DESPERTAR

Y desperté. Estaba tumbado y no recordaba nada de lo sucedido, no supe donde estaba al recuperar la conciencia.
Pasaron unos segundos y ni siquiera me atreví a abrir los ojos, intentando recordar qué había pasado, donde me encontraba. Nada.
Me raspaba la garganta, tuve la extraña sensación de que tenía algo metido en la nariz que entraba hasta la faringe adentrándose en mi estómago, o quizás era la sequedad de las mucosas, esa sequedad ácida que aparece tras haber vomitado; entonces sentí una sed apremiante, sensación que aumentaba por los labios resecos y agrietados. Pensé que quizás estaba en un desierto.
Decidí que era el momento de abrir los ojos, quizás eso me ayudaría a saber donde me encontraba. Oía ruidos a mi alrededor, gente que caminaba con pasos presurosos, alguna conversación en susurros, una especie de silbido metálico y alguien a lo lejos que se quejaba de forma monótona.
Sed, sensación urente y casi dolorosa en la garganta. Algo me decía que alguien se encontraba muy cerca de mí. No lo había oído, pero habría apostado cualquier cosa que al abrir los ojos vería la cara de alguien cerca, muy cerca de mi rostro. Eso me produjo desazón, también cierto miedo.
Abrí los ojos y vi su cara redonda, sus ojos grises enmarcados en unas gafas de pasta azul. Era un hombre joven, de cejas pobladas y tez morena que me miraba con gesto adusto apenas a medio metro de mi rostro.
—Buenos días —dijo con seriedad— ¿cómo te encuentras?
Intenté responder pero mi voz fue una especie de gruñido que me confirmó que algo sólido y molesto entraba por la nariz y se alojaba en mi garganta. Levanté la mano para quitarme aquella molestia y comprobé que estaba atado; mis muñecas y tobillos estaban sujetos a unos fuertes correajes.
Entonces tuve miedo, ese pánico cerval nacido de la inseguridad por no saber si estás soñando o… decidí volver a cerrar los ojos. Al abrirlos ya no estaba el hombre de las gafas, pero seguía la sed, la sensación de la garganta, los miembros inmovilizados. Grité; y lo hice con todas mis fuerzas, pero sólo conseguí exhalar una especie de  graznido. Quería pedir socorro, pero sonó algo así como
—¡augógoglo!
Alguien acudió a mi llamada, una joven de ojos claros y mirada asustada se asomó a mi campo de visión.
—¡Está diciéndonos cabrones! —dijo.


Entonces Víctor Bárcenas, el doctor de gafas azules, prescribió que al loco de la camilla ocho se le administrara una nueva dosis de neurolépticos y benzodiazepinas

