SEGUNDA CARTA EN UNA BOTELLA

Ayer me di cuenta de que es hora de hacerlo. Hace unos años fue la primera vez, y esta noche tormentosa, de un otoño recién nacido, ha llegado el momento de hacerlo nuevamente.
Te despiertas con un humor de perros, me sonríes y me abrazas porque sabes que te adoro. 
No te das cuenta de que cada noche beso tu pelo a la vez que inspiro tu olor a sueño infantil. Es muy difícil de explicar, supongo que es algo primigenio, instintivo, pero ese gesto me alimenta, me da una energía extraña y vital.
Te enfadas cuando hago el tonto, porque a los diez años las niñas no quieren que sus padres digan payasadas.
 —Papi, déjate de tonterías —me dices muy seria.
Ya crees saber más que yo de muchas cosas, porque es ley de vida. Los hijos siempre creemos saber más que los padres.
  —Papi, de eso entiendo yo más que tú —me dices convencida.
Tienes carácter, estás cambiando y debo dejarte crecer fuerte y libre. 
Anoche te quedaste dormida en mi cama, al cogerte me di cuenta que ya no eres la niña de cinco años, y algo se encogió dentro de mí.
Pensé que en unos meses no me pedirás que los viernes sean el día internacional de la pizza, no querrás contarme las cosas que te pasaron en el cole, en unos meses tu mayor ilusión no será volver a Disney, o saltar sobre las piedras del río.
Volví a respirar tu pelo, tu olor a sueño de niña, me di cuenta de que es hora de volver a dejarte un mensaje, cual naufrago que arroja una botella para que sea leída algún día.

Naciste niña de fuego y arte 
Niña de viento y agua
Niña libre de ojos grandes
Niña de tierra y arcilla roja
Naciste libre como tus padres.

Crece feliz y lucha
Crece libre y hazte grande
Nunca odies nunca olvides 
Nunca uses malas artes.

Mi niña de fuego y arte
Mi viento mi agua
 Mi tierra. 
Mi cante.

ANDALUCIA

Andalucía no sólo es playa, paellas, toros y flamenco. Porque andaluzas son las espaldas que se curten al sol de la vendimia, andaluz es el niño que estudia, andaluces los lomos que se parten en las campiñas, andaluz es un médico que emigra, una mujer que limpia casas a precio de saldo porque no la quieren asegurar. Andaluces los aceituneros, los parados que desesperan en plazas sin nombre, los que rompen barrancos cultivando vides, andaluces los que pescan, los que cada mañana miran al cielo pidiendo lluvias. Andalucía es un padre que se levanta a las seis de la mañana y trabaja doce horas para ganar seiscientos euros con los que mantener a su familia.
Andaluces, es lo que somos, y cuando nos demos cuenta quizás nos levantemos y pidamos lo que es nuestro.

