algo, respiro profundamente y sonrío. Empieza un nuevo día para Salva, el nieto de María. María la Molinera.


PS: Mi abuela María, conocida como la Molinera, falleció hace unos meses. Los cuerpos se van, las vidas pasan, pero hay recuerdos, vivencias, momentos y experiencias que quedan grabadas a fuego para despertarnos una cálida mañana de Julio, arrancarnos una lágrima y una sonrisa. Gracias.

Y ENTONCES TODO CAMBIÓ

Te convencieron de que vivías en un país de Rinconetes y Urdangarines, una nación donde los gobernantes robaban a manos llenas y de forma impune, porque nadie creía ya en casi nada. Llegaste a creer que todo estaba perdido en ése, tu pobre y cansado país. Porque casi todo estaba destrozado, porque aquel pueblo, sabio y viejo, estaba de rodillas ante los de siempre.
Tuviste casi la completa seguridad de que no valía la pena seguir en la pelea, porque aquella gente sólo quería el sedante pan y circo, el sueño dulce que le ofrecían unas televisiones anestesiadas y unos gobernantes ajenos y lejanos.
Entonces pasó aquello. Nadie lo esperaba, porque no debía haber pasado. Fue una absurda y calurosa tarde de Julio cuando la tragedia pintó de sangre aquella ciudad milenaria. 
Nadie lo esperaba, pero todo cambió aquella tarde.
Anxó había sido despedido de su centro de salud hacía tres días, pero no dudó en presentarse a las puertas de aquel hospital con su fonendo y todas sus ganas. Mariña había sido estafada con unas acciones preferentes hacía dos años, lo había perdido todo y ahora esperaba su turno para donar en el banco de sangre.
Antón apenas cobra cuatrocientos veinte euros al mes, está a punto de ser desahuciado, y lucha entre el amasijo de hierros y sangre para sacar gente de aquel infierno. Ana no trabaja desde hace tres años, y se ha ofrecido para lo que haga falta. Y está Xavier, también Xacob, y Noa, Iria y Cristina. Cientos de personas que han dejado todo para ofrecerse sin condiciones.

Ha sido una tarde trágica, una noche negra; y serán unos días de dolor, pero algo ha pasado en Santiago, cuna de un viejo y maltratado país, un pueblo dolido, triste y herido; el mismo pueblo que asiste incrédulo al banquete de los poderosos, ha decidido moverse por los suyos, quizás al saber que ya nadie nos defenderá si no somos nosotros mismos. Quizás porque aún nos queda dignidad como pueblo, quizás porque no somos tan malos como los de arriba nos quieren pintar, puede que por puro instinto.
Y entonces, en plena madrugada de Julio, a muchos kilómetros de distancia, me siento gallego, abro mi libreta y escribo:
Este tarde negra me ha vuelto a mostrar que quizás siguen existiendo motivos para sentirnos orgullosos de ser quienes somos.

ALFONSO, MARÍA Y PÉREZ.