EL PREMIO

Martina camina por el amplio pasillo del palacio guiada por un conserje. Sus ojos verdes, abiertos como dos ventanas al mundo, retienen cada cuadro, cada ventana, cada nota de color.
Un señor gordo los guía a través de aquel edificio laberíntico hasta llegar a una gran puerta de madera labrada; detrás se encuentra el salón principal del palacio, donde van a acudir a la recepción oficial. Martina está nerviosa.
Los niños aguardan con impaciencia junto al enjuto don Alfredo. Ellos cinco y el maestro son los representantes del colegio La Adelfas y han recorrido más de quinientos kilómetros para estar allí. Su trabajo sobre reciclaje ha ganado el concurso nacional de proyectos sobre medio ambiente en las escuelas y hoy van a recoger el diploma de manos del mismísimo Príncipe.
Martina tiene doce años y ya es casi una mujercita de unos impresionantes ojos verdes y una sonrisa eterna, mamá se ha empeñado en que lleve un horrible vestido amarillo que además le produce un insoportable picor en la barriga.
Un oscuro funcionario abre las puertas unos centímetros y dice algo al hombre que les sirve de guía.
—Va a tardar unos minutos —les dice el conserje que ha recibido el mensaje— parece que Su Alteza va con algo de retraso.
El conserje es un hombre de baja estatura, regordete y de cuello corto. Tiene unos ojos pequeños y una nariz achatada en el centro de su cara redonda que le dan un contradictorio aire infantil. Camina con cierta dificultad y viste un ajustado traje que le hace sudar de forma profusa.
—¿Vamos a esperar mucho? —pregunta don Alfredo.
—Eso nunca se sabe —responde el bedel.
Tras quince minutos los niños deciden sentarse en el suelo, el conserje se les acerca cojeando con cierta dificultad.
—No podéis estar en el suelo pequeños —les dice con suavidad.
Martina lo mira desde abajo, al bajar la mirada observa algo extraño en su pierna.
—¿Qué le pasa en la pierna señor? —pregunta la niña de forma algo descarada.
— ¿Te has dado cuenta? —Responde el hombre de cara regordeta— es una prótesis. Perdí la pierna hace seis años en un accidente.
Entonces aquel hombre saca algo de su bolsillo.
—Mira —enseña una foto a Martina— se llamaba Laura, ahora tendría tu edad y también se quedó en aquel accidente.
—Lo siento, no quería…
—No te preocupes pequeña —el hombre acaricia su pelo.
Ha pasado casi una hora cuando se abre la gran puerta y los niños entran al gigantesco salón.
Todo pasó muy rápido, el Príncipe leyó un discurso, la Princesa les dio un beso en la mejilla y el ministro les dio un diploma. Luego se quedaron en la gran sala junto al resto de galardonados: allí estaban varios futbolistas de la selección, el mejor tenista del país y los actores de una famosa serie de televisión.
Todo ha terminado, los fotógrafos abandonan el salón y empiezan las despedidas. Entonces el Príncipe se fija en los cinco niños, se acerca al micrófono y hace una petición.
—Antes de iros —dice— me gustaría pediros que podáis saludar a estos cinco niños, al menos que cada chico pueda saludar a quien más admire.
Julia pidió un autógrafo al tenista, Pablo optó por el capitán de la selección. Paula se acercó a la princesa y le pidió un pañuelo. Ana María consiguió un autógrafo de la famosa actriz, y llegó el turno de Martina.
La niña de ojos verdes se alejó del grupo y buscó la gran puerta de madera. Allí esperaba el conserje regordete con gesto serio. Entonces la niña se puso de puntillas, hasta alcanzar la mejilla del hombre…
—Mucha suerte señor —le susurró al oído.
—Muchas gracias pequeña —respondió.



PS: Quizás no es digno de admiración quien más alto logra llegar, sino quien logra levantarse desde abajo.

DE MALAGUEÑAS

Era fácil, podías haber hablado de verdiales y fandangos, de malagueñas guapas, de cenacheros y pescaítos. Haber sembrado tu discurso de biznagas, Cristos cautivos y espetos en la playa. 
También podías haber loado con facilidad el rebujito, la manquita o la alcazaba milenaria.
Miles de personas te miraban desde abajo, esperaban tus palabras envueltas en la noche. Luego empezaría una semana de fiesta para todos; pero antes escucharían tus palabras.
Podías haber hablado de ojos negros y guitarras, de moscateles y azumbres; de señoritos y gitanas.
Y hablaste:
«Que el disfrute no nos haga olvidar que casi una cuarta parte de los malagueños están en riesgo de pobreza y no pueden costearse una feria, algo que también le va a costar esfuerzo al 35 por ciento de parados que tenemos en la provincia. Siete de cada diez malagueños menores de 25 años seguís buscando trabajo. La feria debe ser una buena ocasión para mostrar nuestra solidaridad e invitar en el amplio sentido de la palabra al que no pueda, a disfrutar, al menos por unos días, como los demás. Porque la Feria para mí, es como la sanidad y la educación: siempre pública. Sin ninguna exclusión»
Podías haber dicho otras palabras, pero dijiste éstas que a mí me emocionaron. 
Me quito el sombrero ante usted.

PS: Antonio de la Torre pregonó la feria de Málaga el 16 de agosto de 20113


TODO ES NORMAL

Todo es normal en este país. Me levanto por la mañana y leo que los empresarios consiguen prebendas untando a políticos corruptos. No pasa nada, porque así se lleva haciendo cinco siglos y seguimos respirando.
Todo es normal en este país aunque compruebo que las arcas del estado están vacías porque los poderosos se llevaron todo a paraísos fiscales; pero nada pasa porque así se hacía en tiempos de Felipe II y seguimos vivos.
Todo es normal en este país porque tenemos la mejor liga del mundo y somos capaces de pagar millones para tener a los mejores jugadores, pero no pasa nada porque nos lo merecemos.