EL ÚLTIMO CANTAOR

El escribiente siempre busca la magia. Pueden pasar semanas, incluso meses, sin tropezarse con ella, pero siempre aparece.
Él no es lo que se dice un buen aficionado, quizás porque no bebió en las fuentes acertadas, quizás porque nunca encontró el momento adecuado.
Era una de las últimas noches del verano cuando el escribiente visitó una vieja plaza, era una de esas plazas antiguas de pueblo, rodeada de casas blancas y vigilada por la eterna y milenaria iglesia.
Aquel pueblo celebraba sus fiestas y miles de personas abarrotaban aquella placita del viejo Sur. La normalmente tranquila zona de paseo para ancianos y desocupados era aquella noche un hervidero de gentes, conversaciones y encuentros. Un escenario escueto y sencillo, iluminado por un simple foco de luz, cerraba el espacio en su cara este.
El escribiente había tomado algún vino de la tierra, néctar arrancado a los arcillosos montes de la zona, buscó un sitio cómodo y miró la luna. Estaba cansado, y prestó atención a los cantes en el escenario. Uno tras otro fueron pasando los cantaores por las tablas. Unos con más éxito que otros, fueron desgranando las soleares, los fandangos, las bulerías y los tarantos correspondientes; el público aplaudía a los artistas y la noche avanzaba suave, plácida, lúcida.
La gran campana golpeó dos veces señalando la madrugada cuando llegó el turno del último cantaor. El escribiente se levantó para abandonar aquella plaza del Sur cuando algo llamó su atención. El último cantaor, un joven de pelo negro y cara redonda, adelantó unos pasos sobre las tablas. El guitarrista, serio y espigado, rasgó las cuerdas con arte. El escribiente dudó, pero finalmente decidió concederle unos minutos.
—…y ahora unos cantes por Vallejo —dijo el cantaor tras tocar varios palos— porque mucha gente no lo sabe, pero Vallejo era rojo.
El ruido de conversaciones cruzadas dio paso a cierta perplejidad del público, el escribiente vio algún gesto de sorpresa, otro de desagrado y alguna protesta breve entre el público sorprendido. Un hombre, ya anciano y asido a un viejo bastón de olivo, movió la cabeza de forma desaprobadora junto al escribiente.
—Porque el flamenco surge del pueblo —prosiguió el cantaor— de la queja, del dolor, de la protesta contra lo injusto.
El escribiente notó que el ruido de conversaciones bajó levemente, la guitarra atronó los primeros acordes de un fandango. Entonces el escribiente lo notó, lo supo, tuvo la completa seguridad de que algo iba a suceder.
La voz del cantaor rompió la noche, una queja limpia, rotunda y cabal atravesó la plaza como un rayo fulminante. El quejío de aquel hombre de cara redonda y ojos profundos, acompasado por una guitarra rotunda, clara y tajante, hizo que todas las miradas se centraran en aquel escenario.  Varias estrofas de un fandango recio y sin miedos en las letras rasgaron la luz de una sorprendida luna del Sur.
Silencio…
Cientos de personas callaron, envueltos en las estrofas de aquel fandango mágico. Y entonces el cantaor decidió desnudar su voz. El escribiente lo supo al instante, allí estaba la magia, el joven de ojos negros abandonó la seguridad del micrófono y encaró a las cientos de personas, las últimas dos estrofas no fueron sólo cante, fueron expresión, alma y sentimiento, fue el llanto de un pueblo entregado al pueblo, unas estrofas que impregnaron la piel de los presentes como una lluvia de verano.
El joven de ojos negros soltó el último suspiro que remata el fandango y su pie golpeó el suelo con rabia. Fue apenas un segundo, el silencio envolvió los últimos ecos de aquel cante, luego la plaza estalló en aplausos.
El escribiente entonces se dio cuenta de que llevaba varios segundos aguantando la respiración, miró al público y vio cientos de personas aplaudiendo; miro a su lado, allí estaba el anciano del garrote con lágrimas en los ojos.
El escribiente no es buen aficionado. Quizás porque no bebió en las fuentes acertadas, quizás porque nunca encontró el momento adecuado, pero estuvo seguro de que había asistido a uno de esos momentos en los que la pasión se mezcla con la emoción primigenia para expresar Arte con mayúsculas.



PS: El pasado 7 de septiembre tuve la inmensa suerte de disfrutar unos cantes por Vallejo del maestro Juan Pinilla, descubriendo unos momentos de magia realmente sorprendentes.


DEBERES

Debe salir, buscar un sitio adecuado, reunir a las personas exactas y decirlo todo.
Debe mirar a los ojos de alguno de ellos, no dudar ni un segundo, no expresar miedos o inseguridades, porque no es lo que esperan de él en ese momento.
Debe dar la dosis exacta de esperanza, si la hay, a todos y cada uno de los que le oyen bebiendo de sus palabras, debe decir exactamente la verdad sin derrotismos absurdos, pero sin ilusiones vanas.
Apenas cinco minutos para resumir toda la situación, para dar la información justa, la necesaria. Y esperar mirando a los ojos.
La mente humana procesa los datos en menos de treinta segundos, y luego reacciona:
rabia contenida unas veces, violencia o amenazas sin sentido las otras; llanto, incredulidad o negación en ocasiones. Preguntas, dudas, miedos y quizás lo peor: silencios, silencios que duelen.
Debe aguantar la presión porque ellos necesitan saber que alguien está a cargo de todo, que se han hecho las cosas bien, creer que aquella persona de blanco les ofreció todo lo que la medicina podía ofrecer, que se preocupó por luchar junto a ellos, que la batalla se perdió con coraje. 
Y debe dar un último consuelo, esperar que las aguas reposen y dejarlos digerir la información.
Y entonces debe volver a empezar, porque hay otra persona, otra batalla, otra familia esperando que alguien de blanco les dé la esperanza que necesitan.

PS: La información a familiares y pacientes es, en mi opinión, una de las partes más importantes en la gestión de nuestro trabajo diario.