Ratón Pérez jamás había fallado en el tercero B. Alfonso y María lo sabían. Pérez nunca les dejaba tirados porque ellos siempre cumplían como buenos hermanos.
María acababa de cumplir ocho años y sus grandes ojos azabache presagiaban que sería una belleza natural y serena en pocos años. Alfonso tenía cinco años, un  poco delgaducho y quizás demasiado bajo para su edad, su risa fácil y la cara redondeada le daban el aspecto de un pequeño gnomo.
Ambos conocían a Pérez desde hacía algunos años; siempre que se caía un diente, el ratoncito les retiraba la pieza y les dejaba una moneda.
—Algún día lo pillaremos —se conjuraban cada vez que sucedía. Pero la noche los abatía y la mañana siguiente encontraban la moneda bajo la almohada, pero ni rastro de Pérez.
—Es porque no se deja ver —les decía su madre— pero Pérez nunca falla.
Los dos hermanos sabían que Ratón Pérez no era un ratón normal; era algo mayor que los demás, podía caminar sobre dos patas y correr a una velocidad tal que dejaba miles de monedas cada noche por todo el mundo; las monedas iban dentro de una mochila mágica de color rojo, cada vez que sacaba una, otra moneda ocupaba su lugar.
Últimamente las cosas van regular en casa, María y Alfonso se dan cuenta de que algo sucede. Papá se llama Pedro; sale cada mañana temprano y vuelve con cara triste, apenas bromea y ya casi nunca juega. Ellos saben que está buscando un nuevo trabajo porque lo despidieron del taller hace unos meses.
Mamá se llama Elena y sigue trabajando; limpia las escaleras del bloque, cuida de la abuela Carmen por las tardes. Tampoco tiene buen humor y siempre les está peleando.
La semana pasada discutieron. Los padres creían que María y Alfonso dormían, pero no era así. Habían oído como gritaban en el salón, los habían oído llorar y decirse cosas horribles.
—Esto no puede seguir así —dijo la madre tras varios minutos de discusión.
—Me iré de casa, buscaré algo en el extranjero, igual así mejoramos algo —dijo él— pero te juro por Dios que no encuentro nada.
—Debemos tres meses de hipoteca —respondió ella casi en un susurro— y si no pagamos nos echan como a perros.
Era verano y hacía calor, pero María y Alfonso durmieron abrazados esa noche.
Pasaron los días y aquello se olvidó, aunque los padres habían perdido la alegría del pasado verano.
Ayer fue uno de los días más calurosos del año; a pesar de que este mes de Julio está haciendo fresco, los termómetros han rozado los cuarenta grados. María y Alfonso estaban jugando en el salón cuando el niño ha notado que algo pasaba en su boca. 
—Tata, me parece que se mueve un diente —le dijo a su hermana.
—A ver déjame, abre la boca —respondió María.
—Ahhhh…
—Alaaaa ¡mira enano, si tenías el diente casi caído! —la jovencita exhibía el diente de su hermano que le sonreía con la boca mellada.
Ambos niños se miraron. Silencio en el tercero B.

Cae la noche, espesa y húmeda en aquella ciudad del sur,  las manillas del oscuro reloj acarician las doce cuando Elena y Pedro se acercan a la cama de Alfonso. El pequeño de pelos revueltos duerme ajeno a todo. Sonríe en sueños.
La madre levanta con cuidado la almohada en busca del dientecito, lo retira y en su lugar deposita una moneda. El padre besa la frente del pequeño, ambos se retiran y la oscuridad envuelve a las cuatro vidas.
Los niños se han levantado temprano, Elena está preparando el desayuno en la cocina.
—¿Qué tal se portó el ratón Pérez este año? —pregunta ella sonriente.
—Qué raro, esta noche no me han traído regalo —responde el pequeño Alfonso cuya cara mezcla la sorpresa y el enfado.
—No puede ser —responde— seguro que no has mirado bien. Recuerda que Pérez nunca falla a los niños buenos.
Corren a buscar bajo la almohada y no aparece la moneda. Han mirado bajo la cama, en la alfombra de los Simpson, incluso bajo la cómoda. Nada.
La madre tiene una idea, aún está a tiempo. Seguramente la moneda ha rodado bajo algún mueble. Elena decide devolver el diente a Alfonso con cualquier excusa, y la próxima noche repetirán la jugada. Mientras los niños siguen buscando Elena se dirige al aparador del salón, abre la puertecita de cristal y coge la taza donde guardó el diente.
Algo sucede entonces: un vértigo extraño sacude a Elena, una sensación de irrealidad la envuelve. Sabe que no puede ser, que es imposible, ella sabe que estas cosas no pasan cuando tienes treinta y cinco años: la taza está vacía. Atraviesa el salón casi aguantando la respiración, cruza el pasillo y llega a su dormitorio donde Pedro sigue durmiendo. La mujer levanta la almohada. Allí encuentra una moneda dorada, junto a ella una nota “Pérez nunca falla”.
Elena despierta a Pedro, llama a los dos pequeños que acuden a toda prisa.
Ella cubre de besos a los sorprendidos niños y al somnoliento padre.
—Gracias —les dice con los ojos empañados.
Aún no lo saben pero dos días más tarde Pedro encontrará trabajo en un taller y los problemas con la hipoteca pasarán a la historia de un caluroso y extraño verano en el que sucedieron cosas que nunca olvidarían. 
Son las diez y siete minutos en el tercero B; empieza a hacer calor en la ciudad del Sur, algo se mueve sobre el gran armario del dormitorio: es un ratón algo mayor de lo habitual, camina sobre las patas traseras y porta una mochila roja a la espalda. Pérez sonríe mientras observa cómo  cuatro personas se abrazan con fuerza sabiendo que van a superarlo todo porque juntos son invencibles.