Y entonces abro el ordenador y veo una foto:

Un anciano estafado por las preferentes protestaba ayer ante los poderosos. La respuesta de un grupo de jóvenes fue la mofa, la risa y el desprecio.
Entonces sentí un escalofrío al darme cuenta de que esta gente serán en pocos años los de arriba; nuestros concejales, alcaldes y diputados. Sentí miedo por los míos, porque en este, mi país, todo seguirá siendo normal, nunca pasará nada mientras la respuesta ante el que lucha, el que alza su voz, sea la indiferencia.

PS: Seguramente aquel viejo perderá sus ahorros y los chicos volverán con los papás a sus chalets en la sierra. Él caerá con su dignidad y su rabia, ellos vencerán con su dinero. 
Es posible que los de abajo perdamos todas y cada una de las batallas planteadas, pero siempre tendremos la dignidad de saber que peleamos, y la fuerza para seguir luchando por nuestros sueños. 

Hombre pequeño. Gran hombre

Partió hace años sin prometer que volvería. Porque quizás hay gente que no necesita volver. Nunca se fueron.
Apenas era algo más alto que un niño de doce años, con algún kilo de más y algunos pelos de menos. Su cara redonda enmarcaba unos ojos pequeños y vivaces, una nariz achatada y una boca que siempre dibujaba una sonrisa. Su caminar, con el cuerpo inclinado hacia delante, las manos cruzadas a la espalda y separando un poco las piernas, lo hacían inconfundible incluso visto de lejos.
Aquel hombre bajito y de sonrisa fácil fue uno más de aquellos que pasaron hambre en un mundo duro de postguerra, uno de aquellos hombres de tierra que lograron arrancar frutos en unas lomas arcillosas e imposibles. Pero aquel hombre tenía algo especial. Tenía chispa.
Cada primavera, el hombrecillo de la sonrisa eterna se transformaba para vivir con intensidad. Durante las fiestas del pueblo aquel hombre de sesenta años corría tras el balón en el partido de casados contra solteros, cantaba en las calles y bailaba tras las exuberantes caderas de las mulatas de turno. Eran apenas unas horas al año, pero jamás faltaba intentando coger el jamón que colgaba en un tronco, nunca perdía el pie en la larga conga y siempre estaba presto para saltar al escenario en improvisados karaokes. Sin duda no era el protagonista de las fiestas, pero pasado algunos años el hombrecillo del pantalón de pana y camisa de rayas pasó a formar parte de ellas. Nadie concebía ya la feria sin sus saltos, sus cantes y sus risas entre las miradas perplejas de los visitantes, que no entendían la extremada vitalidad de aquel hombrecillo de ojos negros, que no comprendían qué motivos lo animaban a la fiesta.
La vida no fue justa con él, normalmente nunca suele serlo con nadie, y una primavera decidió cortar sus alas, segar su fuerza, callar sus cantes, parar sus bailes. Se apagó en silencio y con una última sonrisa, como sólo lo saben hacer los hombres del Sur, hombres de tierra y arcilla. 
Aquella primavera también hubo fiesta, bailes, partido de fútbol y mulatas de grandes traseros. Algunos nos dimos cuenta de que algo faltaba, todos callaron porque es ley de vida seguir adelante.
Han pasado más de treinta años de aquellas primaveras y hoy todo es diferente. Ya pocos se acuerdan de Antonio el de la Chatica. Pero nadie sabe que en las noches de primavera, cuando los músicos abandonan el escenario y todos duermen, cuando la luna baña aquella plaza desierta, una figura bajita con pantalón de pana, camisa a rayas y pelos alborotados sube a las tablas y se marca unos pasos de baile para su pueblo.

PS: In memoriam de un gran señor. Antonio Fernández, conocido como Antonio el de la Chatica vivió las fiestas como nadie en un tiempo difícil. Algunos criticaron sus saltos y sus bailes que hoy serían vistos como algo normal. Quizás vivió en un tiempo equivocado.

Quizás las fiestas de hoy son  más metódicas, más tradicionales, más religiosas o más modernas. Nunca serán tan divertidas.