EL LIBRO HUÉRFANO

Como miembro de la comunidad científica debo renunciar a la magia. Mi papel en la sociedad es creer en lo mensurable, lo reproducible, lo palpable y lo visible. Mililitros, gramos, metros, segundos, grados, porcentajes, números... el problema es que creo que soy de letras.
Lo que hoy me ha sucedido entra dentro del terreno exclusivo de lo que llamo momentos mágicos en los que la vida se pinta de colores.
Pasaba junto a un contenedor de basuras cuando vi un par de bolsas de las que sobresalían algunos libros. Estaban en el suelo, quizás el pudor hizo que su dueño no las arrojara para reciclar. 
No pude evitar parar el coche, sabía que debía parar y bajar a echar un ojo a aquellos libros huérfanos. Llámame friki, quizás tengas razón.
Me acerqué con cierta vergüenza por si alguien me estuviera viendo mientras rebuscaba en basuras ajenas, y con cuidado me arrodille junto a las bolsas.
La primera  contenía varios libros amarillentos, novelas policiacas casi todas y algunos best sellers americanos editados en rústica de los años sesenta. 
-Nada especial -pensé- esta vez me falló la intuición.
La segunda bolsa parecía tener el mismo tipo de libros, pero no pude evitar echar un ojo.
Más novelas de misterio, un callejero de Madrid, una recopilación de cuentos infantiles; y cuando casi me levantaba vi un trozo de tela envolviendo algo.
Esperando encontrarme unas novelas de Corín Tellado, separé la tela y encontré dos libros: Federico García Lorca y su romancero gitano de 1946; y debajo un ejemplar ajado de hojas amarillentas: Marinero en tierra de Rafael Alberti, un ejemplar de 1956. Ambos editados en Argentina.
Entonces lo noté, algo estaba a punto de suceder.
Con cuidado, casi con mimo, abrí el libro de Lorca y leí algún poema. Decidí quedármelo.
Luego abrí el libro de Alberti, y allí estaba. No me lo podía creer pero en las guardas, esas páginas iniciales que nadie mira encontré un autógrafo y un dibujo del genio Rafael Alberti. Ejecutado con trazo firme estaba su firma y un precioso pez. 
No me preguntes cuanto ni cuando, no me preguntes por cantidad o velocidad, tampoco por porcentajes o intensidad, pero allí, en el sucio suelo junto a un contenedor de basura y envuelto en un trozo de tela gris, encontré la magia de colorea mis días, un viejo libro firmado por un genio de la naturaleza al que admiro y que desde hoy figura con honores como el mejor libro de mi biblioteca.



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BUFANDAS ROJAS Y LÍNEAS ROSAS.

La Yeni mira con incredulidad el objeto que tiene entre sus manos. Ha comprobado que la puerta está bien cerrada y ha confiado, como siempre, en su buena suerte.
Fuera está el Ríchar, su hermano pequeño; como siempre armando jaleo y pidiendo dinero a la mama. Cuando quiere dinero siempre dice que se va a poner tó loco y la va a liar. La mama siempre le da un billete de veinte euros, el Ríchar deja de estar loco y se va para la calle.
La Yeni sabe que el Ríchar es buena gente. Hace apenas tres años que jugaban al escondite por el piso (siempre lo encontraba porque Manuel, es su nombre real aunque para todos es  el Ríchar, no podía aguantar la risa); y pasaban las tardes de verano juntos viendo los dibujos animados, la mama les preparaba el bocadillo de Revilla  mientras les decía que algún día serían grandes artistas como la Pantoja y el Camarón, y la abuela les tejía bufandas rojas del Atleti (tenéis que ser del Atleti, como el abuelo que en paz descanse).
Ahora todo ha cambiado. El Ríchar a sus catorce años se ha tatuado la espalda y brazos, está sorprendentemente musculado y luce una gran medalla dorada de la virgen en su pecho. Apenas para en casa, suele pasearse en el BMW M3 con los altavoces a toda potencia y canciones de La Húngara alegrando el ambientillo. A veces le da cien euros a la mama, y otras (la mayoría), le pide dinero porque se pone loco.
La joven de pelo amarillo sigue mirando el objeto entre sus manos. No sabe cómo ha podido pasar aquello.
El Rícha es amigo del Isra, el novio de la Yeni. Los dos son legales, pero ella está segura de que todo lo malo le viene de las junteras con el Juan de Dios, conocido como el Chori, dueño del BMW y del que dicen que incluso tiene una pistola.
La Yeni no quiere complicarse la vida, su ilusión es entrar en el Carreful como cajera (hace un año soñaba con ser cantante de flamenquito, luego pensó en entrar a trabajar en un Zara, pero la cosa está mumala), cogerse un pisito con el Isra y una semana de vacaciones al año para irse a un hotelito guapo de Torremolinos donde se lo pongan todo por delante. 
El Isra mola aunque no la deja vestir demasiado provocativa, porque dice que eso es de putillas.
La Yeni no sabe cómo ha podido ocurrir. La Vane se lo había explicado muy claro, y la Vane de eso entiende un taco porque ella lo lleva haciendo casi un año.
-No pasa nada Yeni -le dijo aquel domingo por la tarde en el parque mientras compartían un litro y unas caladas- hasta seis días tras la regla no te puedes quedar.
-¿Seguro? -Yeni parece confusa.
-Te lo digo yo canija. Además si lo hicisteis de pie, imposible. Y para más seguridad te tomaste como te dije, la aspirina con una cocacola sin gas.
-¿Y si voy al médico para lo de la pastilla?
-Claro canija, mu lista eres tú -una calada al Chester- que te tomen el nombre en el ambulatorio y lo apunten en los ordenadores. Eso queda ya ahi pa tó la vida grabao que lo sepas canija.
Desde aquella conversación han pasado siete semanas. 
La Yeni mira con terror, pero por ahora el predictor parece que no cambia de color.
Se oye más jaleo en el salón. El Ríchar grita.
-¡O me das algo o me llevo la tele y la vendo! 
Se oye un golpe, cristales rotos, alguien ha arrojado un vaso contra la pared, el Ríchar está tó loco de nuevo.
La Yeni empieza a llorar, recordando al Manuel y su risa al ser descubierto jugando al escondite, las tardes de pan con Revilla y dibujos animados, la mama y sus fantasías de artista, las bufandas rojas de la abuela Carmen.
Pide un deseo con toda su alma. Le pide a la Virgen que vuelva aquel tiempo de risas y bufandas rojas. Unos segundos más tarde aparece, como por arte de magia, una segunda línea rosa indicando muchas cosas van a cambiar para la Yeni dentro de siete meses.
La joven de pelo amarillo deja de llorar, se pone muy seria se asoma al ventanuco del servicio y piensa que esa segunda línea en el predictor es una señal de algo, aunque no sabe si es una venganza divina, una burla o una oportunidad.