TIEMPO DE PIRULETAS

Julia sigue en el recuerdo, porque setenta y cuatro años no son nada cuando de memoria se trata.
Ha pasado dos días en los sótanos de la cárcel  de las Ventas. Casi dos días sin ver el sol desde que la despertaron aquella madrugada de finales Julio.
La guerra había acabado y Madrid era una ciudad destruida, con un pueblo gris presa del miedo y el hambre. Julia vivía cerca de Atocha y apenas era una niña que en Agosto cumpliría diecinueve años. Aún recordaba las tardes de juego con su hermano Blas, las galletas de doña Amalia y las piruletas de caramelo rojo en el Retiro con Amadeo, el padre y su madre Marisa.
Aquello fue antes de la guerra que todo lo rompió. Hacía tres años que no habían piruletas rojas en la casa de Julia. Diez meses antes su padre había caído en una batalla junto al Ebro y ahora apenas tenían para subsistir con los seis duros al mes que Marisa ganaba como maestra.
Una tarde de verano la madre los había reunido:
—La guerra ha terminado —les dijo casi en un susurro.
—Entonces ¿ahora todo irá mejor? —respondió Blas sonriente.
—Hemos perdido… —dijo Julia.
—Sí, hemos perdido —Marisa estaba abatida— esperemos que al menos ahora que no hay guerra las cosas empiecen a mejorar.
Días más tarde Julia había encontrado trabajo ayudando en una sastrería cercana, y aunque no pasaban hambre, no siempre había para cenar. Una tarde la joven recibió una propina y con ella decidió comprar una gran piruleta roja; sería el regalo de cumpleaños de Blas.
Pero aquella noche llegaron unos hombres grises, la sacaron de la cama y la arrastraron hasta en un camión negro. Marisa intentó evitarlo y sólo consiguió que la molieran a palos.
En el camión había otras doce chicas, con el miedo dibujado en sus rostros.
—Esperame Blas, te traeré un regalo —le dijo justo antes de subir.
Han pasado dos días desde aquello. Dos días, dos mundos, dos vidas…
—Eres una hija de puta —fueron las primeras palabras del cabo Varela.
Julia no recuerda casi nada pero no borra de su mente aquellos ojos inyectados en ira. Tumbada en el suelo, su ropa son jirones de tela sucia, su alma intenta volar lejos, muy lejos. 
Huye con alas blancas atravesando las rejas, olvidando los golpes en la cara, busca praderas verdes donde no lleguen aquellas tenazas que destrozaron sus pechos. Tumbada en el suelo sueña con alas blancas que la elevan lejos de aquel sargento que destrozó su cuerpo mientras bebía aguardiente, de aquel carcelero apestoso y cobarde que la violó sin piedad  aprovechando la madrugada. 
Julia sueña unas alas blancas que la saquen del infierno porque ya nada importa, nada puede doler más. Han acabado con su alma en aquella celda oscura.
Ha asistido a un juicio donde el mismo sargento que la violó ha sido su abogado, su fiscal y su juez.
—Día cuatro de agosto del año del Señor de mil novecientos treinta y nueve, primer año de la victoria, reunido en Madrid el sumarísimo consejo de guerra permanente número nueve —escupió el sargento— fallamos que debemos condenar, y condenamos, a cada una de las trece acusadas a la pena capital por alto delito de colaboración con los marxistas.
—…por rojas y por putas —apostilló el cabo Varela.
Julia entonces lo supo: el tiempo de las piruletas rojas no volvería nunca; en aquel momento tomó una decisión.
—Quiero hablar con un cura —gritó mientras la arrastraban por el pasillo de vuelta a la celda.
Dicen que aquella noche alguien mandó a un sacerdote de cara pálida y rostro asustado a hablar con las trece condenadas. Dicen que ninguna de ellas necesitó confesarse, tampoco comulgaron. Dicen que una de ellas lo llamó cuando abandonaba las celdas, dicen que se volvió y hablaron unos minutos, dicen que aquella niña de apenas diecinueve años dijo algo de unas piruletas al sacerdote. Dicen que él recogió algo de sus manos destrozadas.

Post Scriptum. Historia de éste, mi país:
El día 5 de agosto de 1939 Julia Conesa, de diecinueve años, fue fusilada junto a las tapias de Cementerio del Este en Madrid. Junto a ella fueron asesinadas doce jóvenes, seis de ellas menores de edad. Solamente una de ellas logró sacar un mensaje de aquellas celdas de muerte y tortura:
“Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá pero ten presente que muero por ser persona honrada. Adiós madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que no me lloréis, y que mi nombre no se borre de la historia”.