EL BERNARDO Y LAS DOCE PERRAS GORDAS

Los pies descalzos de aquel hombre levantaban el polvo gris cada  vez que apoyaba la zancada por el camino de tierra. Era apenas una senda de cabras por donde transitaba guiando a Pancho, el mulo del señorito.
Esa mañana se había levantado con las primeras luces del alba y apenas había probado un bocado de pan duro mojado en leche de la cabra que los niños habían bautizado como Canela.
María se quedó lavando la ropa y los tres niños aún dormían cuando el hombre descalzo salió de la choza junto al arroyo.
-El Bernardo se está quejando de la barriga -le dijo antes de partir.
-No será nada, de todas formas hablaré con el señorito -respondió disimulando cierta preocupación. 
Hacía quince años que habían conseguido un permiso de don Guillermo, el padre del señorito, para construir una choza de cañas y adelfas junto al arroyo. Allí dormían los cinco, María cocinaba junto a la cabaña y hacían sus necesidades en el campo. A cambio el hombre descalzo trabajaría para el señorito cuando éste lo necesitara. Le pagaría doce perras gordas los días de jornal.
-En total son treinta y seis pesetas al mes, julandrón -le dijo el padre del señorito, sabedor de que un pan valía casi una peseta.
Había completado sus doce horas de trabajo cargando y acarreando uvas y se disponía a entregar a Pancho en las cuadras cuando el hombre descalzo se cruzó con el señorito.
-Don Antonio, si me hace usted el favor -se acercó con timidez- me gustaría pedirle algo.
-Ya estamos pidiendo -dijo aquel joven de apenas treinta años y fino bigote al estilo Alfonso XIII- no me entretengas jodío, que tengo cosas pendientes.
-Es mi Bernardo señorito -el hombre descalzo levantó la mirada- que dice mi mujer que está de la barriga y como aquí no hay médico hasta la semana que viene quiere llevarlo al sanatorio de la capital. Ya sabe usted, cosas de mujeres. Necesitaría un adelanto de veinte reales si no es mucho pedir.
-Te doy un sueldo, te dimos una casa -la voz sonaba altiva, metálica- la vendimia está siendo mala, y encima me vienes con caprichos de mujeres histéricas.
-Pero el Bernardo... -lo miró.
-Ni peros ni peras -le cortó don Antonio- para que veas que tengo corazón, vas a ir a las cocinas y dile a la Pepa de mi parte que te dé un poco de aceite de ricino en un frasco, seguro que con una buena purga se pone bien el niño. Por cierto, tranquiliza a la madre.
Corría el 30 de agosto de 1912 cuando sucedieron estos hechos; el Bernardo murió tres días más tarde por un cólico miserere. Lo vistieron con unos pantalones prestados y Clarita, la mujer de don Antonio, les dio unos zapatos blancos; lo metieron en una caja de madera y pintaron su nicho de azul .
El señor cura dijo una misa que sería recordada durante meses, casi todos lloraron salvo el hombre descalzo.
Todo el pueblo pasó delante de aquella familia para darles el pésame, hasta los señoritos acudieron a consolarlos. 
Eran las siete de la tarde y el sol ya se perdía por Santopítar cuando don Antonio puso su mano en el hombro del padre del Bernardo.
-Lo siento mucho -le dijo- seguro que Dios lo tiene en su gloria al angelito.
Entonces el hombre descalzo levantó su mirada cargada de furia, sus ojos inyectados en el dolor más profundo, se encontró con la mirada glacial de don Antonio y...
recordó que nada podía hacer ya por el Bernardo, pero quedaban María y las dos pequeñas, quedaba la choza junto al arroyo, la cabra Canela y las doce perras gordas. Entonces apretó los puños hasta notar que sus palmas sangraban.
-Muchas gracias don Antonio -pudo responder.
Aquella noche de principios de septiembre de 1912 el hombre descalzo lloró a solas al saber que había perdido y juró que nunca más alguien de los suyos moriría por falta de un puñado de perras gordas.

Nota 1: El sueldo de un jornalero andaluz a principios del siglo XX apenas daba para comprar un pan al día.
Nota 2: Un verano de principios del siglo pasado falleció un hermano de mi bisabuelo a causa de un abdomen agudo tras esperar varios días antes de acudir al sanatorio por falta de dinero. Murió en el que hoy es conocido como Camino de los Limones.

EL PAÑUELO ROSA Y LA CARACOLA DE PAULA

Ha sido un día duro para Sara, una mierda de turno. No recuerda una jornada tan jodida desde hace meses. No sólo ha discutido con Fernando por el color que darían al salón, la cosa ha ido a más cuando las notas de Laurita no han conseguido las expectativas.
-Ya te dije que la profesora de apoyo de inglés no iba bien -le dijo Fernando en tono de reproche. 
Ha llorado y ha pensado que su vida, a los treintaytantos, es un pozo del que no encuentra salida; Sara ha decidido dormir en el sofá. 
El día siguiente no mejoró nada, una discusión con el jefe a primera hora. La cantaleta de siempre: no se están cumpliendo los objetivos y estamos a mitad de año, los contratos del próximo otoño vuelven a estar en el aire, el hospital posiblemente pasa a gestión privada en los próximos meses y nadie sabe qué pasará con las enfermeras del turno de noche.
No debería haber sido un turno malo, en verano Madrid es normalmente una balsa de aceite, pero este año la crisis ha dejado mucha gente en la capital, y las urgencias se resienten. 
Sara apenas ha descansado para tomar un bocadillo y una coca-cola en una madrugada de vértigo. Esa noche discutió con un paciente que pretendía saltarse el turno, discutió con un médico por un malentendido (siempre se llevó bien con Víctor Bárcenas, pero aquella no era su noche). En mitad de la madrugada había llegado una mujer casi de su misma edad. Ignoraba el diagnóstico pero el pañuelo rosa en la cabeza, la cara redondeada, la mirada cansada de aquella mujer le indicaban demasiadas cosas. Sara había sacado fuerzas de donde casi no quedaban, había sonreído a su paciente y conseguido sacar la analítica a la primera en un antebrazo sembrado de venas tortuosas y torturadas.
Por la mañana Sara ha vuelto a su sofá. No ha podido dormirse porque su vida es un torbellino: Fernando no la entiende, los contratos de otoño, la privatización del hospital, las notas de Laurita, el jefe y sus exigencias...

Ha sido un gran día para Josefa. No recuerda una jornada tan buena desde hace semanas. Por la mañana no ha tenido dolor y la temida fiebre no ha aparecido. Hoy iban a la playa, pero su falta de fuerzas ha hecho que prefiera quedarse en casa. Ha leído algo y ha dejado que el sol tibio de la mañana la acaricie. A mediodía han vuelto Juan y Paula. Traían un pollo asado; además Paula había encontrado una gran caracola  en la arena.
-Es mi regalo -le dijo su hija ilusionada- si la acercas al oído oirás el mar, así es como si hubieras venido con nosotros.
Han comido pollo y ensalada. Josefa se ha atrevido con una cerveza sin alcohol y ha dormido la siesta. Hoy apenas duele.
El susto ha llegado de madrugada. Se ha despertado empapada en sudor. Allí estaba: 38.5 grados han hecho saltar las alarmas. La orden era muy clara: si aparecía la fiebre debía acudir a urgencias.
Decidió coger el primer taxi y acudir sola. No tenían con quien dejar a Paula. Eran las cuatro y veintidós de la madrugada cuando Josefa daba sus datos.
Ha esperado muy poco, apenas unos minutos y la han pasado con prioridad. Comprueba que la enfermera ha discutido con alguien que se quejaba de que había colado a la señora del pañuelo rosa. Un médico joven  y cansado ha hablado con ella, la ha explorado y la ha pasado a un box. 
Josefa reza, no sabe si sirve, pero eso la hace sentir mejor.
Son las seis y catorce cuando el médico vuelve con los resultados. Se estudian; ella casi suplica con la mirada...
-Todo bien, Josefa -sonríe Víctor Bárcenas- las defensas están correctas y todo indica que es un proceso vírico sin importancia.
-Entonces, ¿a seguir luchando, no? -le devuelve la sonrisa.
-A seguir luchando, pero en casa.
Son las ocho y cinco minutos cuando Josefa llega a casa. Juan y Paula han preparado un desayuno y la pequeña le ha dedicado un dibujo precioso.
-Escuché que salías, y ya no me he podido dormir -dijo Paula. 
Es media mañana cuando Josefa reflexiona: a los treinteytantos, hoy no tiene dolor y la fiebre ha bajado. Tiene dos personas que la quieren y la necesitan. El médico le ha dicho que todo va bien, que puede seguir en la lucha, y ella está segura de que ganará la batalla. Entonces Josefa abraza a la pequeña Paula y se duerme con la gran caracola junto al oído soñando playas de espuma blanca y sabiendo que hoy ha sido un gran día, porque hay Esperanza.