Aquellas trece jóvenes fueron fusiladas por rojas, por ello las llamaron las trece rosas rojas. Gracias a Julia todas y cada una de ellas siguen en el recuerdo; mientras quede dignidad, no se borrarán sus nombres de la historia, porque setenta y cuatro años no son nada cuando de justicia se trata. 

NOCHES EXTRAÑAS

Fue un momento de lucidez absoluta , y todo sucedió a una hora indeterminada de la noche, en un verano cualquiera de un año voraz y rapaz.
No había sucedido nada en especial, pero algo me despertó en mitad de una oscuridad rota por la luna, perezosa y mora, aquella madrugada revoltosa, amable, cálida.
Abandoné la cama con sigilo, salí a la terraza y mojé mi cara con agua fresca.
Me senté en una vieja silla de madera mientras un grupo de perros discutía a lo lejos y el último grillo me regalaba unas notas sedantes e impagables.
Respiré el aroma dulzón y empalagoso de un jazmín vecino y pensé en mis cosas. 
Entonces me di cuenta de que no necesito un coche de alta gama, ni el Iphone 5, tampoco visitar los mejores restaurantes, asistir a grandes eventos o vestir la ropa más lujosa. Fueron apenas cinco segundos, pero más que suficientes para descubrir que mi felicidad se esconde tras una madrugada, una luna burlona y una vieja silla de madera.

MOMENTOS

Aunque todos sabemos de la infalibilidad cardenalicia de los eminentes doctores, de la sapiencia supina y la estabilidad emocional de los herederos de Galeno, os voy a contar un secreto: Existen ciertos momentos en los que la cosa se pone realmente peliaguda.
1.-Momento "yaquetepillo": Cuando vuelves a encontrarte con una amiga tras varios meses sin verla, te apetece tomar un café y hablar un rato, pero justo después de los dos besitos de rigor, te relata a bocajarro y sin ningún tipo de piedad, los problemas de adenoiditis y catarros de repetición de su hijita, seguido de una detallada explicación acerca de la fercuencia, consistencia, color, olor y aspecto de sus caquitas. 
2.-Momento "avercopinas" Una señora a la que apenas conoces de haberla saludado tres veces en la cola del super, te solicita tu opinión acerca de su exceso de peso. Cuando vas a darle algún consejo te refiere que "eso ya lo sabe ella", pues ya ha consultado a un endocrino, un internista, dos médicos de familia, un cardiólogo y un nutricionista, pero aprovechando que estás en la cola del Mercadona, pues te solicita una interconsulta a ver qué opinas.
3.- Momento "tucaramesuena" La recepcionista del taller mecánico te reconoce cuando le llevas el coche y te suelta eso de: yo le conozco a usted... su cara me suena, me parece que usted fue quien vio a mi padre hace un año. Instantes después inicias un padrenuestro y le preguntas:¿y qué, cómo está tu padre? temiéndote lo peor.
4.- Momento "masalíunbultillo", que suele coincidir con fiestas entrañables, bodas, comuniones y reencuentros con familiares y conocidos. Tras las correspondientes copas y un acercamiento estratégico hay personas que insisten en explicarte , justo cuando vas a descabezar una gamba del quince, que su médico de familia no le hace caso, y pasa a describirte y enseñarte si es preciso, sus agradables golondrinos, hernias inguinales, caries dolorosas, zonas extrañamente peludas o juanetes evolucionados.
Imagino que son gages del oficio, por ello, espero encontrarme con algún mecánico la próxima vez que salga para que le eche un ojo al radiador de mi coche tras tomarnos unas copas, o quizás con algo de suerte me cruzo con un asesor que me solucione unas dudillas con la declaración de la renta o un profesor que me recuerde la lista de los reyes godos.


PS: El presente post es una reflexión jocosa e irónica acerca de ciertas situaciones que se suelen dar en la vida cotidiana de los médicos fuera de su trabajo, que nada tienen que ver con el desarrollo diario de nuestra profesión ni mucho menos con situaciones en las que se produce un problema médico de gravedad, donde solemos actuar sin importarnos el sitio ni el momento.